Volumen I. Educación del hogar

Título de la obra original: Home Education Series – Volume 1 Home Education, escrita por Charlotte Mason, 1905.

Traducción y edición de esta versión preliminar realizadas por María Elena Ortiz y Johanna Pérez Ray © 2020-2021.

Versión protegida por el derecho internacional de derechos de autor, y no puede ser publicada ni copiada sin la autorización expresa de las traductoras. Extractos y citas tomados de esta versión pueden compartirse dando el debido crédito a las traductoras, y usando un enlace apropiado y específico hacia el contenido original.

La publicación de esta obra en formato impreso se prevé para fines del año 2021.

Índice

Prefacio y Prólogo a la Cuarta Edición

Parte I. Algunas consideraciones preliminares

I. Método educativo

II. La condición del niño

III. Ofender a los niños

IV. Menospreciar a los niños

V. Impedir a los niños

VI. Condiciones para una actividad cerebral saludable

VII. «La supremacía de la ley» en la educación

Parte II. La vida infantil al aire libre

I. Tiempo de crecimiento

II. Exploracion del entorno

III. Pintar cuadros

IV. Las flores y los árboles

V. Las criaturas vivientes

VI. El conocimiento de la naturaleza y obras de naturalistas

VII. El niño adquiere conocimiento por medio de los sentidos

VIII. Se debe familiarizar al niño con los objetos naturales

IX. La geografía al aire libre

X. El niño y la madre naturaleza

XI. Los juegos al aire libre, etc.

XII. Los paseos con mal tiempo

XIII. Entrenamiento al estilo ‘indígena’

XIV. Los niños necesitan el aire del campo

Parte III. ‘El hábito es equivalente a diez naturalezas’

I. Una educación basada en la ley natural

II. Los niños carecen de la facultad de la autoimposición

III. ¿Qué es la “naturaleza”?

IV. El hábito puede suplantar a la “naturaleza”

V. Establecimiento de líneas de hábito

VI. La fisiología del hábito

VII. Formación del hábito: “Cierra la puerta al salir”

VIII. Hábitos de la primera infancia

IX. El ejercicio físico

Parte IV. Hábitos mentales: algunos hábitos morales

I. El hábito de la atención

II. Los hábitos de esmero, etc.

III. El hábito de pensar

IV. El hábito de imaginar

V. El hábito de recordar

VI. El hábito del trabajo hecho a la perfección

VII. Algunos hábitos morales: obediencia

VIII. La veracidad

Parte V. Las lecciones como instrumentos de la educación

I. El sujeto y el método de las lecciones

II. El jardín infantil en tanto lugar de aprendizaje

III. Otras consideraciones sobre el jardín infantil

IV. La lectura

V. La primera lección de lectura

VI. Aprender a leer a través de la vista y el sonido

VII. La recitación

VIII. La lectura para los niños mayores

IX. El arte de narrar

X. La escritura

XI. El copiado

XII. La ortografía y el dictado

XIII. La composición

XIV. Las lecciones bíblicas

XV. La aritmética

XVI. La filosofía natural

XVII. La geografía

XVIII. La historia

XIX. La gramática

XX. El francés

XXI. El arte pictórico

Parte VI. La voluntad, la conciencia, la vida divina en el niño

I. La voluntad

II. La conciencia

III. La vida divina en el niño

Prefacio y Prólogo a la cuarta edición

El panorama educativo se ve bastante nebuloso y deprimente tanto en casa [se refiere a Inglaterra, alrededor de 1880] como en el extranjero. Muchas son las necesidades que se escuchan desde el campo educativo: que la ciencia debe ser un elemento básico de la educación; que debe reformarse la enseñanza del latín, de las lenguas modernas, de las matemáticas; que la naturaleza y las manualidades debieran usarse para entrenar tanto el ojo como la mano; que los niños y niñas deben aprender a escribir en su idioma materno y, por lo tanto, que deben saber algo de historia y de literatura, y que la educación debiera hacerse más técnica y utilitaria. No obstante, no contamos con un principio unificador, ni un objetivo definitivo; de hecho, no contamos con ninguna filosofía de la educación. Así como un arroyo no puede elevarse más que la fuente de donde nace, así también es poco probable que una iniciativa educativa pueda desprenderse de todo el pensamiento que le ha dado nacimiento; y tal vez, ésta sea la razón de todos los tropiezos, las iniciativas perdidas, los fracasos y las decepciones que han marcado nuestros esfuerzos educativos.

Quienes hemos pasado muchos años en pos de la benigna y esquiva visión de la educación, percibimos que sus enfoques están regulados por una ley que aún no es completamente clara; podemos discernir sus contornos, pero nada más; sabemos que está presente en todo lugar, pues no hay espacio de la vida hogareña o escolar de un niño en que la ley no penetre. Es iluminadora también, pues muestra el sistema de valores escondido detrás de los sistemas educativos; pero no es sólo una luz, sino también una medida, un estándar a través del cual se prueban todas las cosas, tanto pequeñas como grandes, relativas al esfuerzo educativo. Esta ley tiene apertura de carácter, pues acoge todas las cosas verdaderas, sinceras y de buen nombre, y no impone límites u obstáculos salvo cuando el exceso podría ser perjudicial. El camino que indica esta ley es continuo y progresivo, y carece de transición desde la cuna a la tumba, exceptuando cuando la madurez asume la dirección natural después de que la instrucción ha disipado la inmadurez. Cuando comprendamos la ley en toda su plenitud, sin duda encontraremos que ciertos pensadores alemanes como Kant, Herbart, Lotze, Froebel estaban en lo correcto cuando declararon que “es necesario” creer en Dios; que, por lo tanto, el conocimiento de Dios es el principal conocimiento y el fin principal de la educación. Hay un elemento más por el cual reconoceremos esta ley perfecta de la libertad educacional, cuando el tal se haga evidente: se ha dicho que “la idea más precisa que se puede formar de la verdad absoluta es que, al ponerla a prueba, está en condiciones de cumplir con todas las condiciones impuestas”. Tal es la realidad que podemos esperar de nuestra ley: que cumplirá con todas las pruebas experimentales y todas las pruebas de la investigación racional que se le impongan.

Como no hemos recibido las tablas de nuestra ley, recurrimos a Froebel o a Herbart; o, si pertenecemos a otra escuela educativa, a Locke o Spencer, pero aún no nos sentimos satisfechos. Hay un descontento, ¿será un descontento divino quizás?; y sin lugar a dudas daríamos la bienvenida a una viable y efectiva filosofía de la educación que nos libere de tanta incertidumbre. No obstante, antes de lograr tal liberación, es probable que se intenten muchas iniciativas, que contengan más o menos las características de una filosofía; especialmente poseedoras de una idea central, un cuerpo de pensamiento que incluya varios elementos unidos en vital armonía.

Tal teoría de la educación, que no debiera llamarse un sistema de psicología, debe estar en armonía con las corrientes de pensamiento de los tiempos actuales, debe considerar la educación no como un compartimiento cerrado en sí mismo, sino como parte de la vida misma, tales como el nacimiento o el crecimiento, el matrimonio o el trabajo; y debe conectar al estudiante con el mundo a través de varios puntos de contacto. Es cierto que los expertos en educación están ansiosos por establecer este tipo de contacto en varias direcciones, pero sus esfuerzos descansan sobre un axioma aquí y una idea allá, sin una vasta base unificadora de pensamiento que sustente el todo.

Es verdad que, como dice el dicho inglés, «Los necios se lanzan adonde los ángeles temen pisar»; pero la esperanza de que surjan iniciativas tentativas hacia una filosofía de la educación, y que todas ellas nos acerquen más al magnum opus, la obra maestra, me anima a mí a intentarlo también. El pensamiento central, o más bien el conjunto de pensamientos sobre el cual me baso, es el hecho bastante obvio de que el niño es una persona que cuenta ya con todas las posibilidades y capacidades propias de la personalidad. Algunas de las nociones resultantes de este pensamiento han sido expuestas ocasionalmente por pensadores del ámbito educativo, y existen vagamente en el sentido común general. Una tesis que quizás es nueva es que la Educación es la ciencia de las relaciones, lo cual me parece que resuelve la cuestión de un currículo, pues indica que el objeto de la educación es poner a un niño en contacto vivo con lo mayor posible de la vida de la naturaleza y del pensamiento. Si a esto añadimos una o dos claves para el conocimiento de sí mismo, el joven así educado está en capacidad de salir al mundo con una comprensión inicial de cómo controlarse a sí mismo, con algunas habilidades prácticas, y muchos intereses vitales. La excusa que tengo para atreverme a ofrecer una solución, aunque tentativa y temporal, al problema de la educación es de doble arista: he trabajado sin pausa entre 30 a 40 años para establecer una teoría educativa tanto filosófica como pragmática, y, en segundo lugar, cada artículo de fe educativa que propongo es el resultado de procesos inductivos; y, creo, ha sido verificada por una larga y amplia serie de experimentos. Sin embargo, es con sincera vacilación que me atrevo a ofrecer los resultados de esta extensa labor, porque sé que en este campo hay muchos obreros muchísimo más capaces y expertos que yo. Es por eso que los ángeles temen pisar aquí, ¡esta área del conocimiento puede ser tan incierta!

No obstante, aunque sea para animar a otros, añadiré una breve sinopsis de la teoría educativa que se describe en los volúmenes de esta Serie educativa.

La estructura no es metódica, sino incidental; aquí se presenta una idea, allí se añade otra; así me pareció que podría satisfacer mejor las necesidades de padres y maestros. Debiera añadir que estos ensayos se prepararon a lo largo de varios años para el uso de la asociación educativa nacional de padres Parents National Educational Union (en adelante, PNEU) con la esperanza de que dicha comunidad pudiera contar con un cuerpo de pensamiento educativo más o menos coherente [aquí hay una versión actualizada y explicada de los principios]:

  1. Los niños nacen siendo personas.
  2. No nacen siendo buenos o malos, sino con potencial para el bien y para el mal.
  3. Los principios de autoridad, por un lado, y de obediencia por el otro, son naturales, necesarios y fundamentales; no obstante,
  4. Dichos principios se ven limitados por el debido respeto a la personalidad de los niños, la cual no debe infringirse ya sea por el miedo o el amor, las insinuaciones o la influencia, o la manipulación indebida de un deseo natural.
  5. Por lo tanto, nos vemos limitados a tres instrumentos educativos: la atmósfera del entorno, la disciplina del hábito, y la presentación de ideas vivientes.
  6. Cuando decimos que «la educación es atmósfera», no queremos decir que un niño debiera estar aislado en lo que se conoce como «ambiente infantil» especialmente adaptado y preparado para el niño, sino que debiéramos considerar el valor educativo de la atmósfera hogareña natural, tanto en cuanto a personas como a cosas, y que se le debería dejar vivir libremente en sus propias condiciones. Atrofia a los niños reducir el mundo a su nivel.
  7. Por «educación es disciplina», entendemos la disciplina de los hábitos formados definitiva y cuidadosamente, ya sean mentales o corporales. La fisiología nos habla de la maleabilidad de las estructuras cerebrales a líneas habituales de pensamiento, es decir, a nuestros hábitos.
  8. Que «la educación es vida» implica la necesidad de sustento intelectual y moral, igual que de sustento físico. La mente se alimenta de ideas y, por lo tanto, los niños deben contar con un plan de estudios abundante.
  9. Pero la mente no es un mero receptáculo en donde se ponen las ideas, formando grupos de pensamientos unidos, como lo expuso Herbart.
  10. Por el contrario, la mente del niño no es un mero depósito de ideas, sino que podemos usar la figura de un organismo espiritual que tiene apetito por la totalidad del conocimiento, el cual es su dieta adecuada y con la cual está listo para lidiar, y que puede digerir y asimilar tal como el cuerpo digiere el alimento.
  11. Este aspecto no es un detalle menor. La doctrina de Herbart relega el peso de la educación (la preparación del conocimiento en bocados tentadores debidamente ordenados) sobre el maestro. Los niños instruidos con este principio están en peligro de recibir mucha instrucción y poco conocimiento; y el axioma del maestro es, ‘lo que el niño aprende importa menos que cómo lo aprende’.
  12. Pero nosotros, creyendo que el niño normal tiene capacidades mentales que lo capacitan para lidiar con todo el conocimiento apropiado para él, le damos acceso a un currículum completo y abundante; poniendo cuidado solo de que todo el conocimiento que se le ofrezca sea vital, es decir, que los hechos no se presenten sin las ideas que los sustentan. A partir de esta concepción surge nuestro principio de que:
  13. «La educación es la ciencia de las relaciones»; es decir, que un niño se relaciona naturalmente con una gran cantidad de cosas y pensamientos: por ello lo instruimos en ejercicios físicos, el conocimiento de la naturaleza, los trabajos manuales, la ciencia y el arte, usando muchos libros vivientes, porque sabemos que nuestra tarea no es enseñarle todo sobre todas las cosas, sino ayudarlo a validar todo lo que pueda de:
    «Aquellas afinidades primogénitas
    Que moldean nuestra nueva existencia a las cosas ya existentes».
  14. También existen dos directrices que se pueden impartir a los niños para una gestión propia tanto moral como intelectual, que llamamos ‘ la vía de la voluntad’ y ‘la vía de la razón’.
  15. La vía de la voluntad: a los niños se les debe enseñar: (a) Que distingan entre ‘quiero’ y ‘debo’. (b) Que la forma de llegar a hacer en forma efectiva es apartar nuestros pensamientos de lo que deseamos, pero no queremos hacer. (c) Que la mejor manera de cambiar nuestros pensamientos es pensar o hacer algo bien diferente, algo entretenido o interesante. (d) Que después de un poco de descanso de esta manera, la voluntad vuelve a su trabajo con renovado vigor (Este complemento de la voluntad lo conocemos como distracción, y su rol es librarnos por un tiempo de hacer un esfuerzo, para que podamos ‘volver a querer hacer’ con mayor ímpetu. El uso de la insinuación, inclusive la auto sugestión, como ayuda a la voluntad debe eliminarse, ya que tiende a aturdir y a estereotipar el carácter. Pensamos que la espontaneidad es una condición del desarrollo, y que la naturaleza humana necesita la disciplina del fracaso tanto como la del éxito).
  16. La vía de la razón: Deberíamos enseñar a los niños a no ‘poner (demasiada) confianza en su propio entendimiento’; porque la función de la razón es proporcionar una prueba lógica de: a) la verdad matemática, b) una idea inicial que la voluntad acepta. En el primer caso, la razón es, prácticamente, una guía infalible, pero en el segundo caso, no es siempre así, en cuyo caso, la razón confirmará con pruebas irrefutables si una idea está bien o mal.
  17. Por lo tanto, a los niños se les debe instruir, a medida que lleguen a la madurez suficiente para comprender tal enseñanza, que la principal responsabilidad que recae sobre ellos como personas es aceptar o rechazar ideas.
    Para ayudarlos en esta elección les damos principios de conducta, y una amplia gama de conocimiento apropiado para ellos.
    Dichos principios (15, 16 y 17) librarán a los niños de pensamientos ilógicos y de acciones imprudentes que causan que la mayoría de nosotros viva en un nivel inferior al que debiéramos vivir.
  18. No debiéramos permitir que surja ninguna separación entre la vida intelectual y ‘espiritual’ de los niños, sino que debiéramos enseñarles que el Espíritu de Dios tiene acceso constante a sus espíritus, y es su Ayudador permanente en todos los intereses, deberes y alegrías de la vida.


La serie educativa en su versión original en inglés se titula Home Education (educación en el hogar) por el título del primer volumen, y no porque se trate en su totalidad o principalmente sobre la educación en el hogar en oposición a la educación en la escuela.

Prólogo a la Cuarta Edición

En este volumen intento presentar a los padres y maestros un método educativo que se basa en la ley natural; y, en dicho contexto, referirme a los deberes de la madre hacia sus hijos. Me atrevo a hablar sobre este tema con el más sincero respeto hacia las madres, creyendo que, tal como lo dijera un sabio maestro de hombres: «la mujer recibe del Espíritu de Dios mismo la capacidad de intuir el carácter del niño, de apreciar sus fortalezas y sus debilidades, la facultad de propiciar unas y sostener las otras, en lo cual se haya el misterio de la educación, aparte de la cual todas las medidas y regulaciones educativas propias resultan absolutamente vanas e ineficaces ». Pero sólo en la medida que una madre cuente con esta percepción peculiar sobre sus propios hijos, sentirá, pienso, la necesidad de conocer los principios generales de la educación, basados en la naturaleza y las necesidades de todos los niños. Este conocimiento de la ciencia de la educación, ni siquiera las mejores madres recibirán de lo alto, ya que con frecuencia no se recibe como regalo lo que podemos obtener por nuestro propio esfuerzo.

Me atrevo a suponer que los maestros de niños pequeños también encontrarán útil este volumen. Estamos hablando del periodo de la vida del niño entre los seis y nueve años, cuando se debería asentar las bases de una educación rica y variada, así como el hábito de lectura con miras a la instrucción. Durante estos años el niño debería entrar al mundo del conocimiento, desde distintas direcciones, de una manera reposada y consecutiva, lo cual no se logra a través de las lecciones orales, muy comunes hoy en día. Espero que los maestros puedan descubrir que esta perspectiva (desde un nuevo punto de vista) hacia las resabidas «materias de instrucción» apropiadas para niños, sea interesante y estimulante, y que los métodos que aporta esta nueva mirada puedan ser inspiradores y útiles.

El objetivo particular de este volumen como parte de la serie educativa Charlotte Mason (Home Education Series), es demostrar el efecto de la fisiología del hábito en la educación; por qué ciertos hábitos físicos, intelectuales y morales son valiosos para un niño, y qué se puede hacer para la formación de tales hábitos. Tengo una deuda impagable a Fisiología mental del Dr. Carpenter por su instrucción invaluable sobre los hábitos que contienen dos o más capítulos de esa obra. También agradezco a los expertos en medicina que han hecho una cuidadosa y competente revisión de las partes de esta obra que descansan sobre una base fisiológica.

Debiera añadir que hace unos veinte años (1885) la mayor parte de este volumen fue parte de una serie de «Conferencias para señoras», y se publicaron de esa forma originalmente en 1886 con el título que aún mantienen hoy.

Las conferencias VII y VIII y el apéndice del volumen original se han traspuesto a otros volúmenes de la serie. Todo se ha revisado muy cuidadosamente, y se ha añadido mucho nuevo contenido, especialmente en la Parte V «Las lecciones como instrumentos de la educación», la cual ahora entrega una introducción bastante completa a los métodos para la enseñanza de materias aptas para niños entre los seis y los nueve años.

El resto del volumen intenta abordar la totalidad de la educación desde la infancia hasta el noveno año de vida.

C. M. MASON.
Scale How, Ambleside (Inglaterra)
1905

Parte I. Algunas consideraciones preliminares

Sin duda una evidencia significativa del mejorado estatus de las mujeres lo constituye el creciente deseo de trabajar de las mujeres educadas; el mundo lo desea, y en la medida que la educación sea más accesible, veremos que todas las mujeres capaces de trabajar se convertirán en mujeres trabajadoras, con tareas definidas, horas fijas y un salario, o trabajando por el placer y el honor de hacer un trabajo útil si no tuvieran la necesidad de ganar dinero.

Los niños son un bien público. Ahora bien, el trabajo de mayor importancia para la sociedad es la crianza e instrucción de los niños—en la escuela, no hay duda, pero lo es mucho más en el hogar, porque son las influencias que moldean al niño en el hogar las que determinarán el carácter y la carrera del futuro hombre o la futura mujer. Por ello, ser padres es algo grande: no hay nada más elevado a lo que se pueda aspirar, ni hay algo más digno que se le compare; incluso los padres de un solo hijo pueden regocijarse en lo que será una bendición para el mundo. No obstante, al recibir tal responsabilidad, los padres no tienen la libertad de decir: «Puedo hacer lo que quiera con lo mío». En realidad, los niños debieran considerarse menos como propiedad personal y más como un bien público que ha sido puesto en manos de los padres para que logren lo mejor de ellos para el bien de la sociedad. Tal responsabilidad no se divide equitativamente entre los padres: es en las madres del presente que depende el futuro del mundo, en un mayor grado que en los padres, porque son las madres quien ejercen más dirección durante los primeros años, los años de mayor impresionabilidad de los niños. Esta es la razón por la que escuchamos con tanta frecuencia de grandes hombres que han tenido buenas madres, es decir, madres que criaron a sus hijos ellas mismas, y que no cedieron su más solemne deber a personas indiferentes.

Las madres deben un «amor reflexivo» a sus hijos. Pestalozzi nos dice: «La madre está calificada por el Creador mismo, para convertirse en el principal agente del desarrollo de su hijo… y lo que a ella se le exige es un amor que reflexiona… Dios le ha dado al niño todas las facultades propias de nuestra naturaleza, pero el punto crucial permanece incierto: ¿cómo deben emplearse este corazón, esta mente, estas manos? ¿Al servicio de quién se dedicarán? Responder esto implica un futuro de felicidad o desdicha para una vida tan querida para usted. Es por esto que el amor maternal es el primer agente en la educación».

Estamos despertando a nuestros deberes y en la medida en que las madres adquieran niveles más avanzados de educación y eficiencia, sin duda se sentirán más convencidas de que la educación de sus hijos durante los primeros seis años de vida es una empresa que casi no puede dejarse en otras manos que no sean las propias; por eso, la asumirán como su profesión, es decir, con la diligencia, la regularidad y la puntualidad de una labor profesional [en el original de principios del siglo XX: que los hombres otorgan a sus labores profesionales].

Con el fin de comprender mejor el rol que ellas tienen en la crianza de sus hijos, las madres debieran contar con algo más que un vago conocimiento teórico de la educación, así como con una comprensión profunda de la naturaleza del niño sobre la cual se basan tales teorías.

La instrucción de los niños «excesivamente defectuosa». «La formación de los niños, tanto física, moral como intelectual es terriblemente defectuosa», dice el Sr. Herbert Spencer [filósofo, biólogo, antropólogo y sociólogo inglés (1820-1903)]; y «en gran medida es así, debido a que los padres carecen de aquel conocimiento que es vital para ser guiados correctamente en la formación en estas áreas. Pero, ¿qué se puede esperar cuando uno de los problemas más complejos es abordado por quienes han reflexionado tan deficientemente sobre el principio del cual depende su solución? Sabemos que para fabricar zapatos o construir casas, para manejar un barco o una locomotora, es necesario primero un largo aprendizaje práctico como aprendiz. ¿Podemos asumir, entonces, que el desarrollo del cuerpo y mente de un ser humano es un proceso comparativamente tan simple, que cualquiera puede dirigirlo y regularlo sin preparación alguna? Si, por el contrario, el proceso es (con una excepción) más complejo que cualquier otro en la naturaleza, y la tarea de suplir para el mismo es de una dificultad magnánima, ¿no es una locura no prepararse para tal tarea? Es mejor sacrificar logros que omitir esta instrucción esencial… Conocer algo de los principios básicos de la fisiología y las verdades elementales de la sicología es indispensable para la crianza adecuada de los niños… Estos son los hechos indiscutibles: que el desarrollo mental y físico de los niños obedece a ciertas leyes; que a menos que los padres se adapten en algún grado a dichas leyes, la muerte es inevitable; que, a menos que se conformen a ellas en gran manera, y solo cuando esta conformidad ocurre en su totalidad, solo entonces se puede alcanzar un grado completo de madurez. Juzguemos, pues, si todos los que algún día serán padres no debieran buscar con diligencia aprender cuáles son estas leyes». (Herbert Spencer, Education)

El proceder común de los padres. Instintivamente, al principio los padres conciben a sus hijos como una hoja en blanco, y hacen grandes resoluciones sobre lo que escribirán en ella. No pasa mucho tiempo sin que surjan características de la disposición del niño con sus modos propios de actuar; y al principio, cada nueva muestra de personalidad propia es una encantadora sorpresa. Siempre nos maravillará que el niño muestre placer al ver a su padre, y que su carita muestre tanto cariño por su madre; pero el asombro se acaba y los padres ya no se maravillan cuando el niño se muestra como un ser humano completo igual que ellos, con afectos, deseos y capacidades; un niño que ama su libro, quizás, como un pato ama el agua, o los juegos que lo convertirán en un hombre. La noción primera de los padres de hacer todo por el niño, desaparece gradualmente, y tan pronto el niño muestra que puede hacer cosas por sí mismo, se le anima a que lo haga. El mayor deleite de la madre y el padre es observar la individualidad de su hijo tal como se despliega una flor. Pero Otelo pierde su trabajo. Cuanto más el niño define su propio rumbo, menos tienen por hacer los padres, excepto alimentarlo con la comida y la bebida convenientes, ya sea afectiva, intelectual o, física: aquí podemos notar que el rol de los padres es solo suplir, pues el niño sabe muy bien cómo apropiarse de lo que recibe. La preocupación principal de los padres es entregar algo que sea sano y nutritivo, ya sea en cuanto a libros ilustrados, clases, compañeros de juego, pan y leche, o el amor de la madre. Ésta es la educación tal como la entiende la mayoría de los padres, con mayor cantidad de carne, mayor cantidad de amor, mayor cantidad de cultura, todo según su tipo y medida; y dejan a sus hijos tranquilos, los dejan ser, permitiendo que la naturaleza humana se desarrolle por sí misma, y vaya siendo modificada por el ambiente y la herencia.

Así tal cual, esta «inactividad magistral» es lo mejor para el niño; está bien que se le deje crecer y que se le ayude a crecer de acuerdo a su naturaleza; y mientras los padres no intervengan para malcriarlo, da buenos resultados y no se ve evidencia de ningún daño. Sin embargo, esta filosofía de «dejarlo ser» solo abarca la parte menos importante del llamado de los padres; y no aborda los extenuantes y continuos esfuerzos que se deben hacer en obediencia a la ley que producirá un ser humano en toda su excelencia.

Nada de lo que concierne a un niño es trivial; sus palabras y acciones aparentemente sin sentido están llenas de significado para los sabios. Es en lo infinitamente pequeño que debemos estudiar lo infinitamente grande; y las vastas posibilidades y la dirección correcta de la educación, se indican en el libro abierto que son los pensamientos del niño.

Una generación atrás, un gran maestro nuestro nunca cesó de reiterar que en el plan divino «la familia es la unidad de la nación»: no el individuo, sino la familia. Hay mucho que se puede aprender en esta frase, pero en la superficie entendemos que el todo es más que su parte, que el todo contiene la parte, posee la parte, ordena la parte; y que al ser esto así, los niños pertenecen a la nación, son educados para la nación de la forma que a ella le es más beneficiosa, y no de acuerdo con el capricho individual de los padres. La ley existe para castigar a los malhechores, y para alabar a los que hacen el bien; por tanto, en forma práctica, los padres tienen completa libertad de acción; pero deberíamos hacer bien en recordar que los niños son un bien nacional cuya crianza nos concierne a todos, incluso a aquellas personas solteras o sin hijos, que tienen el bastante sombrío rol de solo «observar».

I. Método educativo

Los métodos educativos tradicionales. Hoy es más necesario que nunca que los padres enfrenten por sí mismos el asunto de la educación en todos sus aspectos. Hasta ahora, se ha criado a los niños principalmente con métodos tradicionales; la experiencia de nuestros antepasados sigue presente en una gran cantidad de fórmulas educativas que se transmiten de boca en boca; y pocas o muchas de dichas fórmulas componen el código educativo de cada hogar.

Sin embargo, entendemos muy poco la gigantesca revolución que está causando la ciencia en la teoría de la educación. Las tradiciones de los antepasados se han probado y han sido halladas insuficientes; tomará mucho tiempo para que los axiomas de la nueva escuela pasen a circulación común; y, mientras tanto, los padres están obligados a utilizar sus propios recursos, y por fuerza deben sopesar los principios, y adoptar un método de educación por sí mismos.

Por ejemplo, según el código pasado, una madre podría usar su zapatilla de vez en cuando [claramente la autora alude al conocido castigo de los niños], con buenos resultados y sin ninguna culpa; pero ahora, la persona del niño se considera sagrada, y sea esta opinión correcta o incorrecta, infligir dolor con fines morales es algo que se rechaza en forma bastante generalizada.

Otro ejemplo es la antigua regla de la mesa de los niños que decía: “cuanto más simple mejor, y el hambre es el mejor aderezo”; ahora, la dieta de los niños debe ser al menos tan nutritiva y tan variada como la de sus mayores; y el apetito, el deseo por cierto tipos de alimentos, hasta ahora una tendencia viciosa que debía ser reprimida, es hoy, en el marco de ciertas limitaciones, la guía más confiable que siguen los padres para organizar una dieta para sus hijos.

Un principio del antiguo régimen, era que los niños debían instruirse para que soportaran las dificultades. “Nunca podré ser un marinero si no puedo enfrentar el viento y la lluvia”, dijo un pequeño de cinco años que una noche invernal fue sacado para ver una procesión de antorchas; y, aunque temblaba de frío, no quiso refugiarse del mismo. Hoy en día, el refugio lo es todo; no se debe permitir que los niños sufran fatiga o pasen tiempo a la intemperie.

La antigua teoría podía resumirse en que los niños hicieran lo que se les pidiera, que se preocuparan de sus libros [estudiaran] y que disfrutaran del juego cuando ya habían cumplido sus deberes. Hoy, el placer de los niños tiene más importancia que los deberes.

Antiguamente, fueron criados en sujeción; ahora, los ancianos ceden su lugar, y el mundo se modifica para los niños.

Los ingleses rara vez llegan a extremos como los padres de aquella historia en la revista French Home Life, que llegaron una hora tarde a una cena, porque su hija de tres años había querido que se pusieran la ropa de dormir y se fueran a la cama cuando ella lo hizo, y solo pudieron salir cuando la niña estaba dormida. Es verdad que no llegamos tan lejos, pero esa es la dirección hacia la que nos encaminamos; por ello, hasta qué punto las nuevas teorías educativas son sabias y humanas, y el resultado del conocimiento científico y psicológico, y hasta qué punto están al servicio de la idolatría de los niños a la cual todos estamos sucumbiendo, no es una cuestión que se debiera decidir livianamente.

En todo caso, no es muy exagerado declarar que los padres que no siguen razonablemente un método de educación, estudiado en su totalidad, fallan hoy—más que nunca—en cumplir con las obligaciones que deben a sus hijos.

El método como un camino hacia un fin. El método implica dos cosas: es un medio para lograr un fin, y es también el paso a paso en tal dirección; en otras palabras, seguir un método implica una idea, una imagen mental del fin u objetivo al que se quiere llegar. ¿Qué se propone usted que sea el efecto que ejerza la educación en su hijo, y para beneficio de él? Reiteramos que el método es natural; fácil, flexible, discreto, simple como lo es la naturaleza misma; sin embargo, es vigilante, cuidadoso, influye en todo, y afecta todas las cosas. El método, cuando tiene como fin la educación, toma para su servicio los asuntos más improbables para ese fin; y lo hace de una manera tan natural como lo hace el sol cuando solo al brillar hace que soplen los vientos y que fluyan las aguas. La madre y el padre que pueden y están dispuestos—en otras palabras, la fuerza exacta del método—a educar a sus hijos, usarán todas las circunstancias de la vida del niño casi sin que se lo propongan; así de fácil y espontáneo es un método educativo basado en la ley de la naturaleza. Ya sea cuando el niño coma o beba; venga, vaya o juegue todo el tiempo, se está educando, aunque es igual de inconsciente de ello como lo es de respirar. Sin embargo, siempre existe el peligro de que un método confiable se degenere y se convierta en un mero sistema. Por ejemplo, el método del kindergarten o jardín de infantes, merece el nombre de método, ya que fue concebido y perfeccionado por educadores de gran corazón con el fin de contribuir a la evolución multifacética del más complejo ser humano viviente y en crecimiento, pero que, en manos de practicantes ignorantes se convierte en ¡un miserable sistema duro como un trozo de madera!

El sistema es más fácil que el método. Un “sistema educativo”, es una atractiva quimera, y lo es aún más, en algunos aspectos, que un método, porque el sistema se debe a resultados medibles y definidos. Por medio de un sistema, se puede lograr un cierto progreso, siguiendo reglas determinadas; por ejemplo, aprender la taquigrafía [hoy en día se podría reemplazar esto con aprender a tipear], danzar, cómo aprobar exámenes, cómo convertirse en un buen contador, o llegar a ser una mujer que se maneja socialmente, son todos aprendizajes que se pueden lograr usando sistemas.

El sistema—es decir, seguir reglas hasta que se afiance el hábito de hacer ciertas cosas, y de comportarse de ciertas maneras, y, por lo tanto, hasta que la habilidad sea adquirida—logra tan buenos resultados precisos que no es de extrañar que se intente infinitamente restringir todo el campo de la educación a los límites de un sistema.

Si un ser humano fuera una máquina, la educación solo lograría hacerlo actuar de la manera prescrita, y el trabajo del educador sería simplemente adoptar un buen sistema de trabajo o un conjunto de sistemas.

No obstante, el educador lidia con un ser que actúa y se desarrolla por sí mismo, y su afán es guiar y ayudar a que se produzca el bien latente en dicho ser, se disipe el mal latente, preparar al niño para que asuma su lugar en el mundo dando lo mejor de él, y con todas las capacidades para el bien que están en él totalmente desarrolladas y convertidas en el poder de hacer.

Aunque el sistema es muy útil como instrumento de la educación, un “sistema educativo” es perjudicial ya que produce solo una acción mecánica en lugar de producir el crecimiento y movimiento vitales de un ser vivo.

Vale la pena señalar en qué difieren un sistema y un método porque muchas veces los padres se dejan llevar por algún meritorio “sistema” cuyo objetivo es generar desarrollo en una dirección—ya sea de los músculos, de la memoria, o de la facultad del razonamiento—y ya están satisfechos, como si ese desarrollo representara una educación completa. Esta satisfacción fácil surge de la pereza de la naturaleza humana, a la cual le agrada más un plan definido que la vigilia constante y la acción no prevista que se necesitan cuando la totalidad de la existencia de un niño se debe usar como el medio para su educación. ¿Pero quién tiene todo lo necesario para realizar una educación tan exhaustiva e incesante? Los padres pueden estar dispuestos a realizar cualquier iniciativa definida por el bien de sus hijos; pero estar siempre proveyendo para su bienestar, siempre ingeniándoselas para que las circunstancias que los rodean le sean favorables, ¡es propio de un dios, y no de un ser humano! Ésta es una objeción bastante razonable, si uno considera la educación como una serie interminable de esfuerzos independientes, que se piensan uno a uno, y se realizan sin planificación; pero el hecho es que algunos principios esenciales generales cubren todo el campo, y una vez que éstos se entienden por completo, actuar en función de ellos es tan fácil y natural como cuando actuamos en función de nuestro conocimiento de datos como que el fuego quema y el agua fluye. Mi esfuerzo en éste y en los capítulos subsiguientes será presentarles dichos principios fundamentales en su sentido práctico. Mientras tanto, consideremos una o dos preguntas preliminares.

II. La condición del niño

El niño en medio. Primero, consideremos al niño que ha sido encomendado a sus padres humanos: ¿dónde está y qué es el pequeño ser? ¿Acaso una hoja en blanco en la que se escribirá, o una rama que se doblará, o una masa que se moldeará? Quizás sea todo ello, pero es mucho más: es un ser que pertenece a un rango completamente más alto que el nuestro; o, por así decirlo, un príncipe al cuidado de unos campesinos. Escuchemos cómo estima Wordsworth la condición del niño:

“Nuestro nacimiento no es más que un sueño y un olvido:
El alma que se eleva con nosotros, nuestra estrella de la vida,
Ha tenido en otra parte su escenario,
Y viene de lejos;
No en completo olvido,
Tampoco en completa desnudez,
Mas persiguiendo nubes de gloria venimos
De Dios, que es nuestro hogar:¡Rodeados del cielo en nuestra edad más temprana!

* * * * * * * * * * * * * * * * * *

Tú, cuyo semblante exterior esconde
La inmensidad de tu alma;
Tú, filósofo por excelencia, que aún mantienes
Tu herencia, tu vista entre los ciegos,
Que, sordo y silencioso, lees la profundidad eterna,
Perseguido por siempre por la mente eterna,
¡Poderoso profeta! ¡Vidente bendito!
En quien estas verdades descansan,
Y que nosotros luchamos toda la vida por encontrar;
Tú, sobre quien tu inmortalidad
Se obsesiona como un día, cual amo sobre su esclavo,
Una presencia que a resguardo no se debe dejar;
Tú, niño, pequeño, pero glorioso en el poder
De la libertad proveniente del cielo dispuesta en la estatura de tu ser”.

Continúa así sucesivamente toda esa gran oda [se trata de “Atisbos de la inmortalidad en los recuerdos de la primera infancia” de Wordsworth, aquí en su versión original], que, después de la Biblia, otorga la comprensión más profunda de los niños en términos de su naturaleza y condición. “De los tales es el reino de los cielos”. “A menos que seáis como niños pequeños, no entraréis en el reino de los cielos”. “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?” “Y llamó a un niño y lo puso en medio de ellos”. He aquí la valoración divina de la condición del niño. Vale la pena que los padres reflexionen cada enunciado de los Evangelios sobre los niños, despojándose de la noción de que estos dichos son atingentes, en primer lugar, a las personas adultas que se han convertido en niños pequeños. No cabe aquí discutir lo que estos profundos dichos son, ni lo que significan; solo que parece que abarcan mucho más de lo que Wordsworth declara que son los niños en su expresión sublime:”Persiguiendo nubes de gloria venimosDe Dios, que es nuestro hogar”.

Código de educación en los evangelios. Es posible que los padres que no han prestado mucha atención al tema se sorprendan al descubrir también un código de educación en los Evangelios, expresamente establecido por Cristo. Se resume en tres mandamientos, los tres en voz negativa, como si lo principal que deben hacer las personas adultas es no causar ningún daño a los niños: Mirad que no OFENDÁIS, no MENOSPRECIÉIS, no TROPECÉIS a ninguno estos pequeños.Así son las tres leyes educativas del Nuevo Testamento, las cuales, al examinarse por separado, me parece que abarcan toda la ayuda que podemos dar a los niños y todo el daño que les podemos evitar, es decir, todo lo que se incluye al instruir al niño en su camino. Consideremos estas tres grandes leyes como prohibitivas, con el fin de despejar el terreno y llegar a la consideración de un método educativo, ya que, si dejamos resuelto desde ahora lo que no debiéramos hacer, será de gran ayuda para ver lo que  podemos hacer, y debemos hacer, aunque, de hecho, lo positivo está incluido en lo negativo, es decir, lo que estamos obligados a hacer por el niño está incluido en lo que no debemos hacer porque le causa daño.}


III. Ofender a los niños

Ofensas. El primero y el segundo de los edictos divinos parecen incluir nuestros pecados de comisión y omisión contra los niños: los ofendemos, cuando hacemos por ellos lo que no debimos haber hecho; los despreciamos, cuando dejamos de hacer esas cosas que, por su bien, deberíamos haber hecho. Sabemos que una ofensa es literalmente un obstáculo, lo que hace tropezar al caminante y lo hace caer.Las madres saben lo que es despejar el piso de los obstáculos cuando un bebé da sus primeros pasos vacilantes de silla en silla, o de un par de brazos amorosos a otro. La pata de la mesa, el juguete en el suelo, lo que sea que ha provocado una caída y un llanto, es algo lamentable; ¿por qué alguien no lo quitó para que el bebé no tropezara? Pero así va el niño pequeño saliendo al mundo con pasos vacilantes e inciertos en muchas direcciones; allí hay causas de tropiezo que no son tan fáciles de eliminar como un taburete ofensivo; ¡y ay del que haga tropezar al niño!

Los niños nacen con el sentido de obediencia a la ley. “¡Qué malo bebé!” dice la madre; el niño baja los ojos, y un rubor surge en su cuello y semblante, “qué gracioso” piensan algunas personas y dicen: “¡Qué malo bebé!” cuando el bebé está jugando dulcemente, para divertirse al ver que el alma infantil se eleva visiblemente ante sus ojos. Pero, ¿qué significa esta muestra de sentimiento, de conciencia, en el niño, previa a toda enseñanza humana recibida? Nada menos que esto: que ha nacido como un ser respetuoso de la ley, con un sentido de lo que se debe y lo que no se debe, de lo correcto y lo incorrecto. Así es como los niños han sido enviados al mundo, con esta advertencia: “Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños”. A pesar de esta verdad, ¿quién no ha conocido a niñas y niños grandes, hijos de padres sensatos, pero que aún no saben lo que significa debo, que no han aprendido a cumplir sus obligaciones, y cuyos corazones no sienten el solemne llamado del deber, sino que la única regla que saben es “quiero” y “no quiero” o “me gusta” y “no me gusta”? ¡Qué el cielo ayude a los padres y a los niños cuando han llegado a tal realidad! Pero, ¿cómo se ha llegado a que el bebé, con su agudo sentido de lo correcto y lo incorrecto incluso cuando poco entiende el habla humana, llegue a convertirse en un niño o niña que ya demuestra “la maldición del corazón sin ley”? Pues, lenta y gradualmente, aquí un poco y allá otro poco, y en la medida que todo lo bueno o lo malo del carácter llega a ponerse en práctica. ¡Malo! dice la madre, nuevamente, cuando una pequeña mano se mete en las galletas; y un par de ojos pícaros la buscan furtivamente, para medir hasta dónde puede llegar el pequeño ladronzuelo. Es muy divertido; la madre “no puede más que reírse”; y deja pasar la pequeña falta: pero lo que la pobre madre no ha pensado es que una causa de tropiezo, una ofensa, ha sido arrojada en el camino de su hijo de dos años. Él ahora ya sabe que lo que es ‘malo’ se puede hacer igual y con algo de impunidad, y continuará mejorando ese conocimiento. No es necesario continuar; todo el mundo sabe los pasos por los cuales se ignora el “no” de la madre, y su negativa se convierte en consentimiento. El niño ha aprendido a creer que no tiene nada que superar más que la oposición de su madre; si ella elige permitirle hacer esto y aquello, entonces no hay razón por la que ella se oponga; él puede hacer que ella elija permitirle hacer lo prohibido, y entonces podrá hacerlo. El siguiente paso del argumento no es muy positivo para el ingenio infantil: si la madre hace lo que ella quiere, por supuesto él también hará lo que quiera, si fuera posible, y a partir de entonces, la vida del niño es una lucha constante para salirse con la suya; una lucha en la cual los padres pueden estar seguros de salir perdiendo, considerando que ellos tienen muchas responsabilidades en las que pensar, mientras que su hijo piensa sin cesar en el asunto que le interesa.

Los niños deben percibir que sus autoridades se rigen por la ley. ¿Cuál es el origen de esta compleja situación que mancha las vidas de padres e hijos por igual? En esto: que la madre comenzó su tarea sin suficiente sentido del deber; se creía libre de permitir y prohibir; de decir y desdecirse a su gusto, como si el niño fuera suyo para hacer lo que ella quisiera. El niño nunca descubrió un telón basado en el deber tras las decisiones de su madre; él no sabe que ella no debe dejar que él rompa los juguetes de su hermana, comer pastel sin límite, ni estropear el placer de otras personas, porque estas cosas no son correctas. Pero si el niño percibe que sus padres están obligados por la ley tanto como él, que simplemente no pueden permitirle que haga las cosas que le han sido prohibidas, y se someterá con la dulce mansedumbre propia de su edad. Por lo general, razonar con un niño para que obedezca está fuera de lugar y puede implicar sacrificar la dignidad de los padres; pero el niño es lo suficientemente listo como para atisbar el “deber” que rige a su madre, en su cara, en sus modales, y en el hecho de que ella no cambiará de resolución cuando se trate de hacer lo bueno o lo malo.

Los padres pueden ofender a sus hijos haciendo caso omiso de las leyes sanitarias. Esto de permitirle hacer lo malo, es solo una de las muchas formas en que la madre amorosa puede ofender a su hijo, pero la ignorancia o la obstinación, que es peor, pueden no solo permitirle hacer lo malo, sino también hacerle mal. Ella misma puede hacerle tropezar en su vida física al darle comida no saludable, dejarlo dormir y vivir en habitaciones mal ventiladas, al ignorar cualquiera o todas las evidentes leyes sanitarias, ignorancia que casi no se puede justificar considerando los grandes esfuerzos hechos de la comunidad científica por poner dicho necesario conocimiento al alcance de todos.

Sobre la vida intelectual. Bastante parecida es la forma en que la vida intelectual del niño puede destruirse desde su origen gracias a una serie de clases tediosas y lentas en las cuales lo menos que se logra o se espera es un progreso definitivo, y que, lejos de educar en un sentido verdadero, aturde el ingenio de una manera que nunca se supera. Muchas niñas pequeñas, especialmente, abandonan el aula de la escuela con una aversión hacia todo tipo de aprendizaje, una aversión al esfuerzo mental, que dura toda su vida, y es por eso que cuando crecen, leen poco y novelas de mala calidad, y se dedican a hablar todo el día sobre su ropa.

Sobre la vida moral. ¿Cómo se abordan los afectos del niño, aquellas expresiones del corazón tierno que nada esconde? Hay pocas madres que no se esfuerzan por apreciar los afectos familiares; pero cuando el niño llega a relacionarse con aquellos fuera de su círculo familiar, ¿acaso no es verdad que los adagios y motivos del mundo destruyen las incipientes muestras de amor infantil? Algo mucho peor sucede cuando el amor del niño no se encuentra correspondido en su propio hogar: cuando una niña no es la bonita de la familia o un niño es el aburrido de la familia, y allí se queda como abandonado en el frío, mientras el afecto de los padres se prodiga sobre el resto de la prole. Por supuesto que la niña no ama a sus hermanos y hermanas, quienes monopolizan lo que también debería haber sido suyo. ¿Y cómo va a amar a sus padres? Nadie conoce la verdadera angustia que muchos infantes sufren por esta causa, ni cuántas vidas se han amargado y arruinado por la supresión de estas afecciones infantiles. “Tuve una infancia miserable”, me dijo una señora hace un tiempo, “por el cariño preferente de mi madre hacia mi hermano pequeño; no había un día en que no me sintiera miserable cuando ella entraba en la guardería para abrazarlo a él y jugar con él, mientras que para mí no había ni una palabra, ni una mirada, ni una sonrisa, como si yo no hubiera estado presente en la habitación. Nunca lo he superado; ahora ella es muy amable conmigo, pero no logro sentirme completamente cómoda con ella. ¿Y cuánto nos hubiéramos querido como debiéramos, mi hermano y yo, si hubiéramos crecido juntos bajo el mismo afecto cuando éramos chiquitos?”


IV. Menospreciar a los niños

La madre debiera ofrecer a sus niños lo mejor de ella. Supongamos que una madre pudiera ofender a su hijo, ¿cómo es posible que lo menospreciara de tal forma? El diccionario define menospreciar como desestimar y tener en poco; y, de hecho, por mucho que nos deleitemos en los niños, los adultos tenemos una opinión demasiado baja de ellos. Si la madre no mirara en menos a su hijo, ¿lo dejaría acaso en compañía de una persona sin preparación durante sus primeros años de vida, cuando toda su naturaleza, tal como el lente sensible del fotógrafo, está recibiendo impresiones indelebles a cada momento? Pero esta persona que lo cuida trata bien al niño; además, puede que no sea muy adecuado que las personas educadas tengan a sus hijos siempre cerca; acaso la compañía constante de los padres estimule demasiado al niño; y, por último, el intercambio de ideas y la influencia de otras personas son importantes para que la madre se encuentre más refrescada para tratar con sus hijos. Sin embargo, los niños deberían recibir lo mejor de su madre, sus horas de mayor energía y entusiasmo; al mismo tiempo que ella pone cuidado en elegir sabiamente a quién cuidará a su hijo, capacitar a esta persona cuidadosamente y vigilar todo lo que sucede en la guardería (Nota: A fines del siglo XIX e inicios del siglo XX, era común en las clases acomodadas de Inglaterra contar con una habitación especialmente dedicada a los niños de la casa, en la cual había una o más niñeras que cuidaban y educaban a los niños hasta la edad de 9 años. Esta sección se refiere a tal lugar, aunque bien podría aplicarse hoy en cierta medida a la guardería, aunque difiere ésta última en que reúne a niños de diversas familias).

La persona que cuida a los niños. Las meras faltas de educación y descomedimientos de la cuidadora causan un daño que puede durar mucho en los tiernos niños; así, muchos de ellos dejan la guardería con la conciencia moral embotada, y en una condición de aislamiento de su Padre celestial que podría durarles toda la vida. El sentido moral del niño es extremadamente rápido; sus ojos y oídos están en total alerta al más mínimo acto o palabra de injusticia, engaño o falsedad. Su cuidadora dice: “No te acuso, si te portas bien”; y el niño aprende que es posible ocultar cosas de su madre, quien para él debiera ser como Dios, sabiendo todo el bien y el mal que él hace. Y no es que el niño tome nota de las malas decisiones de sus mayores con aversión; es verdad que él sabe lo que está mal pero ya no confiará en sus propias intuiciones, sino que moldeará su vida a partir de cualquier otro patrón de conducta que se presente ante él, y gracias al tinte fatal de la naturaleza humana ya presente en él, estará más dispuesto a imitar un patrón malo que uno bueno. Dé al niño entonces una cuidadora que sea tosca, violenta y deshonesta, y antes de que el niño pueda hablar claramente ya habrá adquirido tales disposiciones de carácter.

Las faltas de los niños deben tomarse en serio. Una de las muchas maneras en que los padres tienden a tener una opinión demasiado baja de sus hijos es en relación con sus faltas. Un pequeño da muestra de un feo rasgo del carácter: es codicioso, y devora la porción de golosinas de su hermana, así como la suya; es vengativo, y está listo para morder o luchar contra la mano que lo ofende; dice una mentira tal como “que no tocó la bolsa de golosinas ni el tarro de las galletas”; y la madre pospone el día malo, ella sabe que en algún momento debe lidiar con el niño por esas ofensas, pero mientras tanto dice: “Bueno, no importa por esta vez; es muy pequeño y ya aprenderá a portarse mejor”. Pero no se da a la situación la importancia que debiera tener. ¡Qué días felices garantizaría la madre tanto para ella como para sus hijos, si ella misma se apostara como un vigía en el grifo que da rienda suelta a las aguas! Si la madre resolviera estar consciente de que el niño siempre comete el mal estando en conocimiento de su mal comportamiento, entonces verá que él no es demasiado pequeño para corregir o prevenir su falta. Lidie con el niño en su primera falta, una mirada seria es suficiente para condenar al pequeño transgresor; pero déjelo continuar hasta que se forme un hábito de hacer el mal, y la cura será lenta; en cuyo caso la madre no tendrá ninguna posibilidad hasta que haya formado en él un hábito contrario correcto. Reírse de los malos temperamentos y dejarlos pasar porque los niños son pequeños equivale a sembrar al viento.


V. Impedir a los niños

La relación del niño con Dios todopoderoso. La forma más fatal de menospreciar a los niños se encuentra en la tercera ley educativa de los Evangelios, y consiste en pasar por alto y tomar a la ligera la relación natural del niño con Dios todopoderoso. “Dejad a los niños venid a mí”, dice el Salvador, como si fuera algo natural para los niños, lo que ellos hacen cuando sus mayores no se lo impiden. Quizás no sea algo tan inimaginable creer en este mundo redimido, que, tal como el infante se torna hacia su madre aún sin las facultades para decir su nombre, y las flores se vuelven hacia el sol, así también los corazones de los niños se tornan a su Salvador y Dios, con inconsciente deleite y confianza.

Teología infantil. Ahora escuche lo que sucede en muchas guarderías: “¡Dios no te ama, niño travieso y malvado!” o “Dios te enviará al infierno”, y así sucesivamente, ¡y esta es toda la enseñanza práctica que recibe el niño sobre cómo actúa su Dios amoroso! Nunca una palabra en todo el día sobre cómo Dios ama y aprecia a los pequeños, y llena sus horas de deleites; agregue a esto oraciones superficiales e insípidas, conversaciones improductivas sobre cosas divinas en su presencia, uso trivial de palabras santas, escasas señas que indiquen al niño que para sus padres las cosas de Dios son más importantes que cualquier otra cosa del mundo, y así se es impedimento para el niño, en forma tácita se le ha prohibido el “venir a Mí”. Todo esto ocurre, a menudo, con padres cuyos corazones, en lo más profundo, solo desean que Dios sea lo más deseado. ¿En dónde radica el daño? En el mismo fatuo menosprecio de los niños; en la noción de que la vida espiritual los niños solo empieza cuando se les antoja a sus mayores producirla.


VI. Condiciones para una actividad cerebral saludable

Después de haber abordado el extenso campo de las prohibiciones, estamos preparados para considerar qué es, definitiva y certeramente, lo que la madre le debe a su hijo en el nombre de la Educación.

Todo esfuerzo mental implica desgaste del cerebro. Para comenzar, las facultades más educables del niño, es decir, su inteligencia, su voluntad, y sus sentidos morales, se asientan en el cerebro; esto significa que, así como el ojo es el órgano de la vista, así el cerebro, o una parte de él, es el órgano del pensamiento y la voluntad, del amor y la adoración. Los expertos difieren en cuanto a hasta qué punto es posible delimitar las funciones del cerebro; pero lo que parece bastante claro al menos es que todas las funciones mentales se realizan implicando una actividad real en la masa de materia nerviosa blanca y gris denominada “cerebro”. Esto no es un asunto que incumbe solo al fisiólogo, sino a cada madre y padre de familia, porque si queremos que este maravilloso cerebro, por medio del cual podemos pensar, actúe de manera saludable y en armonía con el actuar saludable de sus miembros, debiera hacerlo solo en un contexto de ejercicio, descanso y nutrición similar al que de todas las demás partes del cuerpo para que funcionen óptimamente.

Ejercicio. La mayoría de nosotros ha conocido unas pocas personas excéntricas y a bastantes personas insensatas, por lo que nos preguntamos si acaso estas personas nacieron con menos facultad cerebral que las demás. Probablemente no; pero si se les permitió crecer sin el hábito diario del esfuerzo moral y mental apropiado, si se les permitió holgazanear durante la juventud sin hacer un trabajo mental o volitivo frecuente y sostenido, el resultado sería el mismo, y el cerebro que debería haberse robustecido gracias a ese ejercicio diario, se ha vuelto flácido y débil, tal como lo estaría un brazo sano después de haber sido llevado por años amarrado en una escayola. El cerebro activo de gran tamaño no se contenta con la ociosidad total; traza líneas por sí mismo y funciona a ratos, y el hombre o la mujer se vuelven excéntricos, porque el esfuerzo mental benéfico, igual que el moral, debe llevarse a cabo en sometimiento a la disciplina de las reglas. Un sagaz escritor ha dicho que la indolencia mental puede haber sido algo de la causa de esos lamentables ataques de depresión y trastorno que sufrió el pobre poeta William Cowper; la creación de bellos versos cuando “le picaba el bicho” no era suficiente esfuerzo mental para alcanzar el bienestar.

Por tanto, la consecuencia es que no se debe dejar que los niños pasen ni un día sin esfuerzos específicos, tanto intelectuales, como morales, y volitivos; que se esfuercen por entender; que se obliguen a sí mismos a hacer y soportar; y que hagan lo correcto sacrificando la comodidad y el placer: y esto por muchas razones más sublimes, de las cuales la más básica es que el mismo órgano físico de la mente y la voluntad pueda crecer vigoroso gracias al esfuerzo.

El descanso. La misma importancia radica en el suficiente descanso del cerebro; es decir, que descanse y trabaje en forma alternada. Aquí entran en juego dos consideraciones. En primer lugar, cuando el cerebro está trabajando activamente, ocurre lo mismo que en cualquier otro órgano del cuerpo en las mismas circunstancias; es decir, un gran suministro adicional de sangre llega a la cabeza para nutrir el órgano que se desgasta con el esfuerzo. Atención, que en los vasos sanguíneos no hay una cantidad indefinida de lo que por el momento llamaremos sangre excedente, sino que el suministro está regulado según el principio de que solo un conjunto de órganos debiera estar en actividad excesiva a la vez—una vez las extremidades, otra vez los órganos digestivos, después el cerebro; así, toda la sangre que no sea vital en otras funciones va a apoyar aquellos órganos que trabajan en un determinado momento.

El descanso después de las comidas. El niño acaba de almorzar (que es la comida del día que provoca el mayor esfuerzo en sus órganos digestivos) y durante dos o tres horas después de comer, estos órganos están realizando mucho trabajo, y la sangre que no es vital en otras funciones, está allí presente para ayudar. Si usted envía al niño a dar un largo paseo inmediatamente después de la comida, hará que la sangre vaya a las extremidades que se mueven, y que la comida quede a medio digerir; si el niño se costumbra a comer y después a a moverse, terminará con problemas crónicos de digestión. Lo mismo si se le envía a trabajar en sus clases después de una comida pesada; la sangre que debería haber estado ayudando en la digestión de la comida se va al cerebro que trabaja.

En consecuencia, las horas de clases debieran elegirse cuidadosamente, después de períodos de descanso mental (como dormir o jugar, por ejemplo), y cuando ninguna otra parte del sistema está realizando una actividad excesiva. Por ello, la mañana, después del desayuno (cuya digestión no es una tarea de envergadura dado que se trata de una comida liviana) es el mejor momento para las lecciones y todo tipo de esfuerzo mental; si no se puede dedicar toda la tarde a la recreación al aire libre, entonces ese es el momento para realizar tareas mecánicas, como costuras, dibujo, o la práctica de un instrumento. La mente de los niños está suficientemente despierta en la tarde, pero el inconveniente del trabajo al final del día es que el cerebro, una vez incitado a la acción, se inclina a continuar su trabajo más allá de la hora de acostarse, lo que provoca los sueños, el insomnio y el sueño intranquilo del pobre niño que ha estado trabajando hasta el último minuto. Si no se puede evitar que los niños mayores trabajen por la tarde, debieran por lo menos disfrutar una o dos horas de amena actividad social antes de acostarse; pero, sin duda, por el bien de los niños debiéramos abolir las “tareas” vespertinas.

Cambio de ocupación. Según Huxley [biólogo y antropólogo británico, en su obra Lessons in Elementary Physiology, publicada en 1915, cuando no existía todavía la elevada tecnología actual en esta área], “No existe ninguna prueba satisfactoria en este momento, de que la manifestación de ningún tipo particular de facultad mental esté especialmente asignada o conectada con la actividad de un área particular o los hemisferios cerebrales”, dictamen que contradice la frenología [antigua doctrina psicológica según la cual las facultades psíquicas están localizadas en zonas precisas del cerebro y en correspondencia con relieves del cráneo.], pero que nos llega desde un expertizaje que es imposible poner en duda. Así, entendemos que no es posible determinar la localización de las ‘facultades’—decir que se es cauteloso con esta fracción del cerebro y que se ama la música con otra parte; pero una cosa sí es cierta, y muy importante para el educador: que el cerebro, o alguna parte del cerebro, se agota cuando ha estado realizando una función determinada durante demasiado tiempo. El niño que ha estado haciendo sumas un largo rato inexplicablemente no puede pensar, por tanto, que lea algo de historia, y verás que su mente vuelve a estar activa. Lo que ha pasado es que la imaginación, que no se ocupa para hacer sumas, ha entrado en acción durante la clase de historia, y el niño despierta una facultad viva e inagotable para realizar su nuevo trabajo. Los horarios de la escuela generalmente se elaboran con miras a darle al cerebro del niño un trabajo variado, pero el secreto del cansancio que a menudo se ve en los niños durante sus clases es que no se ha usado dicha sabia alternación entre las lecciones.

Alimento. Repetimos que el cerebro no puede hacer su trabajo a menos que esté nutrido abundante y adecuadamente. Alguien calculó cuántos gramos del cerebro se usaron en la producción de, por ejemplo, El paraíso perdido; cuántos gramos en esto otro, etc., pero sin entrar en cálculos aritméticos de esta naturaleza, podemos decir con seguridad que todo tipo de actividad intelectual implica un desgaste de los tejidos cerebrales; una red de vasos sanguíneos suministra una enorme cantidad de sangre a este órgano para compensar por dicho desgaste de materia; y es por ello que el vigor y la salud del cerebro dependen de la calidad y cantidad del suministro de sangre.

Algunas cosas que afectan la calidad de la sangre. Pues bien, la calidad de la sangre se ve afectada por tres o cuatro cosas. En primer lugar, la sangre es elaborada a partir de la comida; por lo que mientras más nutritivos y fáciles de digerir sean los alimentos, más vitales serán las propiedades de la sangre. La comida también debiera ser variada, consistir en una dieta mixta, porque se necesitan diferentes ingredientes para compensar los diversos desgastes en los tejidos. El desgaste en los niños es impactante con sus idas y venidas interminables, su constante movimiento, su energía, incluso el movimiento de la lengua, todo implica un desgaste de la materia tangible: la pérdida no se puede apreciar, pero algo pierden con cada salida in promptu, ya sea al aire libre o al interior. No hay duda de que la ganancia en facultades que genera el ejercicio es más que compensación por la pérdida de materia tangible; pero, de todos modos, esta pérdida debe repararse rápidamente. Pero no es solo el cuerpo del niño más activo en proporción con el del hombre, sino que, en comparación con el hombre, el cerebro del niño está en esfuerzo y movimiento permanentes. Se calcula que, aunque el cerebro de un hombre no pesa más que una cuadragésima parte de su cuerpo, un quinto o un sexto de todo su complemento sanguíneo se destina a nutrir este delicado e intensamente activo órgano; pero, en el caso del niño, una proporción considerablemente mayor de su sangre se destina al sustento de su cerebro. Y todo el tiempo, además de estas excesivas demandas que pesan sobre él, ¡el niño tiene que crecer! no solo para compensar por la pérdida ocurrida, sino para producir nueva materia cerebral y corporal.

Acerca de las comidas. La conclusión obvia es que el niño debe estar bien alimentado. La mitad de las personas de baja vitalidad que conocemos han sido víctimas de una deficiente alimentación durante su infancia; con más frecuencia debido a que sus padres no estaban conscientes de su deber al respecto, que debido a no hubieran estado en condiciones de proporcionar a sus hijos la dieta necesaria para su pleno desarrollo físico y mental. Las comidas regulares a intervalos continuos, por regla general—almuerzo, nunca a más de cinco horas después del desayuno; colación de la tarde, innecesaria; alimentos animales, una vez al día, y si fueran ligeros, dos veces al día—son las sugerencias de sentido común que se siguen en la mayoría de los hogares bien controlados. Pero no es la comida que se come, sino la comida la que se digiere, lo que nutre el cuerpo y el cerebro, y es aquí donde hay tanto que es urgente por considerar, que solo podemos abordar dos o tres aspectos más obvios. Todo el mundo sabe que los niños no deben comer pasteles, ni carne de cerdo, ni carnes fritas, ni queso, ni alimentos pesados ni muy saborizados no importa lo que sean; que la pimienta, la mostaza y el vinagre, las salsas y las especias deberían estar prohibidas, así como el pan nuevo [¿pan caliente recién horneado?], las tortas y las mermeladas pesadas, como ciruela o grosella espinosa, en las que se conserva la cáscara de la fruta; que la leche [obviamente, en su tiempo, se trataba de leche de vaca original sin pasteurizar), o la leche y el agua no demasiado calientes, o el cacao, es la mejor bebida para los niños, y que se les debe instruir que no beban nada hasta que hayan terminado de comer; que la fruta fresca en el desayuno es invaluable; y cumpliendo el mismo objetivo, las sopas de avena y melaza, y la grasa del tocino tostado, son valiosos alimentos para el desayuno; y que también, un vaso de agua tomado al final de la noche y uno al principio de la mañana, es útil para promover esos hábitos regulares de los que depende gran parte la comodidad de la vida.

La conversación durante las comidas. No es necesario recomendar todo esto, y mucho más de lo mismo; pero, permítaseme insistir que son los alimentos digeridos los que nutren el sistema, y las personas tienden a olvidar hasta qué punto las condiciones mentales y morales afectan los procesos de digestión. El hecho es que los jugos gástricos que actúan como solventes para las viandas solo se secretan libremente cuando la mente está alegre y contenta. Si al niño no le gusta su cena, la come, pero la digestión de esa comida desagradable es un proceso laborioso y muy difícil. Lo mismo ocurre si se come en silencio: sin el solaz de una conversación agradable, el niño pierde gran parte de lo “bueno” de su cena. Por lo tanto, no se trata en absoluto de mimos, sino que se trata de salud, de nutrición adecuada, se trata de que los niños disfruten su comida, y que coman sus comidas con alegría; aunque, por cierto, la alegre agitación es tan dañina como su opuesto ya que destruye ese tenor alegre y balanceado que favorece los procesos de digestión. No se deben escatimar esfuerzos para que el tiempo en que la familia se convoca en la mesa familiar sean las horas más felices del día, suponiendo que se les permita a los niños sentarse en la misma mesa con sus padres; y, ¡si fuera posible!, que puedan hacerlo en todas las comidas, ya que la ventaja para los pequeños es incalculable, excepto cuando se trata de un almuerzo tarde. Esta es la oportunidad para que los padres instruyan a sus niños en cuanto a modales y a la moral, para consolidar el amor familiar, y para que los niños se familiaricen con hábitos como el de la masticación minuciosa, por ejemplo, tan importante para la salud y también para los buenos modales.

La variedad en las comidas. Sin embargo, las exigencias de estas personitas no se cumplen por completo solo brindando un entorno agradable y una excelente comida porque, aunque sea una comida simple, debe ser variada. Carne de cordero todos los martes, el miércoles la misma carne, pero fría, y el jueves, picada, puede que sea muy buena comida; pero el niño que recibe esta dieta semana tras semana estará mal alimentado, simplemente porque está cansado de la misma cosa. La madre debe crear una rotación de comidas para los niños, de por lo menos una quincena en que no se repita la misma cena dos veces. El pescado, especialmente si no hay carne en la cena de los niños, es excelente para un cambio, más aún debido a que es rico en fósforo, que es un valioso alimento para el cerebro. Los postres de los niños merecen bastante consideración, porque en general no les gustan las comidas de alto contenido graso, sino que prefieren obtener calor para el cuerpo a partir del almidón y el azúcar de los postres; por ello, proporcióneles una rica variedad, y que no siempre sea la “infinita tapioca”. Incluso para el té y el desayuno, la sabia madre no dice: “Siempre les doy a mis hijos” esto y esto, porque no deberían tener nada “siempre” sino que cada comida debiera tener alguna pequeña sorpresa ¿Pero quizás así los haríamos pensar demasiado en lo que comerán y beberán? Por el contrario, son los niños mal alimentados los que quieren más y más de algo, y a quienes no se puede confiar ninguna exquisitez extraordinaria.

El aire es tan importante como la comida. La calidad de la sangre depende tanto del aire que respiramos como de los alimentos que consumimos; en el transcurso de cada dos o tres minutos, toda la sangre del cuerpo pasa a través de las ramificaciones infinitas de los pulmones, con el único fin de que, en ese transcurso, actúe sobre ella el oxígeno en el aire que entra a los pulmones durante la respiración. Pero, ¿qué le puede ocurrir a la sangre en el curso de un evento de tan corta duración? Solo esto: que toda su naturaleza, hasta su propio color cambia; ingresa a los pulmones en mal estado, sin ser capaz de dar vida; y los abandona convertida en un fluido puro y esencial para la vida. Observe ahora dos cosas: que la sangre solo se oxigena por completo cuando el aire contiene el máximo de oxígeno, y que cada respiración y cada llama de fuego extrae algo de oxígeno de la atmósfera de una habitación. De ahí la importancia de procurar que los niños respiren diariamente aire fresco y que ejerciten abundantemente sus extremidades y pulmones en un aire no viciado ni empobrecido.

Los niños salen a caminar todos los días. “Los niños salen a caminar todos los días; nunca están fuera menos de una hora cuando hace buen tiempo”. Eso es mejor que nada; pero también lo es la siguiente ilustración: una maestra en una escuela de un área empobrecida de Londres percibe la pálida apariencia de una de sus mejores estudiantes. “¿Almorzaste, Nellie?” “Mmm sí” (vacilando). “¿Qué comiste?” “Mi madre nos dio a Jessie y a mí medio penique para almorzar, y compramos muchos caramelos de anís—es que rinden más que el pan” responde con la esperanza en los ojos de que no se le censurara por tal extravagancia. Los niños no se desarrollan de la mejor forma comiendo dulces de anís para la cena, ni con una hora de la consabida caminata diaria. Quizás la ciencia nos confirmará cada vez más el hecho de que la vida animal, confinada al interior, se sustenta en condiciones artificiales, equivalente a la vida vegetal cultivada en una casa de vidrio. Es a este respecto que la mayoría de las naciones continentales tienen ventaja sobre nosotros ya que mantienen siempre el hábito de la vida al aire libre; y como consecuencia, la persona francesa, alemana, italiana y búlgara promedio es más alegre, más sencilla y más robusta que la persona inglesa promedio. ¿Qué del clima? ¿Acaso Carlos II—y él lo sabía—no se declaró a favor del clima de Inglaterra porque allí se puede estar afuera “más horas en el día y más días en el año” que “en cualquier otro país”? Perdemos de vista el hecho de que no somos como ese personaje histórico que “solo vivió de comida y bebida”. Pero a la persona incapacitada que no puede comer le decimos “¡No se puede vivir solo de aire!” Es verdad, no podemos vivir solo de aire, pero, si debiéramos elegir entre los tres factores que prolongan la vida, el aire nos sostendrá por mayor tiempo. Todo esto lo sabemos y estamos ya cansadísimos de oír del tema; deje que el rabillo de su ojo capte la palabra “oxigenación” en una página, y éste, bien entrenado, se saltará ese párrafo. No necesitamos decirle incluso a los escolares cómo la sangre del cuerpo es transportada hacia los pulmones y desde allí se distribuye por una gran cantidad de innumerables “canales” que reciben momentáneamente oxígeno; cómo el aire actúa sobre la sangre por la acción de la respiración; cómo el aire penetra en las paredes muy delgadas de esos canales; y luego, cómo sucede una mágica (o química) transformación; las aguas residuales del sistema se convierten al instante en el rico fluido vivificante cuya función es construir los tejidos musculares y nerviosos. Y [aludiendo a la obra La Tempestad de Shakespeare], ¿cuál es el Próspero que lleva la capa? Su nombre es Oxígeno; y la maravilla que produce dentro de nosotros unas quince veces en el transcurso de un minuto, posiblemente no tiene paralelo en toda la serie de maravillas relacionadas con la vida y con las que nos “topamos” con familiaridad, estableciendo “la vida” y acarreando ¡nada menos que un secreto de gran valor!

La oxigenación tiene limitaciones. Aunque sepamos todo a este respecto, talvez olvidemos que incluso el oxígeno tiene sus limitaciones; considerando que nada puede ocurrir excepto donde se está, y esto también se aplica a este gas vital, así como a otras materias. El fuego, las lámparas y los seres que respiran, todos son consumidores del oxígeno que los mantiene con vida. ¿Cuál es la consecuencia? Pues, que este elemento, que existe en una proporción de veintitrés partes por cada cien en el aire puro, está sujeto a un enorme agotamiento dentro de las cuatro paredes de una casa, donde el aire se mantiene más o menos estacionario. No me refiero al aire viciado sino solo al agotamiento que sufre este elemento vital. ¡Piense una vez más en el extremo agotamiento del oxígeno al mantener vivos los diferentes fuegos, así como los muchos seres que respiran en una gran ciudad! Una pregunta de vital importancia es: “¿Cuál es la consecuencia?” El hombre puede disfrutar la totalidad de una vigorosa y gozosa existencia posible solo cuando su sangre está completamente aireada; y esto ocurre cuando el aire que inhala contiene todo el oxígeno necesario. ¿Es acaso una exageración aseverar que la vitalidad se reduce en aquellas personas que habitan en viviendas en contraste con aquellas que viven al aire libre? El aire empobrecido mantiene la vida a un nivel bajo y débil; así vemos que, en las grandes ciudades, la estatura disminuye, la caja torácica se contrae, los hombres apenas llegan a vivir para ver a los hijos de sus hijos. Es verdad que necesitamos casas para refugiarnos del clima durante el día y para descansar en la noche, pero en la medida que desistamos de hacer nuestras casas más “cómodas” y las consideremos meramente refugios necesarios para cuando no podamos estar afuera, entonces gozaremos a cabalidad la vigorosa vitalidad que nos es posible.

Aire viciado. Padres de pálidos niños de la ciudad: ¡pensad en esto! En este asunto en particular, los niños de la calle que se alimentan de lo que encuentran están en mejor situación (y se ven más saludables) que sus niños preciados porque los primeros tienen a su alcance mayor cantidad de la esencia primordial de la vida, es decir, el aire. Incluso en los barrios bajos de la ciudad, hay un poco de circulación de aire, y el niño que pasa sus días en las calles recibe más oxígeno que aquel que pasa la mayor parte de sus horas respirando el aire detenido de una amplia habitación. Sin embargo, no es el aire de las calles lo que requieren los niños, sino el delicioso aire vivificante del campo. Los niños, mucho más que los adultos, se mantienen en constante movimiento y, al mismo tiempo, están en proceso de desarrollar músculo, todo esto a expensas de un grandísimo desgaste de tejido, y es la sangre la que transporta el material necesario para suplir tal pérdida: el niño debe crecer, cada una de sus partes lo debe hacer, y es la sangre la que suple el material para generar nuevos tejidos. Ya sabemos que el cerebro es, en total desproporción con su tamaño, el gran consumidor del suministro de sangre, pero es el cerebro infantil el que presenta demandas insaciables, tanto por su afanosa actividad como por el crecimiento por partida doble que le afecta.

«Caldo de vacuno para Alicia». “Yo alimento a Alicia con caldo de vacuno, aceite de bacalao y todo tipo de comidas nutritivas; pero me siento desalentada porque, ¡la niña no gana peso!” Es probable que Alicia respira 22 de las 24 horas del día un aire empobrecido y algo viciado que se ha acumulado dentro de las cuatro paredes de la casa. La niña está prácticamente muerta de hambre ya que la comida recibida está siendo inadecuada e imperfectamente transformada en sangre oxigenada para alimentar los tejidos de su cuerpo.

Si sufre de inanición física, ¿qué es de la mente ávida, activa, curiosa y anhelante de la niña? “Bueno, ella tiene sus clases todos los días como siempre”. Puede que sí, pero las lecciones que solo abordan palabras, solo los signos de las cosas, no son lo que la niña requiere. No existe un conocimiento más apropiado durante los primeros años de un niño como lo es saber el nombre, la apariencia y el comportamiento in situ de cada objeto natural que pueda llegar a conocer, como lo corrobora el Salmo 111:4: «Él ha hecho memorables sus maravillas».

«En tres años creció al sol y en la lluvia,
Entonces la naturaleza dijo, “Una flor más preciosa
Que nunca fuera sembrada en la tierra:
Esta niña para mí la tomaré:
Ella será mía, y yo la haré
Una dama de mi propiedad».

* * *

«Será juguetona como el cervatillo
Indómita y feliz ya en la campiña
O en los manantiales de la montaña;
Y suyo será el bálsamo del aliento,
Y suyo el silencio y la calma
De las cosas mudas e insensatas».

* * *

«Las estrellas de medianoche serán especiales
Para ella; y apoyará su oído
En muchos lugares secretos
Donde los riachuelos danzan en sus recorridos
Y la belleza que nace del sonido susurrante
Pasará hacia su rostro».

[Extractos del poema Three Years She Grew in Sun and Shower (En tres años creció al sol y en la lluvia) del poeta inglés William Wordsworth]

Aireación al interior. Con respecto de la aireación al aire libre ya tendremos ocasión de hablar más adelante; pero la aireación al interior es realmente importante, porque si los tejidos se alimentan con sangre impura durante todas las horas que el niño pasa en la casa, el daño no se reparará en los intervalos más breves que se pasan al aire libre. Ponga dos o tres cuerpos que respiran, así como fuego y gas en una habitación, y es increíble lo pronto que el aire se vicia a menos que se renueve constantemente; es decir, a menos que la habitación esté bien ventilada. Todos sabemos lo que es entrar a una habitación después de estar al aire fresco, y sentirla irrespirable; pero siéntese unos minutos allí y se acostumbrará al sofoco; los sentidos han dejado de ser guías confiables.

Ventilación. Por lo tanto, se deben tomar medidas frecuentes para ventilar las habitaciones, independientemente de los sentimientos de sus ocupantes: al menos una pulgada de una ventana abierta en la parte superior, día y noche, hace que una habitación esté en bastantes buenas condiciones, ya que permite el escape del aire viciado, que, al ser liviano, asciende, dejando espacio para la entrada del aire más frío y fresco por las hendijas en puertas y pisos. Una chimenea abierta es un ventilador útil, aunque no suficiente; no hace falta decir que tapar las chimeneas en los dormitorios es una acción suicida. Es de particular importancia acostumbrar a los niños a dormir con una pulgada o dos, o unas más, de aberturas en las ventanas durante todo el año, y todo lo que se quiera en el verano.

El saludable aire nocturno. Es popular la idea de que el aire nocturno no es saludable; pero si pensamos en que el aire sano es aquel que contiene oxígeno en su mayor parte, y no más de una muy pequeña cantidad de dióxido de carbono, y que todos los objetos quemantes, es decir, el fuego, el horno, la lámpara a gas, emiten este dióxido y consumen oxígeno, usted verá que el aire nocturno es, en circunstancias normales, más saludable que el aire diurno, simplemente porque hay un desgaste menos exhaustivo del mismo. Cuando los niños están fuera de la habitación que ocupan normalmente, ya sea el lugar de juegos o la sala, esa es la oportunidad de airear dicha habitación completamente abriendo las ventanas y puertas de par en par para dejar pasar una considerable corriente de aire.

Luz solar. Pero no es solo el aire, esto es, aire puro, lo que los niños deben recibir para que su sangre sea de una “excelente calidad”, como dicen los anuncios. La sangre saludable es muy rica en diminutos organismos en forma de discos rojos, conocidos como glóbulos rojos, lo cuales, en circunstancias favorables, se producen libremente en la misma sangre. Ahora bien, es cierto que las personas que pasan mucho tiempo al sol tienen un semblante rubicundo, es decir, en su sangre hay muchos de estos glóbulos rojos; mientras que las pobres almas que viven en bodegas y callejones oscuros tienen una piel del color del papel marrón pálido. La conclusión es que la luz y el sol favorecen la producción de glóbulos rojos en la sangre; y que, por lo tanto, (aquí la madre debe tomar este paso) las habitaciones de los niños debieran estar en el lado soleado de la casa, en dirección al sur en lo posible. De hecho, toda la casa debiera mantenerse iluminada y luminosa por el bien de los niños; y los árboles y edificios exteriores que obstruyen la luz del sol hacia las habitaciones de los niños debieran eliminarse sin vacilación.

Libre transpiración. Existe atender otro punto que debemos abordar para asegurarnos de que el cerebro se alimente de sangre saludable. La sangre recibe y elimina el desgaste de los tejidos, y uno de los agentes más importantes por medio del cual hace este necesario trabajo de limpieza es la piel. Millones de poros invisibles perforan la piel, y cada uno es la boca de un diminuto tubo de varios dobleces que están en constante actividad, cuando el cuerpo sano descarga la transpiración—es decir, el desgaste de los tejidos—sobre la piel.

La transpiración inconsciente. Cuando la descarga de transpiración es excesiva, notamos la humedad sobre la piel; pero, estemos consciente de ello o no, la descarga está sucediendo continuamente; aún, si ésta se detuviera, o si se cubriera una porción considerable de la piel con alguna capa que la hiciera impenetrable, se produciría la muerte. Esta es la razón por la cual fallecen las personas como consecuencia de abrasamientos y quemaduras que lesionan una amplia superficie de la piel, incluso cuando ningún órgano vital esté comprometido ya que multitudes de tubos diminutos que deberían expulsar las materias nocivas de la sangre están cerrados, y, aunque la superficie restante de la piel y otros órganos excretores asumen un esfuerzo adicional de trabajo, es imposible reparar la pérdida ocurrido al eficiente drenaje de un área considerable. Por ello, para que el cerebro esté debidamente alimentado, es importante mantener toda la superficie de la piel en condiciones tales que se puedan eliminar libremente las deposiciones de la sangre.

El baño diario y la ropa permeable. A continuación, se presentan dos consideraciones, de las cuales la primera, la necesidad del baño diario, seguido de un vigoroso frote de la piel, no hace falta decir nada aquí. No obstante, quizás no se conozca bien la segunda consideración, aquella de que los niños debieran usar ropa permeable que permita el paso instantáneo de la exhalación de la piel. ¿Por qué las mujeres delicadas se desmayaban o, “sentían que se iban a desmayar” cuando era costumbre ir a la iglesia con abrigos de piel de foca? ¿Por qué las personas que duermen bajo edredones de seda o algodón, con frecuencia se levantan sin sentirse descansadas? La causa es que tales cobertores y abrigos impiden el paso de la transpiración inconsciente, por lo que la piel no ha podido cumplir su función de limpiar la sangre de sus impurezas. Es sorprendente ver cuánta pérdida constante de vitalidad experimentan muchas personas por ninguna otra causa que una vestimenta inadecuada. La mejor vestimenta para los niños consiste en holgadas prendas de lana, franelas y de tejidos como la sarga, de diferentes grosores para el verano y el invierno. Las lanas tienen otras ventajas sobre el algodón y el lino, además de ser permeables o porosas: al ser la lana un mal conductor, no deja escapar demasiado el calor animal; y, además de ser absorbente, no deja la piel pegajosa después de transpirar. Estaríamos mucho mejor si decidiéramos dormir usando prendas de lana, desechando el lino o el algodón y optando por sábanas hechas de algún tejido liviano de lana.

Mucho podríamos decir sobre este asunto de la nutrición adecuada del cerebro de la cual depende la posibilidad de una educación saludable, pero habremos logrado algo si quedan claras las razones de dos o tres reglas sanitarias prácticas de tal manera que no se puedan evadir sin sentir que se está violando alguna ley.

Me temo que el lector pueda pensar que estoy dirigiendo su atención en gran parte a unos pocos asuntos fisiológicos—el escalón inferior de la escala educativa. Es posible que sí sea inferior, pero es la base necesaria para todo el resto, ya que no exageramos al decir que, en nuestro actual estado, el progreso intelectual, moral e incluso espiritual depende en gran medida de las condiciones físicas. Esto no quiere decir que el poseedor de admirable constitución física sea necesariamente un hombre bueno e inteligente; sino que el hombre bueno e inteligente requiere de mucha materia animal para compensar el desgaste de tejido producido en el ejercicio de su virtud y su intelecto. Por ejemplo, ¿es más fácil ser amigable, amable, sincero, con o sin un dolor de cabeza o un ataque de neuralgia?


VII. «La supremacía de la ley» en la educación

El sentido común y las buenas intenciones. Es importante considerar que, aunque dicho cultivo físico del cerebro sea solo el fundamento de la educación, el método de tal cultivo es una indicación de lo que debiera ser el método de toda educación; en otras palabras, el progreso hecho en forma ordenada y regulada según la pauta de una Ley. La razón por la cual la educación causa mucho menos impacto de lo que debiera, es simplemente que en nueve de diez casos, buenos y sensatos padres dejan demasiado a merced de su sentido común y sus buenas intenciones, olvidando que el sentido común debe instruirse en cuanto a los aspectos naturales de lo que sea el caso, y que los esfuerzos bien intencionados no logran mucho si no se llevan a cabo en obediencia a las leyes divinas, que en gran parte se leen, no en la Biblia, sino en los hechos de la vida.

La vida sometida a la Ley tiende a ser más intachable que la vida piadosa. Para vergüenza de las personas creyentes, muchos que dicen no saber y, por tanto, no creer, llevan vidas más intachables, con menos arranques de mal genio, más libres del vicio del egoísmo, que muchas personas que llevan sinceras vidas religiosas. He aquí un hecho que el niño llegará a confrontar bien pronto, y uno que será necesario explicar; y, aún más, es un hecho que tendrá más peso que toda la enseñanza doctrinal que hayan recibido en sus vidas, especialmente si lo notan en una persona que estiman y quieren. A mí me parece que aquí yace el peligro que amenaza a aquellas confesiones de dependencia y lealtad a Dios todopoderoso que reconocemos como la religión—no la maldad, sino lo bueno de una escuela que rehúsa admitir tal dependencia y lealtad.

Es la percepción de este peligro la razón por la cual ofrezco lo poco que tengo que decir sobre el tema de la educación; pero también lo es la seguridad que siento de que no es un peligro tan grande después de todo, porque los padres instruidos están en capacidad de enfrentarlo, y son ellos mismos precisamente las únicas personas que pueden hacerlo.

La mente y la materia son gobernados por igual por la Ley. En cuanto a esta superior moralidad de algunos no creyentes, suponiendo que hagamos tal concesión, solo significa que el universo de la mente, tal como el universo de lo físico, se rige por las leyes no escritas de Dios; que el niño no puede jugar con pompas de jabón o pensar sus pensamientos revoltosos si no fuera en obediencia a las leyes divinas; que toda seguridad, progreso y éxito en la vida proviene de la obediencia a la ley, a las leyes de las ciencias mentales, morales o físicas, o a aquella ciencia espiritual que la Biblia presenta; que es posible comprender las leyes y obedecer las leyes sin reconocer al Dador de la ley, y que quienes comprenden y obedecen cualquier ley divina heredan la bendición que procede de la obediencia, independientemente de su actitud hacia el Dador de la ley, igual que el hombre se abriga al calor del sol abrazador, aunque cierre sus ojos y se niegue a mirar el sol. En contraste, que aquellos que no se esfuerzan por estudiar los principios que rigen la acción y el pensamiento humanos no reciben las bendiciones de la obediencia a ciertas leyes, aunque reciban por herencia las mejores bendiciones que provienen de una relación reconocida con el Dador de la ley.

Antagonismo por la ley que muestran algunas personas religiosas. Estas bendiciones mencionadas último son tan indescriptiblemente satisfactorias que muchas veces el creyente que las disfruta no quiere más: abre la boca y aspira y se deleita en la ley, es cierto; pero se trata de la ley de la vida espiritual solamente, porque en cuanto a las otras leyes de Dios que gobiernan el universo, a veces adopta una actitud de antagonismo, casi de resistencia, digna de un impío.

Para tal persona no significa nada ser una creación formidable y maravillosa; no quiere saber cómo funciona el cerebro, ni cómo el elemento fundamental más sutil que llamamos mente, evoluciona y se desarrolla en obediencia a ciertas leyes. Hay mentes piadosas para quienes explorar estas cosas tiene sabor a falta de fe, como si deshonrara al Todopoderoso percibir que Él realiza sus obras formidables a través de gloriosas Leyes, y, por tanto, no quieren saber de ninguna ley excepto de las leyes del reino de la gracia. Mientras tanto, el no creyente, que no anda en búsqueda del auxilio sobrenatural, se propone descubrir y obedecer todas las leyes que regulan la vida natural, ya sea física, mental y moral; de hecho, todas las leyes de Dios, exceptuando las de la vida espiritual que el creyente considera como su herencia propia. No obstante, estas otras leyes que recibe Esaú también son leyes de Dios, y la sujeción a ellas produce tales bendiciones, que los hijos de los creyentes dicen: “Mirad, ¿cómo es que éstos que no reconocen que la Ley proviene de Dios son mejores personas que nosotros que sí lo reconocemos?

Los padres deben familiarizarse con los principios de la fisiología y la moral. Ahora bien, los padres creyentes no tienen derecho a poner esta crucial dificultad en el camino de sus hijos. Por ejemplo, no tienen derecho a pedir a Dios que haga que sus hijos sean sinceros, diligentes, y rectos, si no se familiarizan con los principios de la moral que los guiará a la veracidad, la diligencia y la rectitud de carácter. Esto también es la ley de Dios. Observe que ni el conocimiento mental ni moral nos llevan al conocimiento de Dios, que es lo más valioso en la vida, pero lo que defiendo es que estas ciencias tienen su papel en la educación de la raza humana, y que los padres no pueden ignorarlas impunemente. Mi esfuerzo en éste y en los siguientes volúmenes de la serie será esbozar a grandes rasgos un método educativo que, basándose en el fundamento de la ley natural, pueda esperar, sin jactancia, heredar la bendición divina. Cualquier borrador que yo pueda ofrecer en esta breve brújula está obligado a ser muy imperfecto y muy incompleto; pero un trazado por aquí y otro por allá pueden ser suficientes para dar a los padres inteligentes líneas de pensamiento provechosas en relación con la educación de sus hijos.

[volver al índice]

Parte II. La vida infantil al aire libre

I. Un tiempo de crecimiento

Comidas al aire libre. Las personas que viven en el campo conocen muy bien el valor del aire fresco, y sus hijos viven afuera, pasando intervalos adentro para dormir y comer. Pero en cuanto a las comidas, incluso la gente del campo no aprovecha al máximo sus oportunidades, ya que en los días buenos cuando está suficientemente cálido para sentarse afuera con un cobertor, ¿por qué no servir al aire libre el desayuno y el té, o más, todas las comidas, excepto cuando se trate de una cena caliente? Particularmente porque somos una generación agitada, con los nervios de punta; y todas las horas que se pasen al aire libre son una ganancia evidente, la cual contribuye a potenciar las facultades cerebrales y el vigor corporal, y a extender la vida misma. Aquellos que saben lo que es tener la piel afiebrada y el cerebro a punto de explotar y sentir el delicioso alivio del frío del aire, tienden a crear una nueva regla de vida: “Nunca estar adentro cuando se pueda estar perfectamente afuera”.

Además de ganar una o dos horas al aire libre, hay otra ganancia que debe considerase: las comidas tomadas al fresco suelen ser alegres, y la alegría es el elemento ideal para convertir la carne y la bebida en sangre y tejidos sanos. Todo ese tiempo, los niños también están almacenando recuerdos de una infancia feliz. Dentro de cincuenta años verán las sombras de las ramas haciendo dibujos sobre el mantel blanco; y el sol, la risa de los niños, el zumbido de las abejas y el aroma de las flores habrá sido almacenado como una brisa de refresco para los días futuros.

Una palabra a los habitantes de ciudades y suburbios. No obstante, solo las personas que viven, por así decirlo, en sus propios jardines, son quienes pueden darles a sus hijos el té al aire libre de manera habitual. Para el resto de nosotros, y la mayoría de nosotros, que vivimos en ciudades o en los suburbios de las ciudades, esta sugerencia está incluida en la pregunta más amplia: ¿Cuánto tiempo al aire libre deben tener los niños, y cómo es posible garantizar dicho tiempo libre? En este tiempo de extraordinaria presión, tanto educativa como social, quizás el primer deber de una madre para con sus hijos es garantizarles un tiempo de crecimiento tranquilo, seis años completos de una vida receptiva pasiva, cuyas horas despiertos sean en su mayoría pasadas al aire libre, y no solo con el fin de beneficiar la salud corporal, sino que tanto el cuerpo como el el alma, el corazón y la mente, también se nutren del alimento conveniente para ellos cuando a los niños se les deja tranquilos, se les deja vivir sin fricciones y sin estímulos, rodeados por influencias felices que los inspiran a inclinarse por lo bueno.

Posibilidades de un día al aire libre.  Una juiciosa madre dice que envía sin falta a sus hijos afuera, si el clima lo permite, durante una hora diaria en invierno y dos horas diarias en los meses de verano, lo cual está bien, pero no es suficiente. En primer lugar, no los envíe; si fuera en absoluto posible, llévelos; ya que, aunque se debiera dejar a los niños solos en gran medida, hay mucho que hacer y mucho que prevenir durante esas largas horas al aire libre, porque largas horas debieran ser; pero no dos, sino cuatro, cinco o seis horas son el tiempo que deberían pasar afuera cada día tolerablemente bueno, de abril a octubre [algo así como septiembre a marzo, en el hemisferio sur]. “¡Eso es imposible!” dice una madre que se siente sobrepasada esforzándose porque sus hijos pasen no más de una hora diaria más o menos en el pavimento de las plazas comunitarias de Londres. Permítaseme insistir que lo que me atrevo a sugerir no es lo factible en todos los hogares, sino lo que me parece absolutamente mejor para los niños; y ello solo creyendo que las madres hacen maravillas cuando están convencidas de que maravillas deben hacer. Un viaje de veinte minutos en tren u ómnibus, y una canasta con el almuerzo, posibilitan un día en el campo para la mayoría de los habitantes de la ciudad; y si fuera un día, ¿por qué no muchos, o todos los días que fueran posibles?

Suponiendo entonces que contamos con tales días al aire libre, ¿qué se debe hacer con estas preciosas horas, para que todos se deleiten en ellas? Deben pasarse en sujeción a algún método, o la madre se agotará y los niños se aburrirán. Hay mucho que se puede lograr en esta gran porción del día de los niños; ellos deberán estar en un modo gozoso todo el tiempo, o no ganarán todo el fortalecimiento y la restauración que les puede proveer el maravilloso aire. Se les debería dejar tranquilos, que jueguen mucho independientemente para que absorban lo que puedan de la belleza de la tierra y de los cielos; pues de todos los males de la educación moderna hay pocos que son peores que esto: el perpetuo graznido de sus mayores que no deja al pobre niño ni un momento, ni una pulgada de espacio, en el cual asombrarse—y crecer.  Al mismo tiempo, ésta es la oportunidad de la madre para entrenar el ojo observador y el oído oidor, y de esparcir semillas de verdad en la expandida alma del niño, las cuales germinarán, florecerán y darán fruto, sin más ayuda ni conocimiento de parte de ella. Así pues, mucho se obtiene de posarse en un árbol o acurrucarse en un arbusto, pero el desarrollo muscular se produce de maneras más activas, y una hora o dos deben pasarse jugando vigorosamente; y, en último caso, ciertamente lo menos importante, es dar una o dos lecciones.

Nada de libros de cuentos. Supongamos que la madre y los niños llegan a un agradable lugar donde pasar un bello rato juntos. En primer lugar, la madre no tiene por qué entretener a los pequeños: no debiera haber libros de cuentos, ni contarse cuentos; se debiera hablar lo menos posible, solo con algún propósito específico. ¿A quién se le ocurriría divertir a los niños con un cuento o ponerse a hablar estando en un circo o una obra de títeres? Y en la naturaleza, ¿acaso no se manifiesta algo infinitamente mayor para el deleite de los niños? Esta sabia madre, al llegar, envía a los niños a desahogarse salvajemente con gritos, cantos y alborotos, todas las extravagancias que les venga a la cabeza les son permitidas; no hay distinción entre grandes y pequeños; a estos últimos les encanta seguir el son de los niños mayores y, tanto en las lecciones como en el juego, hacen lo que pueden según sus pequeñas capacidades. En cuanto al bebé, está absolutamente feliz: despojado de sus prendas, patea y gatea, agarra la hierba, ríe con su risita suave de infante, y absorbe su pequeño conocimiento sobre las formas y las propiedades en su manera maravillosa que le es propia, vestido con una túnica amplia y suelta de lana, muy apropiada para la ocasión y para el uso que se le dará.

II. Exploración del entorno

No pasa mucho tiempo sin que los demás vuelvan donde está la madre y, ahora que la mente se ha refrescado y los ojos se disponen a observar, ella los envía a hacer una expedición de exploración, con preguntas como: ¿Quién puede ver lo más posible, y contarle lo más que se pueda sobre aquel montículo o arroyo, ese seto o tal bosquecillo? He aquí un ejercicio que deleita a los niños, y que se puede hacer de muchas diferentes formas, a la manera de un juego, pero con la exactitud y el cuidado de una clase.

Cómo ver. Descubran todo lo que puedan sobre esa cabaña al pie de la colina; pero no se acerquen demasiado. Pronto están de vuelta, y hay una multitud de rostros emocionados, y un alboroto de lenguas, y observaciones varias con alientos entrecortados que se lanzan al oído de la madre: «Hay colmenas de abejas». «Vimos muchas abejas juntas». «Hay un jardín grande». «Sí, y hay girasoles en el jardín», «y margaritas y pensamientos». «Y hay muchas hermosas flores azules con hojas ásperas; madre, ¿qué piensas que es?» «Borraja para las abejas, muy probablemente; les gusta mucho» «Oh, y hay manzanos, perales y ciruelos a un lado; hay un pequeño camino en el medio». «¿A qué lado están los árboles frutales?» «A la derecha no, a la izquierda; déjame ver, ¿con qué mano escribo? Sí, es el lado derecho. Y hay papas y coles, y menta y cosas al otro lado» «¿Dónde están las flores, entonces?» «Oh, están solo en las orillas, a cada lado del camino». «Pero no le hemos contado a mamá sobre el maravilloso manzano; ¡creo que tiene un millón de manzanas, todas maduras y rosadas!» «¿Un millón, Fanny?» «Bueno, muchas, madre; no sé cuántas». Y así sucesiva e indefinidamente; la madre obtiene poco a poco una descripción completa de la cabaña y su jardín.

Usos educativos del reconocimiento de lugares. Todo esto es un juego para los niños, pero la madre está llevando a cabo un trabajo invaluable; ella está entrenando las facultades infantiles de observación y expresión, aumentando su vocabulario y su rango de ideas al enseñarles el nombre y los usos de un objeto en el momento correcto, por ejemplo, cuando preguntan, «¿qué es?» y «¿para qué es esto?». Ella está instruyendo a sus hijos en hábitos de veracidad, ayudándolos a ser cuidadosos de ver el hecho y exponerlo con precisión, sin omisión ni exageración. El niño que describe: «Un árbol alto, que llega a cierta altura, que tiene hojas bastante redondeadas; que no es un árbol agradable para dar sombra porque todas las ramas suben», merece aprender el nombre del árbol, y cualquier cosa que su madre tenga que decirle al respecto. Pero el niño distraído, que no deja en claro si está describiendo un olmo o una haya, no debería recibir adulaciones; su madre no debería mover ni un pie para ver dicho árbol, nada la debería convencer de hablar de tal árbol, hasta que, sintiéndose desesperado, vaya el niño y vuelva con algo de información más certera—que si la corteza es áspera o suave, las hojas son ásperas o lisas—y solo entonces, la madre puede considerar, dar su pronunciamiento, y él, lleno de alegría, la lleva para que lo vea por sí misma.

La observación inteligente. Gradualmente, los niños aprenderán de manera inteligente todas las características de los paisajes con los que están familiarizados; y qué posesión tan deleitosa para la vejez y la mediana edad será contar con una serie de imágenes formadas, con todos sus elementos, en el soleado resplandor de la mente infantil. Lo lamentable de los recuerdos infantiles de la mayoría de las personas es que están borrosos, distorsionados, incompletos, tanto así que son tan desagradables de ver como lo es una copa fracturada o una prenda rota; y la razón no es que se hayan olvidado las escenas del pasado, sino que nunca se vieron en realidad. Al momento de verlas, solo se grabó una borrosa impresión de que tales y tales objetos estaban presentes y, naturalmente, después de años, rara vez pueden recordarse los elementos de los cuales el niño no estuvo consciente cuando los tuvo delante de él.


III. Pintar de cuadros

El método. Tan satisfactoria es la facultad de tomar fotografías mentales, imágenes exactas, de las bellezas de la naturaleza que recorremos el mundo para verlas y sentirnos renovados, que vale la pena que nuestros hijos se ejerciten de otra manera más, siempre con este objetivo en mente. Se debe tomar en cuenta, no obstante, que los niños ven lo que está cerca y los detalles, por lo que será necesario un esfuerzo para que miren de manera más amplia y más lejos. Haga que los niños miren bien una parte del paisaje, y que luego cierren los ojos y evoquen la imagen; si algo de ella está borrosa, que miren de nuevo. Cuando logren una imagen perfecta ante sus ojos, que expresen lo que ven de esta manera: «Veo un estanque; es poco profundo en este lado, pero más profundo en el otro; los árboles llegan al borde del agua en ese lado, y puedo ver las hojas y las ramas verdes tan claramente en el agua que pensaría que hay un bosque debajo. Casi tocando los árboles en el agua hay un poco de cielo azul con una suave nube blanca; y cuando miras hacia arriba ves la misma pequeña nube, pero con mucho cielo en lugar de solo un poco, porque allí no hay árboles. Hay hermosos nenúfares amarillos alrededor del borde más alejado del estanque, y dos o tres grandes hojas redondas levantadas como velas. Cerca de donde estoy parado, tres vacas han venido a beber, y una se ha metido al fondo del agua, casi hasta el cuello», etc.

Esfuerzo de la atención. Este ejercicio también es deleitable para los niños, pero, dado que exige algo de esfuerzo de la atención, es cansador y solo debiera emplearse de vez en cuando. Sin embargo, vale la pena instruir a los niños en el hábito de memorizar un poco de paisaje de esta forma, porque es el esfuerzo de recordar y reproducir lo que cansa; mientras que el placentero acto de ver, en totalidad y en detalle, se repetirá inconscientemente hasta convertirse en un hábito del niño al que se le pide de vez en cuando que reproduzca lo que ve.

Ver en totalidad y en detalle. Al principio, los niños necesitarán un poco de ayuda en el arte de ver. La madre puede decir: «¡Mira el reflejo de los árboles! Quizás hay leña debajo del agua, ¿Te recuerdan algo esas hojas erguidas?» y otros comentarios así, hasta que los niños hayan notado los aspectos destacados de la escena que se despliega frente a ellos. Incluso ella misma puede aprenderse dos o tres imágenes, y describirlas con los ojos cerrados para entretener a los niños; ellos, gracias a que imitan todo, y a su gran empatía, copiarán y harán variaciones en sus propias descripciones a partir de lo que han escuchado decir a su madre.

Los niños se deleitarán con este juego de pintar cuadros aún más si la madre lo presenta describiendo alguna grandiosa galería de imágenes que haya visto—ya sea imágenes montañosas, páramos, mares tormentosos, campos arados, niños pequeños jugando, una anciana tejiendo—añadiendo que, aunque ella no pinta sus cuadros en lienzo y no los enmarca en la pared, lleva consigo galerías de imágenes de esta forma; porque cada vez que ve algo encantador o interesante, lo mira hasta que tiene la imagen en el ojo de su mente; y luego se la lleva, y es suya para siempre, y la puede volver a mirar cuando ella quiera.

Un medio para el solaz y el descanso. Sería difícil sobrevalorar como un medio de solaz y descanso este hábito de ver y guardar. Hasta quienes estamos más ocupados tenemos vacaciones cuando nos liberamos del yugo y nos encontramos cara a cara con la naturaleza, para ser sanados y bendecidos por:

«El bálsamo que respira
El silencio y la calma
De las cosas insensibles y mudas».

[Extracto del poema Three Years She Grew in Sun and Shower poeta inglés William Wordsworth.]

Este descanso inmediato está disponible para todos según su medida; pero es un error suponer que todos pueden llevarse una imagen refrescante de lo que les deleita. Solo unos pocos pueden expresar las escenas visitadas como Wordsworth [en Lines Composed a Few Miles above Tintern Abbey, On Revisiting the Banks of the Wye during a Tour. July 13, 1798]:

«Aunque ausente por mucho tiempo,
Estas formas de belleza han sido para mí
Como es un paisaje para los ojos de un ciego;
Pero a menudo, en habitaciones solitarias, y en medio del estruendo
De pueblos y ciudades, les debo,
En horas de cansancio, sensaciones dulces,
Sentidas en la sangre y en el corazón;
Que pasan incluso hacia mi más pura mente,
Con una tranquila restauración».

Sin embargo, este no es un elevado regalo poético que el resto de nosotros debiéramos contentarnos con admirar, sino una recompensa común por el esfuerzo de ver, y que los padres deberían esforzarse mucho para traspasar a sus hijos.

La madre debiera estar alerta de no estropear la simplicidad, el carácter objetivo del disfrute del niño, tratando sus pequeñas descripciones como proezas de inteligencia que se deban repetir al padre o a los visitantes; de hecho, será mejor que haga un voto de reprimirse, de «no decir nada a nadie» en presencia del niño, aunque el niño demuestre ser un poeta nato.

IV. Las flores y los árboles

Los niños debieran conocer los cultivos locales. En el curso de estos ejercicios de imágenes mentales, se presentarán oportunidades para que los niños se familiaricen con los objetos y las ocupaciones rurales. Si hay tierras de cultivo a su alcance, deben conocer sobre las praderas, los pastos y tierras para pastar, el trébol, y los cultivos de nabos y maíz, en todos sus aspectos, desde el arado de la tierra hasta la obtención de los cultivos.

Las flores de campo y la historia de vida de las plantas. Los niños debieran conocer cada una de las flores silvestres que crecen donde ellos viven y en sus alrededores; debieran poder describir la hoja—su forma, tamaño, si crece desde la raíz o desde el tallo; la forma en que florece—, una cabeza de varias flores [o inflorescencia], una sola flor, o una espiga, etc. Después de haber conocido a una flor silvestre, para que nunca puedan olvidarla o confundirla, se debe examinar el lugar donde la encontró, para que sepa en el futuro en qué tipo de terreno buscar tal y cual flor. «¡Aquí deberíamos encontrar un tomillo salvaje!» «Oh, éste es un lugar muy apropiado para las margaritas; debemos venir aquí en la primavera». Si la madre no es una gran botánica, encontrará que un libro de referencia de alta calidad le será útil, con sus paletas de colores para identificar las flores, nombres comunes, y agradables hechos y datos divertidos sobre las plantas que los niños disfrutarán mucho [referencia original es hacia la obra Wild Flowers de Ann Pratt]. Para coleccionar flores silvestres durante varios meses, presiónelas y colóquelas cuidadosamente en cuadrados de papel grueso, con el nombre, su hábitat y la fecha de hallazgo de cada una, lo cual ofrece una tarea bastante entretenida, y, al mismo tiempo, una capacitación muy útil y mejor aún, que es acostumbrar a los niños a hacer dibujos con pincel de las flores que les interesan, y de la planta completa, si fuera posible.

El estudio de los árboles. A los niños se les debería familiarizar íntimamente con los árboles a temprana edad; deberían elegir seis árboles, ya sea roble, olmo, fresno, haya, en su desnudez invernal, y que se conviertan en sus amigos todo el año. En el invierno, observarán los ligeros bucles del abedul, los brazos nudosos del roble, el crecimiento robusto del sicómoro. Se puede esperar para aprender los nombres de los árboles hasta que lleguen las hojas. Poco a poco, a medida que avanza la primavera, contemple la rigidez generalizada y la vida que se puede ver en las ramas aún desnudas; la vida se siente en el hermoso misterio de las yemas de las hojas, un nido de delicadas hojas nuevas yaciendo en calidez dentro de muchas envolturas impermeables; el roble y olmo, el haya y el abedul, cada uno tiene su propia forma de desplegar y embalar sus follaje; observe los capullos púrpura del limón verde y los fresnos con su bonito pie de ciervo, no verde sino negro,

Seguimiento de las estaciones. Es difícil mantener el ritmo de las maravillas que ocurren «en la temporada de abundancia». Están las candelillas o amentos colgantes y las florecillas de color rubí del avellano—ambos, racimos de flores, dos tipos en un solo árbol; igual que las suaves y robustas ramas del sauce; y la festiva aparición del hermoso follaje de todos los árboles; el aprendizaje de los patrones de las hojas a medida que surgen, y el nombre de los árboles a partir de diversas señales. Luego vienen las flores, cada una encerrada herméticamente en la delicada urna que llamamos brote, tan astutamente envueltas como las hojas en sus brotes, pero menos cuidadosamente protegidas, porque estos «dulces viveros» retrasan su llegada en su mayoría hasta que la tierra tenga una cama caliente para ofrecerle, y el sol le dé una amable bienvenida.

Leigh Hunt sobre las flores. «Supongamos», dice Leigh Hunt, «¡supongamos que las flores en sí mismas fueran nuevas! Supongamos que acabaran de llegar al mundo, una dulce recompensa por alguna nueva bondad… Imagine lo que sentiríamos cuando vemos el primer tallo lateral saliendo del principal, y desplegando una hoja. Cómo miraríamos la hoja que despliega gradualmente su pequeña mano elegante; luego otra, y luego otra; entonces el tallo principal se eleva y produce más; ¡luego uno de ellos da indicaciones de la sorprendente novedad¡un brote! Este misterioso capullo se despliega gradualmente como la hoja, asombrándonos, encantándonos, casi alarmándonos de deleite, como si no supiéramos que encanto viene a continuación, hasta que, por fin, en toda su belleza de hada, y voluptuosidad olorosa, y misteriosa elaboración de escultura tierna y viva, brilla la flor sonrojada». Las flores, es cierto, no son nuevas; pero los niños lo son; y es culpa de sus mayores si cada nueva flor que encuentran no es para ellos una Picciola, un misterio de belleza que se observa día a día con asombro y deleite indescriptibles. [Picciola es el nombre de una flor, y en la novela homónima de Joseph-Xavier Boniface publicada en 1836, un reo sobrevive la prisión gracias a dicha flor en su celda.]

Mientras tanto, hemos perdido de vista esa media docena de árboles del bosque con los que los niños han establecido una especie de camaradería durante el año. Ahora ya tienen el placer de descubrir que los grandes árboles también tienen flores, muy a menudo flores del mismo tono que sus hojas, y que algunos árboles posponen sus hojas hasta que se vayan las flores. Poco a poco llega el fruto, y con él, el descubrimiento de que cada árbol con excepciones que aún no necesitan aprenderda su propio fruto, «fruto y semilla según su especie». Todo esto es conocimiento común para las personas mayores, pero uno de los secretos del educador es no presentar nada como conocimiento obsoleto, sino ponerse en la posición del niño, y maravillarse y admirarse con él; pues, cada milagro común que el niño ve con sus propios ojos hace de él otro Newton en un determinado momento.

Calendarios. Es una tarea de gran importancia que los niños mantengan un calendario con información sobre dónde vieron y cuándo la primera hoja de roble, el primer renacuajo, el primer resbalón, la primera candelilla, las primeras moras maduras. El próximo año sabrán cuándo y dónde buscar sus favoritos y, cada año, estarán en condiciones de agregar nuevas observaciones. Piense en el entusiasmo y el interés, el objetivo que tal práctica dará a las caminatas diarias y pequeñas excursiones. No habrá un día en que el niño no espere que uno de sus tantos amigos de la naturaleza realice algo por primera vez en este ambiente tan familiar para él.

Diarios de la naturaleza. Tan pronto como pueda mantenerlo, un diario de la naturaleza es una fuente de deleite para un niño. Cada día que camina le da algo para registrar: tres ardillas en un alerce, un arrendajo volando sobre un determinado campo, una oruga trepando por una ortiga, un caracol comiendo una hoja de col, una araña que cae repentinamente al suelo, dónde ha encontrado una hiedra, y ésta cómo estaba creciendo, qué plantas estaban creciendo con ella, y cómo la enredadera y la hiedra son trepadoras. A al niño curioso se le ocurren innumerables asuntos para registrar. Si bien es bastante joven (cinco o seis años), debería comenzar a ilustrar sus notas libremente con dibujos a pincel; al principio, debería tener un poco de ayuda para mezclar colores, pero se le debería enseñar los principios, no darle instrucciones. No se le debería decir que use esto y ahora aquello, sino que «conseguiremos el morado al mezclar esto y lo otro», y luego se le debe dejar solo para que obtenga el tinte correcto. En cuanto al dibujo, la instrucción tiene, sin duda, su tiempo y lugar; pero su diario de naturaleza debería entregarse a la propia iniciativa infantil. Un niño de seis años producirá un diente de león, una amapola, una margarita con sus hojas, impulsado por el deseo de representar lo que ve, con sorprendente vigor y corrección. Un libro de ejercicios con cubiertas rígidas sirve para un diario de la naturaleza, pero es necesario tener cuidado al elegir un papel que sirva tanto para escribir como para dibujar con pincel.

«No puedo dejar de pensar». «Pero no puedo dejar de pensar; ¡no puedo hacer que mi mente se detenga!» ¡Pobre niña! Todos los niños deben agradecer a sus mayores por dar voz a sus pequeños problemas sin sentido; y nosotros, los adultos, tenemos tan poca imaginación que enviamos a un niño pequeño con un cerebro demasiado activo a jugar solo en el jardín para escapar de la neblina de las lecciones. ¡Qué poco sabemos cómo la gente en el cerebro corre a toda prisa!

«El (cerebro) humano es como una piedra de molino, gira que gira;
Si nada más tiene por moler, molerse a sí mismo es lo que hará».

Dele al niño un trabajo definido, claro que sí, y dele algo a lo cual dedicarse; pero le ruego, hágalo trabajar con los objetos y no con los símbolos, es decir, las cosas de la naturaleza como están en sus propios lugares, praderas y setos, bosques y playas.

V. Las criaturas vivientes

Un campo de estudios que es fuente de interés y deleite. En cuanto a las «criaturas vivientes», he aquí un campo de interés y deleite ilimitados: los animales domesticados no demoran en llegar a ser muy queridos por los niños. Es el caso de quienes viven demasiado lejos del «campo real» como para que las ardillas y los conejos salvajes sean más que un sueño de posibles delicias. Pero con seguridad hay un estanque al alcance—ya sea yendo en automóvil o ferrocarril— donde puedan atrapar renacuajos y luego llevarlos a casa en una botella, alimentarlos y observarlos a través de todos sus cambios en que las aletas desaparecen, las colas se vuelven cada vez más cortas, hasta que finalmente no hay cola en absoluto, y una pequeña rana bastante perturbadora te mira a la cara. Levante cualquier piedra, y encontrará una colonia de hormigas. Siempre se nos ha enseñado a considerar cómo hacen y ser sabios como ellas; pero ahora, piense en todo lo que Lord Avebury [experto en la materia] nos ha compartido sobre esa conocida hormiga de doce años que ya conocemos tan bien. Luego están las abejas. Es posible que algunos de nosotros hayamos escuchado al difunto Dean Farrar describir esa clase en la que estuvo presente, sobre «¿Cómo trabaja la trabajadora abejita?»: el maestro brillante, pero no hay respuesta de parte de los niños, no estaban en absoluto interesados en las trabajadoras abejitas. Él sospechaba la razón, y al interrogar a la clase, descubrió que nadie de los presentes había visto una abeja. «¡No haber visto nunca una abeja! Piense por un momento, lo que eso implica» dijo él, y acto seguido nos conmovió con una elocuente imagen de la triste vida infantil de la cual se han excluido las abejas, los pájaros y las flores. ¡Cuántos niños que no viven en los barrios pobres de Londres, y que, sin embargo, no pueden distinguir una abeja de una avispa, o ni siquiera un abejorro de una abeja!

Se debe alentar a los niños a que miren. Se debe alentar a los niños a mirar, paciente y silenciosamente, hasta que aprendan algo sobre los hábitos y la historia de las abejas, las hormigas, las avispas, las arañas, las peludas orugas, las libélulas, y todo lo que encuentren de mayor tamaño. «¡Los animalitos nunca tienen ningún hábito cuando estoy mirando!» se queja una niñita por ahí en un libro de cuentos; pero la culpa es de ella porque los ávidos y despiertos ojos con los que los niños han sido bendecidos fueron hechos para ver y para observar en detalle lo que hacen las cosas creadas demasiado pequeñas para que las personas mayores puedan observarlas sin ayuda. Las hormigas pueden observarse en el hogar de la siguiente manera: obtenga dos piezas de vidrio de un pie cuadrado, tres piezas de vidrio de once y media pulgadas de largo y una pieza de once pulgadas de largo, todas de un cuarto de pulgada de ancho. El vidrio debe cortarse cuidadosamente para que encaje con exactitud. Coloque las cuatro piezas de vidrio sobre una de las láminas de vidrio y fíjelas en un cuadrado exacto, dejando una abertura de media pulgada, con goma o cualquier buen fijador. Obtenga de un hormiguero unas doce hormigas (las hormigas amarillas son las mejores, ya que las rojas tienen una tendencia a la riña), algunos huevos y una reina. La reina tendrá el doble de tamaño que una hormiga común, por lo que se puede ver fácilmente. Tome un poco de la tierra del hormiguero. Coloque la tierra con las hormigas y los huevos sobre la lámina de vidrio y fije la otra lámina arriba, dejando solo el pequeño agujero en una esquina, hecho por la pieza más corta, que debe taparse con un poco de algodón. Las hormigas estarán inquietas durante unas cuarenta y ocho horas, pero luego comenzarán a asentarse y a organizar la tierra. Retire el tapón de lana una vez a la semana y vuélvalo a poner empapado en dos o tres gotas de miel. Una vez cada tres semanas, retire el tapón para colocar unas diez gotas de agua con una jeringa; no es necesario hacer esto en el invierno mientras las hormigas duermen. Un «nido» así durará años.

Con respecto al horror que algunos niños muestran ante el escarabajo, la araña, y el gusano, eso se aprende generalmente de los adultos. Los hijos de Charles Kingsley corrían tras su papá con un «delicioso gusano», un «sapo encantador», un «tierno escarabajo» que acarreaban con ternura en ambas manos. Existen, no obstante, verdaderos miedos que no se pueden superar, como el horror por las arañas que tenía el mismo Kingsley; pero los niños que están acostumbrados a sostener y admirar orugas y escarabajos desde su infancia no darán paso a esos temores. El niño que pasa una hora observando las formas de un nuevo «gusano» que ha encontrado, será un hombre que dejará huella. Que todo lo que descubra al respecto sea ingresado en su diario—que escriba su madre, si aún le cuesta escribir: dónde lo encontró, qué está haciendo o parece estar haciendo; el color, la forma, las patas. Algún día se encontrará nuevamente con la criatura y reconocerá la descripción de un viejo amigo.

La influencia de la opinión pública en el hogar. Algunos niños nacen naturalistas, con una inclinación heredada, quizás, de un ancestro desconocido; pero cada niño tiene un interés natural por los seres vivos, lo cual corresponde a los padres alentar, ya que pocos niños son capaces de mantener su postura frente a la opinión pública; y si ven que las cosas que les interesan son indiferentes o desagradables para los adultos, su placer en ellas desaparece, y ese capítulo del libro de la naturaleza se habrá cerrado para ellos. Es probable que el libro La historia natural de Selborne [obra publicada originalmente en 1789, es un relato de la vida del campo, escrito por un apasionado de los clásicos, la poesía y los pájaros y es tenido como uno de los mejores libros de historia natural que se hayan escrito] nunca hubiera existido si no hubiera sido porque el padre del autor solía llevar a sus hijos a expediciones diarias de búsqueda donde ninguna cosa en movimiento o crecimiento, ninguna piedrecilla ni roca gigante a millas alrededor de Selborne se escapaba de sus atentas observaciones. De la misma forma, Audubon, el ornitólogo estadounidense, es otro ejemplo de lo que provoca este tipo de instrucción a temprana edad. «Apenas había aprendido a caminar y a articular las primeras palabras siempre tan entrañables para los padres, cuando me mostraron lo que producía la naturaleza, disponible en abundancia a mi alrededor… Mi padre generalmente acompañaba mis pasos, me buscaba pájaros y flores, y me señalaba los elegantes movimientos del ave, la belleza y la suavidad de su plumaje, cómo manifestaban su contentamiento o su sensación de peligro, y las siempre perfectas formas y espléndido atuendo de las flores. Hablaba él de la partida y el regreso de los pájaros con las estaciones, describía sus guaridas y, lo más maravilloso que todo, el cambio de su plumaje, motivándome así a estudiarlos y elevar mi mente hacia su gran Creador».

Qué pueden hacer los niños de la ciudad. Los niños de la ciudad pueden disfrutar mucho mirando a los gorriones—inteligentes pajaritos, y fácilmente amansados a cambio de puñado de migas de pan—, quienes serán sus nuevos amigos afuera. Pero se puede hacer mucho con los gorriones. Un amigo escribe así: «¿Has visto al hombre en los jardines de Tuileries que alimenta y habla con docenas de ellos? Se sientan en su sombrero, en sus manos y se alimentan de sus dedos. Cuando levanta los brazos, todos revolotean y luego nuevamente se acomodan sobre él y lo rodean. Lo vi llamar a un gorrión desde la distancia por su nombre y no darle la migaja a ninguno más hasta que «petit choul», un gorrión de varios colores, llegó a buscar su porción destinada, pero no pude notar ninguna característica distintiva; y la multitud de gorriones en el camino, en bancos y barandillas, formaron una audiencia muy atenta a la brillante conversación en francés que los mantuvo en constante movimiento, ya que estaban, aquí y allá, invitados a venir a cambio de un bocado tentador. ¡Toda una representación de San Francisco y los pájaros!» [en referencia a la obra de Giotto «San Francisco predicando a los pájaros» (1300)].

El niño que no conoce la complexión corpulenta y el pecho manchado del tordo, el elegante vuelo de la golondrina, el pico amarillo del mirlo, el sonido de la canción que la alondra vierte desde lo alto, es digno de lástima casi tanto como aquellos niños de Londres que «nunca habían visto una abeja». Un encantador conocido que es fácil de reconocer es la peluda oruga. El momento propicio para apoderarse de ella es cuando se la ve arrastrando los pies por el suelo con mucha prisa en búsqueda de un lugar tranquilo donde poder recostarse: póngala en una caja y cubra la caja con una red para que pueda observar sus actividades. La comida no es importanteella tiene otras cosas en las cuales pensar. Muy pronto habrá tejido una especie de carpa o hamaca blanca, en la que se esconde, y a través de la cual se puede mirar la oruga, y hasta ver quizás el momento mismo en que su piel se divide, convirtiéndola durante meses en una masa en forma de huevo sin ningún signo de vida. Por fin, el ser vivo dentro se escapa de ese envoltorio, y ahí está, la hermosa polilla tigre, agitando sus débiles alas contra la red. La mayoría de los niños de seis años han probado esta experiencia de naturalista, y vale la pena mencionarla solo porque, en lugar de ser simplemente una diversión inofensiva, es un valioso trozo de educación, más útil para el niño que la lectura de todo un libro de historia natural, o mucha geografía y latín. El mal de esto radica en que los niños obtienen su conocimiento de la historia natural, igual que todo su conocimiento, de segunda mano; están tan saciados de maravillas que nada los sorprende; y están tan poco acostumbrados a ver por sí mismos que nada les interesa. La cura para esta afección del hastío es dejarlos tranquilos un poco y luego comenzar de nuevo en forma distinta. Pobres niños, no es culpa suya si no son como debían ser, es decir, almitas curiosas y ávidas, todas anhelantes por explorar tanto de este maravilloso mundo como les sea posible, tal como la ocupación prioritaria de la vida.

«Ora mejor quien ama más
Todas las cosas grandes y pequeñas;
Porque el Dios amante que nos ama,
Él las hizo y las ama todas».

El conocimiento de la naturaleza es lo más importante para los niños pequeños. Sería bueno si todas las personas en posición de autoridad, los padres y todos los que actuamos a nombre de los padres, pudiéramos ponernos de acuerdo en que no hay ningún tipo de conocimiento que se pueda obtener en estos primeros años tan valioso para los niños como el que obtienen por sí mismos del mundo en el que viven. Que se pongan en contacto con la naturaleza una vez, y se formará un hábito que será una fuente de deleite durante toda la vida. Todos hemos sido destinados a ser naturalistas, cada uno en su propia medida, y no hay excusa válida para vivir en un mundo tan lleno de prodigios de la vida animal y vegetal y no interesarse por nada de ello.

El entrenamiento mental del niño naturalista. Consideremos también, cuán inigualable es el entrenamiento mental que está obteniendo el niño naturalista para cualquier estudio o vocación que existe bajo el solla facultad de la atención, de discriminación, de la búsqueda paciente, y que al aumentar a medida que él mismo crece, ¡le serán de utilidad para una infinidad de áreas! Por otro lado, la vida es tan interesante para él, que no tendrá tiempo para incurrir en las faltas de mal genio que generalmente tienen su origen en el tedio. Ya no hay razón por la que debiera sentirse irritable, malhumorado u obstinado con tal pasatiempo constante.

Las actividades en la naturaleza son especialmente valiosas para las niñas. Me refiero a «él» por la fuerza de la costumbre, como hablando del sexo representativo, pero en verdad el hecho de que ella debiera estar igual de familiarizada con la naturaleza es un asunto de infinita mayor importancia para la niñita, puesto que es ella la que está más tentada a caer en el mal temperamento (en tanto niña como mujer) cuando el tiempo le sobra; ella cuyos hábitos mentales más ociosos y desordenados requieren el estímulo y el gobierno de una ocupación absorbente y dedicada; cuya salud más débil requiere el fortalecimiento que otorga la vida al aire libre llena de emociones saludables. Por lo demás, es para las niñas, pequeñas y grandes, una verdadera cortesía sacarlas del ensimismamiento y de los consabidos mezquinos intereses y rivalidades personales con las que con demasiada frecuencia se ven rodeadas; y finalmente, ¿con quién sino con las niñas descansa el modelamiento de las generaciones que están aún por nacer?

VI. El conocimiento de la naturaleza y las obras de naturalistas

Reverencia por la vida. ¿Es aconsejable, entonces, enseñar a los niños los elementos de las ciencias naturales, de la biología, la botánica y la zoología? En general, no: la disección incluso de una flor es dolorosa para un niño sensible y, durante los primeros seis u ocho años de vida, no se les debería enseñar ninguna botánica que requiera arrancar las flores y romperlas en pedazos; mucho menos permitirles dañar o destruir cualquier forma (indefensa) de vida animal. La reverencia por la vida, en tanto maravilloso y terrible regalo, que un niño despiadado puede destruir, pero nunca restaurar, es una lección de primera importancia para el niño:

«Que el conocimiento vaya siempre en aumento;
Y que mayor reverencia habite en nosotros».

El niño que ve a su madre llevar reverentemente una gota de nieve a sus labios, aprende una lección de mayor valía que la que le enseña «la letra impresa». Años después, cuando los niños tengan la edad suficiente para comprender que la ciencia en sí misma es en cierto sentido sagrada y exige algunos sacrificios, toda la «información común» que hayan reunido hasta entonces, y los hábitos de observación que hayan adquirido serán el fundamento más importante para su educación científica. Mientras tanto, que consideren los lirios del campo y las aves del aire.

Clasificación aproximada de primera mano. Para realizar mejores descripciones, debieran poder nombrar y distinguir pétalos, sépalos, etc. y se les debiera animar a que hagan clasificaciones tan aproximadas como puedan con su poco conocimiento de las formas animales y vegetales: plantas con hojas en forma de corazón o de cuchara, con hojas enteras o divididas; hojas con venas entrecruzadas y hojas con venas rectas; flores en forma de campana y flores en forma de cruz; flores con tres pétalos, con cuatro o con cinco; árboles que mantienen sus hojas todo el año, y árboles que las pierden en otoño; criaturas con y sin columna vertebral; criaturas que comen hierba y criaturas que comen carne, y así sucesivamente. Hacer colecciones de hojas y flores prensadas y montadas, y ordenarlas de acuerdo con su forma, ofrece mucho placer y, lo que es mejor, una formación valiosa para notar diferencias y semejanzas. Es posible encontrar los patrones para este tipo de clasificación de hojas y flores en todos los libros de botánica elemental.

El poder de clasificar, discriminar, distinguir entre cosas que difieren, se encuentra entre las facultades más altas del intelecto humano, y no se debe dejar escapar ninguna oportunidad de cultivarlo; pero una clasificación sacada de los libros, que el niño no hace por sí mismo y que no puede verificar por sí mismo, no cultiva ninguna otra facultad que la memoria verbal, lo cual se puede conseguir también aprendiendo una o dos frases en «tamil» u otra lengua desconocida.

Usos de los libros de «naturalistas».  En esta etapa, el uso real de los libros de los naturalistas es dar al niño visiones encantadoras del mundo de las maravillas en las que vive, revelar el tipo de cosas que pueden ver los ojos curiosos y llenarlo de deseo de hacer descubrimientos por sí mismo. Hay muchas opciones de obras así, todas de lectura agradable, muchas de ellas escritas por científicos, y que, sin embargo, requieren poco o ningún conocimiento científico para disfrutarlas.

Las madres y los maestros deben saber sobre la naturaleza. La madre debería dedicarse a este tipo de lectura, no solo para que pueda leerles a sus hijos algo sobre los asuntos con los que se encuentran, sino también para responder sus preguntas y dirigir su observación. No solo la madre debiera hacer esto, sino cualquier persona que pase una o dos horas en la compañía de los niños, debería apropiarse de este tipo de información; los niños le apreciarán enormemente por saber lo que ellos quieren saber, y quizás también pueda llegar a ser de inspiración para alguna mente joven destinada a hacer grandes cosas por el mundo.


VII. El niño adquiere conocimiento por medio de los sentidos

La enseñanza de la naturaleza. Observe a un niño mirando fijamente algo nuevo, y verá que está tan naturalmente ocupado como un bebé en el pecho; él está, de hecho, comiendo la comida intelectual que en ese momento requiere la facultad intelectual de su cerebro. En sus primeros años el niño es todo ojos; él observa, o más bien, percibe, valiéndose de la vista, el tacto, el gusto, el olfato y la audición, para aprender todo lo que pueda sobre todas las cosas nuevas con las que se llega a encontrar. Todo el mundo sabe cómo un bebé hace para llevarse los pequeños y suaves deditos a la boca, y cómo golpea la cuchara o la muñeca para hacer ruido, que le entregaron adultos desdeñosos para que «se quedara tranquilo». Ahí está el niño en sus clases, aprendiendo todo a un ritmo increíblemente rápido según el fisiólogo, quien considera lo mucho que implica, por ejemplo, el acto de «ver»: para un bebé, tal como para un adulto que acaba de recobrar la vista, al principio no hay diferencia entre un objeto plano y un cuerpo redondo, es decir, que las ideas de forma y solidez no se obtienen a través de la vista, sino que se obtienen a partir de la experiencia.

Luego, piense en ese pequeño puño que se alza al aire con movimientos algo temblantes para lograr coger algo, y verá también cómo aprende el paradero de las cosas, aún sin tener idea de la dirección. ¿Y por qué llora por la luna? ¿Por qué anhela de la misma forma un caballo o un insecto para jugar? Porque lejos y cerca, grande y pequeño son ideas que aún no llega a comprender. El niño tiene mucho que hacer antes de estar en condiciones de «creer en sus propios ojos»; pero la naturaleza enseña tan gentilmente, tan gradualmente, tan persistentemente, que nunca lo deja exhausto, sino que, al contrario, él no deja nunca de acumular pequeñas reservas de conocimiento sobre lo que llega a conocer.

Y este es el proceso que el niño debe continuar durante los primeros años de su vida; éste es el tiempo que debe usarse en familiarizar al niño con todo lo que le rodea. Poco a poco tendrá que concebir cosas que nunca ha visto: y ¿cómo puede hacer tal cosa, excepto en comparación con las cosas que ya ha visto y que conoce? Poco a poco se le pedirá que reflexione, comprenda y razone; ¿con qué material contará para ello, a menos que cuente con una reserva de hechos a partir de los cuales empezar? El niño al que se le ha hecho observar cuán alto está el sol en el cielo al mediodía en un día de verano, y qué tan bajo está al mediodía a mediados de invierno, puede concebir el gran calor de los trópicos bajo un sol vertical, y de entender que el clima de un lugar depende en gran medida de la altura media que alcanza el sol sobre el horizonte.

Demasiada presión. Últimamente se ha dicho mucho sobre el peligro de la presión en demasía, de exigir demasiado trabajo mental a un niño en sus años tiernos. El peligro existe; pero radica, no en darle demasiado al niño, sino en darle lo que no debería hacer, es decir, el tipo de trabajo que no puede realizar porque su desarrollo mental no se lo permite. ¿Quién espera que un niño en sus primeros años levante 100 kilos? Pero dele al niño el trabajo que por naturaleza es para él, y la cantidad que puede superar con facilidad es prácticamente ilimitada. ¿Quién ha visto a un niño cansado de ver, de examinar a su manera las cosas desconocidas? Este es el tipo de alimento mental para él por el cual tiene un apetito ilimitado, ya que ese es el alimento de la mente que, en el momento presente, lo hará crecer.

Lecciones objetivas. Ahora bien, ¿hasta qué punto se satisface este deseo por el sustento natural? En las escuelas para menores de 5 años y hasta el Kindergarten, se satisface a través de la clase dada en torno a objetos, lo cual es bueno si no hay nada más, pero a veces es como ese único grano al día con el cual ese francés alimentaba a su caballo en la historia que conocemos. El niño en casa tiene más cosas para observar, aunque menos método. Sin embargo, ni en casa ni en la escuela se hace un gran esfuerzo para presentarle al niño el abundante «banquete de los ojos» que él requiere y necesita.

Un niño aprende de las «cosas». Las personas mayores, debido en parte a nuestro intelecto más maduro, y en parte a nuestra educación defectuosa, obtenemos la mayoría de nuestro conocimiento a través de las palabras, y queremos que el niño aprenda de la misma manera, pero encontramos que no entiende y que se le hace difícil. ¿Por qué? Porque son solo unas pocas palabras que usa comúnmente con las cuales asocia un significado definido; todo lo demás no son para él más que los vocablos de una lengua extranjera. Pero colóquelo cara a cara con una cosa, y él es veinte veces más rápido que usted en saberlo todo; el conocimiento de las cosas llega volando a la mente de un niño tal como las limaduras de acero vuelan hacia un imán. Al mismo tiempo que adquiere su conocimiento de las cosas, su vocabulario aumenta, ya que es una ley de la mente el que luchemos por expresar lo que sabemos. Este hecho explica muchas de las preguntas aparentemente sin sentido de los niños; ellos están en la búsqueda, no de conocimiento, sino de palabras para expresar el conocimiento que tienen. Ahora bien, considere qué desperdicio de energía intelectual es encerrar dentro de las cuatro paredes de una casa, o en las tristes calles de una ciudad a un niño bendecido con esta capacidad desmesurada de ver y conocer; tampoco es mejor dejarlo vagar libre en el campo donde hay mucho que ver, puesto que es casi igual de dañino dejar que esa gran facultad del niño se disipe en observaciones arbitrarias por falta de método y dirección.

El sentido de la belleza proviene del contacto temprano con la naturaleza. Los niños pueden aprender una ilimitada cantidad de cosas que nunca olvidarán incluso antes de comenzar la escuela. El niño que espontáneamente puede decir dónde encontrar la media docena de abedules más elegantes, o los tres o cuatro mejores fresnos en el vecindario de su casa, tiene mayores posibilidades en la vida en comparación con aquel niño que no diferencia un olmo de un roble. No se trata solo de posibilidades de éxito, sino  también posibilidades de una vida más amplia y feliz, porque es interesante cómo ciertos sentimientos están vinculados con la mera observación de la naturaleza y los objetos naturales. «El sentido estético, de lo bello, de lo sublime, de lo armonioso parece que se conecta en su forma más elemental directamente con las percepciones que surgen del contacto de la mente con la naturaleza externa», indica el Dr. Carpenter al mismo tiempo que cita al Dr. Morell, quien declara bien efectivamente que «todas las personas que han demostrado una apreciación acentuada de las formas y de la belleza, dicen que sus primeras impresiones datan de un período muy anterior al tiempo de las ideas definidas o de la instrucción verbal».

La mayoría de los hombres adultos pierden el hábito de observación. Por lo tanto, somos algo deudores del señor Evans por llevar con él a su pequeña hija Mary Anne en sus largos viajes de negocios por los agradables caminos de Warwickshire; en las rodillas de su padre, la niña veía mucho y decía poco; y el resultado fueron las escenas de la vida rural descritas en Adam Bede y en The Mill on the Floss [obras de la escritora realista inglesa George Eliot, seudónimo de Mary Ann Evans]. Wordsworth, por su parte, fue criado en las montañas, y llegó a ser un profeta de la naturaleza; mientras que Tennyson dibujaba imágenes interminables de los condados orientales donde creció. Dickens, por su parte, hace que su héroe hable de una sólida filosofía y de una afable lógica cuando escribe que el pequeño David Copperfield era «un niño muy observador», quien en sus propias palabras decía: «creo que el recuerdo de la mayoría de nosotros puede remontarse mucho más lejos de lo que muchos suponemos; así como creo que el poder de la observación en muchos niños pequeños es muy maravilloso por su fidelidad y su precisión. De hecho, creo que se puede decir que no es que la mayoría de los hombres adultos que se destacan a este respecto hayan adquirido esta facultad de observación, sino que en realidad nunca la han perdido; esto dado que observo generalmente que tales hombres conservan una cierta frescura, gentileza y capacidad de satisfacción, que también son una herencia conservada de su infancia».


VIII. Se debe familiarizar al niño con los objetos naturales

A un niño observador se le debe llevar hacia las cosas que vale la pena observar. Pero, ¿de qué sirve ser «un niño muy observador», si no lo colocamos frente a cosas que vale la pena observar? Aquí radica la diferencia entre las calles de una ciudad y las vistas y sonidos del campo, ya que hay mucho que ver en una ciudad, y los niños acostumbrados a las calles se vuelven lo suficientemente alertas e inteligentes, pero los fragmentos de información que recogen en una ciudad son fragmentos aislados; no se relacionan con nada más, ni llegan a algún lado; es posible que la información sea conveniente, pero nadie aumenta en sabiduría por saber de qué lado de la calle está Smith’s y qué desvío hay que tomar para ir a la tienda de Thompson.

Todo objeto natural es miembro de una serie de objetos. Ahora tome un objeto natural, cualquiera sea, y estará estudiando un elemento de un grupo, un objeto en una serie de varios; por tanto, el conocimiento que se obtenga sobre él se aplica también a la ciencia que incluye a todos los de su tipo. Rompa una rama más vieja en la primavera y notará un anillo que rodea el centro de un meollo, he ahí a simple vista una característica distintiva de una gran división del mundo vegetal. Recoja una piedra, y note sus bordes perfectamente lisos y redondeados, la razón es que la desgastó el agua, y la desgastó el tiempo. Este pequeño guijarro nos enfrenta cara a cara con el hecho de la desintegración, la fuerza a la que debemos, más que a ninguna otra, aquellos aspectos del mundo que llamamos pintorescos, ya sea la cañada, el barranco, el valle, la colina. No es necesario que se le diga al niño nada sobre la desintegración o sobre las dicotiledóneas, sino que solo hay que dejarlo que observe la madera y el meollo en la ramita del avellano, la agradable redondez de la piedrecilla; pronto aprenderá los fundamentos de los hechos con los que ya está familiarizado—lo cual es muy distinto de aprender la causa de hechos que nunca ni siquiera ha percibido en su vida.

El poder pasará, cada vez más, a las manos de hombres científicos. Vale la pena que la madre se esfuerce todos los días día para asegurarse, en primer lugar, de que sus hijos pasen horas al día entre objetos rurales y naturales; y, en segundo lugar, de infundir en ellos, o más bien, causar que atesoren, el amor por la investigación. «En forma deliberada lo digo», dice Kingsley, «como estudiante de la sociedad y de la historia, que el poder pasará cada vez más a manos de hombres científicos que gobernarán y se pondrán en acción—con cautela, esperamos, y con modestia y caritativamente—ya que al aprender el verdadero conocimiento habrán aprendido también sobre su propia ignorancia, y la inmensidad, la complejidad, el misterio de la naturaleza. No obstante, también podrán gobernar, podrán ponerse en acción, porque se han tomado la molestia de aprender los hechos y las leyes de la naturaleza».

La intimidad con la naturaleza contribuye al bienestar personal. Pero facultarlos para que naden con la corriente es el menor de los beneficios que esta instrucción temprana confiere a los niños; es más, el amor por la naturaleza, implantado tan temprano que les parecerá a ellos que nacieron con él, enriquecerá sus vidas con intereses puros, y será la fuente de actividades, salud y buen humor. Dice el mismo escritor, «He visto al joven de fieras pasiones y audacia incontrolable usar sanamente esa energía que lo amenazaba con hundirlo en la imprudencia o el mismo pecado, cazando y coleccionando, a través de rocas y pantanos, nieve y tempestad, todas las aves y los huevos del bosque cercano… He visto a la bella joven de Londres, entre toda la agitación y la tentación del lujo y la adulación, poseedora de un corazón puro y una mente ocupada en un gabinete lleno de conchas y fósiles, flores y algas, manteniéndose libre de mancha del mundo, considerando los lirios del campo, cómo crecen».


IX. La geografía al aire libre

Grandes enseñanzas a partir de las pequeñas cosas. Después de extendernos sobremanera sobre el tema anterior con el propósito de que las madres comprendan la suprema importancia de despertar en sus hijos un amor por la naturaleza y los objetos naturalesmanantial profundo del cual emanan aguas puras que llegan a los lugares más secos de los últimos años de la vidadebemos regresar a la madre, a quien hemos dejado afuera todo este tiempo, esperando para saber qué hará a continuación. No vamos a ignorar a nuestra tierra encantadora en la educación al aire libre de los niños, como fue el siguiente caso: «¿Cómo tienes tiempo para hacer tanto?» «Oh, dejo de lado temas sin valor educativo; no enseño geografía, por ejemplo», dijo un avanzado joven teórico que poseía todo tipo de diplomas.

La geografía pictórica. Pero la madre, que sabe más, encontrará cientos de oportunidades para enseñar geografía: un estanque de patos equivale a un lago o un mar interior; cualquier arroyo servirá para ilustrar los grandes ríos del mundo; un montículo se convierte en una montaña o un sistema alpino; un grupo de avellanos da una idea de los grandes bosques del Amazonas; un pantano cubierto de juncos, los arrozales de China; una pradera, las praderas sin fin del Oeste; las lindas flores púrpura de la malva común se convierten en un lenguaje en el cual se describen los campos de algodón de los estados del sur: de hecho, todo el campo de la geografía pictórica—los mapas pueden esperar—puede estudiarse de esta manera.

La posición del sol. Y no solo esto: a los niños se les debe enseñar a observar la posición del sol en el cielo desde una hora a la otra y, gracias a su posición, decir la hora del día. Por supuesto, querrán saber por qué el sol nunca deja de viajar, y así se cuenta una historia maravillosa, que es bueno que aprendan en el «tiempo de fe», de los tamaños relativos del sol y la tierra, y de la naturaleza y los movimientos de la última.

Nubes, lluvia, nieve y granizo. «Las nubes y la lluvia, la nieve y el granizo, el viento y el vapor que ejecuta su palabra» son todos misterios cotidianos que la madre deberá explicar con precisión, aunque sea de manera simple. Hay ciertas ideas que los niños debieran obtener dentro de un radio a pie de su propia casa para contar con una comprensión real de los mapas y de los términos geográficos.

Por ejemplo, la distancia es uno de dichos términos; y la primera idea que debe abordarse sobre ella será por medio de algo que los niños consideran un deleitable procedimiento y que consiste en que un niño camine a su ritmo habitual; que alguien mida y le diga la longitud de su paso, y que él mida los pasos de sus hermanos y hermanas. Así con una determinada caminata, una determinada distancia, por aquí y por allá, se miden solemnemente los pasos, y una pequeña suma siguetantas pulgadas o tantos centímetros abarcados con cada paso es igual a tantos metros en total. Varias distancias cortas por la casa del niño se miden de esta manera; y cuando la idea de abarcar una distancia está completamente establecida, se introduce la idea del tiempo como una herramienta de medición. Se anota el tiempo necesario que se demoró en caminar cien yardas. Después de descubrir que se necesitan dos minutos para caminar cien yardas, los niños podrán dar el siguiente paso: que, si han caminado durante treinta minutos, la caminata debería medir mil quinientas yardas; que en treinta y cinco minutos deberían haber caminado una milla, o mil setecientos cincuenta yardas, y luego podrían agregar las diez yardas más para completar una milla. Cuanto más largas sean las piernas, más largo será el paso, y la mayoría de los adultos pueden caminar una milla en veinte minutos.

La dirección. Cuando se hayan familiarizado un poco con la idea de la distancia, se debería presentar la de dirección. El primer paso consiste en que los niños se conviertan en observadores del progreso del sol, ya que el niño que observa el sol durante un año y anota por sí mismo (o que dicta) el tiempo y el punto en que éste sale y se pone durante la mayor parte del año, contará con el fundamento de mucho conocimiento concreto. Dicha observación debería incluir el reflejo de la luz del sol, la luz del atardecer reflejada por las ventanas al lado este, la luz de la mañana por las ventanas del lado oeste; la variada longitud e intensidad de las sombras y la causa de éstas, lo cual se aprende situando una figura situada entre una cortina y una vela y observando la sombra proyectada. El niño también debiera asociar las horas calurosas del día con el sol en lo alto, y las horas frescas de la mañana y la tarde con el sol bajo; y se le debiera recordar que, si se pone justo frente al fuego, siente más calor que si se pusiera en un rincón de la habitación. Cuando se le ha preparado con una pequeña observación del curso del sol, estará listo para adquirir la idea de la dirección, la cual depende completamente del sol.

Este y oeste. Por supuesto, las dos primeras ideas son que el sol sale por el este y se pone por el oeste; a partir de tal hecho, podrá determinar la dirección en la que se encuentran los lugares cercanos a su hogar o las calles de su propio pueblo. Dígale que se ponga de pie de manera que su lado derecho esté hacia el este, donde sale el sol, y su izquierda hacia el oeste, donde se pone el sol: estará mirando hacia el norte y dará la espalda al sur. Todas las casas, calles y pueblos a su derecha están al este de él, los de la izquierda están al oeste. Los lugares a los que se debe caminar hacia adelante para llegar están al norte de él, y los lugares detrás de él están al sur. Si se encuentra en un lugar nuevo para él donde nunca ha visto salir o ponerse el sol y quiere saber en qué dirección corre un determinado camino, debe notar en qué dirección cae su propia sombra a las doce en punto, porque al mediodía la sombra de todos los objetos cae hacia el norte. Entonces, si está mirando al norte, tiene, igual que antes, el sur a su espalda, el este a su mano derecha, el oeste a su izquierda; o si está mirando al sol al mediodía, entonces está en dirección al sur.

Práctica para discernir la dirección. En este punto el niño aprenderá algo interesante sobre los nombres de nuestros grandes ferrocarriles [en Inglaterra los nombres de las líneas de ferrocarril son los puntos cardinales y sus variaciones]. Con un poco de práctica, el niño puede estar listo para identificar las direcciones de los lugares; que observe cómo cada una de las ventanas de su salón de clase están ubicadas, o las ventanas de cada una de las habitaciones de su hogar; las hileras de casas que pasa en sus paseos, y cuáles son los lados norte, sur, este y oeste de las iglesias que conoce. Pronto estará preparado para notar la dirección del viento al considerar el humo de las chimeneas, el movimiento de las ramas, del maíz, de la hierba, etc. Si sopla viento norte, tendremos nieve. Si sopla un viento del oeste, esperamos lluvia. Se debe poner atención en esta etapa de dejarle claro al niño que el viento lleva el nombre de la dirección de donde proviene, y no desde el punto hacia el cual sopla—tal como su nacionalidad es determinada por el país en que nació, y no por el país al que va de visita. Las ideas de la distancia y la dirección ahora se pueden combinar. Por ejemplo, tal edificio está a doscientos metros al este del pórtico, tal pueblo está a dos millas hacia el oeste. Pronto el niño se encontrará con la dificultad de que un lugar no está exactamente al este o el oeste, o al norte o al sur. Está bien dejarlo que dé, de una forma inexacta, la dirección de los lugares como: «más al este que al oeste», «muy cerca del este, pero no del todo», «justo en la mitad entre el este y el oeste». De esta forma, el niño valorará aún más los medios exactos de expresión por haber sentido la necesidad de ellos.

Más tarde, se le debería presentar las maravillas de la brújula del marinero, debiera tener su propia pequeña brújula de bolsillo, y observar los cuatro puntos cardinales y todos los demás puntos. Estos recursos le proporcionarán los nombres de las direcciones que le ha resultado difícil describir.

Ejercicios de manejo de la brújula. Al contar con una brújula, el niño debería hacer ciertos ejercicios de esta manera: dígale que sostenga el N de la brújula hacia el norte diga algo así: «Ahora, con la brújula en la mano, gira hacia el este, y verás algo notable; la pequeña aguja se mueve también, pero por sí sola en la dirección contraria. Gira hacia el oeste, y nuevamente la aguja se mueve en la dirección opuesta a la que te mueves. Tú giras solo un poco, y la pequeña aguja sigue tu movimiento. Y la miras, preguntándote cómo la pequeña cosa podría percibir que te habías movido, cuando apenas lo notaste tú mismo. Camina derecho en cualquier dirección, y la aguja permanece un poco estable; solo un poco estable, porque estás seguro de que, sin querer, te moviste un poco hacia la derecha o hacia la izquierda. Gira muy lentamente, un poco a la vez, comenzando en el norte y girando hacia el este, y harás que la aguja también se mueva en círculo, esta vez en la dirección opuesta a la tuya, ya que está tratando de regresar al norte desde el cual tú estás girando».

Los límites. Una vez que los niños posean la idea de la dirección, será bien fácil introducir la idea de los límites, como: tal y tal campo de nabos está delimitado por la carretera en el sur, por una cosecha de trigo en el sureste, un seto en el noreste, y así sucesivamente. De esta manera, los niños obtienen gradualmente la idea de que los límites de un espacio dado equivalen simplemente a aquello que lo toca en cada lado; es por esto que un cultivo puede tocar a otro sin ninguna línea divisoria, por tanto, un cultivo limita al otro. Es bueno que los niños obtengan nociones claras sobre este tema o, más adelante, estarán confundidos cuando se enteren de que tal condado está «delimitado» por tal y tal. En relación con los espacios delimitados, ya sean aldeas, pueblos, estanques, campos, o lo que sea, a los niños se les debiera dirigir para que noten los diversos cultivos que se encuentran en el distrito, el porqué de los pastos y el porqué de los campos de maíz, qué tipos de rocas se encuentran allí, y cuántos tipos de árboles crecen en el vecindario. De cada campo u otro espacio que se examine, que dibujen un plano sencillo en la arena, comunicando su forma general, y escribiendo las direcciones N, S, E, O, etc.

Planos. Cuando hayan aprendido a dibujar planos al interior, ocasionalmente recorrerán la longitud de un campo y dibujarán su plano a escala, usando una pulgada como equivalencia de cinco o diez yardas. Después se puede continuar con planos del jardín, de los establos, de la casa, etc.

La geografía local. Es probable que el vecindario le dé al niño la oportunidad de aprender el significado de colina y valle, estanque y arroyo, cuenca, corriente, lecho, bancos, afluentes de un arroyo, las posiciones relativas de pueblos y ciudades; y que toda esta geografía local él pueda dibujar aproximadamente en un plano hecho con tiza sobre una roca, o con el palo con el que camina dibujando en la grava, percibiendo las distancias y situaciones relativas de los lugares que identifica.


X. El niño y la madre naturaleza

La madre debe abstenerse de hablar demasiado. ¿Un plan tan ambicioso suena abrumador para la madre? ¿Quizás se imagina a sí misma teniendo que hablar durante todas esas cinco o seis horas, y a pesar de ello, no abarcar ni un décimo de lo que debiera enseñar? Pero lo opuesto es la realidad porque cuanto menos diga ella, mejor; y en cuanto a la cantidad de trabajo educativo que se debiera realizar, he aquí se presenta de nuevo la fábula del péndulo de la angustia [quizás se refiera a la obra El pozo y el péndulo de Edgar Allan Poe que trata de la terrorífica experiencia de la tortura que llena de angustia y horrores al que la sufre] ya que es cierto que hay innumerables cosas que hacer, pero siempre habrá un segundo de tiempo para hacer algo, y solo una cosa que hacer en un determinado segundo.

Un nuevo conocido. Los pequeños rápidamente habrán jugado, ya sea a «explorar el entorno» o a «pintar cuadros» en un cuarto de hora o algo así; ahora para el estudio de los objetos naturales, un ocasional «¡Mira!» de la madre, su examinación atenta del objeto y el nombre que ella dé, un comentario (de no más de 12 palabras largas) que exprese en el momento adecuado, será para los niños el comienzo de una nueva amistad que ellos profundizarán por sí mismos; y que no más de una o dos de estas presentaciones ocurran en un solo día.

¡Qué atisbo del tiempo libre que le queda a la madre! La verdadera dificultad de la madre, por el contrario, será evitar hablar mucho con los niños, y evitar que se entretengan con ella. Pocas cosas son más dulces y más preciadas para los niños que juguetear con su madre; pero una cosa es mejor y esa es la comunión con la madre más vasta, para lo cual se debe dejar a los niños solos con ella. Es verdaderamente un deleite observar cuando la madre está leyendo su libro o tejiendo, alerta a cualquier intento por que hable; se ve al niño mirar arriba hacia un árbol, o abajo a una florsin hacer nada, sin pensar en nada; o cual pájaro recorrer las ramas de un árbol, o quedarse inmóvil en un éxtasis sin rumbo—haciendo cosas bastante sin sentido o irracionales, pero, todo el tiempo, algo está ocurriendo: la naturaleza está haciendo la parte de ella, con el voto expresado por Wordsworth:

«Esta niña para mí la tomaré:
Ella será mía, yo la haré
Una dama de mi propiedad».

Dos cosas que la madre puede hacer. Una cosa la madre se permitirá hacer como intérprete entre la naturaleza y el niño, pero no más que una vez a la semana o una vez al mes, y a través de una mirada y un gesto de deleite en lugar de un flujo de palabras instructivas, al señalar al niño algún toque de belleza especial en un color o en una determinada presentación del paisaje o del cielo. La otra cosa que ella puede hacer, pero muy raramente, y con una tierna reverencia filial (lo más probable es que diga sus oraciones y hable de ellas en voz alta, porque tocar este terreno con palabras duras equivale a herir el alma del niño), es decir, ella señalará una encantadora flor o un agraciado árbol, no solo como una hermosa obra, sino como un hermoso pensamiento de Dios, en el cual podemos creer que Él encuentra un continuo placer, y que al ver que sus hijos se regocijan por él, eso le complace a Él. Tal semilla del apego al pensamiento divino que se siembra en el corazón del niño vale muchos de los sermones que el hombre escuchará después de ese momento, y gran parte de «divinidad» sobre la cual llegue a leer.


XI. Los juegos al aire libre, etc.

Las horas de mayor alerta mental pasan rapidísimo; y todavía queda por lo menos una clase en el programa, por no hablar de una o dos horas para jugar en la tarde. No dan ganas de pensar en una clase después de hablar de muchas cosas que son más interesantes y, verdaderamente, más importantes; pero tiene que ser solo una breve clase, de diez minutos de duración, y tanto el ligero momento de descanso como el esfuerzo de la atención darán un nuevo sabor al tiempo de ocio y relajo que vienen después.

La clase de idioma extranjero. La clase diaria de idioma extranjero es la clase que no debiera omitirse. Más adelante abordaremos aspectos como que los niños aprendan el idioma extranjero oralmente, escuchando y repitiendo palabras y frases en el idioma extranjero; que comiencen tan jóvenes que no experimenten un acento diferente, sino que repitan la nueva palabra en el idioma extranjero tal como hacen con su idioma materno y que la usen con la misma libertad; que aprendan unas cuantas —dos o tres, cinco o seis—palabras nuevas en el idioma extranjero diariamente, y que, al mismo tiempo, las palabras ya conocidas se mantengan, entre otros temas. Por ahora, es muy importante mantener la lengua y el oído familiarizados con los vocablos en el idioma extranjero, y que no se omita ninguna clase. Esta clase del idioma extranjero puede adaptarse, sin embargo, a las demás ocupaciones al aire libre; o sea, la media docena de palabras pueden ser las partes de un árbollas hojas, las ramas, la corteza, el tronco de un árbol, o los colores de las flores, o los movimientos de los pájaros, las nubes, los corderos, los niños. De hecho, las nuevas palabras en el idioma extranjero deberían ser simplemente otra forma de expresión para las ideas que llenan la mente del niño en un momento dado. [Esta sección se titula originalmente «La clase de francés» dado que en el tiempo de la Inglaterra victoriana el francés era el idioma extranjero por excelencia que se aprendía en las escuelas.]

Los juegos ruidosos. Los juegos de la tarde, después de un almuerzo liviano, son una parte importante de las actividades del día para los niños mayores, aunque es probable que los más pequeños ya se hayan agotado a estas alturas del día con la incesante agitación que usa la Naturaleza para propiciar el debido desarrollo de su tejido muscular; déjelos dormir al aire y que despierten refrescados. Mientras tanto, los más grandes juegan; cuanto más corren, gritan y mueven los brazos, más saludable es el juego; y esta es una de las razones por las cuales las madres deberían llevar a sus hijos a lugares solitarios, donde puedan usar sus pulmones todo cuanto quieran sin correr el riesgo de molestar a alguien. No se da suficiente consideración a la estructura muscular de los órganos de la voz; pero a los niños les encanta gritar y dar alaridos; y este juego «rudo» y «ruidoso» que sus mayores no quieren aceptar mucho, no es más que la forma en que la Naturaleza provee para el debido ejercicio de los órganos, de cuya capacidad de funcionamiento dependen en gran medida la salud y la felicidad futuras del niño. La gente habla de «pulmones débiles», «pecho débil», «garganta débil» pero quizás nadie piensa que los pulmones fuertes y la garganta fuerte se suelen conseguir en las mismas condiciones que se consigue un brazo o una muñeca fuertes, es decir, gracias al ejercicio, el entrenamiento, el uso, y el trabajo. Aun así, si los niños pudieran «vociferar» musicalmente, y con más ritmo al escuchar sus propias voces, tanto mejor. A este respecto, los niños franceses están en mejor posición que los ingleses ya que bailan y cantan cientos de rondas de juegos, juegos que, sin duda, imitan los casamientos y entierros que los niños de antaño jugaban en el mercado de Jerusalén.

«Las rondas». Antes de que las innovaciones puritanas nos convirtieran en una gente seria y circunspecta, los muchachos y las muchachas inglesas de todas las edades bailaban pequeños dramas en la plaza del pueblo, acompañándose con las palabras y aires de rondas como los niños franceses cantan hoy. Todavía quedan algunos de ellos que se pueden escuchar, tanto en las reuniones especiales de la escuela dominical como de otros clubes de niños, y que vale la pena preservar, como: «There came three dukes a-riding, a-riding, a-riding», «Oranges and lemons, say the bells of St. Clement’s», «Here we come gathering nuts in May», «What has my poor prisoner done [no hemos traducido estas rondas para que el lector pueda conocer los ritmos de las canciones mencionadas; la última es un párrafo de London Bridge] y muchas canciones más, todas creadas con atractivos ritmos que los pequeños pies siguen alegremente, lo cual es acentuado por la agradable estimulación del sonido de las palabras, ¿quién no podría cantar la melodía de tales ideas?

Los promotores del sistema del jardín de infantes han hecho mucho para introducir juegos de este tipo, o más bien de un tipo que es más educativo; pero ¿acaso no es un hecho que los juegos musicales del jardín de infantes podrían calificarse como algo zonzos? Igualmente, es dudoso cuánto cautivarán a los niños los lindísimos juegos que aprenden en la escuela y de parte de un maestro, en comparación con los juegos que se han transmitido de una generación a otra a través de una cadena infinita de niños, y que no se encuentran en ningún libro impreso.

Saltar la cuerda y bádminton. El cricket, el tenis y las rondas son los juegos por excelencia si los niños tienen la edad suficiente para jugarlos, tanto porque promueven el movimiento libre y armonioso de los músculos, y también porque sirven al más alto propósito moral de los juegos que es someter a los niños a la disciplina de las reglas; no obstante, la pequeña familia que tenemos a la vista, todos ellos menores de nueve años, difícilmente estarán a la altura de juegos de precisión. Las carreras y las persecuciones, «jugar a la pesca», «seguir al líder», y cualquier otro juego divertido que puedan inventar será más conveniente para la mente de ellos; pero aún mejor son el aro, la pelota, el bádminton, y la preciada cuerda de saltar. Para la cuerda, el mejor uso es que cada niño salte con la suya, tirándola hacia atrás en lugar de hacia adelante, de modo que la tendencia del movimiento contribuya a expandir el pecho. El bádminton es un buen juego, que ofrece posibilidades de ambición y emulación. La biografía de la señorita Austen incluye importante mencionar que ella podía apuntar con éxito más de cien veces en bádminton, ante lo cual se ganaba la admiración de sus sobrinos y sobrinas; de la misma manera, cualquier hazaña en el juego debe darse dentro de un evento familiar, para que los niños puedan llenarse a tal punto de la ambición de sobresalir en un juego que permite jugar graciosa y vigorosamente a casi todos los músculos de la parte superior del cuerpo, y con esta gran recomendación, que se pueda jugar tanto dentro como afuera de la casa. Sin embargo, la mejor jugada es mantener el volante en el aire con una raqueta en cada mano, para que los músculos de ambos lados se pongan igualmente en juego. Con todo, «dar órdenes» sobre juegos infantiles es gastar palabras, porque en este caso la moda es tan suprema y arbitraria como lo es en cuanto a boina o crinolina.

Hacer escalada. Escalar es una diversión que no es muy favorecida por las madres; se trata de prendas desgarradas, rodillas sangrientas y zapatos con las puntas convertidas en agujeros, por no hablar de riesgos más serios, da pie a una sólida argumentación contra este tipo de deleite. Pero, en verdad que este ejercicio es tan admirable—el cuerpo se ve forzado a infinitas elegantes posturas en que todos los músculos se ven en juego—y el entrenamiento en despliegue, arranque e ingenio en recursos es tan invaluable que es una pena que se prohíban los árboles, los acantilados y los obstáculos incluso para niñas pequeñas. La madre puede lograr mucho para evitar graves accidentes al acostumbrar a los niños más pequeños a hacer simples hazañas de salto y escalada, para que aprendan al mismo tiempo de sus propias experiencias la valentía y la precaución, tengan menos probabilidades de seguir el ejemplo de compañeros de juego demasiado atrevidos. Más tarde, la madre debe decidir sobre compartir los sentimientos de la gallina que incubó una cría de patitos, recordando que un grito agudo y repentino «¡Baja al instante! ¡Tommy, te romperás el cuello!» le dará un shock nervioso al niño, y es probable que cause la caída que se suponía que iba a prevenir, al asustar a Tommy de tal forma que ocasionó su caída. Incluso navegar y nadar no están fuera del alcance de los niños criados en la ciudad, cuando todo el mundo va en el verano al mar o a otros cuerpos de aguas naturales; e incluso sin tener esa opción, en la mayoría de las ciudades existen las piscinas. Sería bueno que a la mayoría de los niños de siete años se les enseñara a nadar, no solo por la posible utilidad de tal saber, sino también como un medio adicional de movimiento y, por lo tanto, de deleite.

La vestimenta. La ropa no tiene por qué causar gran caos si los niños están vestidos apropiadamente para sus pequeñas excursiones, como deberían estarlo, en prendas sencillas de un material de lana tejido suelto, ya sea sarga o franela. La lana tiene muchas ventajas como material de vestir, en comparación con el algodón, y más aún con el lino; principalmente, porque es un mal conductor; es decir, no permite que el calor del cuerpo salga muy libremente, ni que el calor del sol entre muy libremente. Por ello, el niño vestido en ropas de lana, que ha entrado en calor durante el juego, no recibe frío por la pérdida repentina de este calor, como pasa con el niño con ropa de lino; y además se siente más fresco a la luz del sol y más cálido a la sombra.


XII. Los paseos con mal tiempo

Los paseos de invierno son tan necesarios como los de verano. Todo lo que hemos dicho hasta ahora se aplica al clima de verano, que es, lamentablemente para nosotros, muy limitado e incierto en nuestra parte del mundo, pero de mayor importancia es la cuestión del ejercicio al aire libre en invierno y en clima húmedo, porque si se puede pasar tiempo afuera en el verano, ¿por qué no hacerlo? Por tanto, si queremos que los niños tengan lo que es verdaderamente mejor para ellos, debieran pasar dos o tres horas diarias al aire libre todo el invierno, digamos una hora y media por la mañana, y una hora y media en la tarde.

Deleites de la escarcha y la nieve. Cuando el suelo está cubierto de escarcha y nieve, los niños pasan momentos muy alegres jugando ya sea deslizándose por la nieve, construyendo con ella o tirando bolas de nieve; pero incluso en aquellos frecuentes días cuando hay barro y el cielo está oscuro, se debiera mantener a los niños interesados ​​y alertas, para que el corazón pueda hacer su trabajo alegremente, y se mantenga un brillo de agradecimiento en todo el cuerpo a pesar de las nubes y el frío.

Observaciones invernales. Todo lo que ya se ha dicho sobre la «exploración del entorno» y la «pintura de cuadros», la pequeña conversación en idioma extranjero, y las observaciones por anotar en el diario familiar, se aplica tanto al clima invernal como al veraniego; y no falta qué ver y anotar. El grupo llega cerca de un gran árbol que estima ser, según su constitución, un roble—se anota esto en el diario; y cuando las hojas broten, los niños volverán a ver si tenían razón. Muchas aves se pueden ver mucho mejor cuando hace frío cuando salen en busca de alimento. [A continuación, ejemplos de poesía sobre lo que ocurre en el período invernal]

«El ganado se lamenta en rincones protegidos por la cerca».

«El sol, con rojizo orbe
Asciende, enciende el horizonte».

«Cada hierba y cada hoja curva del pasto
Extiende una longitud sombría sobre el campo».

«Los gorriones se asoman furtivos, y abandonan los aleros protectores.

«El zorzal canta todavía, pero está satisfecho
Con delicados trinos, más de la mitad sofocados;
Satisfecho con su soledad, y la luz que se aleja
De gota en gota, donde quiera que descansa él sacude
De muchas ramas las gotas colgantes de hielo
Que tintinean en las bajas marchitas hojas».

No hay razón para que la caminata invernal del niño no sea tan fructífera en observaciones como la del poeta; de hecho, de una manera, es posible ver más en invierno, porque las cosas que se ven no se esconden unas tras otras.

El hábito de la atención. Las caminatas en invierno, tanto en la ciudad como en el campo, brindan grandes oportunidades para cultivar el hábito de la atención. Por ejemplo, el famoso mago, Robert Houdini, cuenta en su autobiografía que él y su hijo pasaban rápidamente frente a la vitrina de una juguetería, mirándola atentamente. Después, cada uno sacaba papel y lápiz del bolsillo, e intentaba enumerar la mayor cantidad de objetos que habían visto momentáneamente al pasar. El hijo sorprendió al padre con la rapidez en que aprehendía los objetos, ya que a menudo podía registrar cuarenta objetos, mientras que el padre apenas podía llegar a treinta; y cuando regresaban para verificar las anotaciones, rara vez descubrieron que el hijo había cometido un error. He aquí una idea de actividad lúdica muy educativa para muchas caminatas invernales.

Chapotear en días lluviosos. Ahora, ¿qué hay de los días mojados? El hecho es que, a menos que menos que sea del tipo torrencial, la lluvia no hace daño a los niños si están vestidos adecuadamente. Para ello, debiera eliminarse todo tipo de prenda impermeable, ya que al no permitir el paso de la lluvia tampoco permite el escape de la transpiración inconsciente, y un secreto de salud para las personas que no tienen alguna enfermedad es deshacerse rápidamente de las materias dañinas y degradadas que elimina la piel.

Prendas para el exterior. Los niños debieran usar ropa de lluvia que sea hecha de lanade grueso tejido sarga, por ejemplo—y cambiársela apenas vuelvan de una caminata, y así no corran el riesgo de resfriarse; en eso radica el sentido común del asunto. Al enfermo con fiebre se le ponen paños mojados en la cabeza; y de a poco los paños se secan y se mojan de nuevo: ¿qué ha sido del agua? Se ha evaporado y, al evaporarse, se ha llevado mucho calor de la cabeza febril. Ahora, lo que alivia a la piel acalorada por la fiebre es lo único que debe evitarse en circunstancias normales. Que un niño se moje la piel no le puede hacer más daño que un baño, siempre que la ropa mojada no se le seque en el cuerpo, es decir, que el agua no se evapore, eliminando así demasiado calor del cuerpo en el proceso. Es la pérdida de calor animal la que resulta en «resfriados», y no la «humedad» que las madres son tan rápidas en deplorar. Mantenga a un niño activo y feliz bajo la lluvia, y solo cosechará beneficios de su caminata; otro es el caso si el niño ya está resfriado; entonces el ejercicio activo puede aumentar cualquier inflamación ya existente.

No sé si es solo una linda fantasía de Richter [un poeta inglés], cuando dijo que una lluvia de primavera es una especie de baño eléctrico y un medio muy potente de salud; es cierto que la lluvia despeja la atmósfera, lo cual es un hecho de considerable importancia en las grandes ciudades. Para nuestro propósito, sin embargo, es suficiente demostrar que la lluvia no hace daño; porque el abundante ejercicio diario al aire libre es de tan grande importancia para los niños, que en realidad nada más que la enfermedad debiera mantenerlos adentro de la casa. Un poco de chapoteo provee suficiente alegría en un día húmedo, ya que, con buen humor, hasta el golpeteo de la lluvia es estimulante. Las «carreras» de los escolares, es decir, el trote a un ritmo constante, que de vez en torna en carrera, es un ejercicio de primer orden; pero se deben tener en cuenta las capacidades de los niños, a quienes no se debe exigir más de lo que puedan hacer.

Precauciones. Al mismo tiempo, a los niños nunca se les debe permitir sentarse con ropa húmeda o quedarse con la ropa húmeda puesta; cuando sea el caso, por ejemplo, en viajes cortos a la iglesia, a la escuela, o a la casa de un vecino, donde no pueden cambiarse de ropa, se debe usar rebozos impermeables para que puedan permanecer secos.


XIII. Entrenamiento al estilo ‘indígena’

La exploración. El librito de Baden Powell sobre el reconocimiento y la exploración nos ha puesto en una nueva senda; ahora cientos de familias realizan alegres expediciones a la naturaleza, mucho más educativas de lo que esperaban, en las que la exploración es la actividad por excelencia.

Una actividad que puede servir de ejemplo consiste en que cuatro personas o más estén emboscadas en un lugar que sea el mejor para tal fin, y que haya sido escogido después de mucha consideración. El enemigo hace un reconocimiento del lugar; primero encuentra la emboscada, y segundo, su habilidad queda al descubierto cuando se acerca a sus enemigos sin ser descubierto. Pienso que cada familia debiera tener una copia de Reconocimiento y exploración en el caso de que se vea enfrentada a pelear al estilo indígena. El problema de la vida cómoda y planificada que llevamos, es que no discernimos las señales de los tiempos; pero es muy valioso poseer la habilidad del pensamiento alerta en cuanto a lo que ocurre en el mundo al aire libre, y, aunque simpatizamos profundamente con el esfuerzo por reducir la actividad de la búsqueda de nidos de aves, si no ponemos cuidado, perderemos lo poco que aún está a nuestro alcance de lo que llamamos entrenamiento en destrezas «al estilo indígena».

Observación de aves. Mucho más emocionante y deleitoso que buscar nidos de aves es «observar» las aves, por llamarlo así, para lo cual se usan todas las habilidades de un buen explorador. Pensemos en lo emocionante que es arrastrarse en pies y manos silenciosamente como sombras detrás de los arbustos de la ribera del río sin siquiera tocar una ramita o un guijarro hasta encontrarse a una yarda de un par de aves, y luego, recostarse para observar sus pequeñas y delicadas carreras, sus lindos movimientos de cabeza y cola, y escuchar la música de su canto. He aquí la verdadera alegría de observar aves. Si en los meses de invierno los niños se han familiarizado bastante con los trinos de nuestras aves locales, a principios del verano podrán «observar» con un propósito definido. Los trinos y los cantos de junio son bastante difíciles de distinguir, pero el plan es identificar a aquellas aves que se reconozcan con seguridad, y luego seguir con las demás. La clave para conocer las aves radica en conocer sus cantos, y la única forma de alcanzar esto es siguiendo cualquier trino que no se conozca con certeza. La alegría de rastrear un canto o un trino hasta su origen se iguala a la alegría de un «hallazgo», una posesión de por vida.

Pero observar aves solo debe hacerse en ciertas condiciones; no solo se debe estar «silencioso como una tumba», sino también ni dejar que los pensamientos susurren, porque si uno se permite pensar en otra cosa, la visión completamente encantadora de la vida de los pájaros se nos pasará desapercibida; es más, ni escucharemos los trinos de los pájaros.

A continuación, dos paseos para observar pájaros de un amante de las aves [no hemos traducido el nombre de todas las aves dado que muchas de ellas no existen en nuestro continente; queda pendiente una investigación naturalista al respecto]:

«Escuchamos un canto de algo así como un chaffinch [pinzón común], solo que más lento, y miramos hacia arriba en las ramas del árbol para tratar de rastrear al pájaro por el repentino movimiento de una ramita aquí, y otra, allá. Encontramos un camino empinado y rocoso que nos llevó casi a la altura de las copas de los árboles, y luego tuvimos una buena vista para observar el tímido willow wren ocupado buscando comida. Otro trino vino del árbol al lado, como un canto que burbujeaba nos hizo acercarnos aún más, y ahí encontramos un wood wren y lo observamos mientras él con la cabeza levantada y la garganta burbujeante pronunciaba su trino».

«El alegre estallido de una canción vino de un arbusto cercano, y nos arrastramos sigilosamente, para encontrar una blackcap warbler con la cresta levantada girando con entusiasmo en el éxtasis de la canción. Esperamos y lo seguimos hasta su próxima parada gracias a su ligero toque en las ramas. Un ronco chillido de otro árbol anunció un green-finch [jilguero], y tuvimos que seguirlo por largo rato para echarle un vistazo; pero llegó a una ramita sobresaliente, y pudimos escuchar su bonita canción, que nunca habría imaginado que era suya si no lo hubiéramos visto. Un pequeño trino chirriante nos hizo observar los troncos de los árboles, y, efectivamente, había un tree-creeper [agateador] que corría alrededor de un fresno, sin dejar de pronunciar sus trinos».

«Otro día nos escondimos detrás de una pared para poder examinar un campo que se encontraba al lado del lago. Allí estaba el green plover [chorlito verde] con su cresta alegre, corriendo y picoteando, y, cuando picoteó, vimos el destello rosado debajo de su cola. Esperamos un poco, para ver más, porque los chorlitos se quedan tan quietos que se pierden en el entorno. Pero alguien tosió, y volaron los chorlitos, como una docena, casi quejándose: “¿Por qué no nos dejan tranquilos?” Su malestar agitó a otras aves, y vimos un snipe [gallinago] elevarse desde el borde del agua, un lugar pantanoso, con un rápido vuelo en zigzag; hizo una larga vuelta y se instaló no mucho más allá de donde se levantó. Los sandpipers [zarapito o playero pectoral] se elevaron también, dos volando cerca de la orilla del agua, silbando todo el tiempo. Al lado de un pequeño barranco vimos un wagtail [aguzanieves o lavandera], y un giro en la luz del sol nos mostró el pecho amarillo del wagtail amarillo. Un fuerte ruidito cerca nuestro nos hizo mirar la pared, y allí estaba un wagtail bicolor con el pico lleno, esperando deshacerse de nosotros antes de visitar su nido en la pared. Nos escabullimos y nos refugiamos detrás de un árbol, y después de esperar unos minutos, lo vimos entrar en su agujero. Un ruido de enojo cerca (¡como cuando se pasa una escoba por persianas venecianas!) nos llevó a mirar a un pequeño wren morrón en la pared con la cola levantada, pero en un minuto desapareció como un ratón por el lado».

Lo siguiente es de otro amante de las aves:

«Ahora, ellos (los niños) están comenzando a preocuparse más por las aves que por los huevos, y su primera pregunta, en lugar de ser: “¿Cómo es el huevo?” es usualmente: “¿Cómo es el pájaro?”. Hacemos una buena búsqueda por Morris’s British Birds [guía de referencia de las aves de Gran Bretaña] para identificar los pájaros que hemos visto y para quedar seguros en los aspectos que tenemos dudas».

«Pero ahora hablemos de los pájaros. Los Stonechats [tarabillas] abundan en los páramos. Me pinché hasta las rodillas cuando estuve sobre un arbusto lleno de espinas, mirando y escuchando lo primero que encontré, pero mi recompensa fue muy buena cuando vi al menos cuatro pares a la vez ¿Conoces a los pájaros? Los cock-birds son tan guapos, con su cabeza y cara negras, el cuello blanco, pecho café rojizo y la espalda gris oscuro o marrón. Su canto es lindo, más largo que el de un chaffinch [pinzón], además del grito cuando se les molesta; no hacen un vuelo largo y flotan en el aire como un atrapamoscas. El sandmartin [avión zapador] hace numerosos agujeros en los peñascos. Intentamos ver qué tan profundo habían excavado para construir sus nidos, pero, aunque puse mi brazo hasta los codos en varios agujeros desiertos, no pude llegar al final. Creo que mis favoritos son los reed-warblers [carriceros]. Conozco al menos cuatro pares, y cuando pude lograr que ambos niños dejaran de hablar durante unos minutos, pudimos verlos saltar audazmente por las cañas y cantar a plena vista nuestra».

Este es el tipo de cosas con las que se encuentran los observadores de pájaros—una pérdida que sufren aquellos niños a quienes no se les enseña el gentil arte en el cual el ojo está satisfecho de ver, y donde no está presente ni la codicia de coleccionar ni el instinto de matar del cazador, y, sin embargo, existe la alegría de la posesión que dura toda la vida.


XIV. Los niños necesitan el aire del campo

La proporción esencial de oxígeno. Todo el mundo sabe que la condición esencial para una vida vigorosa y un físico excelente consiste en respirar aire que no haya perdido mucho de su debida proporción de oxígeno; también que todo lo que produce calor, ya sea calor animal o calor del fuego, de la vela, de la lámpara de gas, produce dicho calor a expensas del oxígeno contenido en la atmósferaun banco del cual extraen todos los objetos que respiran y que se queman; que en situaciones donde hay mucha respiración y combustión, ocurre una gran salida de este gas vital; que tal salida puede ser tan excesiva que no haya suficiente oxígeno en el aire para mantener la vida animal, y que se produzca la muerte; pero que en los casos en que la salida sea significativa pero no excesiva la vida animal todavía puede mantenerse, aunque las personas llevarán una vida débil y decaída en un constante estado de baja vitalidad.

Exceso de dióxido de carbono. Además, sabemos que todas las respiraciones y todos los objetos en combustión expulsan un gas dañino, el ácido carbónico [dióxido de carbono, en otras palabras]. Una proporción muy pequeña de este gas está presente en el aire atmosférico más puro, y esa pequeña proporción es saludable; pero si aumenta esa cantidad debido a la acción de las estufas, los incendios, los seres vivos, las lámparas de gas, el aire se vuelve nocivo, en justa proporción a la cantidad de dióxido de carbono superfluo que contenga. Si la cantidad es excesivacomo cuando muchas personas se apiñan en una pequeña habitación sin ventilación—el resultado es la muerte fulminante por asfixia.

Aire fresco, no empobrecido. Por tales razones, no es posible disfrutar la plenitud de la vida en una ciudad. Para las personas adultas, el estímulo de la vida en la ciudad compensa en algo la impureza del aire; y, por el otro lado, la gente del campo con demasiada frecuencia desaprovecha sus ventajas por caer en el hábito de la flojera mental. No obstante, para los niñosque no solo respiran, sino que crecen; que requieren, proporcionalmente, más oxígeno del que necesitan los adultos para sus procesos vitaleses una absoluta crueldad no ofrecerles con mucha frecuencia, o lo que es mejor, diariamente, el tipo de aire fresco no empobrecido que solo se puede obtener lejos de las ciudades.

Luz solar. En relación con lo anterior, esta es solo una de las razones por las que, aunque solo sea por beneficio a la salud, es prioritario que los niños pasen largos días afuera en el campo; ellos requieren luz, es decir, la luz solar, igual como requieren el aire. La gente del campo se ve más saludable que la gente del pueblo; por el contrario, los mineros son pálidos, igual que la gente que pasa todo su tiempo en habitaciones subterráneas o quienes viven en los valles donde no alumbra el sol. La razón consiste en que, para lograr el radiante aspecto rubicundo de la salud perfecta, deben producirse ciertos cambios en la sangre creados por la producción libre de glóbulos rojosla naturaleza de dichos cambios tomaría demasiado tiempo explicar aquí—y que parecen ocurrir más favorablemente cuando se recibe la influencia de la luz solar en abundancia. Además de esto, la comunidad científica está comenzando a sospechar que no son solo los rayos de luz visible que proporcionan luz, sino también los rayos infrarrojos que proporcionan calor y los rayos ultravioletas, los que proveen para la vitalidad de maneras que aún no se comprenden completamente.

El físico ideal para los niños. Hace un tiempo apareció una imagen encantadora en Punch [revista británica ilustrada de mediados del siglo XIX], de dos niños bromeando en francés con la nueva criada de su madre; se trataba de dos nobles pequeñines, cada uno recto como un dardo, sin carne superflua, los ojos bien abiertos, la cabeza erguida, el pecho dilatado, todo el cuerpo lleno de energía incluso en estado de reposo. Era un gusto mirar la imagen, aunque fuera solo para indicar el tipo de físico que nos encanta ver en un niño. No hay duda de que el niño en la herencia de sus mayores radica el mayor porcentaje de lo que él es a este aspecto, como a otros; pero a continuación es lo que la crianza puede generar, con algunas limitaciones: el niño nace con ciertas tendencias naturales y, según su crianza, cada una de esas tendencias puede resultar siendo un defecto personal o del carácter, o una gallardía en ambos. Por lo tanto, vale la pena poseer por lo menos un ideal físico del hijo de uno; para no, por ejemplo, dejarse llevar por la noción de que un niño obeso es necesariamente un niño en buena condición (física). Fácilmente se puede lograr que un niño sea obeso, pero la mirada brillante y honesta, el paso ágil; los tonos de voz claros como una campana; los movimientos ágiles y graciosos que caracterizan al niño criado bien, son el resultado, no del bienestar del cuerpo solamente, sino de «la mente y el alma bien armonizadas», de una entrenada y rápida inteligencia, y de una naturaleza moral que está habituada al «gozo que proviene del dominio propio».

[volver al índice]

Parte III. ‘El hábito es equivalente a diez naturalezas’

I. Una educación basada en la ley natural

Cerebro sano. Lo que deseo presentar al lector es un método educativo basado en la ley natural. En primer lugar, ya hemos considerado algunas de las condiciones que deben cumplirse con el fin de mantener el cerebro en buen funcionamiento, ya que la posibilidad de una educación sólida depende de un cerebro activo y debidamente alimentado.

Vida al aire libre. En el desarrollo de un método educativo, en segundo lugar está la consideración de la vida al aire libre, debido a que mi objetivo es mostrar que la función principal del niño—su objetivo en el mundo durante los primeros seis o siete años de su vida—es descubrir todo lo que pueda de todo lo que le llame la atención, usando sus cinco sentidos; que él tiene un apetito insaciable por el conocimiento que se obtiene de esa manera; y que, por lo tanto, la ocupación de sus padres es ponerlo allí donde pueda familiarizarse de manera libre con la naturaleza y los objetos naturales; que, de hecho, la educación intelectual del niño pequeño debiera basarse en el ejercicio libre de la facultad de percepción, porque las primeras etapas del esfuerzo mental están marcadas por la actividad extrema de dicha facultad; y la sabiduría del educador es seguir la guía dada por la naturaleza en la evolución del ser humano completo.

El siguiente tema por considerar—un tema psicofisiológico bastante árido—me parece, de todos modos, muy digno de atención en tanto que es clave fundamental de un apropiado método educativo.

Hábitos como instrumento en manos de los padres. «¡El hábito equivale a diez naturalezas!» Si tan solo pudiera hacer que otros vean con mis ojos lo mucho que este dicho debería significar para el educador; cómo el hábito, en manos de la madre, es como la rueda del torno para el alfarero, el cuchillo para el tallador, y, para ella, el instrumento por medio del cual ella crea el diseño que concibió en su mente. Observe que el material con el cual empezar ya está ahí; la rueda del alfarero no faculta al alfarero para producir una taza de porcelana a partir de la áspera arcilla; pero el instrumento es tan necesario como lo es el material o el diseño. Es penoso hablar de uno mismo, pero si el lector me lo permite, me gustaría mencionar los pasos que me han llevado a considerar el hábito como el medio por el cual el padre puede hacer de su hijo casi cualquier cosa que elija. Aquello que se ha convertido en la idea dominante de la vida de una persona, si se lanzara repentinamente a otra, no lleva consigo una gran profundidad o peso de significado para la segunda persona; por tanto, lo ideal es llegar a la idea gradualmente, para ver los pasos por los cuales el primero ha viajado. Por esta razón, me aventuraré a mostrar cómo llegué a mi postura actual, es decir, desde uno de los tres puntos de vista posibles: la formación de hábitos es educación y la educación es formación de hábitos.


II. Los niños carecen de la facultad de la autoimposición

Un callejón educativo sin salida. Hace algunos años escuchaba del púlpito al menos un domingo al mes: «El hábito equivale a DIEZ naturalezas». En ese tiempo, yo recién había comenzado a enseñar, y era joven y apasionada por mi trabajo. Para mí era una gran cosa ser maestra; yo creía que era inevitable que el maestro dejara su huella en los niños; y que, si algo salía mal, si algún niño iba mal en la escuela o fuera de ella, era la culpa del maestro. Mi entusiasmo juvenil superaba todas las responsabilidades a mi haber; pero, a pesar de todo este celo, lo decepcionante fue que no sucedió nada extraordinario. Los niños se portaban bien en términos generales porque eran hijos de padres que habían sido criados con cierto esmero; pero estaba claro que se comportaban de acuerdo con «lo que era parte de su naturaleza». Las falencias que tenían, las mantenían; las virtudes que poseían las ponían en práctica tan irregularmente como antes. La niñita buena y humilde seguía diciendo mentirillas; el niño inteligente y generoso seguía siendo un ocioso incurable. Sucedía lo mismo durante las clases; el niño que perdía el tiempo seguía perdiendo el tiempo, y el niño apático no incrementaba su interés por aprender. Fue muy decepcionante. Los niños, sin duda «avanzaron» un poco, pero cada uno de ellos tenía el potencial de un carácter noble y de una mente inteligente; pero ¿dónde estaba la palanca para despertar cada uno de estos pequeños mundos? Porque debe existir tal palanca. Esta rutinaria ronda de geografía y francés, historia y sumas, no era más que jugar a la educación; ¿quién recuerda los retazos de conocimiento sobre los que se esforzó de niño? y, ¿acaso aplicarse unas pocas horas en la vida posterior no causaría mayor efecto que un año de monotonía en cualquier materia aprendida en la infancia? Si la educación tiene como objetivo garantizar el progreso paso a paso del individuo y la raza, debe significar algo más que el diario esfuerzo invertido en tareas triviales que hoy se conocen como educación.

El amor, la ley y la religión como fuerzas educativas. Durante mi búsqueda de literatura sobre educación, aprendí mucho de varias fuentes, aunque no pude encontrar lo que me pareció una guía completa, es decir, alguna obra cuyo pensamiento abarcase las posibilidades contenidas en la naturaleza humana de un niño, y, que, al mismo tiempo, midiera el alcance de la educación. Reconocí cómo la enseñanza religiosa ayudaba a los niños, les daba facultades y motivos para el esfuerzo continuo y elevaba sus deseos hacia las mejores cosas. Vi hasta qué punto la ley restringía del mal y el amor impulsaba hacia el bien. Pero con estas grandes ayudas desde afuera y desde arriba, existía todavía la deprimente sensación de estar trabajando en educación a oscuras; el avance realizado por la juventud en las facultades morales, e incluso intelectuales, era como el de una puerta sostenida con bisagras— hoy una oscilación hacia adelante y mañana de vuelta adonde estaba, con poco progreso notorio de un año al otro aparte de poder hacer sumas más difíciles y leer libros más complejos.

La razón de que los niños sean incapaces del esfuerzo constante. La reflexión dejó en evidencia el porqué del fracaso, y es que había un cálido resplandor de rectitud en el corazón de cada uno de los niños, pero todos ellos eran incapaces de hacer un esfuerzo constante, porque no tenían fuerza de voluntad, ninguna facultad para obligarse a hacer lo que sabían que debían hacer. En este punto, sin duda, son atingentes las funciones de los padres y los maestros; quienes deberían ser capaces de hacer que el niño haga lo que el niño no puede obligarse a realizar. No obstante, es un entrenamiento deficiente requerir que el niño se haga dependiente de la influencia personal. Por el contrario, le corresponde a la educación encontrar alguna forma de suplementar esa debilidad de la voluntad que es la ruina de la mayoría de nosotros, así como de los niños.

A los niños se les debiera evitar el esfuerzo de la decisión.  Ya desde el púlpito se ha dicho que el esfuerzo de la decisión es el esfuerzo más agotador de la vida; y si eso es aún cierto en cuanto a nosotros mismos, incluso cuando la decisión sea sobre cuestiones insignificantes de salidas aquí o allá, de comprar o no comprar, con toda seguridad no es justo dejar a los niños todo el trabajo del esfuerzo de la voluntad cada vez que tengan que elegir entre lo correcto y lo incorrecto.


III. ¿Qué es la “naturaleza”?

«El hábito es equivalente a diez naturalezas» se siguió proclamando en mis oídos, y por fin lo entendí como un dicho profundo que podría contener el «¡Ábrete sésamo!» educativo que yo estaba buscando. En primer lugar, ¿qué es la naturaleza y qué es, precisamente, el hábito?

Es algo impresionante cuando consideramos lo que es el niño, independientemente de su raza, país o parentesco, simplemente por nacer como ser humano.

Todas las personas nacen con los mismos deseos primarios. Estamos dispuestos a aceptar que todos tenemos los mismos instintos y apetitos; pero nos impacta un poco que los principios de acción que gobiernan a todos los hombres en todas partes sean en gran medida los mismos; en otras palabras, que en el pecho tanto de la persona cultivada como de la inculta laten los mismos deseos; que el deseo de conocimiento, que se ve en la curiosidad del niño por las cosas y en sus ojos siempre inquisitivos, está activo de igual forma en todas partes; que el deseo de socializar, que se puede ver en dos bebés que recién se conocen el uno al otro y que disfrutan el gozo y la amistad, es la causa de las aldeas en las tribus alejadas del mundo, así como del encuentro filosófico de los eruditos; que en todas partes se siente el deseo de la estima, que es un poder maravilloso en manos del educador, y  que convierte a una palabra de elogio o de culpabilidad en un motivo más poderoso que todo miedo o expectativa de castigo o recompensa.

Y los afectos. No solo se trata de los mismos deseos; sino que todas las personas, en todas partes, tienen los mismos afectos y pasiones que actúan de la misma manera bajo una similar provocación; ya sean, la alegría y el dolor, el amor y el resentimiento, la benevolencia, la simpatía, el miedo y mucho más, son comunes a todos nosotros. Lo mismo cabe a la conciencia, el sentido del deber.

Contenido de la noción más elemental de la naturaleza humana. El Dr. Livingstone [el explorador David Livingstone] menciona que la única adición que debió hacer al código moral de algunas de las tribus de Zambesi (por muy poco que hayan obedecido su propia ley) fue que un hombre no debería tener más de una esposa. Esta gente sin conocimiento del mundo europeo ni ninguna enseñanza cristiana sabían que «hablar maldad, mentir, odiar, desobedecer a los padres, y descuidarlos» eran pecado. Así, no solo el sentido del deber es común a toda la humanidad, sino también la conciencia más profunda de Dios, por muy vaga que pueda ser. Todo esto y mucho más conforma la noción más elemental de la naturaleza humana.

La naturaleza más la herencia. Aquí hace su entrada la herencia, y es en este punto, si se me permite, donde se hayan las diez naturalezas, ya que ¿quién trata con el niño que es resentido, terco o imprudente, porque nació con la naturaleza de su madre o la de su abuelo? Piense en el ojo que mira de tal manera, la acción de la mano, repetida del padre al hijo; la forma particular de la escritura, que puede reconocerse, como nos dice Miss Power Cobbe, en el caso de su familia a lo largo de cinco generaciones; el temperamento artístico, el gusto por la música o el dibujo, que hay en algunas familias: he aquí la naturaleza y sus peculiaridades, confirmada, sellada, remachada, absolutamente defendida, se diría, contra cualquier intento de alterarla o modificarla.

Se añaden las condiciones físicas. Una vez más, las condiciones físicas se presentan ante nuestros ojos. El niño débil y enclenque, y el robusto travieso que nunca se enferma, son por obligación diferentes entre sí en cuanto a la fuerza de sus deseos y emociones.

La naturaleza humana es la suma de ciertos atributos. ¿Entonces, qué de los deseos, afectos y emociones naturales comunes a toda la raza, qué de las tendencias con que cada familia lidia por descendencia, y aquellas peculiaridades que el individuo debe a su propia constitución física y cerebral? La suma de todo esto, es decir, la naturaleza humana presenta un caso sólido; tanto así, que nos sentimos inclinados a pensar que lo mejor que se puede hacer es dejarla en paz, dejar que cada niño se desarrolle sin obstáculos de acuerdo con los elementos de carácter y de disposición que hay en él.

No se debe abandonar al niño a su naturaleza humana. Esto es precisamente lo que la mitad de los padres en el mundo y las tres cuartas partes de los educadores se conforman con hacer; ¿y cuál es la consecuencia? Que el mundo avanza, pero que el progreso ocurre, en su mayor parte, con los pocos niños cuyos padres han tomado muy seriamente el control de la educación; mientras que el resto, a los que se les ha permitido quedarse como estaban, y no llegar a ser más o mejores de lo que la naturaleza los hizo, se convierten en una pesada carga: porque, ciertamente, el hecho es que no se quedan como ellos eran; la verdad inmutable es que el niño que no está siendo constantemente elevado a un nivel cada vez más alta se hundirá a un nivel cada vez más bajo. Por consiguiente, es tanto el deber de los padres educar a sus hijos en fortaleza y propósito moral y actividad intelectual, así como alimentarlo y vestirlo; y eso, a pesar de su naturaleza, si fuera necesario. Es cierto que existen circunstancias arbitrarias que intervienen y «convierten en un hombre» al niño cuyos padres no le enseñaron disciplina; pero esta es una ayuda fortuita con la cual el educador no tiene ninguna garantía de recibir.

Estaba empezando a ver mi camino—sin salir aún de la dificultad psicológica que, en lo que a mí respecta, bloqueaba el camino a toda educación real; pero ahora podía ya identificar el lugar, y eso ya era algo. En resumen:

La voluntad del niño es lastimosamente débil, más débil en los hijos de los débiles, y más fuerte en los hijos de los fuertes, con la que casi nunca se puede contar como facultad en la educación.

La naturaleza del niño—su naturaleza humana—al ser la suma de lo que él es como ser humano, y de lo que le corresponde por su origen, y lo que él es como resultado de su propia constitución física y mental—tal naturaleza es incalculablemente fuerte.

El problema que enfrenta el educador. El problema para el educador es dar al niño control sobre su propia naturaleza, prepararlo para que este pueda manejarse con respecto a los rasgos que llamamos buenos como a los que llamamos malos, ya que hay muchos hombres que naufragan sobre la roca de lo que creían que era su virtud característica, por ejemplo, su generosidad.

La gracia divina trabaja sobre las líneas del esfuerzo humano.  Al buscar una solución a este problema, no subestimo la gracia divina, ¡por el contrario! Pero no siempre comprendemos suficientemente el hecho de que la gracia divina causa efecto sobre las líneas del cultivado esfuerzo humano; por ejemplo, que el padre que se toma la molestia de comprender de qué se trata educar a su hijo, merece y con seguridad recibe apoyo de lo alto; y que Rebeca, por decir, no tenía derecho a criar a su hijo para que fuera «tú, gusano de Jacob», al confiar que la gracia divina, diciéndolo con reverencia, lo ayudaría a salir adelante. A pesar de ser un hombre piadoso, hijo de padres piadosos, salió adelante, pero sus días, se queja al final, fueron «pocos y malos» [en palabras de Jacob cuando se encuentra con Faraón de Egipto].

La confianza de los padres no debe ser letárgica. De hecho, ésta es la expectativa de muchos padres cristianos; dejan que el niño crezca libre como la zarza silvestre, produciendo sin control lo que hay en él, ya sean espinas, flores ásperas, frutas insípidas—confiando, ellos dirán, que la gracia de Dios podará, arreglará la tierra, y arreglará las ramas rebeldes que yacen por todos lados. Y su confianza no siempre está fuera de lugar; pero el pobre hombre sufre angustia, se desgarra en el proceso de recuperación que sus padres podrían haberle evitado si hubieran entrenado los primeros brotes que pronto se convertirían en el carácter de su hijo.

La naturaleza, por tanto, aunque es fuerte, no es invencible; y, en el mejor de los casos, no se le debe permitir a la naturaleza una cabalgata desenfrenada. Bocado y brida, mano y voz, lograrán lo mejor posible de la naturaleza si se toma el control de su entrenamiento a tiempo; pero deje que la naturaleza haga lo que quiera hacer, tal como los ponis salvajes, y ni la espuela ni el látigo lo amansarán.


IV. El hábito puede suplantar a la “naturaleza”

«El hábito es equivalente a diez naturalezas». Si eso es cierto, por fuerte que sea la naturaleza, el hábito no solo es tan fuerte, sino diez veces más fuerte. Aquí entonces, tenemos alguien más fuerte que ella, capaz de vencer a este hombre fuerte armado.

El hábito seguirá el curso de la naturaleza. Pero el hábito progresa sobre el curso impuesto por la naturaleza: el niño cobarde miente en forma habitual para escapar de la culpa; el niño amoroso tiene cientos de hábitos para hacerse querer; el niño bondadoso tiene la costumbre de dar; el niño egoísta, el hábito de retener. El hábito, que funciona de acuerdo con la naturaleza, es simplemente la naturaleza en acción, que se fortalece cada vez más con el ejercicio.

Pero el hábito debería ser una palanca. Pero el hábito, para ser la palanca que impulsa al niño, debe funcionar en contra de la naturaleza, o independientemente de ella.

Inmediatamente comenzamos a poner atención en el funcionamiento del hábito a este respecto, y los múltiples ejemplos son claros: existen los niños entrenados en hábitos de cuidado que nunca manchan su ropa; aquellos entrenados en hábitos reticentes, que nunca hablan de lo que se hace en casa y responden a preguntas indiscretas con un «no sé»; están los niños criados en hábitos corteses, que ceden el paso a los ancianos con gentil gracia, y más con la pobre mujer con la canasta que con la dama bien vestida; y hay niños entrenados en hábitos de las malas ganas, que nunca ceden, van o hacen.

La madre forma involuntariamente los hábitos de sus hijos. ¿Son naturales en los niños los hábitos como éstos, ya sean buenos, malos o neutros? No, pero éstos son los hábitos que la madre ha establecido con la crianza; y, de hecho, no hay nada que una madre no pueda establecer en sus hijos a través de la crianza, y casi no existe madre en ningún lugar que no tenga al menos dos o tres—a veces en la forma de reglas y otras veces en la forma de principios—que sus hijos nunca violan. Por tanto, llegamos a esto: que una madre con opiniones liberales sobre el tema de la educación, simplemente no puede evitar que sus propias opiniones influencien los hábitos de sus hijos; y que una madre cuya pregunta final es: «¿Qué dirá la gente? ¿Qué pensará la gente? ¿Cómo se verá?», hará que sus hijos crezcan con hábitos de guardar las apariencias, y no de ser algo; se contentarán con estar bien vestidos, bien educados y bien intencionados hacia los extraños, pero ejercerán muy poco esfuerzo en torno a la belleza, el orden y la bondad en el hogar y hacia los demás.

El hábito obliga a la naturaleza a irse por nuevas vías. El extraordinario poder del hábito para forzar la naturaleza hacia nuevas vías casi no es necesario explicar; solo tenemos que ver a un niño pequeño en un circo montando dos ponis con un pie en la parte posterior de cada uno, o un hada pantomima bailando en el aire, o un payaso que se comporta como una bola de caucho indio, o cualquiera de las miles de hazañas de habilidad y destreza por la que pagamos nuestros chelines para disfrutar,—hazañas mentales y corporales, aunque, felizmente, estas son las más raras—para estar convencidos de que se puede lograr exactamente cualquier cosa mediante el entrenamiento, es decir, el cultivo de hábitos persistentes. Y el poder del hábito no se ve solo en los seres humanos. La gata va en busca de su cena siempre a la misma hora y al mismo lugar, es decir, si es habitual alimentarla en un lugar. De hecho, el hábito del lugar, es tanto para el gato, que a menudo preferirá morir de hambre que abandonar la casa a la que está acostumbrado. En cuanto al perro, es un mayor «conjunto de hábitos» que su dueño. Esparza las migajas para los gorriones a las nueve en punto todas las mañanas, y a las nueve vendrán a desayunar, haya o no migajas. Darwin se inclina a pensar que el terror y la evasión mostrados hacia el hombre por las aves silvestres y los animales menores es simplemente una cuestión de hábito transmitido; nos cuenta cómo aterrizó en ciertas islas del Pacífico donde los pájaros nunca habían visto al hombre antes, y se abalanzaron sobre él y volaron a su alrededor con total valentía. Para hablar sobre algo más familiar al hogar, qué evidencia del dominio del hábito es más triste y abrumadora que los hábitos del borracho, por ejemplo, en el cual persiste, a pesar de la razón, la conciencia, el propósito, y la religión, motivos que, ¿acaso no deberían influir en un ser pensante?

Los padres y los maestros deben establecer vías de hábito. Nada de esto es nuevo; siempre hemos sabido que «el uso es una segunda naturaleza» y que «el hombre es un conjunto de hábitos». No fue el hecho, sino la aplicación del hecho, y la fisiología del hábito, las ideas novedosas y extremadamente valiosas para mí, y espero que puedan ser de alguna utilidad para el lector. Por ejemplo, para mí fue novedad concebir que corresponde a los padres y a los maestros establecer líneas de hábito sobre las cuales la vida del niño puede correr de aquí en adelante con pequeñas sacudidas o fracasos involuntarios, y pueda avanzar en la dirección correcta con el mínimo de esfuerzo.


V. Establecimiento de líneas de hábito

«¡Comience algo, y lo habrá terminado!» es infaliblemente cierto para cada hábito mental y moral: terminarlo, no sobre las líneas que usted prevé e intenta, sino sobre las líneas apropiadas y necesarias para cada hábito en particular. En la frase «pensar inconsciente» nos enfrentamos con el hecho de que, sea cual sea la semilla de pensamiento o sentimiento que se implante en un niñoya sea a través de la herencia o la instrucción temprana—crece, se completa y engendra otras de su mismo tipo, tal como lo hace un organismo corporal. Es hermoso y maravilloso percibir una idea cuando la idea en sí misma es buenaverla desarrollándose dentro de usted por sí sola, verse escribiendo oraciones cuya secuencia lógica nos deleita, pero de cuya concepción no hemos tenido parte consciente. Cuando el escritor experimentado «fluye» de esta manera, sabe que en lo que respecta al surgimiento de las palabras, el orden de las ideas, su trabajo no necesitará revisión. Tan increíble es este proceso, que ha dado pie a la persistente falacia de que la razón es infalible. El filósofo, que disfruta observando los caminos de su propia mente, es un pensador de pensamientos elevados, y es capaz de olvidar que el pensamiento que contamina al hombre se comporta exactamente de la misma manera que el que purifica: el uno, igual que el otro, se desarrolla, madura y aumenta de acuerdo a su mismo tipo.

Pensamos, como estamos acostumbrados a pensar. ¿Cómo influye esto en el trabajo práctico de criar a los niños? De esta manera: pensamos, como estamos acostumbrados a pensar; las ideas van y vienen en incesante movimiento en el surco—por llamarlo asíque usted ha creado para ellas en la misma sustancia nerviosa del cerebro. Usted no pretende deliberadamente pensar esos pensamientos; de hecho, usted puede oponerse vehementemente al hilo por donde van yendo (¡dos «hilos» de pensamiento a la vez y al mismo tiempo!) y así, quizás bloquear el camino, incluso poner «calle cerrada» en grandes letras, y obligar a la ocupada población del mundo cerebral a tomar otra ruta. ¿Pero quién puede hacer estas cosas? No el niño, inmaduro en cuanto a su voluntad, débil en sus facultades morales, y desacostumbrado a las armas de la guerra espiritual. Él depende de sus padres; les corresponde a ellos instruirle en los pensamientos que tendrá, los deseos que atesorará, y los sentimientos que aprobará. Solo iniciar; no se les permite más; pero de esta iniciación resultarán los hábitos de pensamiento y sentimiento que gobiernan al hombre, es decir, su carácter. Pero, ¿no es esto suponer demasiado, ya que, para resumir aproximadamente todo lo que entendemos por herencia, un niño nace con el futuro en sus manos? Sí, es indudable que el niño nace con las tendencias que deberían dar forma a su futuro; pero cada tendencia tiene sus caminos secundarios, un resultado bueno o malo; y poner al niño en el camino correcto para que se cumplan las posibilidades inherentes en él, esa es la vocación de los padres.

La dirección de las líneas de hábito.  Esta relación del hábito con la vida humana—tal como los rieles sobre los que se moviliza una locomotoraes quizás la más sugerente y útil para el educador; porque, así como es en general más fácil para la locomotora seguir su camino en los rieles que escapar de ellos y generar un desastre, también es más fácil para el niño seguir líneas de hábitos cuidadosamente establecidas que salir peligrosamente de esas líneas. De ello se deduce que este asunto de establecer líneas hacia el deshabitado país del futuro del niño es un asunto muy serio y de gran responsabilidad para los padres. Le corresponde a ellos considerar bien los rieles por las cuales el niño debe viajar con provecho y placer; y, a través de estos rieles, establecer líneas tan atractivamente suaves y fáciles que el pequeño viajero las siga a toda velocidad sin detenerse para considerar si elige o no ir por ese camino.

El hábito y el libre albedrío. Sin embargo—suponiendo que realizar una determinada acción múltiples veces en forma ininterrumpida forma un hábito que puede ser fácil de seguir o no; y que, si se persiste aún más en el hábito sin interrupciones, se convierte en una reacción instintiva que es bastante difícil de quitar; continúe en ello aún más, durante años, y el hábito posee la fuerza de diez naturalezas, y no se puede dejar excepto haciéndose violencia a uno mismo. Considere todo esto, y también el hecho de que es posible formar en el niño el hábito de hacer y decir, incluso de pensar y sentir, todo lo que es deseable que él haga o diga, piense o sienta, ¿y quizás no le está quitando el libre albedrío al niño, y lo convierte en una simple máquina gracias a este excesivo cultivo al que se le somete?

El hábito rige el noventa por ciento de nuestros pensamientos y actos. En primer lugar, ya sea que usted elija o no tomarse la molestia de formar hábitos, es el hábito el que regirá el noventa por ciento de la vida del niño, por tanto, él es aquel autómata que se acaba de describir. Que el niño se convierta en una criatura de hábitos, es un hecho que no lo determinan los padres, ya que todos somos meras criaturas de hábitos; pensamos nuestros pensamientos habituales, charlamos sobre las mismas cosas habituales, hacemos los mismos recorridos triviales, las tareas ordinarias, sin ningún esfuerzo auto determinante de la voluntad en absoluto. Si así no fuera—si tuviéramos que pensar, deliberar, sobre cada tarea del baño o la mesa—la vida sería insoportable; nos desgastaría el esfuerzo de la decisión repetido a perpetuidad. Agradezcamos, por lo tanto, que la vida no sea tan laboriosa; cientos de veces actuamos o pensamos sin necesidad de elegir y determinar más que una sola vez. Por su parte, las pequeñas emergencias que hacen obligatorio un acto de la voluntad, ocurrirán en la vida de los niños casi con tanta frecuencia como en las de los adultos. No les podemos evitar estas situaciones, y tampoco es deseable que lo hagamos. Lo que sí podemos hacer por ellos es asegurarnos de que tengan hábitos que los guíen por las sendas del orden, de lo apropiado y de la virtud, en lugar de dejar que las ruedas de su vida dejen feos surcos en lugares pantanosos.

El hábito es poderoso incluso en casos en que la voluntad toma las decisiones. Luego entonces, incluso en las emergencias, en cada inesperada dificultad y tentación que requiera un acto de la voluntad, pues, la conducta todavía puede seguir las líneas del hábito que le es familiar. El niño que se ha acostumbrado a encontrar tanto beneficio como placer en sus libros, no cae fácilmente en la ociosidad porque se sienta atraído por un compañero ocioso. La niña que ha sido cuidadosamente entrenada para decir la verdad exacta, simplemente no piensa en una mentira como un medio inmediato para salir de un aprieto, por muy cobarde que sea.

Pero esta doctrina del hábito, ¿es, después de todo, algo más que un tratamiento empírico de los síntomas del niño? ¿Por qué realizar un acto o pensar un pensamiento, por ejemplo, una gran cantidad de veces consecutivas, algo tiende a convertir la realización de ese acto o el pensamiento de ese pensamiento en una parte de la naturaleza del niño? Podemos aceptar la doctrina como un acto de fe que descansa en la experiencia; pero si pudiéramos descubrir la razón de ser de esta enorme fuerza del hábito, sería posible trabajar en el establecimiento de hábitos contando con un propósito y método reales.


VI. La fisiología del hábito

Una obra del Dr. Carpenter fue quizás la primera en darme la pista que estaba buscando. En su Fisiología mental—una obra muy interesante, por cierto— él investiga la analogía entre la actividad física y mental, y muestra que ambas se relacionan en cuanto a que el efecto de una es la causa de la otra.

Los tejidos en crecimiento se forman en función de los modos de acción. Una descripción aproximada de la doctrina que propugna la escuela que representa el Dr. Carpenter consiste en que los tejidos, tales como el tejido muscular, por ejemplo, sufren de un constante desgaste y de igual constante reparación. Incluso esos modos de acción muscular que consideramos naturales como caminar y estar erguido, son en realidad el resultado de una laboriosa educación, al igual que muchos modos de acción que adquirimos conscientemente, como escribir o bailar, que se vuelven perfectamente fáciles y naturales. ¿Por qué? Porque la ley de los tejidos en constante crecimiento es que se formen de acuerdo con los modos de acción que se les exija realizar. Es el caso del cerebro que envía repetidamente a los músculos, sometidos al control nervioso, el mensaje de que realicen una determinada acción, tal acción se vuelve automática en el centro inferior, y la más leve sugerencia del exterior la producirá sin ninguna intervención del cerebro. Por lo tanto, las articulaciones y los músculos de la mano del niño se adaptan muy pronto al modo de acción requerido para sostener y guiar el bolígrafo. Observe que no se trata de que el niño aprenda mentalmente cómo usar su pluma, a pesar de sus músculos; sino que los músculos nuevos en crecimiento asumen su forma de acuerdo con la acción que se requiere de ellos. He aquí la explicación de todas las hazañas del saltimbanqui [artista que realiza acrobacias y saltos en público]que parecen simplemente imposibles para los espectadores no entrenados: le son imposibles porque sus articulaciones y músculos no tienen las mismas facultades que se han producido en el saltimbanqui gracias al proceso del entrenamiento temprano.

Por lo tanto, los niños debieran aprender a bailar, nadar, etc., a una edad temprana. Actividades que no son meramente corporales, vale la pena decir. Aquí tenemos la razón por la cual los niños deberían aprender a bailar, montar a caballo, nadar, hacer gimnasia, toda forma de actividad que requiera entrenamiento de los músculos, a una edad temprana: ésta radica en el hecho de que los músculos y las articulaciones no tienen que conformarse simplemente a sus nuevos usos, sino también desarrollarse según un patrón modificado; y este crecimiento y adaptación ocurren con mayor facilidad a una tierna edad. Por supuesto, quien posee músculos que han mantenido el hábito de adaptarse adquirirá nuevos juegos, nuevos ejercicios musculares, sin gran esfuerzo. Pero si le enseñas a escribir a un granjero que maneja el arado, verás la enorme dificultad física que se ve en los músculos no acostumbrados a desarrollar algún tipo de esfuerzo diferente. Aquí vemos cuán importante es vigilar los hábitos de enunciación, el porte de la cabeza, etc., que el niño está formando a cada hora. El dedo en la nariz, la mala postura de la espalda, la frase ininteligible, no son una simple costumbre que se pueda dejar para «cuando sea mayor y sepa mejor», porque que todo el tiempo ello se está convirtiendo en parte de él, al quedar registrado en la sustancia misma de su médula espinal. La parte de su sistema nervioso donde reside la conciencia (el cerebro) hace tiempo que dio una orden permanente, y tales son las complicaciones de la administración, que recordar la orden significaría la reestructuración absoluta de las partes involucradas. Y para corregir los malos hábitos de hablar, por ejemplo, no será suficiente que el niño tenga la intención de hablar con claridad y tratar de hablar con claridad; no podrá hacerlo habitualmente hasta que se haya producido un nuevo crecimiento en los órganos de la voz mientras hace esfuerzos para formar el nuevo hábito.

Los hábitos morales y mentales dejan su huella en los tejidos físicos. Pero, prácticamente, todos saben que el cuerpo, y cada una de sus partes, se adapta muy fácilmente a los usos que se le dan: sabemos que, si un niño se acostumbra a pararse sobre un pie, empujando así un hombro hacia arriba, el hábito probablemente terminará en la curvatura de la columna vertebral; que permitir hombros caídos y, en consecuencia, un pectoral contraído, es preparar el camino para la enfermedad pulmonar. Las consecuencias físicas de los malos hábitos de este tipo son tan evidentes que no podemos cegarnos a la relación de causa y efecto. Y estamos menos preparados para admitir que los hábitos que no parecen ser en ningún sentido físicos—hábitos de la impertinencia, de la veracidad, del orden—también deberían dejar su huella en un tejido físico, y ese efecto físico probablemente se deba a la enorme fuerza del hábito. Sin embargo, cuando consideramos que el cerebro, el cerebro físico, es el órgano extremadamente delicado mediante el cual pensamos, sentimos, deseamos, amamos, odiamos y adoramos, no es sorprendente que esté siendo modificado por el trabajo que debe realizar. Para decirlo de manera pintoresca, es como si cada tren de pensamiento frecuente hiciera un surco en la sustancia nerviosa del cerebro en la que los pensamientos corren ligeramente por su propia voluntad, y estos solo pueden salirse de los rieles con un esfuerzo extremo de nuestra voluntad.

Hilos de pensamiento persistentes. Por lo tanto, la dueña de la casa sabe que cuando sus pensamientos son libres de seguir su propio curso, se van a los cuidados de la casa o a la despensa, a la cena de mañana o a la ropa para el invierno; es decir, el pensamiento corre por el surco que, por así decirlo, ya se ha usado al repetirlo constantemente. Los pensamientos de la madre se centran en sus hijos, del pintor en las imágenes, del poeta en la poesía; los del ansioso jefe de hogar puede ser en el dinero ocasionalmente, hasta que en momentos de presión inusual sus pensamientos golpeen una y otra vez esos surcos gastados por el uso, y se nieguen a correr por otro surco, hasta que el pobre hombre pierde la razón, simplemente porque no puede sacar sus pensamientos del surco creado en la sustancia de su cerebro. De hecho, «allí radica la locura» para cada uno de nosotros, en el persistente acoso de cualquier hilo de pensamiento sobre el tejido cerebral. El orgullo, el resentimiento, los celos, una invención en la que ha trabajado un hombre, una opinión que ha concebido, cualquier línea de pensamiento sobre la cual él ya no tenga el poder parar desviar, pondrá en peligro la cordura de un hombre.

Regeneración incesante del tejido cerebral. Si amamos, odiamos, pensamos, sentimos, adoramos, a expensas del esfuerzo físico real del cerebro y el consiguiente desperdicio del tejido, cuán enorme debe ser el trabajo de ese órgano con el que nosotros, de hecho, hacemos todo, ¡incluso muchos de esos actos cuya ejecución final recae en las manos o los pies! Es cierto: y para reparar este desgaste excesivo, el cerebro consume la mayor parte de los nutrientes proporcionados por el cuerpo. Como ya hemos visto, un sexto o un quinto de toda la sangre en el cuerpo va a reparar los desgastes en la casa del rey; en otras palabras, se está formando constantemente tejido cerebral nuevo a un ritmo sorprendentemente rápido que uno se pregunta a qué edad el niño ya no tiene parte del cerebro con el que nació.

El nuevo tejido repite el viejo, pero no con exactitud. Así como un nuevo crecimiento muscular se adapta a cualquier ejercicio nuevo que se requiera, el nuevo tejido cerebral se supone que «crece y se adapta» a cualquier hábito de pensamiento vigente durante el tiempo de tal crecimiento—con el término «pensamiento», incluimos por supuesto, todo ejercidio de la mente y del alma. «El cerebro del hombre crece y se adapta a los modos de pensamiento que ejercita habitualmente», dice un fisiólogo de experiencia; o, en palabras del Dr. Carpenter, «cualquier secuencia de acción mental que se haya repetido con frecuencia tiende a perpetuarse; de esa manera nos encontramos automáticamente prontos a pensarsentir o hacer lo que hemos estado acostumbrados a pensar, sentir o hacer, en circunstancias similares, sin ningún propósito o anticipación de resultados conscientemente concebidos. Debido a que no hay razón para considerar el cerebro como una excepción al principio general, que, si bien cada parte del organismo tiende a formarse a sí mismo de acuerdo con el modo en que se ejercita habitualmente, esta tendencia será especialmente fuerte en el aparato nervioso, en virtud de esa regeneración incesante que es la condición misma de su actividad funcional. De hecho, casi no hay duda de que cada estado de conciencia ideacional que sea o muy fuerte o que se repita habitualmente, deja una impresión orgánica en el cerebro, en virtud del cual el mismo estado puede reproducirse en cualquier momento futuro al momento que algo suficientemente adecuado lo provoque».

Se pueden adquirir actos reflejos artificiales. En otras palabras, podemos usar lo que dice Thomas Huxley y exponer el caso [en Elementos de fisiología e higiene] así:

«Con ayuda del cerebro podemos contraer una infinidad de hábitos que llegan a ser otros tantos actos reflejos. Es decir, que un acto puede requerir toda nuestra atención y la intervención de la voluntad la primera, segunda y tercera vez que se practica; pero al cabo de frecuentes repeticiones, llegar a ser en cierto modo como parte de nuestra organización, y ocurre ya sin intervención de la voluntad y aun sin que tengamos de él noticia o consciencia.

Todo el mundo sabe que se emplea largo tiempo en la instrucción de los reclutas, hasta que a fuerza de ejercicio se consigue que obedezcan una voz de mando, la de “firmes” por ejemplo, en el mismo instante de oírla, y llega a suceder que al sonido de la voz sigue inmediatamente la acción, sin necesidad de que el soldado piense en lo que hace. A este propósito hay un cuento, que podrá no ser verdad, pero que es muy verosímil, de un chistoso que viendo venir por la calle a un veterano cargado con su merienda, gritó repentinamente “Firmes” y que el pobre soldado, sin saber lo que hacía, se cuadró y llevó las manos a la costura del pantalón echando a rodar la carne y las patatas que llevaba. El ejercicio militar había llegado a incorporarse en la estructura nerviosa de aquel hombre.

La posibilidad de toda educación (de la que el ejercicio militar es solo una forma particular) se funda en la existencia de esta facultad que posee el sistema nervioso de convertir los actos voluntarios en operaciones maquinales o reflejas. Puede muy bien establecerse como regla que siempre que se provoquen dos estados mentales cualesquiera, ya juntos, ya en determinada sucesión, y que esto se repita con la necesaria frecuencia y con suficiente viveza; en adelante bastará producir uno de ellos para que irremisiblemente acuda el otro, sea ese o no sea nuestro deseo»

Educación intelectual y moral. «El objeto de la educación intelectual es precisamente crear esas asociaciones indisolubles de nuestras ideas sobre las cosas en el mismo orden y relación en que nos las ofrece la naturaleza; el de la educación moral es unir con la mayor fijeza las ideas de acciones criminales con las de castigo y degradación, y las de las buenas acciones con las de contento y de gloria».

Pero es la conexión íntima de la mente y la materia lo que tiene una importancia más directa para el educador, es decir, la idea que hemos abordado en forma generalizada usando la figura (de ninguna manera científicamente precisa) de un surco o riel. Dado que la dirección constante de los pensamientos produce una cierta línea en los tejidos del cerebro, esta línea es el primer rastro del surco o riel, la línea de menor resistencia, a lo largo de la cual la misma impresión, hecha en otro momento, encontrará más fácil seguir que tomar otro camino. Así surge un derecho de paso para cualquier hábito de pensamiento o de acción.

El carácter se ve afectado por la modificación adquirida que recibe el tejido cerebral. De lo anterior procede que la alineación real del cerebro del niño depende de los hábitos que los padres permitan o fomenten; y que los hábitos del niño producen el carácter del hombre, porque una vez que ciertas costumbres mentales se han establecido, está en su naturaleza continuar para siempre a menos que sean desplazados por otros hábitos. Aquí termina la filosofía fácil del «no importa», «oh, ya crecerá», «ya aprenderá a hacer lo bueno», «es tan pequeñito, ¿por qué no esperar mejor?» entre otras justificaciones. Todos los días, cada hora, los padres están formando pasiva o activamente aquellos hábitos en sus hijos de los cuales dependen, más que de cualquier otra cosa, el carácter y la conducta futuros.

La influencia externa. Consideremos ahora la influencia externa. El noventa por ciento del tiempo comenzamos a hacer algo porque hemos visto a otra persona hacerlo; lo seguimos haciendo y, ¡allí surge el hábito! Si es tan fácil para nosotros adoptar un nuevo hábito, es diez veces más fácil para los niños; y aquí radica la verdadera dificultad en cuanto a la educación en hábitos. Es necesario que la madre esté siempre alerta para cortar de raíz el mal hábito que sus hijos puedan estar adquiriendo de otros adultos en el hogar o de otros niños.


VII. La formación del hábito: ‘cierra la puerta al salir’

«Haced la cosa siguiente».

«Lo que no se haga hoy no se hará mañana;
así que, no perdamos ni un solo día en la vacilación».

dice Marlowe, quien, como muchos de nosotros, conocía la miseria de la indolencia intelectual que no logra «hacer lo siguiente». Ningún asunto sobre la crianza de los hijos es trivial, pero esto de la dilación es muy importante. El esfuerzo de decisión, como hemos visto, es el mayor esfuerzo de la vida; no el hacer la cosa sino el esfuerzo de decidir qué hacer primero. Es comúnmente este tipo de indolencia mental, nacida de la indecisión, lo que conduce a los hábitos dilatorios [de hacer todo tan lentamente que se pierde el tiempo irremediablemente]. ¿Cómo se cura al niño remolón? ¿Lo curará el tiempo? ¿Aprenderá cuando crezca? En lo absoluto, será más bien su historia algo así como «No se hará mañana», a excepción de momentos ocasionales de acción. ¿Qué de los castigos? No; una persona procrastinadora es fatalista, y dice: «Se debe soportar lo que no se puede curar», y claro que se soportará, sin hacer ningún esfuerzo para curarse. ¿Recompensas? Tampoco; para él, una recompensa es un castigo presentado con un aspecto diferente: la posible recompensa él la asume como real, a su alcance, por así decirlo, pero al renunciar a ella [por su mal hábito] se le castiga, y él soporta el castigo. ¿Qué queda por intentar cuando ni el tiempo, ni la recompensa ni el castigo son efectivos? La panacea del educador: «Una costumbre vence sobre otra». El hábito enraizado de perder el tiempo solo debe suplantarse por el hábito contrario, y la madre debe dedicarse por unas semanas a esta cura de una manera tan constante e incansable como cuidaría de un hijo que tiene sarampión. Después de decirle en pocas palabras—cuanto menos mejor—y señalarle las consecuencias que pueden surgir de esta falta, así como el deber de superarla, y después de haberse ganado la voluntad (tristemente débil) del niño de hacer lo correcto, ella simplemente vigila que durante varias semanas la falta no se repita. La pequeña va a vestirse para dar una caminata; y sueña despierta con los cordones de sus botas, los dedos quedan en el aire, pero su conciencia está despierta; se siente obligada a levantar su mirada, y allí encuentra la mirada de su madre sobre ella, esperanzada y expectante. La niña responde a la rienda y prosigue su tarea; a mitad de camino lidiando con el cordón de la segunda bota, hay otra pausa, esta vez más corta; otra vez mira ella hacia arriba, y otra vez prosigue lo que está haciendo. Las pausas van disminuyendo día a día, los esfuerzos son más constantes, se fortalece la joven e inmadura voluntad y se adquiere el hábito de una acción rápida. Después de esa primera charla, lo mejor es que la madre se abstenga de una palabra más sobre el tema; tanto su mirada (expectante, no reprochadora) como un toque lo más ligero posible cuando la pequeña nuevamente se distraiga, serán los únicos instrumentos efectivos. Muy pronto, «¿Crees que puedes prepararte en cinco minutos hoy sin mí?» «Oh, sí, madre». «No digas que “sí” a menos que estés completamente segura», «Lo intentaré». Y la pequeña lo intenta, y tiene éxito. En este momento, la madre se sentirá tentada a relajar sus esfuerzos, pasar por alto un poco de dilación porque la querida pequeña se ha estado esforzando tanto. Hacer esto es absolutamente fatal. El hecho es que el hábito de dilatar y perder el tiempo ha generado un registro considerable en la sustancia misma del cerebro del niño. Durante las semanas de curación, el nuevo crecimiento ha estado borrando el surco anterior, y ya se está formando el surco de un nuevo hábito. Permitir que se revierta al mal hábito anterior es botar todo lo que se ha ganado. Formar un buen hábito se logra en unas pocas semanas; pero protegerlo es un trabajo incesante, aunque para nada afanoso. Una palabra más: la acción rápida de parte del niño debiera lograr la recompensa de total tiempo libre, un tiempo para hacer exactamente lo que quiera, que no se otorgue como un favor, sino que se vaya acumulando (sin palabras) como un derecho adquirido.

El hábito es un deleite en sí mismo. Excepto por este inconveniente, la formación de hábitos en los niños no es una tarea laboriosa, ya que la recompensa va de la mano con el esfuerzo. Debido a que un hábito es deleite en sí mismo; la pobre naturaleza humana está consciente de lo fácil que es repetir cualquier cosa sin esfuerzo; y, por lo tanto, formar un hábito, disminuir gradualmente la sensación de esfuerzo en un acto dado, es placentera. Esta es una de las rocas que, a veces, divide a las madres: pierden de vista el hecho de que un hábito, incluso un buen hábito, se convierte en un verdadero placer; y cuando el niño realmente ha formado el hábito de hacer cierta cosa, su madre imagina que el esfuerzo es tan grande para él como al principio, que la virtud en él es lo que lo hace continuar este esfuerzo y que, por cierto, se merece de recompensas, y un poco de relajación—entonces lo dejará interrumpir el nuevo hábito unas cuantas veces y luego continuará de nuevo. Pero ya no continuará como lo hacía; continuará de nuevo, pero enfrentando obstáculos. La «pequeña relajación» que ella permitió a su hijo significó la formación de otro hábito contrario, que debe superarse antes de que el niño regrese a donde estaba antes.

De hecho, lo único que esta compasión mal encaminada por parte de las madres es lo que hace difícil entrenar a un niño en buenos hábitos; ya que está en la naturaleza del niño adoptar hábitos tan amablemente, como el bebé toma la leche de su madre.

Tacto, vigilancia y persistencia. Por poner como ejemplo un hábito sin mayor importancia excepto en cuanto a la consideración hacia los demás: la madre desea que su hijo adquiera el hábito de cerrar la puerta cuando él entra o sale de la casa o de una habitación. Tacto, vigilancia y persistencia son las cualidades que debe cultivar en sí misma; y, con estos, se sorprenderá de la disposición con la que el niño adquiere el nuevo hábito.

Etapas en la formación de un hábito. «Juanito»—dice ella con voz alegre y amable, «quiero que recuerdes algo con todas tus fuerzas: nunca entres o salgas de una habitación en la que alguien se encuentra sin cerrar la puerta».

«¿Pero, y si lo olvido, madre?»

«Yo intentaré recordártelo».

«Pero tal vez yo tenga mucha prisa».

«Siempre debes hacer el tiempo para hacerlo».

«¿Pero, por qué, madre?»

«Porque no es cortés incomodar las personas que se encuentran en la habitación».

«¿Pero si vuelvo a salir inmediatamente?»

«Aun así, cierra la puerta cuando entres; puedes abrirla nuevamente al salir. ¿Crees que puedes recordarlo?»

«Lo intentaré, madre».

«Muy bien; yo observaré cuántos pocos “olvidos” tienes».

Juanito recuerda dos o tres veces; y luego, sale de la habitación como un tiro de escopeta y está a mitad de camino de bajar la escalera cuando su madre alcanza a llamarlo. Ella no grita: «¡Juanito, vuelve y cierra la puerta!», porque sabe que una llamada de ese tipo es exasperante para grandes o pequeños. Ella va hacia la puerta y llama amablemente: «¡Juanito!» Juanito se ha olvidado por completo de la puerta; se pregunta qué quiere su madre y, vuelve curioso, para encontrarla sentada y ocupada como antes. Ella levanta la vista, mira hacia la puerta y dice: «Dije que trataría de recordártelo». «Oh, se me olvidó», dice Juanito, su honor malherido; y cierra la puerta esa vez, y la siguiente, y la siguiente.

Pero en realidad el niño no tiene mucha facultad para recordar, y la madre tendrá que adoptar varios pequeños dispositivos para recordarle; pero de dos cosas ella tendrá cuidado—que él nunca se escape sin cerrar la puerta, y que ella nunca permita que el asunto sea una causa de fricción entre ella y el niño, tomando la posición de su aliado amigable para ayudarlo contra ese mal recuerdo. Muy pronto, después de quizás veinte cierres de la puerta sin omisión alguna, el hábito comienza a formarse; Juanito cierra la puerta como si nada, y su madre lo mira con alegría entrar en una habitación, cerrar la puerta, sacar algo de la mesa y salir, cerrando la puerta nuevamente.

Un escenario peligroso. Ahora que Juanito siempre cierra la puerta, la alegría y el triunfo de su madre comienzan a mezclarse con una lástima irrazonable. «Pobre niño», se dice a sí misma, «es muy bueno de su parte tomarse tantas molestias por algo tan sencillo, ¡solo porque se le pide!» Ella piensa que, todo el tiempo, el niño está haciendo un esfuerzo por ella; perdiendo de vista el hecho de que el hábito se ha vuelto fácil y natural, que, de hecho, Juanito cierra la puerta sin saber que lo hace. Ahora llega el momento crítico. Un día cualquiera, Juanito está tan entusiasmado con un nuevo deleite, que el hábito que aún no está completamente formado, lo olvida, y está a medio camino por las escaleras antes de pensar en la puerta. Piensa en ella, con un pequeño toque de la conciencia, lo suficientemente fuerte como para no enviarlo de regreso, pero para hacer que se detenga un momento para ver si su madre lo llamará de regreso. Ella se ha dado cuenta de la omisión y se dice a sí misma: «Pobrecito, se ha portado tan bien con este hábito durante tanto tiempo; lo dejaré pasar una vez». Él, afuera, no escucha la llamada de su madre, y se dice a sí mismo (¡qué fatal veredicto!): «Bueno, no importa», ¡y se va!

La próxima vez deja la puerta abierta, pero no es un «olvido». Su madre lo llama débilmente. Su oído rápido capta la debilidad en su tono y, sin volver, implora: «Oh, madre, tengo tanta prisa», y ella no dice nada más, y lo deja ir. Nuevamente entra él apurado, dejando la puerta abierta. «¡Juanito!» dice la madre, advirtiéndole. «Voy a salir de nuevo en un minuto, madre», y después de diez minutos hurgando, él sale y se olvida de cerrar la puerta. La relajación en mal momento de la madre la ha hecho perder todo el terreno ganado.


VIII. Hábitos de la primera infancia

El niño recibe pasivamente todas sus tendencias y hábitos, mitad físicos y mitad morales, de los que dependen el disfrute y la comodidad de la vida cotidiana; es decir, él hace muy poco para formar estos hábitos por sí mismo, pero su cerebro recibe impresiones de lo que él ve sobre sí mismo; y estas impresiones toman la forma de sus propios hábitos más fuertes y duraderos.

Algunas ramas de la educación infantil. La limpieza, el orden, la pulcritud, la regularidad y la puntualidad son todas «ramas» de la educación de la primera infancia; para el niño, debieran ser como el aire que respira, y adquirirlas inconscientemente. No hay que decir nada sobre la necesidad de que una limpieza delicada en las habitaciones donde están los pequeñitos; los bebés reciben sus baños, y limpiezas ilimitadas en su nombre; pero, de hecho, a pesar de que las madres de la clase culta sean tan escrupulosas como fueren, mucho depende de las personas que cuidan los niños, y una supervisión cuidadosa es necesaria para garantizar que no ningún tipo de olor en el bebé o en cualquier cosa que le pertenezca, y que las guarderías se mantengan frescas y completamente ventiladas. Una de las grandes dificultades radica en que todavía hay algunas personas cuidadoras que pertenecen a una clase en la que una ventana abierta es una abominación; y otra gran dificultad es que no conocen el significado de los olores: no pueden ver “un olor” y, por tanto, no es fácil persuadirlas de que el olor es materia, partículas microscópicas que el niño ingiere con cada inhalación de su respiración.

Un olfato sensible. Por cierto, una parte muy importante de la educación física para un niño es entrenar en él un olfato sensible, en otras palabras, fosas nasales que huelan la menor “congestión” en una habitación, o el olor más leve de la ropa o los muebles. Parece que el sentido del olfato nos ha sido dado no solo como una vía de placer, sino como una especie de señal de peligro para advertirnos de la presencia de asuntos nocivos. Sin embargo, muchas personas parecen atravesar el mundo sin una nariz en absoluto; y los hechos tienden a mostrar que un olfato rápido es cuestión de educación y hábito. El hábito se forma fácilmente: aliente a los niños a notar si la habitación en la que entran “huele” bastante fresca cuando retornan del aire libre, a observar la diferencia entre el aire de la ciudad y el aire más fresco fuera de ella; y entrenarlos para percibir el más mínimo rastro de olores agradables o inofensivos.

Los infantes son ubicuos. Volvamos a los niños de corta edad. Sería muy importante que a las personas cuidadoras se les comunicara que el bebé es ubicuo [que la RAE define como: alguien que todo lo quiere presenciar y vive en continuo movimiento], y que no solo ve y sabe todo, sino que también guardará por toda la vida, todo lo que ha visto [a continuación, un extracto del poema On The Late Captain Grose’s Peregrinations Thro’ Scotland del poeta Robert Burns]:

«Si un agujero hay en tu abrigo,
Párchalo, te lo ruego;
Hay un pequeño observando con atención,
Y así lo aprenderá, con seguridad»:

«lo aprenderá» en su propio cerebro activo, como un modelo para sus hábitos futuros. Que la persona cuidadora posea esta noción podría lograr algo a favor de garantizar la limpieza que sobrepasa aquella de delantales limpios. Uno o dos pequeños detalles sobre la limpieza que las personas cuidadoras realizan, no recomendamos en cuanto a la limpieza: uno es hacer las camas infantiles a primera hora de la mañana, y el otro es doblar las prendas de los niños cuando se las quitan por la noche. Es bueno poner un cordel en la noche en donde duermen los niños, y allí colgar las pequeñas prendas para que se ventilen y salga la transpiración imperceptible que han recibido durante el día. Por la misma razón, las camas y las sábanas deberían airearse durante un par de horas antes de que se hagan.

La limpieza personal como un hábito temprano. La mesa donde se alimentan los niños, si la hubiera, debe mantenerse tan escrupulosamente agradable como la del comedor. El niño que se sienta sobre un mantel arrugado o manchado, o usa una cuchara de metal descolorida, está siendo degradado por tal hecho. A los niños también se les debe alentar a mantener un buen aseo personal de sí mismos. Todos hemos visto la delicada manito que extiende el bebé para que se la laven; tiene una mancha y al niño no le gusta. ¡Que sean así de meticulosos cuando sean lo suficientemente grandes como para lavarse por sí mismos! No se trata de que estén siempre limpios y presentables; a los niños les encanta «ensuciarse» y deberían tener grandes delantales para ese propósito. Todos son como ese pequeño príncipe francés que despreciaba sus regalos de cumpleaños y suplicaba que se le permitiera hacer pequeños pasteles de barro con el niño pobre. Déjelos que hagan sus tartas de barro con toda libertad; pero una vez que hayan terminado, deberían estar impacientes por eliminar todo rastro de tierra, y deberían hacerlo ellos mismos. A los niños pequeños se les puede enseñar a limpiarse las uñas, y a limpiarse los ojos [¿de lagañas?], y las orejas. En cuanto a sentarse a la mesa con las manos sin lavar y el pelo sin cepillar, eso, por supuesto, no se le permite a ningún niño decente. A los niños se les debiera dar tempranamente sus propios materiales de lavado, y acostumbrarse a encontrar un verdadero placer en el baño y en el cuidado de sí mismos. No hay razón por la que un niño de cinco o seis años no se lave completamente a sí mismo sin someterlo a la tortura del jabón en los ojos, y las maniobras de parte de los adultos que los niños odian, y con justificada razón. Además, el niño no adquiere el hábito del baño diario sino hasta que pueda tomarlo por sí mismo, y es importante que este hábito se forme antes de que comience la era temeraria de la vida escolar.

Modestia y pureza. Las acciones relativas al baño le brindan a la madre oportunidades para entregar la enseñanza y la capacitación necesarias en hábitos de decencia y un sentido de la modestia. Dejar que su hijo pequeño viva y crezca en una simplicidad como la del Edén es, quizás, el curso más tentador y natural para la madre. ¡Pero, ay! no vivimos en el huerto, y es bueno que el niño sea entrenado desde el principio en las condiciones en que debe vivir. Tanto para el niño más pequeño como para nuestros primeros padres, existe aquello que está prohibido. En la temporada de la obediencia incuestionable, hágale saber que Dios Todopoderoso no le permite hablar, pensar, exhibir, y manejar su cuerpo excepto cuando se trate de la limpieza. Esto será más fácil para la madre si habla del corazón, los pulmones, etc., que, también no se nos permite mirar ni manipular, pero que están tan encerrados en paredes de carne y hueso que no podemos alcanzarlos. Lo que queda disponible a nosotros está allí, tal como el árbol en el Jardín del Edén, para probar nuestra obediencia; y en ambos casos, la desobediencia genera una pérdida y ruina seguras.

El hábito de la obediencia y el sentido del honor. El sentido de la prohibición, del pecado en la desobediencia, será una maravillosa protección contra el conocimiento del mal para el niño criado en hábitos de obediencia; y aún más efectivo será el sentido del honor y del deber—el mismo motivo de los mandamientos apostólicos sobre este tema. Deje que la madre renueve este cargo con seriedad en la víspera, por ejemplo, de cada cumpleaños, permitiendo al niño que sienta que al obedecer en este asunto puede glorificar a Dios con su cuerpo; enseñándole a vigilar cada acercamiento del mal; rezar diariamente para que cada uno de sus hijos se mantengan en pureza ese día. Ignorar las posibilidades del mal en esta área, es exponer al niño a riesgos terribles. Al mismo tiempo, recuerde que las palabras destinadas a obstaculizar pueden ser la causa del mal, y que una vida llena de intereses y actividades saludables es una de las medidas preventivas más seguras del vicio secreto.

El orden es esencial. Lo que se ha dicho sobre la limpieza se aplica también al orden tanto orden en las habitaciones de los niños pequeños como en los hábitos de orden de quienes los cuidan. Una cosa es de importancia en este sentido: que la habitación de los niños no debiera convertirse en la bodega de muebles en desuso o desgastados de la casa; o tazas resquebrajadas, platos descascarados, jarras y las teteras con boquillas rotas no deben estar allí. A los niños se les debe criar para que piensen que una vez que un artículo se vuelve antiestético por el uso o una rotura, ya no se puede usar, y se debe conseguir otro; esta regla resultará bien económica porque cuando los niños y los criados descubren que las cosas ya no «sirven», después de causar daño por un descuido, aprenden a tener cuidado. Pero, en todo caso, es un verdadero detrimento para los niños crecer usando cosas imperfectas y antiestéticas por falta de algo mejor.

El placer que las personas adultas sienten al hacer todo por los niños es realmente una fuente fructífera de mal comportamiento; por ejemplo, en cuanto a esto del hábito del orden. ¿Quién no ha visto el desorden que los niños dejan para otros limpien una docena de veces al día, en sus habitaciones, el jardín, el salón, a donde sea que los llevan sus inquietos y pequeños piececitos? Somos un poco sentimentales con respecto a juguetes dispersos y ramilletes desteñidos de flores, y todas las señas de la presencia de los niños; pero el hecho es que no se debe permitir que el hábito sin control de dejar desórdenes se implante en los niños. Todos reprueban a la madre de familia por el caos en los cajones de su ropa, o por sus posesiones arrojadas sin cuidado; pero al menos parte de la culpa debería colocarse en su propia madre, porque no se trata de que la mujer haya adquirido accidentalmente un hábito miserable que destruye la comodidad y la felicidad de su hogar; sino que se le permitió crecer en el hábito del desorden cuando era niña, y parte de su culpa es que no ha logrado curarse.

El niño de dos años debe guardar sus juguetes.  Al niño de dos años se le debe enseñar a sacar y devolver sus juguetes a su lugar. Comience a corta edad. Que sea un placer para él, que sea parte de un juego, abrir su armario y volver a colocar la muñeca o el caballo en su lugar. Que siempre guarde sus cosas como una parte normal de su día, y será sorprendente lo pronto que se forma un hábito de orden, entonces guardar sus juguetes será algo agradable, y le irritará ver las cosas en un lugar que no corresponde. Si los padres pudieran ver la moralidad que radica en el orden, que ese orden en las habitaciones de los niños se convierte en escrupulosidad en la vida posterior, y que la instrucción necesaria para formar el hábito no es mayor que, en comparación, la cuerda ocasional de un reloj, que marca el tiempo por sí mismo y sin obligarse a sí mismo, entonces mayores esfuerzos se harían para cultivar este importante hábito.

La pulcritud es similar al orden.  La pulcritud es similar al orden, pero no es exactamente lo mismo: implica no solo “un lugar para todo y todo en su lugar”, sino todo en un lugar adecuado, con el fin de producir un buen efecto; de hecho, el gusto entra en juego. La niña no solo debe poner sus flores en agua, sino también colocarlas con delicadeza, y no se le debe ofender pasándole alguna fea taza o jarra de la cocina, o un horrible jarrón rosa, sino que debiera acceder a un vaso o jarrón elegante y armonioso en el tono, aunque sea un poco barato. Del mismo modo, todo en las habitaciones de los niños debiera ser «pulcro», es decir, agradable y adecuado; y se debe alentar a que los niños guarden pulcra y efectivamente lo que posean. No debe admitirse nada vulgar en cuanto a impresión, libro ilustrado o juguete— nada que vicie el gusto de un niño o aliente el gusto por lo común en su naturaleza. Por otro lado, sería difícil estimar la influencia refinadora y elevadora de una o dos obras de arte bien elegidas, por muy barata que sea su reproducción.

Regularidad. La importancia de la regularidad en la educación infantil está comenzando a reconocerse en general. La joven madre sabe que debe acostar a su bebé en el momento adecuado, independientemente de sus llantos, incluso si lo deja llorar dos o tres veces, para que, por el resto de la vida de su bebé, él pueda dormirse solo dulcemente en la oscuridad sin protestar. Mucho se dice que no tiene sentido sobre la razón de los llantos del niño: se supone que quiere a su madre, su niñera, su biberón, la luz, y que es «un niño que sabe», según su niñera, ya que, de hecho, si llora por tales cosas, las consigue. [Aquí la Srta. Mason refleja las prácticas de cuidado del bebé de la época victoriana, que ya no recomiendan los expertos en cuidado infantil.]

Hábitos de tiempo y lugar.  El hecho es que el niño ya ha formado un hábito de vigilia o de alimentación en momentos inadecuados, y está tan incómodo con sus hábitos como el gato está en una casa diferente; pero cuando se somete felizmente a la nueva regulación, es porque se ha formado el nuevo hábito y es, a su vez, la fuente de su satisfacción. Según el Dr. Carpenter, «La regularidad debería iniciarse incluso con la vida del bebé, en cuanto a los tiempos de alimentación, descanso, etc. El hábito corporal así formado ayuda enormemente a moldear el hábito mental en un período posterior. Por otro lado, nada tiende a generar más un hábito de autocomplacencia que alimentar a un niño, o permitirle que permanezca fuera de la cama, en momentos que no son los adecuados, simplemente porque llora. Es maravilloso lo pronto que las acciones de un bebé pequeño (como las de un perro o caballo joven) entran en armonía con el “entrenamiento” sistemático ejercido juiciosamente». El hábito de la regularidad es tan atractivo para los niños mayores como para el bebé. Los días en que la planificación habitual no se lleva a cabo, sabemos que son los días en que los niños tienden a tener un mal comportamiento.


IX. El ejercicio físico

Importancia del ejercicio cotidiano. Ya abordamos en abundancia el tema del entrenamiento natural del ojo y de los músculos en la sección anterior «la vida al aire libre», a lo cual solo agregaré una cosa: que el placer del niño en el movimiento ligero y fácil—como el deleite del buen jinete en el manejo de su propio cuerpo cuando monta su caballo—, ya sea bailando, haciendo ejercicios de repetición, o gimnasia, algún tipo de ejercicio físico juicioso, debiera ser parte de la rutina diaria de todo niño. La gimnasia sueca [Swedish Drill, en inglés] es de especial valor, y muchos de los ejercicios son adecuados para los niños más pequeños. Ciertas cualidades morales entran en juego en los movimientos alertas, la atención del ojo, las respuestas rápidas e inteligentes; pero a menudo sucede que los niños bien comportados fallan en estos puntos por falta de entrenamiento físico.

Ejercicios en buenos modales. Que los niños repitan los buenos modales: que ensayen pequeñas obras jugando: María es la dama que pregunta cuál es el camino al mercado; Harry es el chico que la dirige, y así sucesivamente. Que hagan un ejercicio de postura: los ojos al frente, las manos quietas, la cabeza alta. Que inventen un centenar de situaciones con su comportamiento propio, atesorando sugerencias que se les dé para que se guíen; pero este tipo de ejercicio debe intentarse cuando los niños son pequeños, antes de que la tiranía de la vergüenza ajena se establezca. Aliéntelos a admirar y enorgullecerse en los movimientos ágiles y ligeros, y que eviten el paso burdo y el movimiento hacia el exterior de las extremidades al caminar.

Entrenamiento del oído y la voz. El entrenamiento del oído y la voz es una parte extremadamente importante de la cultura física. Que los niños se ejerciten en los sonidos puros de las vocales, en la enunciación de las consonantes finales; no les permitan que omiten partes de las palabras o las deformen [ejemplos pertinentes en español podrían ser: veniste en vez de viniste, haiga en vez de haya, dentrar en vez de entrar, fuistes en vez de fuiste, pescao en vez de pescado, andó en vez de anduvo, decir: cómo estai, lah palabrah, etc]. Hágalos pronunciar palabras difíciles como: imperturbabilidad, anticlericalismo, impermeabilidad, con gran precisión después de escucharlas una sola vez. El francés [o cualquier otro idioma extranjero], al ser enseñado oralmente, es de inmenso valor ya que entrena tanto el oído como la voz.

El hábito de la música. En cuanto al entrenamiento musical, es difícil decir cuánto de lo que se denomina gusto y habilidad musicales heredadas son el resultado de escuchar y producir sonidos musicales constantemente, el hábito de la música, que ocurre en las familias musicales y con lo cual crece el niño. El Sr. Hullah sostuvo que el arte de cantar es un hábito formado—el cual se puede, y se debe dar a todos los niños. Por supuesto, el hábito transmitido debe tenerse en cuenta. Es una pena que la instrucción musical que recibe la mayoría de los niños sea aleatoria; que no se les capacite, por ejemplo, a través de ejercicios cuidadosamente graduados de oído y voz, con el fin de producir y distinguir los tonos y los intervalos musicales.

Dejemos a los niños tranquilos. En conclusión, permítanme decir que la educación de los hábitos es exitosa en la medida que le permite a la madre dejar a sus hijos tranquilos, sin irritarlos con órdenes y direcciones perpetuas, un barrido continuo de «haz esto» y «no hagas eso»; sino dejándolos tomar su propio camino y crecer, habiéndose asegurado primero que tomarán el camino correcto y crecerán con un propósito fructífero. El jardinero, es cierto, «cava y poda», atiende su árbol de duraznos y le pone un tutor, pero eso solo ocupa una pequeña fracción de la existencia del árbol porque el resto del tiempo, el jardinero deja que el aire fresco, el sol y la lluvia hagan su trabajo. El resultado son jugosos duraznos. Pero ay del jardinero que no haga su parte, porque sus duraznos no serán mejores que un fruto amargo e inapetecible.

[volver al índice]

Parte IV. Hábitos mentales: algunos hábitos morales

prevé para fines del año 2021.

Índice

Prefacio a la Cuarta Edición

Prólogo a la Cuarta edición

Parte I. ALGUNAS CONSIDERACIONES PRELIMINARES

I. Método educativo

II. La condición del niño

III. Ofender a los niños

IV. Menospreciar a los niños

V. Impedir a los niños

VI. Condiciones para una actividad cerebral saludable

VII. «La supremacía de la ley» en la educación

Parte II. LA VIDA AL AIRE LIBRE DE LOS NIÑOS

I. Tiempo de crecimiento

II. Exploración del entorno

III. Pintura de cuadros

IV. Las flores y los árboles

V. Las criaturas vivientes

VI. El conocimiento de la naturaleza y los libros de naturalistas

VII. El niño adquiere conocimiento por medio de los sentidos

VIII. Se debe familiarizar al niño con los objetos naturales

IX. La geografía al aire libre

X. El niño y la madre naturaleza

XI. Los juegos al aire libre, etc.

XII. Las salidas en mal tiempo

XIII. Entrenamiento al estilo ‘indígena’

XIV. Los niños necesitan el aire del campo

Parte III. ‘EL HÁBITO EQUIVALE A DIEZ NATURALEZAS’

I. Educación basada en la ley natural

II. Los niños carecen de la facultad de la autoimposición

III. ¿Qué es la “naturaleza”?

IV. El hábito puede suplantar la “naturaleza”

V. Establecimiento de líneas de hábito

VI. El aspecto fisiológico del hábito

VII. La formación del hábito: ‘cierra la puerta al salir’

VIII. Hábitos de la primera infancia

IX. El ejercicio físico

Parte IV. HÁBITOS MENTALES: ALGUNOS HÁBITOS MORALES

I. El hábito de la atención

II. Los hábitos de esmero, etc.

III. El hábito de pensar

IV. El hábito de imaginar

V. El hábito de recordar

VI. El hábito del trabajo hecho a la perfección

VII. Algunos hábitos morales: obediencia

VIII. La veracidad

Parte V. LAS LECCIONES COMO INSTRUMENTOS EDUCATIVOS

I. El sujeto y el método de las lecciones

II. El jardín infantil en tanto lugar de aprendizaje

III. Otras consideraciones sobre el jardín infantil

IV. La lectura

V. La primera lección de lectura

VI. Aprender a leer a través de la vista y el sonido

VII. La recitación

VIII. La lectura para los niños mayores

IX. El arte de narrar

X. La escritura

XI. El copiado

XII. La ortografía y el dictado

XIII. La composición

XIV. Las lecciones bíblicas

XV. La aritmética

XVI. La filosofía natural

XVII. La geografía

XVIII. La historia

XIX. La gramática

XX. El francés

XXI. El arte pictórico

Parte VI. LA VOLUNTAD, LA CONCIENCIA, LA VIDA DIVINA EN EL NIÑO

I. La voluntad

II. La conciencia

III. La vida divina en el niño

Prefacio a la Cuarta edición

El panorama educativo se ve bastante nebuloso y deprimente tanto en casa [se refiere a Inglaterra, alrededor de 1880] como en el extranjero. Muchas son las necesidades que se escuchan desde el campo educativo: que la ciencia debe ser un elemento básico de la educación; que debe reformarse la enseñanza del latín, de las lenguas modernas, de las matemáticas; que la naturaleza y las manualidades debieran usarse para entrenar tanto el ojo como la mano; que los niños y niñas deben aprender a escribir en su idioma materno y, por lo tanto, que deben saber algo de historia y de literatura, y que la educación debiera hacerse más técnica y utilitaria. No obstante, no contamos con un principio unificador, ni un objetivo definitivo; de hecho, no contamos con ninguna filosofía de la educación. Así como un arroyo no puede elevarse más que la fuente de donde nace, así también es poco probable que una iniciativa educativa pueda desprenderse de todo el pensamiento que le ha dado nacimiento; y tal vez, ésta sea la razón de todos los tropiezos, las iniciativas perdidas, los fracasos y las decepciones que han marcado nuestros esfuerzos educativos.

Quienes hemos pasado muchos años en pos de la benigna y esquiva visión de la educación, percibimos que sus enfoques están regulados por una ley que aún no es completamente clara; podemos discernir sus contornos, pero nada más; sabemos que está presente en todo lugar, pues no hay espacio de la vida hogareña o escolar de un niño en que la ley no penetre. Es iluminadora también, pues muestra el sistema de valores escondido detrás de los sistemas educativos; pero no es sólo una luz, sino también una medida, un estándar a través del cual se prueban todas las cosas, tanto pequeñas como grandes, relativas al esfuerzo educativo. Esta ley tiene apertura de carácter, pues acoge todas las cosas verdaderas, sinceras y de buen nombre, y no impone límites u obstáculos salvo cuando el exceso podría ser perjudicial. El camino que indica esta ley es continuo y progresivo, y carece de transición desde la cuna a la tumba, exceptuando cuando la madurez asume la dirección natural después de que la instrucción ha disipado la inmadurez. Cuando comprendamos la ley en toda su plenitud, sin duda encontraremos que ciertos pensadores alemanes como Kant, Herbart, Lotze, Froebel estaban en lo correcto cuando declararon que “es necesario” creer en Dios; que, por lo tanto, el conocimiento de Dios es el principal conocimiento y el fin principal de la educación. Hay un elemento más por el cual reconoceremos esta ley perfecta de la libertad educacional, cuando el tal se haga evidente: se ha dicho que “la idea más precisa que se puede formar de la verdad absoluta es que, al ponerla a prueba, está en condiciones de cumplir con todas las condiciones impuestas”. Tal es la realidad que podemos esperar de nuestra ley: que cumplirá con todas las pruebas experimentales y todas las pruebas de la investigación racional que se le impongan.

Como no hemos recibido las tablas de nuestra ley, recurrimos a Froebel o a Herbart; o, si pertenecemos a otra escuela educativa, a Locke o Spencer, pero aún no nos sentimos satisfechos. Hay un descontento, ¿será un descontento divino quizás?; y sin lugar a dudas daríamos la bienvenida a una viable y efectiva filosofía de la educación que nos libere de tanta incertidumbre. No obstante, antes de lograr tal liberación, es probable que se intenten muchas iniciativas, que contengan más o menos las características de una filosofía; especialmente poseedoras de una idea central, un cuerpo de pensamiento que incluya varios elementos unidos en vital armonía.

Tal teoría de la educación, que no debiera llamarse un sistema de psicología, debe estar en armonía con las corrientes de pensamiento de los tiempos actuales, debe considerar la educación no como un compartimiento cerrado en sí mismo, sino como parte de la vida misma, tales como el nacimiento o el crecimiento, el matrimonio o el trabajo; y debe conectar al estudiante con el mundo a través de varios puntos de contacto. Es cierto que los expertos en educación están ansiosos por establecer este tipo de contacto en varias direcciones, pero sus esfuerzos descansan sobre un axioma aquí y una idea allá, sin una vasta base unificadora de pensamiento que sustente el todo.

Es verdad que, como dice el dicho inglés, «Los necios se lanzan adonde los ángeles temen pisar»; pero la esperanza de que surjan iniciativas tentativas hacia una filosofía de la educación, y que todas ellas nos acerquen más al magnum opus, la obra maestra, me anima a mí a intentarlo también. El pensamiento central, o más bien el conjunto de pensamientos sobre el cual me baso, es el hecho bastante obvio de que el niño es una persona que cuenta ya con todas las posibilidades y capacidades propias de la personalidad. Algunas de las nociones resultantes de este pensamiento han sido expuestas ocasionalmente por pensadores del ámbito educativo, y existen vagamente en el sentido común general. Una tesis que quizás es nueva es que la Educación es la ciencia de las relaciones, lo cual me parece que resuelve la cuestión de un currículo, pues indica que el objeto de la educación es poner a un niño en contacto vivo con lo mayor posible de la vida de la naturaleza y del pensamiento. Si a esto añadimos una o dos claves para el conocimiento de sí mismo, el joven así educado está en capacidad de salir al mundo con una comprensión inicial de cómo controlarse a sí mismo, con algunas habilidades prácticas, y muchos intereses vitales. La excusa que tengo para atreverme a ofrecer una solución, aunque tentativa y temporal, al problema de la educación es de doble arista: he trabajado sin pausa entre 30 a 40 años para establecer una teoría educativa tanto filosófica como pragmática, y, en segundo lugar, cada artículo de fe educativa que propongo es el resultado de procesos inductivos; y, creo, ha sido verificada por una larga y amplia serie de experimentos. Sin embargo, es con sincera vacilación que me atrevo a ofrecer los resultados de esta extensa labor, porque sé que en este campo hay muchos obreros muchísimo más capaces y expertos que yo. Es por eso que los ángeles temen pisar aquí, ¡esta área del conocimiento puede ser tan incierta!

No obstante, aunque sea para animar a otros, añadiré una breve sinopsis de la teoría educativa que se describe en los volúmenes de esta Serie educativa.

La estructura no es metódica, sino incidental; aquí se presenta una idea, allí se añade otra; así me pareció que podría satisfacer mejor las necesidades de padres y maestros. Debiera añadir que estos ensayos se prepararon a lo largo de varios años para el uso de la asociación educativa nacional de padres Parents National Educational Union (en adelante, PNEU) con la esperanza de que dicha comunidad pudiera contar con un cuerpo de pensamiento educativo más o menos coherente [aquí hay una versión actualizada y explicada de los principios]:

  1. Los niños nacen siendo personas.
  2. No nacen siendo buenos o malos, sino con potencial para el bien y para el mal.
  3. Los principios de autoridad, por un lado, y de obediencia por el otro, son naturales, necesarios y fundamentales; no obstante,
  4. Dichos principios se ven limitados por el debido respeto a la personalidad de los niños, la cual no debe infringirse ya sea por el miedo o el amor, las insinuaciones o la influencia, o la manipulación indebida de un deseo natural.
  5. Por lo tanto, nos vemos limitados a tres instrumentos educativos: la atmósfera del entorno, la disciplina del hábito, y la presentación de ideas vivientes.
  6. Cuando decimos que «la educación es atmósfera», no queremos decir que un niño debiera estar aislado en lo que se conoce como «ambiente infantil» especialmente adaptado y preparado para el niño, sino que debiéramos considerar el valor educativo de la atmósfera hogareña natural, tanto en cuanto a personas como a cosas, y que se le debería dejar vivir libremente en sus propias condiciones. Atrofia a los niños reducir el mundo a su nivel.
  7. Por «educación es disciplina», entendemos la disciplina de los hábitos formados definitiva y cuidadosamente, ya sean mentales o corporales. La fisiología nos habla de la maleabilidad de las estructuras cerebrales a líneas habituales de pensamiento, es decir, a nuestros hábitos.
  8. Que «la educación es vida» implica la necesidad de sustento intelectual y moral, igual que de sustento físico. La mente se alimenta de ideas y, por lo tanto, los niños deben contar con un plan de estudios abundante.
  9. Pero la mente no es un mero receptáculo en donde se ponen las ideas, formando grupos de pensamientos unidos, como lo expuso Herbart.
  10. Por el contrario, la mente del niño no es un mero depósito de ideas, sino que podemos usar la figura de un organismo espiritual que tiene apetito por la totalidad del conocimiento, el cual es su dieta adecuada y con la cual está listo para lidiar, y que puede digerir y asimilar tal como el cuerpo digiere el alimento.
  11. Este aspecto no es un detalle menor. La doctrina de Herbart relega el peso de la educación (la preparación del conocimiento en bocados tentadores debidamente ordenados) sobre el maestro. Los niños instruidos con este principio están en peligro de recibir mucha instrucción y poco conocimiento; y el axioma del maestro es, ‘lo que el niño aprende importa menos que cómo lo aprende’.
  12. Pero nosotros, creyendo que el niño normal tiene capacidades mentales que lo capacitan para lidiar con todo el conocimiento apropiado para él, le damos acceso a un currículum completo y abundante; poniendo cuidado solo de que todo el conocimiento que se le ofrezca sea vital, es decir, que los hechos no se presenten sin las ideas que los sustentan. A partir de esta concepción surge nuestro principio de que:
  13. «La educación es la ciencia de las relaciones»; es decir, que un niño se relaciona naturalmente con una gran cantidad de cosas y pensamientos: por ello lo instruimos en ejercicios físicos, el conocimiento de la naturaleza, los trabajos manuales, la ciencia y el arte, usando muchos libros vivientes, porque sabemos que nuestra tarea no es enseñarle todo sobre todas las cosas, sino ayudarlo a validar todo lo que pueda de:
    «Aquellas afinidades primogénitas
    Que moldean nuestra nueva existencia a las cosas ya existentes».
  14. También existen dos directrices que se pueden impartir a los niños para una gestión propia tanto moral como intelectual, que llamamos ‘ la vía de la voluntad’ y ‘la vía de la razón’.
  15. La vía de la voluntad: a los niños se les debe enseñar: (a) Que distingan entre ‘quiero’ y ‘debo’. (b) Que la forma de llegar a hacer en forma efectiva es apartar nuestros pensamientos de lo que deseamos, pero no queremos hacer. (c) Que la mejor manera de cambiar nuestros pensamientos es pensar o hacer algo bien diferente, algo entretenido o interesante. (d) Que después de un poco de descanso de esta manera, la voluntad vuelve a su trabajo con renovado vigor (Este complemento de la voluntad lo conocemos como distracción, y su rol es librarnos por un tiempo de hacer un esfuerzo, para que podamos ‘volver a querer hacer’ con mayor ímpetu. El uso de la insinuación, inclusive la auto sugestión, como ayuda a la voluntad debe eliminarse, ya que tiende a aturdir y a estereotipar el carácter. Pensamos que la espontaneidad es una condición del desarrollo, y que la naturaleza humana necesita la disciplina del fracaso tanto como la del éxito).
  16. La vía de la razón: Deberíamos enseñar a los niños a no ‘poner (demasiada) confianza en su propio entendimiento’; porque la función de la razón es proporcionar una prueba lógica de: a) la verdad matemática, b) una idea inicial que la voluntad acepta. En el primer caso, la razón es, prácticamente, una guía infalible, pero en el segundo caso, no es siempre así, en cuyo caso, la razón confirmará con pruebas irrefutables si una idea está bien o mal.
  17. Por lo tanto, a los niños se les debe instruir, a medida que lleguen a la madurez suficiente para comprender tal enseñanza, que la principal responsabilidad que recae sobre ellos como personas es aceptar o rechazar ideas.
    Para ayudarlos en esta elección les damos principios de conducta, y una amplia gama de conocimiento apropiado para ellos.
    Dichos principios (15, 16 y 17) librarán a los niños de pensamientos ilógicos y de acciones imprudentes que causan que la mayoría de nosotros viva en un nivel inferior al que debiéramos vivir.
  18. No debiéramos permitir que surja ninguna separación entre la vida intelectual y ‘espiritual’ de los niños, sino que debiéramos enseñarles que el Espíritu de Dios tiene acceso constante a sus espíritus, y es su Ayudador permanente en todos los intereses, deberes y alegrías de la vida.


La serie educativa en su versión original en inglés se titula Home Education (educación en el hogar) por el título del primer volumen, y no porque se trate en su totalidad o principalmente sobre la educación en el hogar en oposición a la educación en la escuela.

Prólogo a la Cuarta Edición

En este volumen intento presentar a los padres y maestros un método educativo que se basa en la ley natural; y, en dicho contexto, referirme a los deberes de la madre hacia sus hijos. Me atrevo a hablar sobre este tema con el más sincero respeto hacia las madres, creyendo que, tal como lo dijera un sabio maestro de hombres: «la mujer recibe del Espíritu de Dios mismo la capacidad de intuir el carácter del niño, de apreciar sus fortalezas y sus debilidades, la facultad de propiciar unas y sostener las otras, en lo cual se haya el misterio de la educación, aparte de la cual todas las medidas y regulaciones educativas propias resultan absolutamente vanas e ineficaces ». Pero sólo en la medida que una madre cuente con esta percepción peculiar sobre sus propios hijos, sentirá, pienso, la necesidad de conocer los principios generales de la educación, basados en la naturaleza y las necesidades de todos los niños. Este conocimiento de la ciencia de la educación, ni siquiera las mejores madres recibirán de lo alto, ya que con frecuencia no se recibe como regalo lo que podemos obtener por nuestro propio esfuerzo.

Me atrevo a suponer que los maestros de niños pequeños también encontrarán útil este volumen. Estamos hablando del periodo de la vida del niño entre los seis y nueve años, cuando se debería asentar las bases de una educación rica y variada, así como el hábito de lectura con miras a la instrucción. Durante estos años el niño debería entrar al mundo del conocimiento, desde distintas direcciones, de una manera reposada y consecutiva, lo cual no se logra a través de las lecciones orales, muy comunes hoy en día. Espero que los maestros puedan descubrir que esta perspectiva (desde un nuevo punto de vista) hacia las resabidas «materias de instrucción» apropiadas para niños, sea interesante y estimulante, y que los métodos que aporta esta nueva mirada puedan ser inspiradores y útiles.

El objetivo particular de este volumen como parte de la serie educativa Charlotte Mason (Home Education Series), es demostrar el efecto de la fisiología del hábito en la educación; por qué ciertos hábitos físicos, intelectuales y morales son valiosos para un niño, y qué se puede hacer para la formación de tales hábitos. Tengo una deuda impagable a Fisiología mental del Dr. Carpenter por su instrucción invaluable sobre los hábitos que contienen dos o más capítulos de esa obra. También agradezco a los expertos en medicina que han hecho una cuidadosa y competente revisión de las partes de esta obra que descansan sobre una base fisiológica.

Debiera añadir que hace unos veinte años (1885) la mayor parte de este volumen fue parte de una serie de «Conferencias para señoras», y se publicaron de esa forma originalmente en 1886 con el título que aún mantienen hoy.

Las conferencias VII y VIII y el apéndice del volumen original se han traspuesto a otros volúmenes de la serie. Todo se ha revisado muy cuidadosamente, y se ha añadido mucho nuevo contenido, especialmente en la Parte V «Las lecciones como instrumentos de la educación», la cual ahora entrega una introducción bastante completa a los métodos para la enseñanza de materias aptas para niños entre los seis y los nueve años.

El resto del volumen intenta abordar la totalidad de la educación desde la infancia hasta el noveno año de vida.

C. M. MASON.
Scale How, Ambleside (Inglaterra)
1905

[Volver al Índice]

PARTE I. ALGUNAS CONSIDERACIONES PRELIMINARES

Sin duda una evidencia significativa del mejorado estatus de las mujeres lo constituye el creciente deseo de trabajar de las mujeres educadas; el mundo lo desea, y en la medida que la educación sea más accesible, veremos que todas las mujeres capaces de trabajar se convertirán en mujeres trabajadoras, con tareas definidas, horas fijas y un salario, o trabajando por el placer y el honor de hacer un trabajo útil si no tuvieran la necesidad de ganar dinero.

Los niños son un bien público. Ahora bien, el trabajo de mayor importancia para la sociedad es la crianza e instrucción de los niños—en la escuela, no hay duda, pero lo es mucho más en el hogar, porque son las influencias que moldean al niño en el hogar las que determinarán el carácter y la carrera del futuro hombre o la futura mujer. Por ello, ser padres es algo grande: no hay nada más elevado a lo que se pueda aspirar, ni hay algo más digno que se le compare; incluso los padres de un solo hijo pueden regocijarse en lo que será una bendición para el mundo. No obstante, al recibir tal responsabilidad, los padres no tienen la libertad de decir: «Puedo hacer lo que quiera con lo mío». En realidad, los niños debieran considerarse menos como propiedad personal y más como un bien público que ha sido puesto en manos de los padres para que logren lo mejor de ellos para el bien de la sociedad. Tal responsabilidad no se divide equitativamente entre los padres: es en las madres del presente que depende el futuro del mundo, en un mayor grado que en los padres, porque son las madres quien ejercen más dirección durante los primeros años, los años de mayor impresionabilidad de los niños. Esta es la razón por la que escuchamos con tanta frecuencia de grandes hombres que han tenido buenas madres, es decir, madres que criaron a sus hijos ellas mismas, y que no cedieron su más solemne deber a personas indiferentes.

Las madres deben un «amor reflexivo» a sus hijos. Pestalozzi nos dice: «La madre está calificada por el Creador mismo, para convertirse en el principal agente del desarrollo de su hijo… y lo que a ella se le exige es un amor que reflexiona… Dios le ha dado al niño todas las facultades propias de nuestra naturaleza, pero el punto crucial permanece incierto: ¿cómo deben emplearse este corazón, esta mente, estas manos? ¿Al servicio de quién se dedicarán? Responder esto implica un futuro de felicidad o desdicha para una vida tan querida para usted. Es por esto que el amor maternal es el primer agente en la educación».

Estamos despertando a nuestros deberes y en la medida en que las madres adquieran niveles más avanzados de educación y eficiencia, sin duda se sentirán más convencidas de que la educación de sus hijos durante los primeros seis años de vida es una empresa que casi no puede dejarse en otras manos que no sean las propias; por eso, la asumirán como su profesión, es decir, con la diligencia, la regularidad y la puntualidad de una labor profesional [en el original de principios del siglo XX: que los hombres otorgan a sus labores profesionales].

Con el fin de comprender mejor el rol que ellas tienen en la crianza de sus hijos, las madres debieran contar con algo más que un vago conocimiento teórico de la educación, así como con una comprensión profunda de la naturaleza del niño sobre la cual se basan tales teorías.

La instrucción de los niños «excesivamente defectuosa». «La formación de los niños, tanto física, moral como intelectual es terriblemente defectuosa», dice el Sr. Herbert Spencer [filósofo, biólogo, antropólogo y sociólogo inglés (1820-1903)]; y «en gran medida es así, debido a que los padres carecen de aquel conocimiento que es vital para ser guiados correctamente en la formación en estas áreas. Pero, ¿qué se puede esperar cuando uno de los problemas más complejos es abordado por quienes han reflexionado tan deficientemente sobre el principio del cual depende su solución? Sabemos que para fabricar zapatos o construir casas, para manejar un barco o una locomotora, es necesario primero un largo aprendizaje práctico como aprendiz. ¿Podemos asumir, entonces, que el desarrollo del cuerpo y mente de un ser humano es un proceso comparativamente tan simple, que cualquiera puede dirigirlo y regularlo sin preparación alguna? Si, por el contrario, el proceso es (con una excepción) más complejo que cualquier otro en la naturaleza, y la tarea de suplir para el mismo es de una dificultad magnánima, ¿no es una locura no prepararse para tal tarea? Es mejor sacrificar logros que omitir esta instrucción esencial… Conocer algo de los principios básicos de la fisiología y las verdades elementales de la sicología es indispensable para la crianza adecuada de los niños… Estos son los hechos indiscutibles: que el desarrollo mental y físico de los niños obedece a ciertas leyes; que a menos que los padres se adapten en algún grado a dichas leyes, la muerte es inevitable; que, a menos que se conformen a ellas en gran manera, y solo cuando esta conformidad ocurre en su totalidad, solo entonces se puede alcanzar un grado completo de madurez. Juzguemos, pues, si todos los que algún día serán padres no debieran buscar con diligencia aprender cuáles son estas leyes». (Herbert Spencer, Education)

El proceder común de los padres. Instintivamente, al principio los padres conciben a sus hijos como una hoja en blanco, y hacen grandes resoluciones sobre lo que escribirán en ella. No pasa mucho tiempo sin que surjan características de la disposición del niño con sus modos propios de actuar; y al principio, cada nueva muestra de personalidad propia es una encantadora sorpresa. Siempre nos maravillará que el niño muestre placer al ver a su padre, y que su carita muestre tanto cariño por su madre; pero el asombro se acaba y los padres ya no se maravillan cuando el niño se muestra como un ser humano completo igual que ellos, con afectos, deseos y capacidades; un niño que ama su libro, quizás, como un pato ama el agua, o los juegos que lo convertirán en un hombre. La noción primera de los padres de hacer todo por el niño, desaparece gradualmente, y tan pronto el niño muestra que puede hacer cosas por sí mismo, se le anima a que lo haga. El mayor deleite de la madre y el padre es observar la individualidad de su hijo tal como se despliega una flor. Pero Otelo pierde su trabajo. Cuanto más el niño define su propio rumbo, menos tienen por hacer los padres, excepto alimentarlo con la comida y la bebida convenientes, ya sea afectiva, intelectual o, física: aquí podemos notar que el rol de los padres es solo suplir, pues el niño sabe muy bien cómo apropiarse de lo que recibe. La preocupación principal de los padres es entregar algo que sea sano y nutritivo, ya sea en cuanto a libros ilustrados, clases, compañeros de juego, pan y leche, o el amor de la madre. Ésta es la educación tal como la entiende la mayoría de los padres, con mayor cantidad de carne, mayor cantidad de amor, mayor cantidad de cultura, todo según su tipo y medida; y dejan a sus hijos tranquilos, los dejan ser, permitiendo que la naturaleza humana se desarrolle por sí misma, y vaya siendo modificada por el ambiente y la herencia.

Así tal cual, esta «inactividad magistral» es lo mejor para el niño; está bien que se le deje crecer y que se le ayude a crecer de acuerdo a su naturaleza; y mientras los padres no intervengan para malcriarlo, da buenos resultados y no se ve evidencia de ningún daño. Sin embargo, esta filosofía de «dejarlo ser» solo abarca la parte menos importante del llamado de los padres; y no aborda los extenuantes y continuos esfuerzos que se deben hacer en obediencia a la ley que producirá un ser humano en toda su excelencia.

Nada de lo que concierne a un niño es trivial; sus palabras y acciones aparentemente sin sentido están llenas de significado para los sabios. Es en lo infinitamente pequeño que debemos estudiar lo infinitamente grande; y las vastas posibilidades y la dirección correcta de la educación, se indican en el libro abierto que son los pensamientos del niño.

Una generación atrás, un gran maestro nuestro nunca cesó de reiterar que en el plan divino «la familia es la unidad de la nación»: no el individuo, sino la familia. Hay mucho que se puede aprender en esta frase, pero en la superficie entendemos que el todo es más que su parte, que el todo contiene la parte, posee la parte, ordena la parte; y que al ser esto así, los niños pertenecen a la nación, son educados para la nación de la forma que a ella le es más beneficiosa, y no de acuerdo con el capricho individual de los padres. La ley existe para castigar a los malhechores, y para alabar a los que hacen el bien; por tanto, en forma práctica, los padres tienen completa libertad de acción; pero deberíamos hacer bien en recordar que los niños son un bien nacional cuya crianza nos concierne a todos, incluso a aquellas personas solteras o sin hijos, que tienen el bastante sombrío rol de solo «observar».

I. El método educativo

Los métodos educativos tradicionales. Hoy es más necesario que nunca que los padres enfrenten por sí mismos el asunto de la educación en todos sus aspectos. Hasta ahora, se ha criado a los niños principalmente con métodos tradicionales; la experiencia de nuestros antepasados sigue presente en una gran cantidad de fórmulas educativas que se transmiten de boca en boca; y pocas o muchas de dichas fórmulas componen el código educativo de cada hogar.

Sin embargo, entendemos muy poco la gigantesca revolución que está causando la ciencia en la teoría de la educación. Las tradiciones de los antepasados se han probado y han sido halladas insuficientes; tomará mucho tiempo para que los axiomas de la nueva escuela pasen a circulación común; y, mientras tanto, los padres están obligados a utilizar sus propios recursos, y por fuerza deben sopesar los principios, y adoptar un método de educación por sí mismos.

Por ejemplo, según el código pasado, una madre podría usar su zapatilla de vez en cuando [claramente la autora alude al conocido castigo de los niños], con buenos resultados y sin ninguna culpa; pero ahora, la persona del niño se considera sagrada, y sea esta opinión correcta o incorrecta, infligir dolor con fines morales es algo que se rechaza en forma bastante generalizada.

Otro ejemplo es la antigua regla de la mesa de los niños que decía: “cuanto más simple mejor, y el hambre es el mejor aderezo”; ahora, la dieta de los niños debe ser al menos tan nutritiva y tan variada como la de sus mayores; y el apetito, el deseo por cierto tipos de alimentos, hasta ahora una tendencia viciosa que debía ser reprimida, es hoy, en el marco de ciertas limitaciones, la guía más confiable que siguen los padres para organizar una dieta para sus hijos.

Un principio del antiguo régimen, era que los niños debían instruirse para que soportaran las dificultades. “Nunca podré ser un marinero si no puedo enfrentar el viento y la lluvia”, dijo un pequeño de cinco años que una noche invernal fue sacado para ver una procesión de antorchas; y, aunque temblaba de frío, no quiso refugiarse del mismo. Hoy en día, el refugio lo es todo; no se debe permitir que los niños sufran fatiga o pasen tiempo a la intemperie.

La antigua teoría podía resumirse en que los niños hicieran lo que se les pidiera, que se preocuparan de sus libros [estudiaran] y que disfrutaran del juego cuando ya habían cumplido sus deberes. Hoy, el placer de los niños tiene más importancia que los deberes.

Antiguamente, fueron criados en sujeción; ahora, los ancianos ceden su lugar, y el mundo se modifica para los niños.

Los ingleses rara vez llegan a extremos como los padres de aquella historia en la revista French Home Life, que llegaron una hora tarde a una cena, porque su hija de tres años había querido que se pusieran la ropa de dormir y se fueran a la cama cuando ella lo hizo, y solo pudieron salir cuando la niña estaba dormida. Es verdad que no llegamos tan lejos, pero esa es la dirección hacia la que nos encaminamos; por ello, hasta qué punto las nuevas teorías educativas son sabias y humanas, y el resultado del conocimiento científico y psicológico, y hasta qué punto están al servicio de la idolatría de los niños a la cual todos estamos sucumbiendo, no es una cuestión que se debiera decidir livianamente.

En todo caso, no es muy exagerado declarar que los padres que no siguen razonablemente un método de educación, estudiado en su totalidad, fallan hoy—más que nunca—en cumplir con las obligaciones que deben a sus hijos.

El método como un camino hacia un fin. El método implica dos cosas: es un medio para lograr un fin, y es también el paso a paso en tal dirección; en otras palabras, seguir un método implica una idea, una imagen mental del fin u objetivo al que se quiere llegar. ¿Qué se propone usted que sea el efecto que ejerza la educación en su hijo, y para beneficio de él? Reiteramos que el método es natural; fácil, flexible, discreto, simple como lo es la naturaleza misma; sin embargo, es vigilante, cuidadoso, influye en todo, y afecta todas las cosas. El método, cuando tiene como fin la educación, toma para su servicio los asuntos más improbables para ese fin; y lo hace de una manera tan natural como lo hace el sol cuando solo al brillar hace que soplen los vientos y que fluyan las aguas. La madre y el padre que pueden y están dispuestos—en otras palabras, la fuerza exacta del método—a educar a sus hijos, usarán todas las circunstancias de la vida del niño casi sin que se lo propongan; así de fácil y espontáneo es un método educativo basado en la ley de la naturaleza. Ya sea cuando el niño coma o beba; venga, vaya o juegue todo el tiempo, se está educando, aunque es igual de inconsciente de ello como lo es de respirar. Sin embargo, siempre existe el peligro de que un método confiable se degenere y se convierta en un mero sistema. Por ejemplo, el método del kindergarten o jardín de infantes, merece el nombre de método, ya que fue concebido y perfeccionado por educadores de gran corazón con el fin de contribuir a la evolución multifacética del más complejo ser humano viviente y en crecimiento, pero que, en manos de practicantes ignorantes se convierte en ¡un miserable sistema duro como un trozo de madera!

El sistema es más fácil que el método. Un “sistema educativo”, es una atractiva quimera, y lo es aún más, en algunos aspectos, que un método, porque el sistema se debe a resultados medibles y definidos. Por medio de un sistema, se puede lograr un cierto progreso, siguiendo reglas determinadas; por ejemplo, aprender la taquigrafía [hoy en día se podría reemplazar esto con aprender a tipear], danzar, cómo aprobar exámenes, cómo convertirse en un buen contador, o llegar a ser una mujer que se maneja socialmente, son todos aprendizajes que se pueden lograr usando sistemas.

El sistema—es decir, seguir reglas hasta que se afiance el hábito de hacer ciertas cosas, y de comportarse de ciertas maneras, y, por lo tanto, hasta que la habilidad sea adquirida—logra tan buenos resultados precisos que no es de extrañar que se intente infinitamente restringir todo el campo de la educación a los límites de un sistema.

Si un ser humano fuera una máquina, la educación solo lograría hacerlo actuar de la manera prescrita, y el trabajo del educador sería simplemente adoptar un buen sistema de trabajo o un conjunto de sistemas.

No obstante, el educador lidia con un ser que actúa y se desarrolla por sí mismo, y su afán es guiar y ayudar a que se produzca el bien latente en dicho ser, se disipe el mal latente, preparar al niño para que asuma su lugar en el mundo dando lo mejor de él, y con todas las capacidades para el bien que están en él totalmente desarrolladas y convertidas en el poder de hacer.

Aunque el sistema es muy útil como instrumento de la educación, un “sistema educativo” es perjudicial ya que produce solo una acción mecánica en lugar de producir el crecimiento y movimiento vitales de un ser vivo.

Vale la pena señalar en qué difieren un sistema y un método porque muchas veces los padres se dejan llevar por algún meritorio “sistema” cuyo objetivo es generar desarrollo en una dirección—ya sea de los músculos, de la memoria, o de la facultad del razonamiento—y ya están satisfechos, como si ese desarrollo representara una educación completa. Esta satisfacción fácil surge de la pereza de la naturaleza humana, a la cual le agrada más un plan definido que la vigilia constante y la acción no prevista que se necesitan cuando la totalidad de la existencia de un niño se debe usar como el medio para su educación. ¿Pero quién tiene todo lo necesario para realizar una educación tan exhaustiva e incesante? Los padres pueden estar dispuestos a realizar cualquier iniciativa definida por el bien de sus hijos; pero estar siempre proveyendo para su bienestar, siempre ingeniándoselas para que las circunstancias que los rodean le sean favorables, ¡es propio de un dios, y no de un ser humano! Ésta es una objeción bastante razonable, si uno considera la educación como una serie interminable de esfuerzos independientes, que se piensan uno a uno, y se realizan sin planificación; pero el hecho es que algunos principios esenciales generales cubren todo el campo, y una vez que éstos se entienden por completo, actuar en función de ellos es tan fácil y natural como cuando actuamos en función de nuestro conocimiento de datos como que el fuego quema y el agua fluye. Mi esfuerzo en éste y en los capítulos subsiguientes será presentarles dichos principios fundamentales en su sentido práctico. Mientras tanto, consideremos una o dos preguntas preliminares.

II. La condición del niño

El niño en medio. Primero, consideremos al niño que ha sido encomendado a sus padres humanos: ¿dónde está y qué es el pequeño ser? ¿Acaso una hoja en blanco en la que se escribirá, o una rama que se doblará, o una masa que se moldeará? Quizás sea todo ello, pero es mucho más: es un ser que pertenece a un rango completamente más alto que el nuestro; o, por así decirlo, un príncipe al cuidado de unos campesinos. Escuchemos cómo estima Wordsworth la condición del niño:

“Nuestro nacimiento no es más que un sueño y un olvido:
El alma que se eleva con nosotros, nuestra estrella de la vida,
Ha tenido en otra parte su escenario,
Y viene de lejos;
No en completo olvido,
Tampoco en completa desnudez,
Mas persiguiendo nubes de gloria venimos
De Dios, que es nuestro hogar:¡Rodeados del cielo en nuestra edad más temprana!

* * * * * * * * * * * * * * * * * *

Tú, cuyo semblante exterior esconde
La inmensidad de tu alma;
Tú, filósofo por excelencia, que aún mantienes
Tu herencia, tu vista entre los ciegos,
Que, sordo y silencioso, lees la profundidad eterna,
Perseguido por siempre por la mente eterna,
¡Poderoso profeta! ¡Vidente bendito!
En quien estas verdades descansan,
Y que nosotros luchamos toda la vida por encontrar;
Tú, sobre quien tu inmortalidad
Se obsesiona como un día, cual amo sobre su esclavo,
Una presencia que a resguardo no se debe dejar;
Tú, niño, pequeño, pero glorioso en el poder
De la libertad proveniente del cielo dispuesta en la estatura de tu ser”.

Continúa así sucesivamente toda esa gran oda [se trata de “Atisbos de la inmortalidad en los recuerdos de la primera infancia” de Wordsworth, aquí en su versión original], que, después de la Biblia, otorga la comprensión más profunda de los niños en términos de su naturaleza y condición. “De los tales es el reino de los cielos”. “A menos que seáis como niños pequeños, no entraréis en el reino de los cielos”. “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?” “Y llamó a un niño y lo puso en medio de ellos”. He aquí la valoración divina de la condición del niño. Vale la pena que los padres reflexionen cada enunciado de los Evangelios sobre los niños, despojándose de la noción de que estos dichos son atingentes, en primer lugar, a las personas adultas que se han convertido en niños pequeños. No cabe aquí discutir lo que estos profundos dichos son, ni lo que significan; solo que parece que abarcan mucho más de lo que Wordsworth declara que son los niños en su expresión sublime:”Persiguiendo nubes de gloria venimosDe Dios, que es nuestro hogar”.

Código de educación en los evangelios. Es posible que los padres que no han prestado mucha atención al tema se sorprendan al descubrir también un código de educación en los Evangelios, expresamente establecido por Cristo. Se resume en tres mandamientos, los tres en voz negativa, como si lo principal que deben hacer las personas adultas es no causar ningún daño a los niños: Mirad que no OFENDÁIS, no MENOSPRECIÉIS, no TROPECÉIS a ninguno estos pequeños.Así son las tres leyes educativas del Nuevo Testamento, las cuales, al examinarse por separado, me parece que abarcan toda la ayuda que podemos dar a los niños y todo el daño que les podemos evitar, es decir, todo lo que se incluye al instruir al niño en su camino. Consideremos estas tres grandes leyes como prohibitivas, con el fin de despejar el terreno y llegar a la consideración de un método educativo, ya que, si dejamos resuelto desde ahora lo que no debiéramos hacer, será de gran ayuda para ver lo que  podemos hacer, y debemos hacer, aunque, de hecho, lo positivo está incluido en lo negativo, es decir, lo que estamos obligados a hacer por el niño está incluido en lo que no debemos hacer porque le causa daño.

III. Ofender a los niños

Ofensas. El primero y el segundo de los edictos divinos parecen incluir nuestros pecados de comisión y omisión contra los niños: los ofendemos, cuando hacemos por ellos lo que no debimos haber hecho; los despreciamos, cuando dejamos de hacer esas cosas que, por su bien, deberíamos haber hecho. Sabemos que una ofensa es literalmente un obstáculo, lo que hace tropezar al caminante y lo hace caer.Las madres saben lo que es despejar el piso de los obstáculos cuando un bebé da sus primeros pasos vacilantes de silla en silla, o de un par de brazos amorosos a otro. La pata de la mesa, el juguete en el suelo, lo que sea que ha provocado una caída y un llanto, es algo lamentable; ¿por qué alguien no lo quitó para que el bebé no tropezara? Pero así va el niño pequeño saliendo al mundo con pasos vacilantes e inciertos en muchas direcciones; allí hay causas de tropiezo que no son tan fáciles de eliminar como un taburete ofensivo; ¡y ay del que haga tropezar al niño!

Los niños nacen con el sentido de obediencia a la ley. “¡Qué malo bebé!” dice la madre; el niño baja los ojos, y un rubor surge en su cuello y semblante, “qué gracioso” piensan algunas personas y dicen: “¡Qué malo bebé!” cuando el bebé está jugando dulcemente, para divertirse al ver que el alma infantil se eleva visiblemente ante sus ojos. Pero, ¿qué significa esta muestra de sentimiento, de conciencia, en el niño, previa a toda enseñanza humana recibida? Nada menos que esto: que ha nacido como un ser respetuoso de la ley, con un sentido de lo que se debe y lo que no se debe, de lo correcto y lo incorrecto. Así es como los niños han sido enviados al mundo, con esta advertencia: “Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños”. A pesar de esta verdad, ¿quién no ha conocido a niñas y niños grandes, hijos de padres sensatos, pero que aún no saben lo que significa debo, que no han aprendido a cumplir sus obligaciones, y cuyos corazones no sienten el solemne llamado del deber, sino que la única regla que saben es “quiero” y “no quiero” o “me gusta” y “no me gusta”? ¡Qué el cielo ayude a los padres y a los niños cuando han llegado a tal realidad! Pero, ¿cómo se ha llegado a que el bebé, con su agudo sentido de lo correcto y lo incorrecto incluso cuando poco entiende el habla humana, llegue a convertirse en un niño o niña que ya demuestra “la maldición del corazón sin ley”? Pues, lenta y gradualmente, aquí un poco y allá otro poco, y en la medida que todo lo bueno o lo malo del carácter llega a ponerse en práctica. ¡Malo! dice la madre, nuevamente, cuando una pequeña mano se mete en las galletas; y un par de ojos pícaros la buscan furtivamente, para medir hasta dónde puede llegar el pequeño ladronzuelo. Es muy divertido; la madre “no puede más que reírse”; y deja pasar la pequeña falta: pero lo que la pobre madre no ha pensado es que una causa de tropiezo, una ofensa, ha sido arrojada en el camino de su hijo de dos años. Él ahora ya sabe que lo que es ‘malo’ se puede hacer igual y con algo de impunidad, y continuará mejorando ese conocimiento. No es necesario continuar; todo el mundo sabe los pasos por los cuales se ignora el “no” de la madre, y su negativa se convierte en consentimiento. El niño ha aprendido a creer que no tiene nada que superar más que la oposición de su madre; si ella elige permitirle hacer esto y aquello, entonces no hay razón por la que ella se oponga; él puede hacer que ella elija permitirle hacer lo prohibido, y entonces podrá hacerlo. El siguiente paso del argumento no es muy positivo para el ingenio infantil: si la madre hace lo que ella quiere, por supuesto él también hará lo que quiera, si fuera posible, y a partir de entonces, la vida del niño es una lucha constante para salirse con la suya; una lucha en la cual los padres pueden estar seguros de salir perdiendo, considerando que ellos tienen muchas responsabilidades en las que pensar, mientras que su hijo piensa sin cesar en el asunto que le interesa.

Los niños deben percibir que sus autoridades se rigen por la ley. ¿Cuál es el origen de esta compleja situación que mancha las vidas de padres e hijos por igual? En esto: que la madre comenzó su tarea sin suficiente sentido del deber; se creía libre de permitir y prohibir; de decir y desdecirse a su gusto, como si el niño fuera suyo para hacer lo que ella quisiera. El niño nunca descubrió un telón basado en el deber tras las decisiones de su madre; él no sabe que ella no debe dejar que él rompa los juguetes de su hermana, comer pastel sin límite, ni estropear el placer de otras personas, porque estas cosas no son correctas. Pero si el niño percibe que sus padres están obligados por la ley tanto como él, que simplemente no pueden permitirle que haga las cosas que le han sido prohibidas, y se someterá con la dulce mansedumbre propia de su edad. Por lo general, razonar con un niño para que obedezca está fuera de lugar y puede implicar sacrificar la dignidad de los padres; pero el niño es lo suficientemente listo como para atisbar el “deber” que rige a su madre, en su cara, en sus modales, y en el hecho de que ella no cambiará de resolución cuando se trate de hacer lo bueno o lo malo.

Los padres pueden ofender a sus hijos haciendo caso omiso de las leyes sanitarias. Esto de permitirle hacer lo malo, es solo una de las muchas formas en que la madre amorosa puede ofender a su hijo, pero la ignorancia o la obstinación, que es peor, pueden no solo permitirle hacer lo malo, sino también hacerle mal. Ella misma puede hacerle tropezar en su vida física al darle comida no saludable, dejarlo dormir y vivir en habitaciones mal ventiladas, al ignorar cualquiera o todas las evidentes leyes sanitarias, ignorancia que casi no se puede justificar considerando los grandes esfuerzos hechos de la comunidad científica por poner dicho necesario conocimiento al alcance de todos.

Sobre la vida intelectual. Bastante parecida es la forma en que la vida intelectual del niño puede destruirse desde su origen gracias a una serie de clases tediosas y lentas en las cuales lo menos que se logra o se espera es un progreso definitivo, y que, lejos de educar en un sentido verdadero, aturde el ingenio de una manera que nunca se supera. Muchas niñas pequeñas, especialmente, abandonan el aula de la escuela con una aversión hacia todo tipo de aprendizaje, una aversión al esfuerzo mental, que dura toda su vida, y es por eso que cuando crecen, leen poco y novelas de mala calidad, y se dedican a hablar todo el día sobre su ropa.

Sobre la vida moral. ¿Cómo se abordan los afectos del niño, aquellas expresiones del corazón tierno que nada esconde? Hay pocas madres que no se esfuerzan por apreciar los afectos familiares; pero cuando el niño llega a relacionarse con aquellos fuera de su círculo familiar, ¿acaso no es verdad que los adagios y motivos del mundo destruyen las incipientes muestras de amor infantil? Algo mucho peor sucede cuando el amor del niño no se encuentra correspondido en su propio hogar: cuando una niña no es la bonita de la familia o un niño es el aburrido de la familia, y allí se queda como abandonado en el frío, mientras el afecto de los padres se prodiga sobre el resto de la prole. Por supuesto que la niña no ama a sus hermanos y hermanas, quienes monopolizan lo que también debería haber sido suyo. ¿Y cómo va a amar a sus padres? Nadie conoce la verdadera angustia que muchos infantes sufren por esta causa, ni cuántas vidas se han amargado y arruinado por la supresión de estas afecciones infantiles. “Tuve una infancia miserable”, me dijo una señora hace un tiempo, “por el cariño preferente de mi madre hacia mi hermano pequeño; no había un día en que no me sintiera miserable cuando ella entraba en la guardería para abrazarlo a él y jugar con él, mientras que para mí no había ni una palabra, ni una mirada, ni una sonrisa, como si yo no hubiera estado presente en la habitación. Nunca lo he superado; ahora ella es muy amable conmigo, pero no logro sentirme completamente cómoda con ella. ¿Y cuánto nos hubiéramos querido como debiéramos, mi hermano y yo, si hubiéramos crecido juntos bajo el mismo afecto cuando éramos chiquitos?”

IV. Menospreciar a los niños

La madre debiera ofrecer a sus niños lo mejor de ella. Supongamos que una madre pudiera ofender a su hijo, ¿cómo es posible que lo menospreciara de tal forma? El diccionario define menospreciar como desestimar y tener en poco; y, de hecho, por mucho que nos deleitemos en los niños, los adultos tenemos una opinión demasiado baja de ellos. Si la madre no mirara en menos a su hijo, ¿lo dejaría acaso en compañía de una persona sin preparación durante sus primeros años de vida, cuando toda su naturaleza, tal como el lente sensible del fotógrafo, está recibiendo impresiones indelebles a cada momento? Pero esta persona que lo cuida trata bien al niño; además, puede que no sea muy adecuado que las personas educadas tengan a sus hijos siempre cerca; acaso la compañía constante de los padres estimule demasiado al niño; y, por último, el intercambio de ideas y la influencia de otras personas son importantes para que la madre se encuentre más refrescada para tratar con sus hijos. Sin embargo, los niños deberían recibir lo mejor de su madre, sus horas de mayor energía y entusiasmo; al mismo tiempo que ella pone cuidado en elegir sabiamente a quién cuidará a su hijo, capacitar a esta persona cuidadosamente y vigilar todo lo que sucede en la guardería (Nota: A fines del siglo XIX e inicios del siglo XX, era común en las clases acomodadas de Inglaterra contar con una habitación especialmente dedicada a los niños de la casa, en la cual había una o más niñeras que cuidaban y educaban a los niños hasta la edad de 9 años. Esta sección se refiere a tal lugar, aunque bien podría aplicarse hoy en cierta medida a la guardería, aunque difiere ésta última en que reúne a niños de diversas familias).

La persona que cuida a los niños. Las meras faltas de educación y descomedimientos de la cuidadora causan un daño que puede durar mucho en los tiernos niños; así, muchos de ellos dejan la guardería con la conciencia moral embotada, y en una condición de aislamiento de su Padre celestial que podría durarles toda la vida. El sentido moral del niño es extremadamente rápido; sus ojos y oídos están en total alerta al más mínimo acto o palabra de injusticia, engaño o falsedad. Su cuidadora dice: “No te acuso, si te portas bien”; y el niño aprende que es posible ocultar cosas de su madre, quien para él debiera ser como Dios, sabiendo todo el bien y el mal que él hace. Y no es que el niño tome nota de las malas decisiones de sus mayores con aversión; es verdad que él sabe lo que está mal pero ya no confiará en sus propias intuiciones, sino que moldeará su vida a partir de cualquier otro patrón de conducta que se presente ante él, y gracias al tinte fatal de la naturaleza humana ya presente en él, estará más dispuesto a imitar un patrón malo que uno bueno. Dé al niño entonces una cuidadora que sea tosca, violenta y deshonesta, y antes de que el niño pueda hablar claramente ya habrá adquirido tales disposiciones de carácter.

Las faltas de los niños deben tomarse en serio. Una de las muchas maneras en que los padres tienden a tener una opinión demasiado baja de sus hijos es en relación con sus faltas. Un pequeño da muestra de un feo rasgo del carácter: es codicioso, y devora la porción de golosinas de su hermana, así como la suya; es vengativo, y está listo para morder o luchar contra la mano que lo ofende; dice una mentira tal como “que no tocó la bolsa de golosinas ni el tarro de las galletas”; y la madre pospone el día malo, ella sabe que en algún momento debe lidiar con el niño por esas ofensas, pero mientras tanto dice: “Bueno, no importa por esta vez; es muy pequeño y ya aprenderá a portarse mejor”. Pero no se da a la situación la importancia que debiera tener. ¡Qué días felices garantizaría la madre tanto para ella como para sus hijos, si ella misma se apostara como un vigía en el grifo que da rienda suelta a las aguas! Si la madre resolviera estar consciente de que el niño siempre comete el mal estando en conocimiento de su mal comportamiento, entonces verá que él no es demasiado pequeño para corregir o prevenir su falta. Lidie con el niño en su primera falta, una mirada seria es suficiente para condenar al pequeño transgresor; pero déjelo continuar hasta que se forme un hábito de hacer el mal, y la cura será lenta; en cuyo caso la madre no tendrá ninguna posibilidad hasta que haya formado en él un hábito contrario correcto. Reírse de los malos temperamentos y dejarlos pasar porque los niños son pequeños equivale a sembrar al viento.

V. Impedir a los niños

La relación del niño con Dios todopoderoso. La forma más fatal de menospreciar a los niños se encuentra en la tercera ley educativa de los Evangelios, y consiste en pasar por alto y tomar a la ligera la relación natural del niño con Dios todopoderoso. “Dejad a los niños venid a mí”, dice el Salvador, como si fuera algo natural para los niños, lo que ellos hacen cuando sus mayores no se lo impiden. Quizás no sea algo tan inimaginable creer en este mundo redimido, que, tal como el infante se torna hacia su madre aún sin las facultades para decir su nombre, y las flores se vuelven hacia el sol, así también los corazones de los niños se tornan a su Salvador y Dios, con inconsciente deleite y confianza.

Teología infantil. Ahora escuche lo que sucede en muchas guarderías: “¡Dios no te ama, niño travieso y malvado!” o “Dios te enviará al infierno”, y así sucesivamente, ¡y esta es toda la enseñanza práctica que recibe el niño sobre cómo actúa su Dios amoroso! Nunca una palabra en todo el día sobre cómo Dios ama y aprecia a los pequeños, y llena sus horas de deleites; agregue a esto oraciones superficiales e insípidas, conversaciones improductivas sobre cosas divinas en su presencia, uso trivial de palabras santas, escasas señas que indiquen al niño que para sus padres las cosas de Dios son más importantes que cualquier otra cosa del mundo, y así se es impedimento para el niño, en forma tácita se le ha prohibido el “venir a Mí”. Todo esto ocurre, a menudo, con padres cuyos corazones, en lo más profundo, solo desean que Dios sea lo más deseado. ¿En dónde radica el daño? En el mismo fatuo menosprecio de los niños; en la noción de que la vida espiritual los niños solo empieza cuando se les antoja a sus mayores producirla.

VI. Las condiciones para una actividad cerebral saludable

Después de haber abordado el extenso campo de las prohibiciones, estamos preparados para considerar qué es, definitiva y certeramente, lo que la madre le debe a su hijo en el nombre de la Educación.

Todo esfuerzo mental implica desgaste del cerebro. Para comenzar, las facultades más educables del niño, es decir, su inteligencia, su voluntad, y sus sentidos morales, se asientan en el cerebro; esto significa que, así como el ojo es el órgano de la vista, así el cerebro, o una parte de él, es el órgano del pensamiento y la voluntad, del amor y la adoración. Los expertos difieren en cuanto a hasta qué punto es posible delimitar las funciones del cerebro; pero lo que parece bastante claro al menos es que todas las funciones mentales se realizan implicando una actividad real en la masa de materia nerviosa blanca y gris denominada “cerebro”. Esto no es un asunto que incumbe solo al fisiólogo, sino a cada madre y padre de familia, porque si queremos que este maravilloso cerebro, por medio del cual podemos pensar, actúe de manera saludable y en armonía con el actuar saludable de sus miembros, debiera hacerlo solo en un contexto de ejercicio, descanso y nutrición similar al que de todas las demás partes del cuerpo para que funcionen óptimamente.

Ejercicio. La mayoría de nosotros ha conocido unas pocas personas excéntricas y a bastantes personas insensatas, por lo que nos preguntamos si acaso estas personas nacieron con menos facultad cerebral que las demás. Probablemente no; pero si se les permitió crecer sin el hábito diario del esfuerzo moral y mental apropiado, si se les permitió holgazanear durante la juventud sin hacer un trabajo mental o volitivo frecuente y sostenido, el resultado sería el mismo, y el cerebro que debería haberse robustecido gracias a ese ejercicio diario, se ha vuelto flácido y débil, tal como lo estaría un brazo sano después de haber sido llevado por años amarrado en una escayola. El cerebro activo de gran tamaño no se contenta con la ociosidad total; traza líneas por sí mismo y funciona a ratos, y el hombre o la mujer se vuelven excéntricos, porque el esfuerzo mental benéfico, igual que el moral, debe llevarse a cabo en sometimiento a la disciplina de las reglas. Un sagaz escritor ha dicho que la indolencia mental puede haber sido algo de la causa de esos lamentables ataques de depresión y trastorno que sufrió el pobre poeta William Cowper; la creación de bellos versos cuando “le picaba el bicho” no era suficiente esfuerzo mental para alcanzar el bienestar.

Por tanto, la consecuencia es que no se debe dejar que los niños pasen ni un día sin esfuerzos específicos, tanto intelectuales, como morales, y volitivos; que se esfuercen por entender; que se obliguen a sí mismos a hacer y soportar; y que hagan lo correcto sacrificando la comodidad y el placer: y esto por muchas razones más sublimes, de las cuales la más básica es que el mismo órgano físico de la mente y la voluntad pueda crecer vigoroso gracias al esfuerzo.

El descanso. La misma importancia radica en el suficiente descanso del cerebro; es decir, que descanse y trabaje en forma alternada. Aquí entran en juego dos consideraciones. En primer lugar, cuando el cerebro está trabajando activamente, ocurre lo mismo que en cualquier otro órgano del cuerpo en las mismas circunstancias; es decir, un gran suministro adicional de sangre llega a la cabeza para nutrir el órgano que se desgasta con el esfuerzo. Atención, que en los vasos sanguíneos no hay una cantidad indefinida de lo que por el momento llamaremos sangre excedente, sino que el suministro está regulado según el principio de que solo un conjunto de órganos debiera estar en actividad excesiva a la vez—una vez las extremidades, otra vez los órganos digestivos, después el cerebro; así, toda la sangre que no sea vital en otras funciones va a apoyar aquellos órganos que trabajan en un determinado momento.

El descanso después de las comidas. El niño acaba de almorzar (que es la comida del día que provoca el mayor esfuerzo en sus órganos digestivos) y durante dos o tres horas después de comer, estos órganos están realizando mucho trabajo, y la sangre que no es vital en otras funciones, está allí presente para ayudar. Si usted envía al niño a dar un largo paseo inmediatamente después de la comida, hará que la sangre vaya a las extremidades que se mueven, y que la comida quede a medio digerir; si el niño se costumbra a comer y después a a moverse, terminará con problemas crónicos de digestión. Lo mismo si se le envía a trabajar en sus clases después de una comida pesada; la sangre que debería haber estado ayudando en la digestión de la comida se va al cerebro que trabaja.

En consecuencia, las horas de clases debieran elegirse cuidadosamente, después de períodos de descanso mental (como dormir o jugar, por ejemplo), y cuando ninguna otra parte del sistema está realizando una actividad excesiva. Por ello, la mañana, después del desayuno (cuya digestión no es una tarea de envergadura dado que se trata de una comida liviana) es el mejor momento para las lecciones y todo tipo de esfuerzo mental; si no se puede dedicar toda la tarde a la recreación al aire libre, entonces ese es el momento para realizar tareas mecánicas, como costuras, dibujo, o la práctica de un instrumento. La mente de los niños está suficientemente despierta en la tarde, pero el inconveniente del trabajo al final del día es que el cerebro, una vez incitado a la acción, se inclina a continuar su trabajo más allá de la hora de acostarse, lo que provoca los sueños, el insomnio y el sueño intranquilo del pobre niño que ha estado trabajando hasta el último minuto. Si no se puede evitar que los niños mayores trabajen por la tarde, debieran por lo menos disfrutar una o dos horas de amena actividad social antes de acostarse; pero, sin duda, por el bien de los niños debiéramos abolir las “tareas” vespertinas.

Cambio de ocupación. Según Huxley [biólogo y antropólogo británico, en su obra Lessons in Elementary Physiology, publicada en 1915, cuando no existía todavía la elevada tecnología actual en esta área], “No existe ninguna prueba satisfactoria en este momento, de que la manifestación de ningún tipo particular de facultad mental esté especialmente asignada o conectada con la actividad de un área particular o los hemisferios cerebrales”, dictamen que contradice la frenología [antigua doctrina psicológica según la cual las facultades psíquicas están localizadas en zonas precisas del cerebro y en correspondencia con relieves del cráneo.], pero que nos llega desde un expertizaje que es imposible poner en duda. Así, entendemos que no es posible determinar la localización de las ‘facultades’—decir que se es cauteloso con esta fracción del cerebro y que se ama la música con otra parte; pero una cosa sí es cierta, y muy importante para el educador: que el cerebro, o alguna parte del cerebro, se agota cuando ha estado realizando una función determinada durante demasiado tiempo. El niño que ha estado haciendo sumas un largo rato inexplicablemente no puede pensar, por tanto, que lea algo de historia, y verás que su mente vuelve a estar activa. Lo que ha pasado es que la imaginación, que no se ocupa para hacer sumas, ha entrado en acción durante la clase de historia, y el niño despierta una facultad viva e inagotable para realizar su nuevo trabajo. Los horarios de la escuela generalmente se elaboran con miras a darle al cerebro del niño un trabajo variado, pero el secreto del cansancio que a menudo se ve en los niños durante sus clases es que no se ha usado dicha sabia alternación entre las lecciones.

Alimento. Repetimos que el cerebro no puede hacer su trabajo a menos que esté nutrido abundante y adecuadamente. Alguien calculó cuántos gramos del cerebro se usaron en la producción de, por ejemplo, El paraíso perdido; cuántos gramos en esto otro, etc., pero sin entrar en cálculos aritméticos de esta naturaleza, podemos decir con seguridad que todo tipo de actividad intelectual implica un desgaste de los tejidos cerebrales; una red de vasos sanguíneos suministra una enorme cantidad de sangre a este órgano para compensar por dicho desgaste de materia; y es por ello que el vigor y la salud del cerebro dependen de la calidad y cantidad del suministro de sangre.

Algunas cosas que afectan la calidad de la sangre. Pues bien, la calidad de la sangre se ve afectada por tres o cuatro cosas. En primer lugar, la sangre es elaborada a partir de la comida; por lo que mientras más nutritivos y fáciles de digerir sean los alimentos, más vitales serán las propiedades de la sangre. La comida también debiera ser variada, consistir en una dieta mixta, porque se necesitan diferentes ingredientes para compensar los diversos desgastes en los tejidos. El desgaste en los niños es impactante con sus idas y venidas interminables, su constante movimiento, su energía, incluso el movimiento de la lengua, todo implica un desgaste de la materia tangible: la pérdida no se puede apreciar, pero algo pierden con cada salida in promptu, ya sea al aire libre o al interior. No hay duda de que la ganancia en facultades que genera el ejercicio es más que compensación por la pérdida de materia tangible; pero, de todos modos, esta pérdida debe repararse rápidamente. Pero no es solo el cuerpo del niño más activo en proporción con el del hombre, sino que, en comparación con el hombre, el cerebro del niño está en esfuerzo y movimiento permanentes. Se calcula que, aunque el cerebro de un hombre no pesa más que una cuadragésima parte de su cuerpo, un quinto o un sexto de todo su complemento sanguíneo se destina a nutrir este delicado e intensamente activo órgano; pero, en el caso del niño, una proporción considerablemente mayor de su sangre se destina al sustento de su cerebro. Y todo el tiempo, además de estas excesivas demandas que pesan sobre él, ¡el niño tiene que crecer! no solo para compensar por la pérdida ocurrida, sino para producir nueva materia cerebral y corporal.

Acerca de las comidas. La conclusión obvia es que el niño debe estar bien alimentado. La mitad de las personas de baja vitalidad que conocemos han sido víctimas de una deficiente alimentación durante su infancia; con más frecuencia debido a que sus padres no estaban conscientes de su deber al respecto, que debido a no hubieran estado en condiciones de proporcionar a sus hijos la dieta necesaria para su pleno desarrollo físico y mental. Las comidas regulares a intervalos continuos, por regla general—almuerzo, nunca a más de cinco horas después del desayuno; colación de la tarde, innecesaria; alimentos animales, una vez al día, y si fueran ligeros, dos veces al día—son las sugerencias de sentido común que se siguen en la mayoría de los hogares bien controlados. Pero no es la comida que se come, sino la comida la que se digiere, lo que nutre el cuerpo y el cerebro, y es aquí donde hay tanto que es urgente por considerar, que solo podemos abordar dos o tres aspectos más obvios. Todo el mundo sabe que los niños no deben comer pasteles, ni carne de cerdo, ni carnes fritas, ni queso, ni alimentos pesados ni muy saborizados no importa lo que sean; que la pimienta, la mostaza y el vinagre, las salsas y las especias deberían estar prohibidas, así como el pan nuevo [¿pan caliente recién horneado?], las tortas y las mermeladas pesadas, como ciruela o grosella espinosa, en las que se conserva la cáscara de la fruta; que la leche [obviamente, en su tiempo, se trataba de leche de vaca original sin pasteurizar), o la leche y el agua no demasiado calientes, o el cacao, es la mejor bebida para los niños, y que se les debe instruir que no beban nada hasta que hayan terminado de comer; que la fruta fresca en el desayuno es invaluable; y cumpliendo el mismo objetivo, las sopas de avena y melaza, y la grasa del tocino tostado, son valiosos alimentos para el desayuno; y que también, un vaso de agua tomado al final de la noche y uno al principio de la mañana, es útil para promover esos hábitos regulares de los que depende gran parte la comodidad de la vida.

La conversación durante las comidas. No es necesario recomendar todo esto, y mucho más de lo mismo; pero, permítaseme insistir que son los alimentos digeridos los que nutren el sistema, y las personas tienden a olvidar hasta qué punto las condiciones mentales y morales afectan los procesos de digestión. El hecho es que los jugos gástricos que actúan como solventes para las viandas solo se secretan libremente cuando la mente está alegre y contenta. Si al niño no le gusta su cena, la come, pero la digestión de esa comida desagradable es un proceso laborioso y muy difícil. Lo mismo ocurre si se come en silencio: sin el solaz de una conversación agradable, el niño pierde gran parte de lo “bueno” de su cena. Por lo tanto, no se trata en absoluto de mimos, sino que se trata de salud, de nutrición adecuada, se trata de que los niños disfruten su comida, y que coman sus comidas con alegría; aunque, por cierto, la alegre agitación es tan dañina como su opuesto ya que destruye ese tenor alegre y balanceado que favorece los procesos de digestión. No se deben escatimar esfuerzos para que el tiempo en que la familia se convoca en la mesa familiar sean las horas más felices del día, suponiendo que se les permita a los niños sentarse en la misma mesa con sus padres; y, ¡si fuera posible!, que puedan hacerlo en todas las comidas, ya que la ventaja para los pequeños es incalculable, excepto cuando se trata de un almuerzo tarde. Esta es la oportunidad para que los padres instruyan a sus niños en cuanto a modales y a la moral, para consolidar el amor familiar, y para que los niños se familiaricen con hábitos como el de la masticación minuciosa, por ejemplo, tan importante para la salud y también para los buenos modales.

La variedad en las comidas. Sin embargo, las exigencias de estas personitas no se cumplen por completo solo brindando un entorno agradable y una excelente comida porque, aunque sea una comida simple, debe ser variada. Carne de cordero todos los martes, el miércoles la misma carne, pero fría, y el jueves, picada, puede que sea muy buena comida; pero el niño que recibe esta dieta semana tras semana estará mal alimentado, simplemente porque está cansado de la misma cosa. La madre debe crear una rotación de comidas para los niños, de por lo menos una quincena en que no se repita la misma cena dos veces. El pescado, especialmente si no hay carne en la cena de los niños, es excelente para un cambio, más aún debido a que es rico en fósforo, que es un valioso alimento para el cerebro. Los postres de los niños merecen bastante consideración, porque en general no les gustan las comidas de alto contenido graso, sino que prefieren obtener calor para el cuerpo a partir del almidón y el azúcar de los postres; por ello, proporcióneles una rica variedad, y que no siempre sea la “infinita tapioca”. Incluso para el té y el desayuno, la sabia madre no dice: “Siempre les doy a mis hijos” esto y esto, porque no deberían tener nada “siempre” sino que cada comida debiera tener alguna pequeña sorpresa ¿Pero quizás así los haríamos pensar demasiado en lo que comerán y beberán? Por el contrario, son los niños mal alimentados los que quieren más y más de algo, y a quienes no se puede confiar ninguna exquisitez extraordinaria.

El aire es tan importante como la comida. La calidad de la sangre depende tanto del aire que respiramos como de los alimentos que consumimos; en el transcurso de cada dos o tres minutos, toda la sangre del cuerpo pasa a través de las ramificaciones infinitas de los pulmones, con el único fin de que, en ese transcurso, actúe sobre ella el oxígeno en el aire que entra a los pulmones durante la respiración. Pero, ¿qué le puede ocurrir a la sangre en el curso de un evento de tan corta duración? Solo esto: que toda su naturaleza, hasta su propio color cambia; ingresa a los pulmones en mal estado, sin ser capaz de dar vida; y los abandona convertida en un fluido puro y esencial para la vida. Observe ahora dos cosas: que la sangre solo se oxigena por completo cuando el aire contiene el máximo de oxígeno, y que cada respiración y cada llama de fuego extrae algo de oxígeno de la atmósfera de una habitación. De ahí la importancia de procurar que los niños respiren diariamente aire fresco y que ejerciten abundantemente sus extremidades y pulmones en un aire no viciado ni empobrecido.

Los niños salen a caminar todos los días. “Los niños salen a caminar todos los días; nunca están fuera menos de una hora cuando hace buen tiempo”. Eso es mejor que nada; pero también lo es la siguiente ilustración: una maestra en una escuela de un área empobrecida de Londres percibe la pálida apariencia de una de sus mejores estudiantes. “¿Almorzaste, Nellie?” “Mmm sí” (vacilando). “¿Qué comiste?” “Mi madre nos dio a Jessie y a mí medio penique para almorzar, y compramos muchos caramelos de anís—es que rinden más que el pan” responde con la esperanza en los ojos de que no se le censurara por tal extravagancia. Los niños no se desarrollan de la mejor forma comiendo dulces de anís para la cena, ni con una hora de la consabida caminata diaria. Quizás la ciencia nos confirmará cada vez más el hecho de que la vida animal, confinada al interior, se sustenta en condiciones artificiales, equivalente a la vida vegetal cultivada en una casa de vidrio. Es a este respecto que la mayoría de las naciones continentales tienen ventaja sobre nosotros ya que mantienen siempre el hábito de la vida al aire libre; y como consecuencia, la persona francesa, alemana, italiana y búlgara promedio es más alegre, más sencilla y más robusta que la persona inglesa promedio. ¿Qué del clima? ¿Acaso Carlos II—y él lo sabía—no se declaró a favor del clima de Inglaterra porque allí se puede estar afuera “más horas en el día y más días en el año” que “en cualquier otro país”? Perdemos de vista el hecho de que no somos como ese personaje histórico que “solo vivió de comida y bebida”. Pero a la persona incapacitada que no puede comer le decimos “¡No se puede vivir solo de aire!” Es verdad, no podemos vivir solo de aire, pero, si debiéramos elegir entre los tres factores que prolongan la vida, el aire nos sostendrá por mayor tiempo. Todo esto lo sabemos y estamos ya cansadísimos de oír del tema; deje que el rabillo de su ojo capte la palabra “oxigenación” en una página, y éste, bien entrenado, se saltará ese párrafo. No necesitamos decirle incluso a los escolares cómo la sangre del cuerpo es transportada hacia los pulmones y desde allí se distribuye por una gran cantidad de innumerables “canales” que reciben momentáneamente oxígeno; cómo el aire actúa sobre la sangre por la acción de la respiración; cómo el aire penetra en las paredes muy delgadas de esos canales; y luego, cómo sucede una mágica (o química) transformación; las aguas residuales del sistema se convierten al instante en el rico fluido vivificante cuya función es construir los tejidos musculares y nerviosos. Y [aludiendo a la obra La Tempestad de Shakespeare], ¿cuál es el Próspero que lleva la capa? Su nombre es Oxígeno; y la maravilla que produce dentro de nosotros unas quince veces en el transcurso de un minuto, posiblemente no tiene paralelo en toda la serie de maravillas relacionadas con la vida y con las que nos “topamos” con familiaridad, estableciendo “la vida” y acarreando ¡nada menos que un secreto de gran valor!

La oxigenación tiene limitaciones. Aunque sepamos todo a este respecto, talvez olvidemos que incluso el oxígeno tiene sus limitaciones; considerando que nada puede ocurrir excepto donde se está, y esto también se aplica a este gas vital, así como a otras materias. El fuego, las lámparas y los seres que respiran, todos son consumidores del oxígeno que los mantiene con vida. ¿Cuál es la consecuencia? Pues, que este elemento, que existe en una proporción de veintitrés partes por cada cien en el aire puro, está sujeto a un enorme agotamiento dentro de las cuatro paredes de una casa, donde el aire se mantiene más o menos estacionario. No me refiero al aire viciado sino solo al agotamiento que sufre este elemento vital. ¡Piense una vez más en el extremo agotamiento del oxígeno al mantener vivos los diferentes fuegos, así como los muchos seres que respiran en una gran ciudad! Una pregunta de vital importancia es: “¿Cuál es la consecuencia?” El hombre puede disfrutar la totalidad de una vigorosa y gozosa existencia posible solo cuando su sangre está completamente aireada; y esto ocurre cuando el aire que inhala contiene todo el oxígeno necesario. ¿Es acaso una exageración aseverar que la vitalidad se reduce en aquellas personas que habitan en viviendas en contraste con aquellas que viven al aire libre? El aire empobrecido mantiene la vida a un nivel bajo y débil; así vemos que, en las grandes ciudades, la estatura disminuye, la caja torácica se contrae, los hombres apenas llegan a vivir para ver a los hijos de sus hijos. Es verdad que necesitamos casas para refugiarnos del clima durante el día y para descansar en la noche, pero en la medida que desistamos de hacer nuestras casas más “cómodas” y las consideremos meramente refugios necesarios para cuando no podamos estar afuera, entonces gozaremos a cabalidad la vigorosa vitalidad que nos es posible.

Aire viciado. Padres de pálidos niños de la ciudad: ¡pensad en esto! En este asunto en particular, los niños de la calle que se alimentan de lo que encuentran están en mejor situación (y se ven más saludables) que sus niños preciados porque los primeros tienen a su alcance mayor cantidad de la esencia primordial de la vida, es decir, el aire. Incluso en los barrios bajos de la ciudad, hay un poco de circulación de aire, y el niño que pasa sus días en las calles recibe más oxígeno que aquel que pasa la mayor parte de sus horas respirando el aire detenido de una amplia habitación. Sin embargo, no es el aire de las calles lo que requieren los niños, sino el delicioso aire vivificante del campo. Los niños, mucho más que los adultos, se mantienen en constante movimiento y, al mismo tiempo, están en proceso de desarrollar músculo, todo esto a expensas de un grandísimo desgaste de tejido, y es la sangre la que transporta el material necesario para suplir tal pérdida: el niño debe crecer, cada una de sus partes lo debe hacer, y es la sangre la que suple el material para generar nuevos tejidos. Ya sabemos que el cerebro es, en total desproporción con su tamaño, el gran consumidor del suministro de sangre, pero es el cerebro infantil el que presenta demandas insaciables, tanto por su afanosa actividad como por el crecimiento por partida doble que le afecta.

«Caldo de vacuno para Alicia». “Yo alimento a Alicia con caldo de vacuno, aceite de bacalao y todo tipo de comidas nutritivas; pero me siento desalentada porque, ¡la niña no gana peso!” Es probable que Alicia respira 22 de las 24 horas del día un aire empobrecido y algo viciado que se ha acumulado dentro de las cuatro paredes de la casa. La niña está prácticamente muerta de hambre ya que la comida recibida está siendo inadecuada e imperfectamente transformada en sangre oxigenada para alimentar los tejidos de su cuerpo.

Si sufre de inanición física, ¿qué es de la mente ávida, activa, curiosa y anhelante de la niña? “Bueno, ella tiene sus clases todos los días como siempre”. Puede que sí, pero las lecciones que solo abordan palabras, solo los signos de las cosas, no son lo que la niña requiere. No existe un conocimiento más apropiado durante los primeros años de un niño como lo es saber el nombre, la apariencia y el comportamiento in situ de cada objeto natural que pueda llegar a conocer, como lo corrobora el Salmo 111:4: «Él ha hecho memorables sus maravillas».

«En tres años creció al sol y en la lluvia,
Entonces la naturaleza dijo, “Una flor más preciosa
Que nunca fuera sembrada en la tierra:
Esta niña para mí la tomaré:
Ella será mía, y yo la haré
Una dama de mi propiedad».

* * *

«Será juguetona como el cervatillo
Indómita y feliz ya en la campiña
O en los manantiales de la montaña;
Y suyo será el bálsamo del aliento,
Y suyo el silencio y la calma
De las cosas mudas e insensatas».

* * *

«Las estrellas de medianoche serán especiales
Para ella; y apoyará su oído
En muchos lugares secretos
Donde los riachuelos danzan en sus recorridos
Y la belleza que nace del sonido susurrante
Pasará hacia su rostro».

[Extractos del poema Three Years She Grew in Sun and Shower (En tres años creció al sol y en la lluvia) del poeta inglés William Wordsworth]

Aireación al interior. Con respecto de la aireación al aire libre ya tendremos ocasión de hablar más adelante; pero la aireación al interior es realmente importante, porque si los tejidos se alimentan con sangre impura durante todas las horas que el niño pasa en la casa, el daño no se reparará en los intervalos más breves que se pasan al aire libre. Ponga dos o tres cuerpos que respiran, así como fuego y gas en una habitación, y es increíble lo pronto que el aire se vicia a menos que se renueve constantemente; es decir, a menos que la habitación esté bien ventilada. Todos sabemos lo que es entrar a una habitación después de estar al aire fresco, y sentirla irrespirable; pero siéntese unos minutos allí y se acostumbrará al sofoco; los sentidos han dejado de ser guías confiables.

Ventilación. Por lo tanto, se deben tomar medidas frecuentes para ventilar las habitaciones, independientemente de los sentimientos de sus ocupantes: al menos una pulgada de una ventana abierta en la parte superior, día y noche, hace que una habitación esté en bastantes buenas condiciones, ya que permite el escape del aire viciado, que, al ser liviano, asciende, dejando espacio para la entrada del aire más frío y fresco por las hendijas en puertas y pisos. Una chimenea abierta es un ventilador útil, aunque no suficiente; no hace falta decir que tapar las chimeneas en los dormitorios es una acción suicida. Es de particular importancia acostumbrar a los niños a dormir con una pulgada o dos, o unas más, de aberturas en las ventanas durante todo el año, y todo lo que se quiera en el verano.

El saludable aire nocturno. Es popular la idea de que el aire nocturno no es saludable; pero si pensamos en que el aire sano es aquel que contiene oxígeno en su mayor parte, y no más de una muy pequeña cantidad de dióxido de carbono, y que todos los objetos quemantes, es decir, el fuego, el horno, la lámpara a gas, emiten este dióxido y consumen oxígeno, usted verá que el aire nocturno es, en circunstancias normales, más saludable que el aire diurno, simplemente porque hay un desgaste menos exhaustivo del mismo. Cuando los niños están fuera de la habitación que ocupan normalmente, ya sea el lugar de juegos o la sala, esa es la oportunidad de airear dicha habitación completamente abriendo las ventanas y puertas de par en par para dejar pasar una considerable corriente de aire.

Luz solar. Pero no es solo el aire, esto es, aire puro, lo que los niños deben recibir para que su sangre sea de una “excelente calidad”, como dicen los anuncios. La sangre saludable es muy rica en diminutos organismos en forma de discos rojos, conocidos como glóbulos rojos, lo cuales, en circunstancias favorables, se producen libremente en la misma sangre. Ahora bien, es cierto que las personas que pasan mucho tiempo al sol tienen un semblante rubicundo, es decir, en su sangre hay muchos de estos glóbulos rojos; mientras que las pobres almas que viven en bodegas y callejones oscuros tienen una piel del color del papel marrón pálido. La conclusión es que la luz y el sol favorecen la producción de glóbulos rojos en la sangre; y que, por lo tanto, (aquí la madre debe tomar este paso) las habitaciones de los niños debieran estar en el lado soleado de la casa, en dirección al sur en lo posible. De hecho, toda la casa debiera mantenerse iluminada y luminosa por el bien de los niños; y los árboles y edificios exteriores que obstruyen la luz del sol hacia las habitaciones de los niños debieran eliminarse sin vacilación.

Libre transpiración. Existe atender otro punto que debemos abordar para asegurarnos de que el cerebro se alimente de sangre saludable. La sangre recibe y elimina el desgaste de los tejidos, y uno de los agentes más importantes por medio del cual hace este necesario trabajo de limpieza es la piel. Millones de poros invisibles perforan la piel, y cada uno es la boca de un diminuto tubo de varios dobleces que están en constante actividad, cuando el cuerpo sano descarga la transpiración—es decir, el desgaste de los tejidos—sobre la piel.

La transpiración inconsciente. Cuando la descarga de transpiración es excesiva, notamos la humedad sobre la piel; pero, estemos consciente de ello o no, la descarga está sucediendo continuamente; aún, si ésta se detuviera, o si se cubriera una porción considerable de la piel con alguna capa que la hiciera impenetrable, se produciría la muerte. Esta es la razón por la cual fallecen las personas como consecuencia de abrasamientos y quemaduras que lesionan una amplia superficie de la piel, incluso cuando ningún órgano vital esté comprometido ya que multitudes de tubos diminutos que deberían expulsar las materias nocivas de la sangre están cerrados, y, aunque la superficie restante de la piel y otros órganos excretores asumen un esfuerzo adicional de trabajo, es imposible reparar la pérdida ocurrido al eficiente drenaje de un área considerable. Por ello, para que el cerebro esté debidamente alimentado, es importante mantener toda la superficie de la piel en condiciones tales que se puedan eliminar libremente las deposiciones de la sangre.

El baño diario y la ropa permeable. A continuación, se presentan dos consideraciones, de las cuales la primera, la necesidad del baño diario, seguido de un vigoroso frote de la piel, no hace falta decir nada aquí. No obstante, quizás no se conozca bien la segunda consideración, aquella de que los niños debieran usar ropa permeable que permita el paso instantáneo de la exhalación de la piel. ¿Por qué las mujeres delicadas se desmayaban o, “sentían que se iban a desmayar” cuando era costumbre ir a la iglesia con abrigos de piel de foca? ¿Por qué las personas que duermen bajo edredones de seda o algodón, con frecuencia se levantan sin sentirse descansadas? La causa es que tales cobertores y abrigos impiden el paso de la transpiración inconsciente, por lo que la piel no ha podido cumplir su función de limpiar la sangre de sus impurezas. Es sorprendente ver cuánta pérdida constante de vitalidad experimentan muchas personas por ninguna otra causa que una vestimenta inadecuada. La mejor vestimenta para los niños consiste en holgadas prendas de lana, franelas y de tejidos como la sarga, de diferentes grosores para el verano y el invierno. Las lanas tienen otras ventajas sobre el algodón y el lino, además de ser permeables o porosas: al ser la lana un mal conductor, no deja escapar demasiado el calor animal; y, además de ser absorbente, no deja la piel pegajosa después de transpirar. Estaríamos mucho mejor si decidiéramos dormir usando prendas de lana, desechando el lino o el algodón y optando por sábanas hechas de algún tejido liviano de lana.

Mucho podríamos decir sobre este asunto de la nutrición adecuada del cerebro de la cual depende la posibilidad de una educación saludable, pero habremos logrado algo si quedan claras las razones de dos o tres reglas sanitarias prácticas de tal manera que no se puedan evadir sin sentir que se está violando alguna ley.

Me temo que el lector pueda pensar que estoy dirigiendo su atención en gran parte a unos pocos asuntos fisiológicos—el escalón inferior de la escala educativa. Es posible que sí sea inferior, pero es la base necesaria para todo el resto, ya que no exageramos al decir que, en nuestro actual estado, el progreso intelectual, moral e incluso espiritual depende en gran medida de las condiciones físicas. Esto no quiere decir que el poseedor de admirable constitución física sea necesariamente un hombre bueno e inteligente; sino que el hombre bueno e inteligente requiere de mucha materia animal para compensar el desgaste de tejido producido en el ejercicio de su virtud y su intelecto. Por ejemplo, ¿es más fácil ser amigable, amable, sincero, con o sin un dolor de cabeza o un ataque de neuralgia?

VII. «La supremacía de la ley» en la educación

El sentido común y las buenas intenciones. Es importante considerar que, aunque dicho cultivo físico del cerebro sea solo el fundamento de la educación, el método de tal cultivo es una indicación de lo que debiera ser el método de toda educación; en otras palabras, el progreso hecho en forma ordenada y regulada según la pauta de una Ley. La razón por la cual la educación causa mucho menos impacto de lo que debiera, es simplemente que en nueve de diez casos, buenos y sensatos padres dejan demasiado a merced de su sentido común y sus buenas intenciones, olvidando que el sentido común debe instruirse en cuanto a los aspectos naturales de lo que sea el caso, y que los esfuerzos bien intencionados no logran mucho si no se llevan a cabo en obediencia a las leyes divinas, que en gran parte se leen, no en la Biblia, sino en los hechos de la vida.

La vida sometida a la Ley tiende a ser más intachable que la vida piadosa. Para vergüenza de las personas creyentes, muchos que dicen no saber y, por tanto, no creer, llevan vidas más intachables, con menos arranques de mal genio, más libres del vicio del egoísmo, que muchas personas que llevan sinceras vidas religiosas. He aquí un hecho que el niño llegará a confrontar bien pronto, y uno que será necesario explicar; y, aún más, es un hecho que tendrá más peso que toda la enseñanza doctrinal que hayan recibido en sus vidas, especialmente si lo notan en una persona que estiman y quieren. A mí me parece que aquí yace el peligro que amenaza a aquellas confesiones de dependencia y lealtad a Dios todopoderoso que reconocemos como la religión—no la maldad, sino lo bueno de una escuela que rehúsa admitir tal dependencia y lealtad.

Es la percepción de este peligro la razón por la cual ofrezco lo poco que tengo que decir sobre el tema de la educación; pero también lo es la seguridad que siento de que no es un peligro tan grande después de todo, porque los padres instruidos están en capacidad de enfrentarlo, y son ellos mismos precisamente las únicas personas que pueden hacerlo.

La mente y la materia son gobernados por igual por la Ley. En cuanto a esta superior moralidad de algunos no creyentes, suponiendo que hagamos tal concesión, solo significa que el universo de la mente, tal como el universo de lo físico, se rige por las leyes no escritas de Dios; que el niño no puede jugar con pompas de jabón o pensar sus pensamientos revoltosos si no fuera en obediencia a las leyes divinas; que toda seguridad, progreso y éxito en la vida proviene de la obediencia a la ley, a las leyes de las ciencias mentales, morales o físicas, o a aquella ciencia espiritual que la Biblia presenta; que es posible comprender las leyes y obedecer las leyes sin reconocer al Dador de la ley, y que quienes comprenden y obedecen cualquier ley divina heredan la bendición que procede de la obediencia, independientemente de su actitud hacia el Dador de la ley, igual que el hombre se abriga al calor del sol abrazador, aunque cierre sus ojos y se niegue a mirar el sol. En contraste, que aquellos que no se esfuerzan por estudiar los principios que rigen la acción y el pensamiento humanos no reciben las bendiciones de la obediencia a ciertas leyes, aunque reciban por herencia las mejores bendiciones que provienen de una relación reconocida con el Dador de la ley.

Antagonismo por la ley que muestran algunas personas religiosas. Estas bendiciones mencionadas último son tan indescriptiblemente satisfactorias que muchas veces el creyente que las disfruta no quiere más: abre la boca y aspira y se deleita en la ley, es cierto; pero se trata de la ley de la vida espiritual solamente, porque en cuanto a las otras leyes de Dios que gobiernan el universo, a veces adopta una actitud de antagonismo, casi de resistencia, digna de un impío.

Para tal persona no significa nada ser una creación formidable y maravillosa; no quiere saber cómo funciona el cerebro, ni cómo el elemento fundamental más sutil que llamamos mente, evoluciona y se desarrolla en obediencia a ciertas leyes. Hay mentes piadosas para quienes explorar estas cosas tiene sabor a falta de fe, como si deshonrara al Todopoderoso percibir que Él realiza sus obras formidables a través de gloriosas Leyes, y, por tanto, no quieren saber de ninguna ley excepto de las leyes del reino de la gracia. Mientras tanto, el no creyente, que no anda en búsqueda del auxilio sobrenatural, se propone descubrir y obedecer todas las leyes que regulan la vida natural, ya sea física, mental y moral; de hecho, todas las leyes de Dios, exceptuando las de la vida espiritual que el creyente considera como su herencia propia. No obstante, estas otras leyes que recibe Esaú también son leyes de Dios, y la sujeción a ellas produce tales bendiciones, que los hijos de los creyentes dicen: “Mirad, ¿cómo es que éstos que no reconocen que la Ley proviene de Dios son mejores personas que nosotros que sí lo reconocemos? 

Los padres deben familiarizarse con los principios de la fisiología y la moral. Ahora bien, los padres creyentes no tienen derecho a poner esta crucial dificultad en el camino de sus hijos. Por ejemplo, no tienen derecho a pedir a Dios que haga que sus hijos sean sinceros, diligentes, y rectos, si no se familiarizan con los principios de la moral que los guiará a la veracidad, la diligencia y la rectitud de carácter. Esto también es la ley de Dios. Observe que ni el conocimiento mental ni moral nos llevan al conocimiento de Dios, que es lo más valioso en la vida, pero lo que defiendo es que estas ciencias tienen su papel en la educación de la raza humana, y que los padres no pueden ignorarlas impunemente. Mi esfuerzo en éste y en los siguientes volúmenes de la serie será esbozar a grandes rasgos un método educativo que, basándose en el fundamento de la ley natural, pueda esperar, sin jactancia, heredar la bendición divina. Cualquier borrador que yo pueda ofrecer en esta breve brújula está obligado a ser muy imperfecto y muy incompleto; pero un trazado por aquí y otro por allá pueden ser suficientes para dar a los padres inteligentes líneas de pensamiento provechosas en relación con la educación de sus hijos.

[Volver al Índice]

PARTE II. LA VIDA AL AIRE LIBRE DE LOS NIÑOS

I. Un tiempo de crecimiento

 Comidas al aire libre. Las personas que viven en el campo conocen muy bien el valor del aire fresco, y sus hijos viven afuera, solo pasando intervalos adentro para dormir y comer; no obstante, en cuanto a las comidas, incluso la gente del campo no aprovecha al máximo sus oportunidades, ya que en los días buenos cuando está suficientemente cálido para sentarse afuera con un cobertor, ¿por qué no servir al aire libre el desayuno y el té, o más, todas las comidas, excepto cuando se trate de una cena caliente? Particularmente debido a que somos una generación agitada, con los nervios de punta; y todas las horas que se pasen al aire libre son una ganancia evidente, que contribuye a aumentar la facultad cerebral y el vigor corporal, y a extender la vida misma. Aquellos que saben lo que es tener la piel afiebrada y el cerebro a punto de explotar y sentir el delicioso alivio del aire frío, tienden a crear una nueva regla de vida: «Nunca estar adentro cuando no hay problema para estar afuera». Además de ganar una o dos horas al aire libre, hay otra ganancia que debe considerase: las comidas tomadas al fresco suelen ser alegres, y la alegría es el elemento ideal para convertir la carne y la bebida en sangre y tejidos sanos. Todo ese tiempo, los niños también están almacenando recuerdos de una infancia feliz. Dentro de cincuenta años verán las sombras de las ramas haciendo dibujos sobre el mantel blanco; y el sol, la risa de los niños, el zumbido de las abejas y el aroma de las flores habrá sido almacenado como una brisa de refresco para los días futuros.

Una palabra a los habitantes de las ciudades y los suburbios. No obstante, solo las personas que viven, por así decirlo, en sus propios jardines, son quienes pueden darles a sus hijos el té al aire libre de manera habitual. Para el resto de nosotros, y la mayoría de nosotros, que vivimos en ciudades o en los suburbios de las ciudades, esta sugerencia está incluida en la pregunta más amplia: ¿Cuánto tiempo al aire libre deben tener los niños, y cómo es posible garantizar dicho tiempo libre? En este tiempo de extraordinaria presión, tanto educativa como social, quizás el primer deber de una madre para con sus hijos es garantizarles un tiempo de crecimiento tranquilo, seis años completos de una vida receptiva pasiva, cuyas horas despiertos sean en su mayoría pasadas al aire libre, y no solo con el fin de beneficiar la salud corporal, sino que tanto el cuerpo como el alma, el corazón y la mente, también se nutren del alimento conveniente para ellos cuando a los niños se les deja tranquilos, se les deja vivir sin fricciones y sin estímulos, rodeados por influencias felices que los inspiran a inclinarse por lo bueno.

Las posibilidades de un día al aire libre.  Una juiciosa madre dice que envía sin falta a sus hijos afuera, si el clima lo permite, durante una hora diaria en invierno y dos horas diarias en los meses de verano, lo cual está bien, pero no es suficiente. En primer lugar, no los envíe; si fuera en absoluto posible, llévelos; ya que, aunque se debiera dejar a los niños solos en gran medida, hay mucho que hacer y mucho que prevenir durante esas largas horas al aire libre, porque largas horas debieran ser; pero no dos, sino cuatro, cinco o seis horas son el tiempo que deberían pasar afuera cada día tolerablemente bueno, de abril a octubre [algo así como septiembre a marzo, en el hemisferio sur]. «¡Eso es imposible!» dice una madre que se siente sobrepasada esforzándose porque sus hijos pasen no más de una hora diaria más o menos en el pavimento de las plazas comunitarias de Londres. Reitero que las sugerencias que me atrevo a dar no se basan en lo que es posible en todos los hogares, sino en lo que me parece que es lo absolutamente mejor para los niños; y eso es porque creo que las madres hacen maravillas cuando están convencidas de que maravillas deben hacer. Un viaje de veinte minutos en tren u ómnibus, y una canasta con el almuerzo, posibilitan un día en el campo para la mayoría de los habitantes de la ciudad; y si fuera un día, ¿por qué no muchos, o todos los días que fueran posibles? Suponiendo entonces que contamos con tales días al aire libre, ¿qué se debe hacer con estas preciosas horas, para que todos se deleiten en ellas? Deben pasarse en sujeción a algún método, o la madre se agotará y los niños se aburrirán. Hay mucho que se puede lograr en esta gran porción del día de los niños; ellos deberán estar en un modo gozoso todo el tiempo, o no ganarán todo el fortalecimiento y la restauración que les puede proveer el maravilloso aire. Se les debería dejar tranquilos, que jueguen mucho independientemente para que absorban lo que puedan de la belleza de la tierra y de los cielos; pues de todos los males de la educación moderna hay pocos que son peores que esto: el perpetuo graznido de sus mayores que no deja al pobre niño ni un momento, ni una pulgada de espacio, en el cual asombrarse—y crecer.  Al mismo tiempo, ésta es la oportunidad de la madre para entrenar el ojo observador y el oído oidor, y de esparcir semillas de verdad en la expandida alma del niño, las cuales germinarán, florecerán y darán fruto, sin más ayuda ni conocimiento de parte de ella. Así pues, mucho se obtiene de posarse en un árbol o acurrucarse en un arbusto, pero el desarrollo muscular se produce de maneras más activas, y una hora o dos deben pasarse jugando vigorosamente; y, en último caso, ciertamente lo menos importante, es dar una o dos lecciones.

Nada de libros de cuentos. Supongamos que la madre y los niños llegan a un agradable lugar donde pasar un bello rato juntos. En primer lugar, la madre no tiene por qué entretener a los pequeños: no debiera haber libros de cuentos, ni contarse cuentos; se debiera hablar lo menos posible, solo con algún propósito específico. ¿A quién se le ocurriría divertir a los niños con un cuento o ponerse a hablar estando en un circo o una obra de títeres? Y en la naturaleza, ¿acaso no se manifiesta algo infinitamente mayor para el deleite de los niños? Esta sabia madre, al llegar, envía a los niños a desahogarse salvajemente con gritos, cantos y alborotos, todas las extravagancias que les venga a la cabeza les son permitidas; no hay distinción entre grandes y pequeños; a estos últimos les encanta seguir el son de los niños mayores y, tanto en las lecciones como en el juego, hacen lo que pueden según sus pequeñas capacidades. En cuanto al bebé, está absolutamente feliz: despojado de sus prendas, patea y gatea, agarra la hierba, ríe con su risita suave de infante, y absorbe su pequeño conocimiento sobre las formas y las propiedades en su manera maravillosa que le es propia, vestido con una túnica amplia y suelta de lana, muy apropiada para la ocasión y para el uso que se le dará.

II. Exploración del entorno

No pasa mucho tiempo sin que los demás vuelvan donde está la madre y, ahora que la mente se ha refrescado y los ojos se disponen a observar, ella los envía a hacer una expedición de exploración, con preguntas como: ¿Quién puede ver lo más posible, y contarle lo más que se pueda sobre aquel montículo o arroyo, ese seto o tal bosquecillo? He aquí un ejercicio que deleita a los niños, y que se puede hacer de muchas diferentes formas, a la manera de un juego, pero con la exactitud y el cuidado de una clase.

Cómo ver. Descubran todo lo que puedan sobre esa cabaña al pie de la colina; pero no se acerquen demasiado. Pronto están de vuelta, y hay una multitud de rostros emocionados, y un alboroto de lenguas, y observaciones varias con alientos entrecortados que se lanzan al oído de la madre: «Hay colmenas de abejas». «Vimos muchas abejas juntas». «Hay un jardín grande». «Sí, y hay girasoles en el jardín», «y margaritas y pensamientos». «Y hay muchas hermosas flores azules con hojas ásperas; madre, ¿qué piensas que es?» «Borraja para las abejas, muy probablemente; les gusta mucho» «Oh, y hay manzanos, perales y ciruelos a un lado; hay un pequeño camino en el medio». «¿A qué lado están los árboles frutales?» «A la derecha no, a la izquierda; déjame ver, ¿con qué mano escribo? Sí, es el lado derecho. Y hay papas y coles, y menta y cosas al otro lado» «¿Dónde están las flores, entonces?» «Oh, están solo en las orillas, a cada lado del camino». «Pero no le hemos contado a mamá sobre el maravilloso manzano; ¡creo que tiene un millón de manzanas, todas maduras y rosadas!» «¿Un millón, Fanny?» «Bueno, muchas, madre; no sé cuántas». Y así sucesiva e indefinidamente; la madre obtiene poco a poco una descripción completa de la cabaña y su jardín.

Usos educativos del reconocimiento de lugares. Todo esto es un juego para los niños, pero la madre está llevando a cabo un trabajo invaluable; ella está entrenando las facultades infantiles de observación y expresión, aumentando su vocabulario y su rango de ideas al enseñarles el nombre y los usos de un objeto en el momento correcto, por ejemplo, cuando preguntan, «¿qué es?» y «¿para qué es esto?». Ella está instruyendo a sus hijos en hábitos de veracidad, ayudándolos a ser cuidadosos de ver el hecho y exponerlo con precisión, sin omisión ni exageración. El niño que describe: «Un árbol alto, que llega a cierta altura, que tiene hojas bastante redondeadas; que no es un árbol agradable para dar sombra porque todas las ramas suben», merece aprender el nombre del árbol, y cualquier cosa que su madre tenga que decirle al respecto. Pero el niño distraído, que no deja en claro si está describiendo un olmo o una haya, no debería recibir adulaciones; su madre no debería mover ni un pie para ver dicho árbol, nada la debería convencer de hablar de tal árbol, hasta que, sintiéndose desesperado, vaya el niño y vuelva con algo de información más certera—que si la corteza es áspera o suave, las hojas son ásperas o lisas—y solo entonces, la madre puede considerar, dar su pronunciamiento, y él, lleno de alegría, la lleva para que lo vea por sí misma.

La observación inteligente. Gradualmente, los niños aprenderán de manera inteligente todas las características de los paisajes con los que están familiarizados; y qué posesión tan deleitosa para la vejez y la mediana edad será contar con una serie de imágenes formadas, con todos sus elementos, en el soleado resplandor de la mente infantil. Lo lamentable de los recuerdos infantiles de la mayoría de las personas es que están borrosos, distorsionados, incompletos, tanto así que son tan desagradables de ver como lo es una copa fracturada o una prenda rota; y la razón no es que se hayan olvidado las escenas del pasado, sino que nunca se vieron en realidad. Al momento de verlas, solo se grabó una borrosa impresión de que tales y tales objetos estaban presentes y, naturalmente, después de años, rara vez pueden recordarse los elementos de los cuales el niño no estuvo consciente cuando los tuvo delante de él.

III. «Pintar cuadros»

El método. Tan satisfactoria es la facultad de tomar fotografías mentales, imágenes exactas, de las bellezas de la naturaleza que recorremos el mundo para verlas y sentirnos renovados, que vale la pena que nuestros hijos se ejerciten de otra manera más, siempre con este objetivo en mente. Se debe tomar en cuenta, no obstante, que los niños ven lo que está cerca y los detalles, por lo que será necesario un esfuerzo para que miren de manera más amplia y más lejos. Haga que los niños miren bien una parte del paisaje, y que luego cierren los ojos y evoquen la imagen; si algo de ella está borrosa, que miren de nuevo. Cuando logren una imagen perfecta ante sus ojos, que expresen lo que ven de esta manera: «Veo un estanque; es poco profundo en este lado, pero más profundo en el otro; los árboles llegan al borde del agua en ese lado, y puedo ver las hojas y las ramas verdes tan claramente en el agua que pensaría que hay un bosque debajo. Casi tocando los árboles en el agua hay un poco de cielo azul con una suave nube blanca; y cuando miras hacia arriba ves la misma pequeña nube, pero con mucho cielo en lugar de solo un poco, porque allí no hay árboles. Hay hermosos nenúfares amarillos alrededor del borde más alejado del estanque, y dos o tres grandes hojas redondas levantadas como velas. Cerca de donde estoy parado, tres vacas han venido a beber, y una se ha metido al fondo del agua, casi hasta el cuello», etc.

Esfuerzo de la atención. Este ejercicio también es deleitable para los niños, pero, dado que exige algo de esfuerzo de la atención, es cansador y solo debiera emplearse de vez en cuando. Sin embargo, vale la pena instruir a los niños en el hábito de memorizar un poco de paisaje de esta forma, porque es el esfuerzo de recordar y reproducir lo que cansa; mientras que el placentero acto de ver, en totalidad y en detalle, se repetirá inconscientemente hasta convertirse en un hábito del niño al que se le pide de vez en cuando que reproduzca lo que ve.

Ver en totalidad y en detalle. Al principio, los niños necesitarán un poco de ayuda en el arte de ver. La madre puede decir: «¡Mira el reflejo de los árboles! Quizás hay leña debajo del agua, ¿Te recuerdan algo esas hojas erguidas?» y otros comentarios así, hasta que los niños hayan notado los aspectos destacados de la escena que se despliega frente a ellos. Incluso ella misma puede aprenderse dos o tres imágenes, y describirlas con los ojos cerrados para entretener a los niños; ellos, gracias a que imitan todo, y a su gran empatía, copiarán y harán variaciones en sus propias descripciones a partir de lo que han escuchado decir a su madre.

Los niños se deleitarán con este juego de pintar cuadros aún más si la madre lo presenta describiendo alguna grandiosa galería de imágenes que haya visto—ya sea imágenes montañosas, páramos, mares tormentosos, campos arados, niños pequeños jugando, una anciana tejiendo—añadiendo que, aunque ella no pinta sus cuadros en lienzo y no los enmarca en la pared, lleva consigo galerías de imágenes de esta forma; porque cada vez que ve algo encantador o interesante, lo mira hasta que tiene la imagen en el ojo de su mente; y luego se la lleva, y es suya para siempre, y la puede volver a mirar cuando ella quiera.

Un medio para el solaz y el descanso. Sería difícil sobrevalorar como un medio de solaz y descanso este hábito de ver y guardar. Hasta quienes estamos más ocupados tenemos vacaciones cuando nos liberamos del yugo y nos encontramos cara a cara con la naturaleza, para ser sanados y bendecidos por:

«El bálsamo que respira
El silencio y la calma
De las cosas insensibles y mudas».

[Extracto del poema Three Years She Grew in Sun and Shower poeta inglés William Wordsworth.]

Este descanso inmediato está disponible para todos según su medida; pero es un error suponer que todos pueden llevarse una imagen refrescante de lo que les deleita. Solo unos pocos pueden expresar las escenas visitadas como Wordsworth [en Lines Composed a Few Miles above Tintern Abbey, On Revisiting the Banks of the Wye during a Tour. July 13, 1798]:

«Aunque ausente por mucho tiempo,
Estas formas de belleza han sido para mí
Como es un paisaje para los ojos de un ciego;
Pero a menudo, en habitaciones solitarias, y en medio del estruendo
De pueblos y ciudades, les debo,
En horas de cansancio, sensaciones dulces,
Sentidas en la sangre y en el corazón;
Que pasan incluso hacia mi más pura mente,
Con una tranquila restauración».

Sin embargo, este no es un elevado regalo poético que el resto de nosotros debiéramos contentarnos con admirar, sino una recompensa común por el esfuerzo de ver, y que los padres deberían esforzarse mucho para traspasar a sus hijos.

La madre debiera estar alerta de no estropear la simplicidad, el carácter objetivo del disfrute del niño, tratando sus pequeñas descripciones como proezas de inteligencia que se deban repetir al padre o a los visitantes; de hecho, será mejor que haga un voto de reprimirse, de «no decir nada a nadie» en presencia del niño, aunque el niño demuestre ser un poeta nato.

IV. Las flores y los árboles

Los niños debieran conocer los cultivos locales. En el curso de estos ejercicios de imágenes mentales, se presentarán oportunidades para que los niños se familiaricen con los objetos y las ocupaciones rurales. Si hay tierras de cultivo a su alcance, deben conocer sobre las praderas, los pastos y tierras para pastar, el trébol, y los cultivos de nabos y maíz, en todos sus aspectos, desde el arado de la tierra hasta la obtención de los cultivos.

Las flores de campo y la historia de vida de las plantas. Los niños debieran conocer cada una de las flores silvestres que crecen donde ellos viven y en sus alrededores; debieran poder describir la hoja—su forma, tamaño, si crece desde la raíz o desde el tallo; la forma en que florece—, una cabeza de varias flores [o inflorescencia], una sola flor, o una espiga, etc. Después de haber conocido a una flor silvestre, para que nunca puedan olvidarla o confundirla, se debe examinar el lugar donde la encontró, para que sepa en el futuro en qué tipo de terreno buscar tal y cual flor. «¡Aquí deberíamos encontrar un tomillo salvaje!» «Oh, éste es un lugar muy apropiado para las margaritas; debemos venir aquí en la primavera». Si la madre no es una gran botánica, encontrará que un libro de referencia de alta calidad le será útil, con sus paletas de colores para identificar las flores, nombres comunes, y agradables hechos y datos divertidos sobre las plantas que los niños disfrutarán mucho [referencia original es hacia la obra Wild Flowers de Ann Pratt]. Para coleccionar flores silvestres durante varios meses, presiónelas y colóquelas cuidadosamente en cuadrados de papel grueso, con el nombre, su hábitat y la fecha de hallazgo de cada una, lo cual ofrece una tarea bastante entretenida, y, al mismo tiempo, una capacitación muy útil y mejor aún, que es acostumbrar a los niños a hacer dibujos con pincel de las flores que les interesan, y de la planta completa, si fuera posible.

El estudio de los árboles. A los niños se les debería familiarizar íntimamente con los árboles a temprana edad; deberían elegir seis árboles, ya sea roble, olmo, fresno, haya, en su desnudez invernal, y que se conviertan en sus amigos todo el año. En el invierno, observarán los ligeros bucles del abedul, los brazos nudosos del roble, el crecimiento robusto del sicómoro. Se puede esperar para aprender los nombres de los árboles hasta que lleguen las hojas. Poco a poco, a medida que avanza la primavera, contemple la rigidez generalizada y la vida que se puede ver en las ramas aún desnudas; la vida se siente en el hermoso misterio de las yemas de las hojas, un nido de delicadas hojas nuevas yaciendo en calidez dentro de muchas envolturas impermeables; el roble y olmo, el haya y el abedul, cada uno tiene su propia forma de desplegar y embalar sus follaje; observe los capullos púrpura del limón verde y los fresnos con su bonito pie de ciervo, no verde sino negro,

Seguimiento de las estaciones. Es difícil mantener el ritmo de las maravillas que ocurren «en la temporada de abundancia». Están las candelillas o amentos colgantes y las florecillas de color rubí del avellano—ambos, racimos de flores, dos tipos en un solo árbol; igual que las suaves y robustas ramas del sauce; y la festiva aparición del hermoso follaje de todos los árboles; el aprendizaje de los patrones de las hojas a medida que surgen, y el nombre de los árboles a partir de diversas señales. Luego vienen las flores, cada una encerrada herméticamente en la delicada urna que llamamos brote, tan astutamente envueltas como las hojas en sus brotes, pero menos cuidadosamente protegidas, porque estos «dulces viveros» retrasan su llegada en su mayoría hasta que la tierra tenga una cama caliente para ofrecerle, y el sol le dé una amable bienvenida.

Leigh Hunt sobre las flores. «Supongamos», dice Leigh Hunt, «¡supongamos que las flores en sí mismas fueran nuevas! Supongamos que acabaran de llegar al mundo, una dulce recompensa por alguna nueva bondad… Imagine lo que sentiríamos cuando vemos el primer tallo lateral saliendo del principal, y desplegando una hoja. Cómo miraríamos la hoja que despliega gradualmente su pequeña mano elegante; luego otra, y luego otra; entonces el tallo principal se eleva y produce más; ¡luego uno de ellos da indicaciones de la sorprendente novedad¡un brote! Este misterioso capullo se despliega gradualmente como la hoja, asombrándonos, encantándonos, casi alarmándonos de deleite, como si no supiéramos que encanto viene a continuación, hasta que, por fin, en toda su belleza de hada, y voluptuosidad olorosa, y misteriosa elaboración de escultura tierna y viva, brilla la flor sonrojada». Las flores, es cierto, no son nuevas; pero los niños lo son; y es culpa de sus mayores si cada nueva flor que encuentran no es para ellos una Picciola, un misterio de belleza que se observa día a día con asombro y deleite indescriptibles. [Picciola es el nombre de una flor, y en la novela homónima de Joseph-Xavier Boniface publicada en 1836, un reo sobrevive la prisión gracias a dicha flor en su celda.]

Mientras tanto, hemos perdido de vista esa media docena de árboles del bosque con los que los niños han establecido una especie de camaradería durante el año. Ahora ya tienen el placer de descubrir que los grandes árboles también tienen flores, muy a menudo flores del mismo tono que sus hojas, y que algunos árboles posponen sus hojas hasta que se vayan las flores. Poco a poco llega el fruto, y con él, el descubrimiento de que cada árbol con excepciones que aún no necesitan aprenderda su propio fruto, «fruto y semilla según su especie». Todo esto es conocimiento común para las personas mayores, pero uno de los secretos del educador es no presentar nada como conocimiento obsoleto, sino ponerse en la posición del niño, y maravillarse y admirarse con él; pues, cada milagro común que el niño ve con sus propios ojos hace de él otro Newton en un determinado momento.

Calendarios. Es una tarea de gran importancia que los niños mantengan un calendario con información sobre dónde vieron y cuándo la primera hoja de roble, el primer renacuajo, el primer resbalón, la primera candelilla, las primeras moras maduras. El próximo año sabrán cuándo y dónde buscar sus favoritos y, cada año, estarán en condiciones de agregar nuevas observaciones. Piense en el entusiasmo y el interés, el objetivo que tal práctica dará a las caminatas diarias y pequeñas excursiones. No habrá un día en que el niño no espere que uno de sus tantos amigos de la naturaleza realice algo por primera vez en este ambiente tan familiar para él.

Diarios de la naturaleza. Tan pronto como pueda mantenerlo, un diario de la naturaleza es una fuente de deleite para un niño. Cada día que camina le da algo para registrar: tres ardillas en un alerce, un arrendajo volando sobre un determinado campo, una oruga trepando por una ortiga, un caracol comiendo una hoja de col, una araña que cae repentinamente al suelo, dónde ha encontrado una hiedra, y ésta cómo estaba creciendo, qué plantas estaban creciendo con ella, y cómo la enredadera y la hiedra son trepadoras. A al niño curioso se le ocurren innumerables asuntos para registrar. Si bien es bastante joven (cinco o seis años), debería comenzar a ilustrar sus notas libremente con dibujos a pincel; al principio, debería tener un poco de ayuda para mezclar colores, pero se le debería enseñar los principios, no darle instrucciones. No se le debería decir que use esto y ahora aquello, sino que «conseguiremos el morado al mezclar esto y lo otro», y luego se le debe dejar solo para que obtenga el tinte correcto. En cuanto al dibujo, la instrucción tiene, sin duda, su tiempo y lugar; pero su diario de naturaleza debería entregarse a la propia iniciativa infantil. Un niño de seis años producirá un diente de león, una amapola, una margarita con sus hojas, impulsado por el deseo de representar lo que ve, con sorprendente vigor y corrección. Un libro de ejercicios con cubiertas rígidas sirve para un diario de la naturaleza, pero es necesario tener cuidado al elegir un papel que sirva tanto para escribir como para dibujar con pincel.

«No puedo dejar de pensar». «Pero no puedo dejar de pensar; ¡no puedo hacer que mi mente se detenga!» ¡Pobre niña! Todos los niños deben agradecer a sus mayores por dar voz a sus pequeños problemas sin sentido; y nosotros, los adultos, tenemos tan poca imaginación que enviamos a un niño pequeño con un cerebro demasiado activo a jugar solo en el jardín para escapar de la neblina de las lecciones. ¡Qué poco sabemos cómo la gente en el cerebro corre a toda prisa!

«El (cerebro) humano es como una piedra de molino, gira que gira;
Si nada más tiene por moler, molerse a sí mismo es lo que hará».

Dele al niño un trabajo definido, claro que sí, y dele algo a lo cual dedicarse; pero le ruego, hágalo trabajar con los objetos y no con los símbolos, es decir, las cosas de la naturaleza como están en sus propios lugares, praderas y setos, bosques y playas.

V. «Las creaturas vivientes»

Un campo de estudios que es fuente de interés y deleite. En cuanto a las «criaturas vivientes», he aquí un campo de interés y deleite ilimitados: los animales domesticados no demoran en llegar a ser muy queridos por los niños. Es el caso de quienes viven demasiado lejos del «campo real» como para que las ardillas y los conejos salvajes sean más que un sueño de posibles delicias. Pero con seguridad hay un estanque al alcance—ya sea yendo en automóvil o ferrocarril— donde puedan atrapar renacuajos y luego llevarlos a casa en una botella, alimentarlos y observarlos a través de todos sus cambios en que las aletas desaparecen, las colas se vuelven cada vez más cortas, hasta que finalmente no hay cola en absoluto, y una pequeña rana bastante perturbadora te mira a la cara. Levante cualquier piedra, y encontrará una colonia de hormigas. Siempre se nos ha enseñado a considerar cómo hacen y ser sabios como ellas; pero ahora, piense en todo lo que Lord Avebury [experto en la materia] nos ha compartido sobre esa conocida hormiga de doce años que ya conocemos tan bien. Luego están las abejas. Es posible que algunos de nosotros hayamos escuchado al difunto Dean Farrar describir esa clase en la que estuvo presente, sobre «¿Cómo trabaja la trabajadora abejita?»: el maestro brillante, pero no hay respuesta de parte de los niños, no estaban en absoluto interesados en las trabajadoras abejitas. Él sospechaba la razón, y al interrogar a la clase, descubrió que nadie de los presentes había visto una abeja. «¡No haber visto nunca una abeja! Piense por un momento, lo que eso implica» dijo él, y acto seguido nos conmovió con una elocuente imagen de la triste vida infantil de la cual se han excluido las abejas, los pájaros y las flores. ¡Cuántos niños que no viven en los barrios pobres de Londres, y que, sin embargo, no pueden distinguir una abeja de una avispa, o ni siquiera un abejorro de una abeja!

Se debe alentar a los niños a que miren. Se debe alentar a los niños a mirar, paciente y silenciosamente, hasta que aprendan algo sobre los hábitos y la historia de las abejas, las hormigas, las avispas, las arañas, las peludas orugas, las libélulas, y todo lo que encuentren de mayor tamaño. «¡Los animalitos nunca tienen ningún hábito cuando estoy mirando!» se queja una niñita por ahí en un libro de cuentos; pero la culpa es de ella porque los ávidos y despiertos ojos con los que los niños han sido bendecidos fueron hechos para ver y para observar en detalle lo que hacen las cosas creadas demasiado pequeñas para que las personas mayores puedan observarlas sin ayuda. Las hormigas pueden observarse en el hogar de la siguiente manera: obtenga dos piezas de vidrio de un pie cuadrado, tres piezas de vidrio de once y media pulgadas de largo y una pieza de once pulgadas de largo, todas de un cuarto de pulgada de ancho. El vidrio debe cortarse cuidadosamente para que encaje con exactitud. Coloque las cuatro piezas de vidrio sobre una de las láminas de vidrio y fíjelas en un cuadrado exacto, dejando una abertura de media pulgada, con goma o cualquier buen fijador. Obtenga de un hormiguero unas doce hormigas (las hormigas amarillas son las mejores, ya que las rojas tienen una tendencia a la riña), algunos huevos y una reina. La reina tendrá el doble de tamaño que una hormiga común, por lo que se puede ver fácilmente. Tome un poco de la tierra del hormiguero. Coloque la tierra con las hormigas y los huevos sobre la lámina de vidrio y fije la otra lámina arriba, dejando solo el pequeño agujero en una esquina, hecho por la pieza más corta, que debe taparse con un poco de algodón. Las hormigas estarán inquietas durante unas cuarenta y ocho horas, pero luego comenzarán a asentarse y a organizar la tierra. Retire el tapón de lana una vez a la semana y vuélvalo a poner empapado en dos o tres gotas de miel. Una vez cada tres semanas, retire el tapón para colocar unas diez gotas de agua con una jeringa; no es necesario hacer esto en el invierno mientras las hormigas duermen. Un «nido» así durará años.

Con respecto al horror que algunos niños muestran ante el escarabajo, la araña, y el gusano, eso se aprende generalmente de los adultos. Los hijos de Charles Kingsley corrían tras su papá con un «delicioso gusano», un «sapo encantador», un «tierno escarabajo» que acarreaban con ternura en ambas manos. Existen, no obstante, verdaderos miedos que no se pueden superar, como el horror por las arañas que tenía el mismo Kingsley; pero los niños que están acostumbrados a sostener y admirar orugas y escarabajos desde su infancia no darán paso a esos temores. El niño que pasa una hora observando las formas de un nuevo «gusano» que ha encontrado, será un hombre que dejará huella. Que todo lo que descubra al respecto sea ingresado en su diario—que escriba su madre, si aún le cuesta escribir: dónde lo encontró, qué está haciendo o parece estar haciendo; el color, la forma, las patas. Algún día se encontrará nuevamente con la criatura y reconocerá la descripción de un viejo amigo.

La influencia de la opinión pública en el hogar. Algunos niños nacen naturalistas, con una inclinación heredada, quizás, de un ancestro desconocido; pero cada niño tiene un interés natural por los seres vivos, lo cual corresponde a los padres alentar, ya que pocos niños son capaces de mantener su postura frente a la opinión pública; y si ven que las cosas que les interesan son indiferentes o desagradables para los adultos, su placer en ellas desaparece, y ese capítulo del libro de la naturaleza se habrá cerrado para ellos. Es probable que el libro La historia natural de Selborne [obra publicada originalmente en 1789, es un relato de la vida del campo, escrito por un apasionado de los clásicos, la poesía y los pájaros y es tenido como uno de los mejores libros de historia natural que se hayan escrito] nunca hubiera existido si no hubiera sido porque el padre del autor solía llevar a sus hijos a expediciones diarias de búsqueda donde ninguna cosa en movimiento o crecimiento, ninguna piedrecilla ni roca gigante a millas alrededor de Selborne se escapaba de sus atentas observaciones. De la misma forma, Audubon, el ornitólogo estadounidense, es otro ejemplo de lo que provoca este tipo de instrucción a temprana edad. «Apenas había aprendido a caminar y a articular las primeras palabras siempre tan entrañables para los padres, cuando me mostraron lo que producía la naturaleza, disponible en abundancia a mi alrededor… Mi padre generalmente acompañaba mis pasos, me buscaba pájaros y flores, y me señalaba los elegantes movimientos del ave, la belleza y la suavidad de su plumaje, cómo manifestaban su contentamiento o su sensación de peligro, y las siempre perfectas formas y espléndido atuendo de las flores. Hablaba él de la partida y el regreso de los pájaros con las estaciones, describía sus guaridas y, lo más maravilloso que todo, el cambio de su plumaje, motivándome así a estudiarlos y elevar mi mente hacia su gran Creador».

Qué pueden hacer los niños de la ciudad. Los niños de la ciudad pueden disfrutar mucho mirando a los gorriones—inteligentes pajaritos, y fácilmente amansados a cambio de puñado de migas de pan—, quienes serán sus nuevos amigos afuera. Pero se puede hacer mucho con los gorriones. Un amigo escribe así: «¿Has visto al hombre en los jardines de Tuileries que alimenta y habla con docenas de ellos? Se sientan en su sombrero, en sus manos y se alimentan de sus dedos. Cuando levanta los brazos, todos revolotean y luego nuevamente se acomodan sobre él y lo rodean. Lo vi llamar a un gorrión desde la distancia por su nombre y no darle la migaja a ninguno más hasta que «petit choul», un gorrión de varios colores, llegó a buscar su porción destinada, pero no pude notar ninguna característica distintiva; y la multitud de gorriones en el camino, en bancos y barandillas, formaron una audiencia muy atenta a la brillante conversación en francés que los mantuvo en constante movimiento, ya que estaban, aquí y allá, invitados a venir a cambio de un bocado tentador. ¡Toda una representación de San Francisco y los pájaros!» [en referencia a la obra de Giotto «San Francisco predicando a los pájaros» (1300)].

El niño que no conoce la complexión corpulenta y el pecho manchado del tordo, el elegante vuelo de la golondrina, el pico amarillo del mirlo, el sonido de la canción que la alondra vierte desde lo alto, es digno de lástima casi tanto como aquellos niños de Londres que «nunca habían visto una abeja». Un encantador conocido que es fácil de reconocer es la peluda oruga. El momento propicio para apoderarse de ella es cuando se la ve arrastrando los pies por el suelo con mucha prisa en búsqueda de un lugar tranquilo donde poder recostarse: póngala en una caja y cubra la caja con una red para que pueda observar sus actividades. La comida no es importanteella tiene otras cosas en las cuales pensar. Muy pronto habrá tejido una especie de carpa o hamaca blanca, en la que se esconde, y a través de la cual se puede mirar la oruga, y hasta ver quizás el momento mismo en que su piel se divide, convirtiéndola durante meses en una masa en forma de huevo sin ningún signo de vida. Por fin, el ser vivo dentro se escapa de ese envoltorio, y ahí está, la hermosa polilla tigre, agitando sus débiles alas contra la red. La mayoría de los niños de seis años han probado esta experiencia de naturalista, y vale la pena mencionarla solo porque, en lugar de ser simplemente una diversión inofensiva, es un valioso trozo de educación, más útil para el niño que la lectura de todo un libro de historia natural, o mucha geografía y latín. El mal de esto radica en que los niños obtienen su conocimiento de la historia natural, igual que todo su conocimiento, de segunda mano; están tan saciados de maravillas que nada los sorprende; y están tan poco acostumbrados a ver por sí mismos que nada les interesa. La cura para esta afección del hastío es dejarlos tranquilos un poco y luego comenzar de nuevo en forma distinta. Pobres niños, no es culpa suya si no son como debían ser, es decir, almitas curiosas y ávidas, todas anhelantes por explorar tanto de este maravilloso mundo como les sea posible, tal como la ocupación prioritaria de la vida.

«Ora mejor quien ama más
Todas las cosas grandes y pequeñas;
Porque el Dios amante que nos ama,
Él las hizo y las ama todas».

El conocimiento de la naturaleza es lo más importante para los niños pequeños. Sería bueno si todas las personas en posición de autoridad, los padres y todos los que actuamos a nombre de los padres, pudiéramos ponernos de acuerdo en que no hay ningún tipo de conocimiento que se pueda obtener en estos primeros años tan valioso para los niños como el que obtienen por sí mismos del mundo en el que viven. Que se pongan en contacto con la naturaleza una vez, y se formará un hábito que será una fuente de deleite durante toda la vida. Todos hemos sido destinados a ser naturalistas, cada uno en su propia medida, y no hay excusa válida para vivir en un mundo tan lleno de prodigios de la vida animal y vegetal y no interesarse por nada de ello.

El entrenamiento mental del niño naturalista. Consideremos también, cuán inigualable es el entrenamiento mental que está obteniendo el niño naturalista para cualquier estudio o vocación que existe bajo el solla facultad de la atención, de discriminación, de la búsqueda paciente, y que al aumentar a medida que él mismo crece, ¡le serán de utilidad para una infinidad de áreas! Por otro lado, la vida es tan interesante para él, que no tendrá tiempo para incurrir en las faltas de mal genio que generalmente tienen su origen en el tedio. Ya no hay razón por la que debiera sentirse irritable, malhumorado u obstinado con tal pasatiempo constante.

Las actividades en la naturaleza son especialmente valiosas para las niñas. Me refiero a «él» por la fuerza de la costumbre, como hablando del sexo representativo, pero en verdad el hecho de que ella debiera estar igual de familiarizada con la naturaleza es un asunto de infinita mayor importancia para la niñita, puesto que es ella la que está más tentada a caer en el mal temperamento (en tanto niña como mujer) cuando el tiempo le sobra; ella cuyos hábitos mentales más ociosos y desordenados requieren el estímulo y el gobierno de una ocupación absorbente y dedicada; cuya salud más débil requiere el fortalecimiento que otorga la vida al aire libre llena de emociones saludables. Por lo demás, es para las niñas, pequeñas y grandes, una verdadera cortesía sacarlas del ensimismamiento y de los consabidos mezquinos intereses y rivalidades personales con las que con demasiada frecuencia se ven rodeadas; y finalmente, ¿con quién sino con las niñas descansa el modelamiento de las generaciones que están aún por nacer?

VI. El conocimiento de la naturaleza y las obras de naturalistas

Reverencia por la vida. ¿Es aconsejable, entonces, enseñar a los niños los elementos de las ciencias naturales, de la biología, la botánica y la zoología? En general, no: la disección incluso de una flor es dolorosa para un niño sensible y, durante los primeros seis u ocho años de vida, no se les debería enseñar ninguna botánica que requiera arrancar las flores y romperlas en pedazos; mucho menos permitirles dañar o destruir cualquier forma (indefensa) de vida animal. La reverencia por la vida, en tanto maravilloso y terrible regalo, que un niño despiadado puede destruir, pero nunca restaurar, es una lección de primera importancia para el niño:

«Que el conocimiento vaya siempre en aumento;
Y que mayor reverencia habite en nosotros».

El niño que ve a su madre llevar reverentemente una gota de nieve a sus labios, aprende una lección de mayor valía que la que le enseña «la letra impresa». Años después, cuando los niños tengan la edad suficiente para comprender que la ciencia en sí misma es en cierto sentido sagrada y exige algunos sacrificios, toda la «información común» que hayan reunido hasta entonces, y los hábitos de observación que hayan adquirido serán el fundamento más importante para su educación científica. Mientras tanto, que consideren los lirios del campo y las aves del aire.

Clasificación aproximada de primera mano. Para realizar mejores descripciones, debieran poder nombrar y distinguir pétalos, sépalos, etc. y se les debiera animar a que hagan clasificaciones tan aproximadas como puedan con su poco conocimiento de las formas animales y vegetales: plantas con hojas en forma de corazón o de cuchara, con hojas enteras o divididas; hojas con venas entrecruzadas y hojas con venas rectas; flores en forma de campana y flores en forma de cruz; flores con tres pétalos, con cuatro o con cinco; árboles que mantienen sus hojas todo el año, y árboles que las pierden en otoño; criaturas con y sin columna vertebral; criaturas que comen hierba y criaturas que comen carne, y así sucesivamente. Hacer colecciones de hojas y flores prensadas y montadas, y ordenarlas de acuerdo con su forma, ofrece mucho placer y, lo que es mejor, una formación valiosa para notar diferencias y semejanzas. Es posible encontrar los patrones para este tipo de clasificación de hojas y flores en todos los libros de botánica elemental.

El poder de clasificar, discriminar, distinguir entre cosas que difieren, se encuentra entre las facultades más altas del intelecto humano, y no se debe dejar escapar ninguna oportunidad de cultivarlo; pero una clasificación sacada de los libros, que el niño no hace por sí mismo y que no puede verificar por sí mismo, no cultiva ninguna otra facultad que la memoria verbal, lo cual se puede conseguir también aprendiendo una o dos frases en «tamil» u otra lengua desconocida.

Usos de los libros de «naturalistas».  En esta etapa, el uso real de los libros de los naturalistas es dar al niño visiones encantadoras del mundo de las maravillas en las que vive, revelar el tipo de cosas que pueden ver los ojos curiosos y llenarlo de deseo de hacer descubrimientos por sí mismo. Hay muchas opciones de obras así, todas de lectura agradable, muchas de ellas escritas por científicos, y que, sin embargo, requieren poco o ningún conocimiento científico para disfrutarlas.

Las madres y los maestros deben saber sobre la naturaleza. La madre debería dedicarse a este tipo de lectura, no solo para que pueda leerles a sus hijos algo sobre los asuntos con los que se encuentran, sino también para responder sus preguntas y dirigir su observación. No solo la madre debiera hacer esto, sino cualquier persona que pase una o dos horas en la compañía de los niños, debería apropiarse de este tipo de información; los niños le apreciarán enormemente por saber lo que ellos quieren saber, y quizás también pueda llegar a ser de inspiración para alguna mente joven destinada a hacer grandes cosas por el mundo.

VII. El niño adquiere el conocimiento por medio de sus sentidos

 La enseñanza de la naturaleza. Observe a un niño mirando fijamente algo nuevo, y verá que está tan naturalmente ocupado como un bebé en el pecho; él está, de hecho, comiendo la comida intelectual que en ese momento requiere la facultad intelectual de su cerebro. En sus primeros años el niño es todo ojos; él observa, o más bien, percibe, valiéndose de la vista, el tacto, el gusto, el olfato y la audición, para aprender todo lo que pueda sobre todas las cosas nuevas con las que se llega a encontrar. Todo el mundo sabe cómo un bebé hace para llevarse los pequeños y suaves deditos a la boca, y cómo golpea la cuchara o la muñeca para hacer ruido, que le entregaron adultos desdeñosos para que «se quedara tranquilo». Ahí está el niño en sus clases, aprendiendo todo a un ritmo increíblemente rápido según el fisiólogo, quien considera lo mucho que implica, por ejemplo, el acto de «ver»: para un bebé, tal como para un adulto que acaba de recobrar la vista, al principio no hay diferencia entre un objeto plano y un cuerpo redondo, es decir, que las ideas de forma y solidez no se obtienen a través de la vista, sino que se obtienen a partir de la experiencia.

Luego, piense en ese pequeño puño que se alza al aire con movimientos algo temblantes para lograr coger algo, y verá también cómo aprende el paradero de las cosas, aún sin tener idea de la dirección. ¿Y por qué llora por la luna? ¿Por qué anhela de la misma forma un caballo o un insecto para jugar? Porque lejos y cerca, grande y pequeño son ideas que aún no llega a comprender. El niño tiene mucho que hacer antes de estar en condiciones de «creer en sus propios ojos»; pero la naturaleza enseña tan gentilmente, tan gradualmente, tan persistentemente, que nunca lo deja exhausto, sino que, al contrario, él no deja nunca de acumular pequeñas reservas de conocimiento sobre lo que llega a conocer.

Y este es el proceso que el niño debe continuar durante los primeros años de su vida; éste es el tiempo que debe usarse en familiarizar al niño con todo lo que le rodea. Poco a poco tendrá que concebir cosas que nunca ha visto: y ¿cómo puede hacer tal cosa, excepto en comparación con las cosas que ya ha visto y que conoce? Poco a poco se le pedirá que reflexione, comprenda y razone; ¿con qué material contará para ello, a menos que cuente con una reserva de hechos a partir de los cuales empezar? El niño al que se le ha hecho observar cuán alto está el sol en el cielo al mediodía en un día de verano, y qué tan bajo está al mediodía a mediados de invierno, puede concebir el gran calor de los trópicos bajo un sol vertical, y de entender que el clima de un lugar depende en gran medida de la altura media que alcanza el sol sobre el horizonte.

Demasiada presión. Últimamente se ha dicho mucho sobre el peligro de la presión en demasía, de exigir demasiado trabajo mental a un niño en sus años tiernos. El peligro existe; pero radica, no en darle demasiado al niño, sino en darle lo que no debería hacer, es decir, el tipo de trabajo que no puede realizar porque su desarrollo mental no se lo permite. ¿Quién espera que un niño en sus primeros años levante 100 kilos? Pero dele al niño el trabajo que por naturaleza es para él, y la cantidad que puede superar con facilidad es prácticamente ilimitada. ¿Quién ha visto a un niño cansado de ver, de examinar a su manera las cosas desconocidas? Este es el tipo de alimento mental para él por el cual tiene un apetito ilimitado, ya que ese es el alimento de la mente que, en el momento presente, lo hará crecer.

Lecciones objetivas. Ahora bien, ¿hasta qué punto se satisface este deseo por el sustento natural? En las escuelas para menores de 5 años y hasta el Kindergarten, se satisface a través de la clase dada en torno a objetos, lo cual es bueno si no hay nada más, pero a veces es como ese único grano al día con el cual ese francés alimentaba a su caballo en la historia que conocemos. El niño en casa tiene más cosas para observar, aunque menos método. Sin embargo, ni en casa ni en la escuela se hace un gran esfuerzo para presentarle al niño el abundante «banquete de los ojos» que él requiere y necesita.

Un niño aprende de las «cosas». Las personas mayores, debido en parte a nuestro intelecto más maduro, y en parte a nuestra educación defectuosa, obtenemos la mayoría de nuestro conocimiento a través de las palabras, y queremos que el niño aprenda de la misma manera, pero encontramos que no entiende y que se le hace difícil. ¿Por qué? Porque son solo unas pocas palabras que usa comúnmente con las cuales asocia un significado definido; todo lo demás no son para él más que los vocablos de una lengua extranjera. Pero colóquelo cara a cara con una cosa, y él es veinte veces más rápido que usted en saberlo todo; el conocimiento de las cosas llega volando a la mente de un niño tal como las limaduras de acero vuelan hacia un imán. Al mismo tiempo que adquiere su conocimiento de las cosas, su vocabulario aumenta, ya que es una ley de la mente el que luchemos por expresar lo que sabemos. Este hecho explica muchas de las preguntas aparentemente sin sentido de los niños; ellos están en la búsqueda, no de conocimiento, sino de palabras para expresar el conocimiento que tienen. Ahora bien, considere qué desperdicio de energía intelectual es encerrar dentro de las cuatro paredes de una casa, o en las tristes calles de una ciudad a un niño bendecido con esta capacidad desmesurada de ver y conocer; tampoco es mejor dejarlo vagar libre en el campo donde hay mucho que ver, puesto que es casi igual de dañino dejar que esa gran facultad del niño se disipe en observaciones arbitrarias por falta de método y dirección.

El sentido de la belleza proviene del contacto temprano con la naturaleza. Los niños pueden aprender una ilimitada cantidad de cosas que nunca olvidarán incluso antes de comenzar la escuela. El niño que espontáneamente puede decir dónde encontrar la media docena de abedules más elegantes, o los tres o cuatro mejores fresnos en el vecindario de su casa, tiene mayores posibilidades en la vida en comparación con aquel niño que no diferencia un olmo de un roble. No se trata solo de posibilidades de éxito, sino  también posibilidades de una vida más amplia y feliz, porque es interesante cómo ciertos sentimientos están vinculados con la mera observación de la naturaleza y los objetos naturales. «El sentido estético, de lo bello, de lo sublime, de lo armonioso parece que se conecta en su forma más elemental directamente con las percepciones que surgen del contacto de la mente con la naturaleza externa», indica el Dr. Carpenter al mismo tiempo que cita al Dr. Morell, quien declara bien efectivamente que «todas las personas que han demostrado una apreciación acentuada de las formas y de la belleza, dicen que sus primeras impresiones datan de un período muy anterior al tiempo de las ideas definidas o de la instrucción verbal».

La mayoría de los hombres adultos pierden el hábito de observación. Por lo tanto, somos algo deudores del señor Evans por llevar con él a su pequeña hija Mary Anne en sus largos viajes de negocios por los agradables caminos de Warwickshire; en las rodillas de su padre, la niña veía mucho y decía poco; y el resultado fueron las escenas de la vida rural descritas en Adam Bede y en The Mill on the Floss [obras de la escritora realista inglesa George Eliot, seudónimo de Mary Ann Evans]. Wordsworth, por su parte, fue criado en las montañas, y llegó a ser un profeta de la naturaleza; mientras que Tennyson dibujaba imágenes interminables de los condados orientales donde creció. Dickens, por su parte, hace que su héroe hable de una sólida filosofía y de una afable lógica cuando escribe que el pequeño David Copperfield era «un niño muy observador», quien en sus propias palabras decía: «creo que el recuerdo de la mayoría de nosotros puede remontarse mucho más lejos de lo que muchos suponemos; así como creo que el poder de la observación en muchos niños pequeños es muy maravilloso por su fidelidad y su precisión. De hecho, creo que se puede decir que no es que la mayoría de los hombres adultos que se destacan a este respecto hayan adquirido esta facultad de observación, sino que en realidad nunca la han perdido; esto dado que observo generalmente que tales hombres conservan una cierta frescura, gentileza y capacidad de satisfacción, que también son una herencia conservada de su infancia».

VIII.  Se debe familiarizar al niño con los objetos naturales

 A un niño observador se le debe llevar hacia las cosas que vale la pena observar. Pero, ¿de qué sirve ser «un niño muy observador», si no lo colocamos frente a cosas que vale la pena observar? Aquí radica la diferencia entre las calles de una ciudad y las vistas y sonidos del campo, ya que hay mucho que ver en una ciudad, y los niños acostumbrados a las calles se vuelven lo suficientemente alertas e inteligentes, pero los fragmentos de información que recogen en una ciudad son fragmentos aislados; no se relacionan con nada más, ni llegan a algún lado; es posible que la información sea conveniente, pero nadie aumenta en sabiduría por saber de qué lado de la calle está Smith’s y qué desvío hay que tomar para ir a la tienda de Thompson.

Todo objeto natural es miembro de una serie de objetos. Ahora tome un objeto natural, cualquiera sea, y estará estudiando un elemento de un grupo, un objeto en una serie de varios; por tanto, el conocimiento que se obtenga sobre él se aplica también a la ciencia que incluye a todos los de su tipo. Rompa una rama más vieja en la primavera y notará un anillo que rodea el centro de un meollo, he ahí a simple vista una característica distintiva de una gran división del mundo vegetal. Recoja una piedra, y note sus bordes perfectamente lisos y redondeados, la razón es que la desgastó el agua, y la desgastó el tiempo. Este pequeño guijarro nos enfrenta cara a cara con el hecho de la desintegración, la fuerza a la que debemos, más que a ninguna otra, aquellos aspectos del mundo que llamamos pintorescos, ya sea la cañada, el barranco, el valle, la colina. No es necesario que se le diga al niño nada sobre la desintegración o sobre las dicotiledóneas, sino que solo hay que dejarlo que observe la madera y el meollo en la ramita del avellano, la agradable redondez de la piedrecilla; pronto aprenderá los fundamentos de los hechos con los que ya está familiarizado—lo cual es muy distinto de aprender la causa de hechos que nunca ni siquiera ha percibido en su vida.

El poder pasará, cada vez más, a las manos de hombres científicos. Vale la pena que la madre se esfuerce todos los días día para asegurarse, en primer lugar, de que sus hijos pasen horas al día entre objetos rurales y naturales; y, en segundo lugar, de infundir en ellos, o más bien, causar que atesoren, el amor por la investigación. «En forma deliberada lo digo», dice Kingsley, «como estudiante de la sociedad y de la historia, que el poder pasará cada vez más a manos de hombres científicos que gobernarán y se pondrán en acción—con cautela, esperamos, y con modestia y caritativamente—ya que al aprender el verdadero conocimiento habrán aprendido también sobre su propia ignorancia, y la inmensidad, la complejidad, el misterio de la naturaleza. No obstante, también podrán gobernar, podrán ponerse en acción, porque se han tomado la molestia de aprender los hechos y las leyes de la naturaleza».

La intimidad con la naturaleza contribuye al bienestar personal. Pero facultarlos para que naden con la corriente es el menor de los beneficios que esta instrucción temprana confiere a los niños; es más, el amor por la naturaleza, implantado tan temprano que les parecerá a ellos que nacieron con él, enriquecerá sus vidas con intereses puros, y será la fuente de actividades, salud y buen humor. Dice el mismo escritor, «He visto al joven de fieras pasiones y audacia incontrolable usar sanamente esa energía que lo amenazaba con hundirlo en la imprudencia o el mismo pecado, cazando y coleccionando, a través de rocas y pantanos, nieve y tempestad, todas las aves y los huevos del bosque cercano… He visto a la bella joven de Londres, entre toda la agitación y la tentación del lujo y la adulación, poseedora de un corazón puro y una mente ocupada en un gabinete lleno de conchas y fósiles, flores y algas, manteniéndose libre de mancha del mundo, considerando los lirios del campo, cómo crecen».

IX. La geografía al aire libre

Grandes enseñanzas a partir de las pequeñas cosas. Después de extendernos sobremanera sobre el tema anterior con el propósito de que las madres comprendan la suprema importancia de despertar en sus hijos un amor por la naturaleza y los objetos naturalesmanantial profundo del cual emanan aguas puras que llegan a los lugares más secos de los últimos años de la vidadebemos regresar a la madre, a quien hemos dejado afuera todo este tiempo, esperando para saber qué hará a continuación. No vamos a ignorar a nuestra tierra encantadora en la educación al aire libre de los niños, como fue el siguiente caso: «¿Cómo tienes tiempo para hacer tanto?» «Oh, dejo de lado temas sin valor educativo; no enseño geografía, por ejemplo», dijo un avanzado joven teórico que poseía todo tipo de diplomas.

La geografía pictórica. Pero la madre, que sabe más, encontrará cientos de oportunidades para enseñar geografía: un estanque de patos equivale a un lago o un mar interior; cualquier arroyo servirá para ilustrar los grandes ríos del mundo; un montículo se convierte en una montaña o un sistema alpino; un grupo de avellanos da una idea de los grandes bosques del Amazonas; un pantano cubierto de juncos, los arrozales de China; una pradera, las praderas sin fin del Oeste; las lindas flores púrpura de la malva común se convierten en un lenguaje en el cual se describen los campos de algodón de los estados del sur: de hecho, todo el campo de la geografía pictórica—los mapas pueden esperar—puede estudiarse de esta manera.

La posición del sol. Y no solo esto: a los niños se les debe enseñar a observar la posición del sol en el cielo desde una hora a la otra y, gracias a su posición, decir la hora del día. Por supuesto, querrán saber por qué el sol nunca deja de viajar, y así se cuenta una historia maravillosa, que es bueno que aprendan en el «tiempo de fe», de los tamaños relativos del sol y la tierra, y de la naturaleza y los movimientos de la última.

Nubes, lluvia, nieve y granizo. «Las nubes y la lluvia, la nieve y el granizo, el viento y el vapor que ejecuta su palabra» son todos misterios cotidianos que la madre deberá explicar con precisión, aunque sea de manera simple. Hay ciertas ideas que los niños debieran obtener dentro de un radio a pie de su propia casa para contar con una comprensión real de los mapas y de los términos geográficos.

Por ejemplo, la distancia es uno de dichos términos; y la primera idea que debe abordarse sobre ella será por medio de algo que los niños consideran un deleitable procedimiento y que consiste en que un niño camine a su ritmo habitual; que alguien mida y le diga la longitud de su paso, y que él mida los pasos de sus hermanos y hermanas. Así con una determinada caminata, una determinada distancia, por aquí y por allá, se miden solemnemente los pasos, y una pequeña suma siguetantas pulgadas o tantos centímetros abarcados con cada paso es igual a tantos metros en total. Varias distancias cortas por la casa del niño se miden de esta manera; y cuando la idea de abarcar una distancia está completamente establecida, se introduce la idea del tiempo como una herramienta de medición. Se anota el tiempo necesario que se demoró en caminar cien yardas. Después de descubrir que se necesitan dos minutos para caminar cien yardas, los niños podrán dar el siguiente paso: que, si han caminado durante treinta minutos, la caminata debería medir mil quinientas yardas; que en treinta y cinco minutos deberían haber caminado una milla, o mil setecientos cincuenta yardas, y luego podrían agregar las diez yardas más para completar una milla. Cuanto más largas sean las piernas, más largo será el paso, y la mayoría de los adultos pueden caminar una milla en veinte minutos.

La dirección. Cuando se hayan familiarizado un poco con la idea de la distancia, se debería presentar la de dirección. El primer paso consiste en que los niños se conviertan en observadores del progreso del sol, ya que el niño que observa el sol durante un año y anota por sí mismo (o que dicta) el tiempo y el punto en que éste sale y se pone durante la mayor parte del año, contará con el fundamento de mucho conocimiento concreto. Dicha observación debería incluir el reflejo de la luz del sol, la luz del atardecer reflejada por las ventanas al lado este, la luz de la mañana por las ventanas del lado oeste; la variada longitud e intensidad de las sombras y la causa de éstas, lo cual se aprende situando una figura situada entre una cortina y una vela y observando la sombra proyectada. El niño también debiera asociar las horas calurosas del día con el sol en lo alto, y las horas frescas de la mañana y la tarde con el sol bajo; y se le debiera recordar que, si se pone justo frente al fuego, siente más calor que si se pusiera en un rincón de la habitación. Cuando se le ha preparado con una pequeña observación del curso del sol, estará listo para adquirir la idea de la dirección, la cual depende completamente del sol.

Este y oeste. Por supuesto, las dos primeras ideas son que el sol sale por el este y se pone por el oeste; a partir de tal hecho, podrá determinar la dirección en la que se encuentran los lugares cercanos a su hogar o las calles de su propio pueblo. Dígale que se ponga de pie de manera que su lado derecho esté hacia el este, donde sale el sol, y su izquierda hacia el oeste, donde se pone el sol: estará mirando hacia el norte y dará la espalda al sur. Todas las casas, calles y pueblos a su derecha están al este de él, los de la izquierda están al oeste. Los lugares a los que se debe caminar hacia adelante para llegar están al norte de él, y los lugares detrás de él están al sur. Si se encuentra en un lugar nuevo para él donde nunca ha visto salir o ponerse el sol y quiere saber en qué dirección corre un determinado camino, debe notar en qué dirección cae su propia sombra a las doce en punto, porque al mediodía la sombra de todos los objetos cae hacia el norte. Entonces, si está mirando al norte, tiene, igual que antes, el sur a su espalda, el este a su mano derecha, el oeste a su izquierda; o si está mirando al sol al mediodía, entonces está en dirección al sur.

Práctica para discernir la dirección. En este punto el niño aprenderá algo interesante sobre los nombres de nuestros grandes ferrocarriles [en Inglaterra los nombres de las líneas de ferrocarril son los puntos cardinales y sus variaciones]. Con un poco de práctica, el niño puede estar listo para identificar las direcciones de los lugares; que observe cómo cada una de las ventanas de su salón de clase están ubicadas, o las ventanas de cada una de las habitaciones de su hogar; las hileras de casas que pasa en sus paseos, y cuáles son los lados norte, sur, este y oeste de las iglesias que conoce. Pronto estará preparado para notar la dirección del viento al considerar el humo de las chimeneas, el movimiento de las ramas, del maíz, de la hierba, etc. Si sopla viento norte, tendremos nieve. Si sopla un viento del oeste, esperamos lluvia. Se debe poner atención en esta etapa de dejarle claro al niño que el viento lleva el nombre de la dirección de donde proviene, y no desde el punto hacia el cual sopla—tal como su nacionalidad es determinada por el país en que nació, y no por el país al que va de visita. Las ideas de la distancia y la dirección ahora se pueden combinar. Por ejemplo, tal edificio está a doscientos metros al este del pórtico, tal pueblo está a dos millas hacia el oeste. Pronto el niño se encontrará con la dificultad de que un lugar no está exactamente al este o el oeste, o al norte o al sur. Está bien dejarlo que dé, de una forma inexacta, la dirección de los lugares como: «más al este que al oeste», «muy cerca del este, pero no del todo», «justo en la mitad entre el este y el oeste». De esta forma, el niño valorará aún más los medios exactos de expresión por haber sentido la necesidad de ellos.

Más tarde, se le debería presentar las maravillas de la brújula del marinero, debiera tener su propia pequeña brújula de bolsillo, y observar los cuatro puntos cardinales y todos los demás puntos. Estos recursos le proporcionarán los nombres de las direcciones que le ha resultado difícil describir.

Ejercicios de manejo de la brújula. Al contar con una brújula, el niño debería hacer ciertos ejercicios de esta manera: dígale que sostenga el N de la brújula hacia el norte diga algo así: «Ahora, con la brújula en la mano, gira hacia el este, y verás algo notable; la pequeña aguja se mueve también, pero por sí sola en la dirección contraria. Gira hacia el oeste, y nuevamente la aguja se mueve en la dirección opuesta a la que te mueves. Tú giras solo un poco, y la pequeña aguja sigue tu movimiento. Y la miras, preguntándote cómo la pequeña cosa podría percibir que te habías movido, cuando apenas lo notaste tú mismo. Camina derecho en cualquier dirección, y la aguja permanece un poco estable; solo un poco estable, porque estás seguro de que, sin querer, te moviste un poco hacia la derecha o hacia la izquierda. Gira muy lentamente, un poco a la vez, comenzando en el norte y girando hacia el este, y harás que la aguja también se mueva en círculo, esta vez en la dirección opuesta a la tuya, ya que está tratando de regresar al norte desde el cual tú estás girando».

Los límites. Una vez que los niños posean la idea de la dirección, será bien fácil introducir la idea de los límites, como: tal y tal campo de nabos está delimitado por la carretera en el sur, por una cosecha de trigo en el sureste, un seto en el noreste, y así sucesivamente. De esta manera, los niños obtienen gradualmente la idea de que los límites de un espacio dado equivalen simplemente a aquello que lo toca en cada lado; es por esto que un cultivo puede tocar a otro sin ninguna línea divisoria, por tanto, un cultivo limita al otro. Es bueno que los niños obtengan nociones claras sobre este tema o, más adelante, estarán confundidos cuando se enteren de que tal condado está «delimitado» por tal y tal. En relación con los espacios delimitados, ya sean aldeas, pueblos, estanques, campos, o lo que sea, a los niños se les debiera dirigir para que noten los diversos cultivos que se encuentran en el distrito, el porqué de los pastos y el porqué de los campos de maíz, qué tipos de rocas se encuentran allí, y cuántos tipos de árboles crecen en el vecindario. De cada campo u otro espacio que se examine, que dibujen un plano sencillo en la arena, comunicando su forma general, y escribiendo las direcciones N, S, E, O, etc.

Planos. Cuando hayan aprendido a dibujar planos al interior, ocasionalmente recorrerán la longitud de un campo y dibujarán su plano a escala, usando una pulgada como equivalencia de cinco o diez yardas. Después se puede continuar con planos del jardín, de los establos, de la casa, etc.

La geografía local. Es probable que el vecindario le dé al niño la oportunidad de aprender el significado de colina y valle, estanque y arroyo, cuenca, corriente, lecho, bancos, afluentes de un arroyo, las posiciones relativas de pueblos y ciudades; y que toda esta geografía local él pueda dibujar aproximadamente en un plano hecho con tiza sobre una roca, o con el palo con el que camina dibujando en la grava, percibiendo las distancias y situaciones relativas de los lugares que identifica.

X. El niño y la madre naturaleza

La madre debe abstenerse de hablar demasiado. ¿Un plan tan ambicioso suena abrumador para la madre? ¿Quizás se imagina a sí misma teniendo que hablar durante todas esas cinco o seis horas, y a pesar de ello, no abarcar ni un décimo de lo que debiera enseñar? Pero lo opuesto es la realidad porque cuanto menos diga ella, mejor; y en cuanto a la cantidad de trabajo educativo que se debiera realizar, he aquí se presenta de nuevo la fábula del péndulo de la angustia [quizás se refiera a la obra El pozo y el péndulo de Edgar Allan Poe que trata de la terrorífica experiencia de la tortura que llena de angustia y horrores al que la sufre] ya que es cierto que hay innumerables cosas que hacer, pero siempre habrá un segundo de tiempo para hacer algo, y solo una cosa que hacer en un determinado segundo.

Un nuevo conocido. Los pequeños rápidamente habrán jugado, ya sea a «explorar el entorno» o a «pintar cuadros» en un cuarto de hora o algo así; ahora para el estudio de los objetos naturales, un ocasional «¡Mira!» de la madre, su examinación atenta del objeto y el nombre que ella dé, un comentario (de no más de 12 palabras largas) que exprese en el momento adecuado, será para los niños el comienzo de una nueva amistad que ellos profundizarán por sí mismos; y que no más de una o dos de estas presentaciones ocurran en un solo día.

¡Qué atisbo del tiempo libre que le queda a la madre! La verdadera dificultad de la madre, por el contrario, será evitar hablar mucho con los niños, y evitar que se entretengan con ella. Pocas cosas son más dulces y más preciadas para los niños que juguetear con su madre; pero una cosa es mejor y esa es la comunión con la madre más vasta, para lo cual se debe dejar a los niños solos con ella. Es verdaderamente un deleite observar cuando la madre está leyendo su libro o tejiendo, alerta a cualquier intento por que hable; se ve al niño mirar arriba hacia un árbol, o abajo a una florsin hacer nada, sin pensar en nada; o cual pájaro recorrer las ramas de un árbol, o quedarse inmóvil en un éxtasis sin rumbo—haciendo cosas bastante sin sentido o irracionales, pero, todo el tiempo, algo está ocurriendo: la naturaleza está haciendo la parte de ella, con el voto expresado por Wordsworth:

«Esta niña para mí la tomaré:
Ella será mía, yo la haré
Una dama de mi propiedad».

Dos cosas que la madre puede hacer. Una cosa la madre se permitirá hacer como intérprete entre la naturaleza y el niño, pero no más que una vez a la semana o una vez al mes, y a través de una mirada y un gesto de deleite en lugar de un flujo de palabras instructivas, al señalar al niño algún toque de belleza especial en un color o en una determinada presentación del paisaje o del cielo. La otra cosa que ella puede hacer, pero muy raramente, y con una tierna reverencia filial (lo más probable es que diga sus oraciones y hable de ellas en voz alta, porque tocar este terreno con palabras duras equivale a herir el alma del niño), es decir, ella señalará una encantadora flor o un agraciado árbol, no solo como una hermosa obra, sino como un hermoso pensamiento de Dios, en el cual podemos creer que Él encuentra un continuo placer, y que al ver que sus hijos se regocijan por él, eso le complace a Él. Tal semilla del apego al pensamiento divino que se siembra en el corazón del niño vale muchos de los sermones que el hombre escuchará después de ese momento, y gran parte de «divinidad» sobre la cual llegue a leer.


XI. Juegos al aire libre, etc.

Las horas de mayor alerta mental pasan rapidísimo; y todavía queda por lo menos una clase en el programa, por no hablar de una o dos horas para jugar en la tarde. No dan ganas de pensar en una clase después de hablar de muchas cosas que son más interesantes y, verdaderamente, más importantes; pero tiene que ser solo una breve clase, de diez minutos de duración, y tanto el ligero momento de descanso como el esfuerzo de la atención darán un nuevo sabor al tiempo de ocio y relajo que vienen después.

La clase de idioma extranjero. La clase diaria de idioma extranjero es la clase que no debiera omitirse. Más adelante abordaremos aspectos como que los niños aprendan el idioma extranjero oralmente, escuchando y repitiendo palabras y frases en el idioma extranjero; que comiencen tan jóvenes que no experimenten un acento diferente, sino que repitan la nueva palabra en el idioma extranjero tal como hacen con su idioma materno y que la usen con la misma libertad; que aprendan unas cuantas —dos o tres, cinco o seis—palabras nuevas en el idioma extranjero diariamente, y que, al mismo tiempo, las palabras ya conocidas se mantengan, entre otros temas. Por ahora, es muy importante mantener la lengua y el oído familiarizados con los vocablos en el idioma extranjero, y que no se omita ninguna clase. Esta clase del idioma extranjero puede adaptarse, sin embargo, a las demás ocupaciones al aire libre; o sea, la media docena de palabras pueden ser las partes de un árbollas hojas, las ramas, la corteza, el tronco de un árbol, o los colores de las flores, o los movimientos de los pájaros, las nubes, los corderos, los niños. De hecho, las nuevas palabras en el idioma extranjero deberían ser simplemente otra forma de expresión para las ideas que llenan la mente del niño en un momento dado. [Esta sección se titula originalmente «La clase de francés» dado que en el tiempo de la Inglaterra victoriana el francés era el idioma extranjero por excelencia que se aprendía en las escuelas.]

Los juegos ruidosos. Los juegos de la tarde, después de un almuerzo liviano, son una parte importante de las actividades del día para los niños mayores, aunque es probable que los más pequeños ya se hayan agotado a estas alturas del día con la incesante agitación que usa la Naturaleza para propiciar el debido desarrollo de su tejido muscular; déjelos dormir al aire y que despierten refrescados. Mientras tanto, los más grandes juegan; cuanto más corren, gritan y mueven los brazos, más saludable es el juego; y esta es una de las razones por las cuales las madres deberían llevar a sus hijos a lugares solitarios, donde puedan usar sus pulmones todo cuanto quieran sin correr el riesgo de molestar a alguien. No se da suficiente consideración a la estructura muscular de los órganos de la voz; pero a los niños les encanta gritar y dar alaridos; y este juego «rudo» y «ruidoso» que sus mayores no quieren aceptar mucho, no es más que la forma en que la Naturaleza provee para el debido ejercicio de los órganos, de cuya capacidad de funcionamiento dependen en gran medida la salud y la felicidad futuras del niño. La gente habla de «pulmones débiles», «pecho débil», «garganta débil» pero quizás nadie piensa que los pulmones fuertes y la garganta fuerte se suelen conseguir en las mismas condiciones que se consigue un brazo o una muñeca fuertes, es decir, gracias al ejercicio, el entrenamiento, el uso, y el trabajo. Aun así, si los niños pudieran «vociferar» musicalmente, y con más ritmo al escuchar sus propias voces, tanto mejor. A este respecto, los niños franceses están en mejor posición que los ingleses ya que bailan y cantan cientos de rondas de juegos, juegos que, sin duda, imitan los casamientos y entierros que los niños de antaño jugaban en el mercado de Jerusalén.

«Las rondas». Antes de que las innovaciones puritanas nos convirtieran en una gente seria y circunspecta, los muchachos y las muchachas inglesas de todas las edades bailaban pequeños dramas en la plaza del pueblo, acompañándose con las palabras y aires de rondas como los niños franceses cantan hoy. Todavía quedan algunos de ellos que se pueden escuchar, tanto en las reuniones especiales de la escuela dominical como de otros clubes de niños, y que vale la pena preservar, como: «There came three dukes a-riding, a-riding, a-riding», «Oranges and lemons, say the bells of St. Clement’s», «Here we come gathering nuts in May», «What has my poor prisoner done [no hemos traducido estas rondas para que el lector pueda conocer los ritmos de las canciones mencionadas; la última es un párrafo de London Bridge] y muchas canciones más, todas creadas con atractivos ritmos que los pequeños pies siguen alegremente, lo cual es acentuado por la agradable estimulación del sonido de las palabras, ¿quién no podría cantar la melodía de tales ideas?

Los promotores del sistema del jardín de infantes han hecho mucho para introducir juegos de este tipo, o más bien de un tipo que es más educativo; pero ¿acaso no es un hecho que los juegos musicales del jardín de infantes podrían calificarse como algo zonzos? Igualmente, es dudoso cuánto cautivarán a los niños los lindísimos juegos que aprenden en la escuela y de parte de un maestro, en comparación con los juegos que se han transmitido de una generación a otra a través de una cadena infinita de niños, y que no se encuentran en ningún libro impreso.

Saltar la cuerda y bádminton. El cricket, el tenis y las rondas son los juegos por excelencia si los niños tienen la edad suficiente para jugarlos, tanto porque promueven el movimiento libre y armonioso de los músculos, y también porque sirven al más alto propósito moral de los juegos que es someter a los niños a la disciplina de las reglas; no obstante, la pequeña familia que tenemos a la vista, todos ellos menores de nueve años, difícilmente estarán a la altura de juegos de precisión. Las carreras y las persecuciones, «jugar a la pesca», «seguir al líder», y cualquier otro juego divertido que puedan inventar será más conveniente para la mente de ellos; pero aún mejor son el aro, la pelota, el bádminton, y la preciada cuerda de saltar. Para la cuerda, el mejor uso es que cada niño salte con la suya, tirándola hacia atrás en lugar de hacia adelante, de modo que la tendencia del movimiento contribuya a expandir el pecho. El bádminton es un buen juego, que ofrece posibilidades de ambición y emulación. La biografía de la señorita Austen incluye importante mencionar que ella podía apuntar con éxito más de cien veces en bádminton, ante lo cual se ganaba la admiración de sus sobrinos y sobrinas; de la misma manera, cualquier hazaña en el juego debe darse dentro de un evento familiar, para que los niños puedan llenarse a tal punto de la ambición de sobresalir en un juego que permite jugar graciosa y vigorosamente a casi todos los músculos de la parte superior del cuerpo, y con esta gran recomendación, que se pueda jugar tanto dentro como afuera de la casa. Sin embargo, la mejor jugada es mantener el volante en el aire con una raqueta en cada mano, para que los músculos de ambos lados se pongan igualmente en juego. Con todo, «dar órdenes» sobre juegos infantiles es gastar palabras, porque en este caso la moda es tan suprema y arbitraria como lo es en cuanto a boina o crinolina.

Hacer escalada. Escalar es una diversión que no es muy favorecida por las madres; se trata de prendas desgarradas, rodillas sangrientas y zapatos con las puntas convertidas en agujeros, por no hablar de riesgos más serios, da pie a una sólida argumentación contra este tipo de deleite. Pero, en verdad que este ejercicio es tan admirable—el cuerpo se ve forzado a infinitas elegantes posturas en que todos los músculos se ven en juego—y el entrenamiento en despliegue, arranque e ingenio en recursos es tan invaluable que es una pena que se prohíban los árboles, los acantilados y los obstáculos incluso para niñas pequeñas. La madre puede lograr mucho para evitar graves accidentes al acostumbrar a los niños más pequeños a hacer simples hazañas de salto y escalada, para que aprendan al mismo tiempo de sus propias experiencias la valentía y la precaución, tengan menos probabilidades de seguir el ejemplo de compañeros de juego demasiado atrevidos. Más tarde, la madre debe decidir sobre compartir los sentimientos de la gallina que incubó una cría de patitos, recordando que un grito agudo y repentino «¡Baja al instante! ¡Tommy, te romperás el cuello!» le dará un shock nervioso al niño, y es probable que cause la caída que se suponía que iba a prevenir, al asustar a Tommy de tal forma que ocasionó su caída. Incluso navegar y nadar no están fuera del alcance de los niños criados en la ciudad, cuando todo el mundo va en el verano al mar o a otros cuerpos de aguas naturales; e incluso sin tener esa opción, en la mayoría de las ciudades existen las piscinas. Sería bueno que a la mayoría de los niños de siete años se les enseñara a nadar, no solo por la posible utilidad de tal saber, sino también como un medio adicional de movimiento y, por lo tanto, de deleite.

La vestimenta. La ropa no tiene por qué causar gran caos si los niños están vestidos apropiadamente para sus pequeñas excursiones, como deberían estarlo, en prendas sencillas de un material de lana tejido suelto, ya sea sarga o franela. La lana tiene muchas ventajas como material de vestir, en comparación con el algodón, y más aún con el lino; principalmente, porque es un mal conductor; es decir, no permite que el calor del cuerpo salga muy libremente, ni que el calor del sol entre muy libremente. Por ello, el niño vestido en ropas de lana, que ha entrado en calor durante el juego, no recibe frío por la pérdida repentina de este calor, como pasa con el niño con ropa de lino; y además se siente más fresco a la luz del sol y más cálido a la sombra.


XII. Las salidas en mal tiempo

Los paseos de invierno son tan necesarios como los de verano. Todo lo que hemos dicho hasta ahora se aplica al clima de verano, que es, lamentablemente para nosotros, muy limitado e incierto en nuestra parte del mundo, pero de mayor importancia es la cuestión del ejercicio al aire libre en invierno y en clima húmedo, porque si se puede pasar tiempo afuera en el verano, ¿por qué no hacerlo? Por tanto, si queremos que los niños tengan lo que es verdaderamente mejor para ellos, debieran pasar dos o tres horas diarias al aire libre todo el invierno, digamos una hora y media por la mañana, y una hora y media en la tarde.

Deleites de la escarcha y la nieve. Cuando el suelo está cubierto de escarcha y nieve, los niños pasan momentos muy alegres jugando ya sea deslizándose por la nieve, construyendo con ella o tirando bolas de nieve; pero incluso en aquellos frecuentes días cuando hay barro y el cielo está oscuro, se debiera mantener a los niños interesados ​​y alertas, para que el corazón pueda hacer su trabajo alegremente, y se mantenga un brillo de agradecimiento en todo el cuerpo a pesar de las nubes y el frío.

Observaciones invernales. Todo lo que ya se ha dicho sobre la «exploración del entorno» y la «pintura de cuadros», la pequeña conversación en idioma extranjero, y las observaciones por anotar en el diario familiar, se aplica tanto al clima invernal como al veraniego; y no falta qué ver y anotar. El grupo llega cerca de un gran árbol que estima ser, según su constitución, un roble—se anota esto en el diario; y cuando las hojas broten, los niños volverán a ver si tenían razón. Muchas aves se pueden ver mucho mejor cuando hace frío cuando salen en busca de alimento. [A continuación, ejemplos de poesía sobre lo que ocurre en el período invernal]

«El ganado se lamenta en rincones protegidos por la cerca».

«El sol, con rojizo orbe
Asciende, enciende el horizonte».

«Cada hierba y cada hoja curva del pasto
Extiende una longitud sombría sobre el campo».

«Los gorriones se asoman furtivos, y abandonan los aleros protectores.

«El zorzal canta todavía, pero está satisfecho
Con delicados trinos, más de la mitad sofocados;
Satisfecho con su soledad, y la luz que se aleja
De gota en gota, donde quiera que descansa él sacude
De muchas ramas las gotas colgantes de hielo
Que tintinean en las bajas marchitas hojas».

No hay razón para que la caminata invernal del niño no sea tan fructífera en observaciones como la del poeta; de hecho, de una manera, es posible ver más en invierno, porque las cosas que se ven no se esconden unas tras otras.

El hábito de la atención. Las caminatas en invierno, tanto en la ciudad como en el campo, brindan grandes oportunidades para cultivar el hábito de la atención. Por ejemplo, el famoso mago, Robert Houdini, cuenta en su autobiografía que él y su hijo pasaban rápidamente frente a la vitrina de una juguetería, mirándola atentamente. Después, cada uno sacaba papel y lápiz del bolsillo, e intentaba enumerar la mayor cantidad de objetos que habían visto momentáneamente al pasar. El hijo sorprendió al padre con la rapidez en que aprehendía los objetos, ya que a menudo podía registrar cuarenta objetos, mientras que el padre apenas podía llegar a treinta; y cuando regresaban para verificar las anotaciones, rara vez descubrieron que el hijo había cometido un error. He aquí una idea de actividad lúdica muy educativa para muchas caminatas invernales.

Chapotear en días lluviosos. Ahora, ¿qué hay de los días mojados? El hecho es que, a menos que menos que sea del tipo torrencial, la lluvia no hace daño a los niños si están vestidos adecuadamente. Para ello, debiera eliminarse todo tipo de prenda impermeable, ya que al no permitir el paso de la lluvia tampoco permite el escape de la transpiración inconsciente, y un secreto de salud para las personas que no tienen alguna enfermedad es deshacerse rápidamente de las materias dañinas y degradadas que elimina la piel.

Prendas para el exterior. Los niños debieran usar ropa de lluvia que sea hecha de lanade grueso tejido sarga, por ejemplo—y cambiársela apenas vuelvan de una caminata, y así no corran el riesgo de resfriarse; en eso radica el sentido común del asunto. Al enfermo con fiebre se le ponen paños mojados en la cabeza; y de a poco los paños se secan y se mojan de nuevo: ¿qué ha sido del agua? Se ha evaporado y, al evaporarse, se ha llevado mucho calor de la cabeza febril. Ahora, lo que alivia a la piel acalorada por la fiebre es lo único que debe evitarse en circunstancias normales. Que un niño se moje la piel no le puede hacer más daño que un baño, siempre que la ropa mojada no se le seque en el cuerpo, es decir, que el agua no se evapore, eliminando así demasiado calor del cuerpo en el proceso. Es la pérdida de calor animal la que resulta en «resfriados», y no la «humedad» que las madres son tan rápidas en deplorar. Mantenga a un niño activo y feliz bajo la lluvia, y solo cosechará beneficios de su caminata; otro es el caso si el niño ya está resfriado; entonces el ejercicio activo puede aumentar cualquier inflamación ya existente.

No sé si es solo una linda fantasía de Richter [un poeta inglés], cuando dijo que una lluvia de primavera es una especie de baño eléctrico y un medio muy potente de salud; es cierto que la lluvia despeja la atmósfera, lo cual es un hecho de considerable importancia en las grandes ciudades. Para nuestro propósito, sin embargo, es suficiente demostrar que la lluvia no hace daño; porque el abundante ejercicio diario al aire libre es de tan grande importancia para los niños, que en realidad nada más que la enfermedad debiera mantenerlos adentro de la casa. Un poco de chapoteo provee suficiente alegría en un día húmedo, ya que, con buen humor, hasta el golpeteo de la lluvia es estimulante. Las «carreras» de los escolares, es decir, el trote a un ritmo constante, que de vez en torna en carrera, es un ejercicio de primer orden; pero se deben tener en cuenta las capacidades de los niños, a quienes no se debe exigir más de lo que puedan hacer.

Precauciones. Al mismo tiempo, a los niños nunca se les debe permitir sentarse con ropa húmeda o quedarse con la ropa húmeda puesta; cuando sea el caso, por ejemplo, en viajes cortos a la iglesia, a la escuela, o a la casa de un vecino, donde no pueden cambiarse de ropa, se debe usar rebozos impermeables para que puedan permanecer secos.


XIII. Entrenamiento «al estilo indígena»

La exploración. El librito de Baden Powell sobre el reconocimiento y la exploración nos ha puesto en una nueva senda; ahora cientos de familias realizan alegres expediciones a la naturaleza, mucho más educativas de lo que esperaban, en las que la exploración es la actividad por excelencia.

Una actividad que puede servir de ejemplo consiste en que cuatro personas o más estén emboscadas en un lugar que sea el mejor para tal fin, y que haya sido escogido después de mucha consideración. El enemigo hace un reconocimiento del lugar; primero encuentra la emboscada, y segundo, su habilidad queda al descubierto cuando se acerca a sus enemigos sin ser descubierto. Pienso que cada familia debiera tener una copia de Reconocimiento y exploración en el caso de que se vea enfrentada a pelear al estilo indígena. El problema de la vida cómoda y planificada que llevamos, es que no discernimos las señales de los tiempos; pero es muy valioso poseer la habilidad del pensamiento alerta en cuanto a lo que ocurre en el mundo al aire libre, y, aunque simpatizamos profundamente con el esfuerzo por reducir la actividad de la búsqueda de nidos de aves, si no ponemos cuidado, perderemos lo poco que aún está a nuestro alcance de lo que llamamos entrenamiento en destrezas «al estilo indígena».

Observación de aves. Mucho más emocionante y deleitoso que buscar nidos de aves es «observar» las aves, por llamarlo así, para lo cual se usan todas las habilidades de un buen explorador. Pensemos en lo emocionante que es arrastrarse en pies y manos silenciosamente como sombras detrás de los arbustos de la ribera del río sin siquiera tocar una ramita o un guijarro hasta encontrarse a una yarda de un par de aves, y luego, recostarse para observar sus pequeñas y delicadas carreras, sus lindos movimientos de cabeza y cola, y escuchar la música de su canto. He aquí la verdadera alegría de observar aves. Si en los meses de invierno los niños se han familiarizado bastante con los trinos de nuestras aves locales, a principios del verano podrán «observar» con un propósito definido. Los trinos y los cantos de junio son bastante difíciles de distinguir, pero el plan es identificar a aquellas aves que se reconozcan con seguridad, y luego seguir con las demás. La clave para conocer las aves radica en conocer sus cantos, y la única forma de alcanzar esto es siguiendo cualquier trino que no se conozca con certeza. La alegría de rastrear un canto o un trino hasta su origen se iguala a la alegría de un «hallazgo», una posesión de por vida.

Pero observar aves solo debe hacerse en ciertas condiciones; no solo se debe estar «silencioso como una tumba», sino también ni dejar que los pensamientos susurren, porque si uno se permite pensar en otra cosa, la visión completamente encantadora de la vida de los pájaros se nos pasará desapercibida; es más, ni escucharemos los trinos de los pájaros.

A continuación, dos paseos para observar pájaros de un amante de las aves [no hemos traducido el nombre de todas las aves dado que muchas de ellas no existen en nuestro continente; queda pendiente una investigación naturalista al respecto]:

«Escuchamos un canto de algo así como un chaffinch [pinzón común], solo que más lento, y miramos hacia arriba en las ramas del árbol para tratar de rastrear al pájaro por el repentino movimiento de una ramita aquí, y otra, allá. Encontramos un camino empinado y rocoso que nos llevó casi a la altura de las copas de los árboles, y luego tuvimos una buena vista para observar el tímido willow wren ocupado buscando comida. Otro trino vino del árbol al lado, como un canto que burbujeaba nos hizo acercarnos aún más, y ahí encontramos un wood wren y lo observamos mientras él con la cabeza levantada y la garganta burbujeante pronunciaba su trino».

«El alegre estallido de una canción vino de un arbusto cercano, y nos arrastramos sigilosamente, para encontrar una blackcap warbler con la cresta levantada girando con entusiasmo en el éxtasis de la canción. Esperamos y lo seguimos hasta su próxima parada gracias a su ligero toque en las ramas. Un ronco chillido de otro árbol anunció un green-finch [jilguero], y tuvimos que seguirlo por largo rato para echarle un vistazo; pero llegó a una ramita sobresaliente, y pudimos escuchar su bonita canción, que nunca habría imaginado que era suya si no lo hubiéramos visto. Un pequeño trino chirriante nos hizo observar los troncos de los árboles, y, efectivamente, había un tree-creeper [agateador] que corría alrededor de un fresno, sin dejar de pronunciar sus trinos».

«Otro día nos escondimos detrás de una pared para poder examinar un campo que se encontraba al lado del lago. Allí estaba el green plover [chorlito verde] con su cresta alegre, corriendo y picoteando, y, cuando picoteó, vimos el destello rosado debajo de su cola. Esperamos un poco, para ver más, porque los chorlitos se quedan tan quietos que se pierden en el entorno. Pero alguien tosió, y volaron los chorlitos, como una docena, casi quejándose: “¿Por qué no nos dejan tranquilos?” Su malestar agitó a otras aves, y vimos un snipe [gallinago] elevarse desde el borde del agua, un lugar pantanoso, con un rápido vuelo en zigzag; hizo una larga vuelta y se instaló no mucho más allá de donde se levantó. Los sandpipers [zarapito o playero pectoral] se elevaron también, dos volando cerca de la orilla del agua, silbando todo el tiempo. Al lado de un pequeño barranco vimos un wagtail [aguzanieves o lavandera], y un giro en la luz del sol nos mostró el pecho amarillo del wagtail amarillo. Un fuerte ruidito cerca nuestro nos hizo mirar la pared, y allí estaba un wagtail bicolor con el pico lleno, esperando deshacerse de nosotros antes de visitar su nido en la pared. Nos escabullimos y nos refugiamos detrás de un árbol, y después de esperar unos minutos, lo vimos entrar en su agujero. Un ruido de enojo cerca (¡como cuando se pasa una escoba por persianas venecianas!) nos llevó a mirar a un pequeño wren morrón en la pared con la cola levantada, pero en un minuto desapareció como un ratón por el lado».

Lo siguiente es de otro amante de las aves:

«Ahora, ellos (los niños) están comenzando a preocuparse más por las aves que por los huevos, y su primera pregunta, en lugar de ser: “¿Cómo es el huevo?” es usualmente: “¿Cómo es el pájaro?”. Hacemos una buena búsqueda por Morris’s British Birds [guía de referencia de las aves de Gran Bretaña] para identificar los pájaros que hemos visto y para quedar seguros en los aspectos que tenemos dudas».

«Pero ahora hablemos de los pájaros. Los Stonechats [tarabillas] abundan en los páramos. Me pinché hasta las rodillas cuando estuve sobre un arbusto lleno de espinas, mirando y escuchando lo primero que encontré, pero mi recompensa fue muy buena cuando vi al menos cuatro pares a la vez ¿Conoces a los pájaros? Los cock-birds son tan guapos, con su cabeza y cara negras, el cuello blanco, pecho café rojizo y la espalda gris oscuro o marrón. Su canto es lindo, más largo que el de un chaffinch [pinzón], además del grito cuando se les molesta; no hacen un vuelo largo y flotan en el aire como un atrapamoscas. El sandmartin [avión zapador] hace numerosos agujeros en los peñascos. Intentamos ver qué tan profundo habían excavado para construir sus nidos, pero, aunque puse mi brazo hasta los codos en varios agujeros desiertos, no pude llegar al final. Creo que mis favoritos son los reed-warblers [carriceros]. Conozco al menos cuatro pares, y cuando pude lograr que ambos niños dejaran de hablar durante unos minutos, pudimos verlos saltar audazmente por las cañas y cantar a plena vista nuestra».

Este es el tipo de cosas con las que se encuentran los observadores de pájaros—una pérdida que sufren aquellos niños a quienes no se les enseña el gentil arte en el cual el ojo está satisfecho de ver, y donde no está presente ni la codicia de coleccionar ni el instinto de matar del cazador, y, sin embargo, existe la alegría de la posesión que dura toda la vida.


XIV. Los niños necesitan el aire del campo

La proporción esencial de oxígeno. Todo el mundo sabe que la condición esencial para una vida vigorosa y un físico excelente consiste en respirar aire que no haya perdido mucho de su debida proporción de oxígeno; también que todo lo que produce calor, ya sea calor animal o calor del fuego, de la vela, de la lámpara de gas, produce dicho calor a expensas del oxígeno contenido en la atmósferaun banco del cual extraen todos los objetos que respiran y que se queman; que en situaciones donde hay mucha respiración y combustión, ocurre una gran salida de este gas vital; que tal salida puede ser tan excesiva que no haya suficiente oxígeno en el aire para mantener la vida animal, y que se produzca la muerte; pero que en los casos en que la salida sea significativa pero no excesiva la vida animal todavía puede mantenerse, aunque las personas llevarán una vida débil y decaída en un constante estado de baja vitalidad.

Exceso de dióxido de carbono. Además, sabemos que todas las respiraciones y todos los objetos en combustión expulsan un gas dañino, el ácido carbónico [dióxido de carbono, en otras palabras]. Una proporción muy pequeña de este gas está presente en el aire atmosférico más puro, y esa pequeña proporción es saludable; pero si aumenta esa cantidad debido a la acción de las estufas, los incendios, los seres vivos, las lámparas de gas, el aire se vuelve nocivo, en justa proporción a la cantidad de dióxido de carbono superfluo que contenga. Si la cantidad es excesivacomo cuando muchas personas se apiñan en una pequeña habitación sin ventilación—el resultado es la muerte fulminante por asfixia.

Aire fresco, no empobrecido. Por tales razones, no es posible disfrutar la plenitud de la vida en una ciudad. Para las personas adultas, el estímulo de la vida en la ciudad compensa en algo la impureza del aire; y, por el otro lado, la gente del campo con demasiada frecuencia desaprovecha sus ventajas por caer en el hábito de la flojera mental. No obstante, para los niñosque no solo respiran, sino que crecen; que requieren, proporcionalmente, más oxígeno del que necesitan los adultos para sus procesos vitaleses una absoluta crueldad no ofrecerles con mucha frecuencia, o lo que es mejor, diariamente, el tipo de aire fresco no empobrecido que solo se puede obtener lejos de las ciudades.

Luz solar. En relación con lo anterior, esta es solo una de las razones por las que, aunque solo sea por beneficio a la salud, es prioritario que los niños pasen largos días afuera en el campo; ellos requieren luz, es decir, la luz solar, igual como requieren el aire. La gente del campo se ve más saludable que la gente del pueblo; por el contrario, los mineros son pálidos, igual que la gente que pasa todo su tiempo en habitaciones subterráneas o quienes viven en los valles donde no alumbra el sol. La razón consiste en que, para lograr el radiante aspecto rubicundo de la salud perfecta, deben producirse ciertos cambios en la sangre creados por la producción libre de glóbulos rojosla naturaleza de dichos cambios tomaría demasiado tiempo explicar aquí—y que parecen ocurrir más favorablemente cuando se recibe la influencia de la luz solar en abundancia. Además de esto, la comunidad científica está comenzando a sospechar que no son solo los rayos de luz visible que proporcionan luz, sino también los rayos infrarrojos que proporcionan calor y los rayos ultravioletas, los que proveen para la vitalidad de maneras que aún no se comprenden completamente.

El físico ideal para los niños. Hace un tiempo apareció una imagen encantadora en Punch [revista británica ilustrada de mediados del siglo XIX], de dos niños bromeando en francés con la nueva criada de su madre; se trataba de dos nobles pequeñines, cada uno recto como un dardo, sin carne superflua, los ojos bien abiertos, la cabeza erguida, el pecho dilatado, todo el cuerpo lleno de energía incluso en estado de reposo. Era un gusto mirar la imagen, aunque fuera solo para indicar el tipo de físico que nos encanta ver en un niño. No hay duda de que el niño en la herencia de sus mayores radica el mayor porcentaje de lo que él es a este aspecto, como a otros; pero a continuación es lo que la crianza puede generar, con algunas limitaciones: el niño nace con ciertas tendencias naturales y, según su crianza, cada una de esas tendencias puede resultar siendo un defecto personal o del carácter, o una gallardía en ambos. Por lo tanto, vale la pena poseer por lo menos un ideal físico del hijo de uno; para no, por ejemplo, dejarse llevar por la noción de que un niño obeso es necesariamente un niño en buena condición (física). Fácilmente se puede lograr que un niño sea obeso, pero la mirada brillante y honesta, el paso ágil; los tonos de voz claros como una campana; los movimientos ágiles y graciosos que caracterizan al niño criado bien, son el resultado, no del bienestar del cuerpo solamente, sino de «la mente y el alma bien armonizadas», de una entrenada y rápida inteligencia, y de una naturaleza moral que está habituada al «gozo que proviene del dominio propio».

[Volver al Índice]

PARTE III. ‘EL HÁBITO EQUIVALE A DIEZ NATURALEZAS’

I. Educación basada en la ley natural

Cerebro sano. Lo que deseo presentar al lector es un método educativo basado en la ley natural. En primer lugar, ya hemos considerado algunas de las condiciones que deben cumplirse con el fin de mantener el cerebro en buen funcionamiento, ya que la posibilidad de una educación sólida depende de un cerebro activo y debidamente alimentado.

Vida al aire libre. En el desarrollo de un método educativo, en segundo lugar está la consideración de la vida al aire libre, debido a que mi objetivo es mostrar que la función principal del niño—su objetivo en el mundo durante los primeros seis o siete años de su vida—es descubrir todo lo que pueda de todo lo que le llame la atención, usando sus cinco sentidos; que él tiene un apetito insaciable por el conocimiento que se obtiene de esa manera; y que, por lo tanto, la ocupación de sus padres es ponerlo allí donde pueda familiarizarse de manera libre con la naturaleza y los objetos naturales; que, de hecho, la educación intelectual del niño pequeño debiera basarse en el ejercicio libre de la facultad de percepción, porque las primeras etapas del esfuerzo mental están marcadas por la actividad extrema de dicha facultad; y la sabiduría del educador es seguir la guía dada por la naturaleza en la evolución del ser humano completo.

El siguiente tema por considerar—un tema psicofisiológico bastante árido—me parece, de todos modos, muy digno de atención en tanto que es clave fundamental de un apropiado método educativo.

Hábitos como instrumento en manos de los padres. «¡El hábito equivale a diez naturalezas!» Si tan solo pudiera hacer que otros vean con mis ojos lo mucho que este dicho debería significar para el educador; cómo el hábito, en manos de la madre, es como la rueda del torno para el alfarero, el cuchillo para el tallador, y, para ella, el instrumento por medio del cual ella crea el diseño que concibió en su mente. Observe que el material con el cual empezar ya está ahí; la rueda del alfarero no faculta al alfarero para producir una taza de porcelana a partir de la áspera arcilla; pero el instrumento es tan necesario como lo es el material o el diseño. Es penoso hablar de uno mismo, pero si el lector me lo permite, me gustaría mencionar los pasos que me han llevado a considerar el hábito como el medio por el cual el padre puede hacer de su hijo casi cualquier cosa que elija. Aquello que se ha convertido en la idea dominante de la vida de una persona, si se lanzara repentinamente a otra, no lleva consigo una gran profundidad o peso de significado para la segunda persona; por tanto, lo ideal es llegar a la idea gradualmente, para ver los pasos por los cuales el primero ha viajado. Por esta razón, me aventuraré a mostrar cómo llegué a mi postura actual, es decir, desde uno de los tres puntos de vista posibles: la formación de hábitos es educación y la educación es formación de hábitos.

II. Los niños carecen de la facultad de la autoimposición

Un callejón educativo sin salida. Hace algunos años escuchaba del púlpito al menos un domingo al mes: «El hábito equivale a DIEZ naturalezas». En ese tiempo, yo recién había comenzado a enseñar, y era joven y apasionada por mi trabajo. Para mí era una gran cosa ser maestra; yo creía que era inevitable que el maestro dejara su huella en los niños; y que, si algo salía mal, si algún niño iba mal en la escuela o fuera de ella, era la culpa del maestro. Mi entusiasmo juvenil superaba todas las responsabilidades a mi haber; pero, a pesar de todo este celo, lo decepcionante fue que no sucedió nada extraordinario. Los niños se portaban bien en términos generales porque eran hijos de padres que habían sido criados con cierto esmero; pero estaba claro que se comportaban de acuerdo con «lo que era parte de su naturaleza». Las falencias que tenían, las mantenían; las virtudes que poseían las ponían en práctica tan irregularmente como antes. La niñita buena y humilde seguía diciendo mentirillas; el niño inteligente y generoso seguía siendo un ocioso incurable. Sucedía lo mismo durante las clases; el niño que perdía el tiempo seguía perdiendo el tiempo, y el niño apático no incrementaba su interés por aprender. Fue muy decepcionante. Los niños, sin duda «avanzaron» un poco, pero cada uno de ellos tenía el potencial de un carácter noble y de una mente inteligente; pero ¿dónde estaba la palanca para despertar cada uno de estos pequeños mundos? Porque debe existir tal palanca. Esta rutinaria ronda de geografía y francés, historia y sumas, no era más que jugar a la educación; ¿quién recuerda los retazos de conocimiento sobre los que se esforzó de niño? y, ¿acaso aplicarse unas pocas horas en la vida posterior no causaría mayor efecto que un año de monotonía en cualquier materia aprendida en la infancia? Si la educación tiene como objetivo garantizar el progreso paso a paso del individuo y la raza, debe significar algo más que el diario esfuerzo invertido en tareas triviales que hoy se conocen como educación.

El amor, la ley y la religión como fuerzas educativas. Durante mi búsqueda de literatura sobre educación, aprendí mucho de varias fuentes, aunque no pude encontrar lo que me pareció una guía completa, es decir, alguna obra cuyo pensamiento abarcase las posibilidades contenidas en la naturaleza humana de un niño, y, que, al mismo tiempo, midiera el alcance de la educación. Reconocí cómo la enseñanza religiosa ayudaba a los niños, les daba facultades y motivos para el esfuerzo continuo y elevaba sus deseos hacia las mejores cosas. Vi hasta qué punto la ley restringía del mal y el amor impulsaba hacia el bien. Pero con estas grandes ayudas desde afuera y desde arriba, existía todavía la deprimente sensación de estar trabajando en educación a oscuras; el avance realizado por la juventud en las facultades morales, e incluso intelectuales, era como el de una puerta sostenida con bisagras— hoy una oscilación hacia adelante y mañana de vuelta adonde estaba, con poco progreso notorio de un año al otro aparte de poder hacer sumas más difíciles y leer libros más complejos.

La razón de que los niños sean incapaces del esfuerzo constante. La reflexión dejó en evidencia el porqué del fracaso, y es que había un cálido resplandor de rectitud en el corazón de cada uno de los niños, pero todos ellos eran incapaces de hacer un esfuerzo constante, porque no tenían fuerza de voluntad, ninguna facultad para obligarse a hacer lo que sabían que debían hacer. En este punto, sin duda, son atingentes las funciones de los padres y los maestros; quienes deberían ser capaces de hacer que el niño haga lo que el niño no puede obligarse a realizar. No obstante, es un entrenamiento deficiente requerir que el niño se haga dependiente de la influencia personal. Por el contrario, le corresponde a la educación encontrar alguna forma de suplementar esa debilidad de la voluntad que es la ruina de la mayoría de nosotros, así como de los niños.

A los niños se les debiera evitar el esfuerzo de la decisión.  Ya desde el púlpito se ha dicho que el esfuerzo de la decisión es el esfuerzo más agotador de la vida; y si eso es aún cierto en cuanto a nosotros mismos, incluso cuando la decisión sea sobre cuestiones insignificantes de salidas aquí o allá, de comprar o no comprar, con toda seguridad no es justo dejar a los niños todo el trabajo del esfuerzo de la voluntad cada vez que tengan que elegir entre lo correcto y lo incorrecto.

III. ¿Qué es «la naturaleza»?

«El hábito es equivalente a diez naturalezas» se siguió proclamando en mis oídos, y por fin lo entendí como un dicho profundo que podría contener el «¡Ábrete sésamo!» educativo que yo estaba buscando. En primer lugar, ¿qué es la naturaleza y qué es, precisamente, el hábito?

Es algo impresionante cuando consideramos lo que es el niño, independientemente de su raza, país o parentesco, simplemente por nacer como ser humano.

Todas las personas nacen con los mismos deseos primarios. Estamos dispuestos a aceptar que todos tenemos los mismos instintos y apetitos; pero nos impacta un poco que los principios de acción que gobiernan a todos los hombres en todas partes sean en gran medida los mismos; en otras palabras, que en el pecho tanto de la persona cultivada como de la inculta laten los mismos deseos; que el deseo de conocimiento, que se ve en la curiosidad del niño por las cosas y en sus ojos siempre inquisitivos, está activo de igual forma en todas partes; que el deseo de socializar, que se puede ver en dos bebés que recién se conocen el uno al otro y que disfrutan el gozo y la amistad, es la causa de las aldeas en las tribus alejadas del mundo, así como del encuentro filosófico de los eruditos; que en todas partes se siente el deseo de la estima, que es un poder maravilloso en manos del educador, y  que convierte a una palabra de elogio o de culpabilidad en un motivo más poderoso que todo miedo o expectativa de castigo o recompensa.

Y los afectos. No solo se trata de los mismos deseos; sino que todas las personas, en todas partes, tienen los mismos afectos y pasiones que actúan de la misma manera bajo una similar provocación; ya sean, la alegría y el dolor, el amor y el resentimiento, la benevolencia, la simpatía, el miedo y mucho más, son comunes a todos nosotros. Lo mismo cabe a la conciencia, el sentido del deber.

Contenido de la noción más elemental de la naturaleza humana. El Dr. Livingstone [el explorador David Livingstone] menciona que la única adición que debió hacer al código moral de algunas de las tribus de Zambesi (por muy poco que hayan obedecido su propia ley) fue que un hombre no debería tener más de una esposa. Esta gente sin conocimiento del mundo europeo ni ninguna enseñanza cristiana sabían que «hablar maldad, mentir, odiar, desobedecer a los padres, y descuidarlos» eran pecado. Así, no solo el sentido del deber es común a toda la humanidad, sino también la conciencia más profunda de Dios, por muy vaga que pueda ser. Todo esto y mucho más conforma la noción más elemental de la naturaleza humana.

La naturaleza más la herencia. Aquí hace su entrada la herencia, y es en este punto, si se me permite, donde se hayan las diez naturalezas, ya que ¿quién trata con el niño que es resentido, terco o imprudente, porque nació con la naturaleza de su madre o la de su abuelo? Piense en el ojo que mira de tal manera, la acción de la mano, repetida del padre al hijo; la forma particular de la escritura, que puede reconocerse, como nos dice Miss Power Cobbe, en el caso de su familia a lo largo de cinco generaciones; el temperamento artístico, el gusto por la música o el dibujo, que hay en algunas familias: he aquí la naturaleza y sus peculiaridades, confirmada, sellada, remachada, absolutamente defendida, se diría, contra cualquier intento de alterarla o modificarla.

Se añaden las condiciones físicas. Una vez más, las condiciones físicas se presentan ante nuestros ojos. El niño débil y enclenque, y el robusto travieso que nunca se enferma, son por obligación diferentes entre sí en cuanto a la fuerza de sus deseos y emociones.

La naturaleza humana es la suma de ciertos atributos. ¿Entonces, qué de los deseos, afectos y emociones naturales comunes a toda la raza, qué de las tendencias con que cada familia lidia por descendencia, y aquellas peculiaridades que el individuo debe a su propia constitución física y cerebral? La suma de todo esto, es decir, la naturaleza humana presenta un caso sólido; tanto así, que nos sentimos inclinados a pensar que lo mejor que se puede hacer es dejarla en paz, dejar que cada niño se desarrolle sin obstáculos de acuerdo con los elementos de carácter y de disposición que hay en él.

No se debe abandonar al niño a su naturaleza humana. Esto es precisamente lo que la mitad de los padres en el mundo y las tres cuartas partes de los educadores se conforman con hacer; ¿y cuál es la consecuencia? Que el mundo avanza, pero que el progreso ocurre, en su mayor parte, con los pocos niños cuyos padres han tomado muy seriamente el control de la educación; mientras que el resto, a los que se les ha permitido quedarse como estaban, y no llegar a ser más o mejores de lo que la naturaleza los hizo, se convierten en una pesada carga: porque, ciertamente, el hecho es que no se quedan como ellos eran; la verdad inmutable es que el niño que no está siendo constantemente elevado a un nivel cada vez más alta se hundirá a un nivel cada vez más bajo. Por consiguiente, es tanto el deber de los padres educar a sus hijos en fortaleza y propósito moral y actividad intelectual, así como alimentarlo y vestirlo; y eso, a pesar de su naturaleza, si fuera necesario. Es cierto que existen circunstancias arbitrarias que intervienen y «convierten en un hombre» al niño cuyos padres no le enseñaron disciplina; pero esta es una ayuda fortuita con la cual el educador no tiene ninguna garantía de recibir.

Estaba empezando a ver mi camino—sin salir aún de la dificultad psicológica que, en lo que a mí respecta, bloqueaba el camino a toda educación real; pero ahora podía ya identificar el lugar, y eso ya era algo. En resumen:

La voluntad del niño es lastimosamente débil, más débil en los hijos de los débiles, y más fuerte en los hijos de los fuertes, con la que casi nunca se puede contar como facultad en la educación.

La naturaleza del niño—su naturaleza humana—al ser la suma de lo que él es como ser humano, y de lo que le corresponde por su origen, y lo que él es como resultado de su propia constitución física y mental—tal naturaleza es incalculablemente fuerte.

El problema que enfrenta el educador. El problema para el educador es dar al niño control sobre su propia naturaleza, prepararlo para que este pueda manejarse con respecto a los rasgos que llamamos buenos como a los que llamamos malos, ya que hay muchos hombres que naufragan sobre la roca de lo que creían que era su virtud característica, por ejemplo, su generosidad.

La gracia divina trabaja sobre las líneas del esfuerzo humano.  Al buscar una solución a este problema, no subestimo la gracia divina, ¡por el contrario! Pero no siempre comprendemos suficientemente el hecho de que la gracia divina causa efecto sobre las líneas del cultivado esfuerzo humano; por ejemplo, que el padre que se toma la molestia de comprender de qué se trata educar a su hijo, merece y con seguridad recibe apoyo de lo alto; y que Rebeca, por decir, no tenía derecho a criar a su hijo para que fuera «tú, gusano de Jacob», al confiar que la gracia divina, diciéndolo con reverencia, lo ayudaría a salir adelante. A pesar de ser un hombre piadoso, hijo de padres piadosos, salió adelante, pero sus días, se queja al final, fueron «pocos y malos» [en palabras de Jacob cuando se encuentra con Faraón de Egipto].

La confianza de los padres no debe ser letárgica. De hecho, ésta es la expectativa de muchos padres cristianos; dejan que el niño crezca libre como la zarza silvestre, produciendo sin control lo que hay en él, ya sean espinas, flores ásperas, frutas insípidas—confiando, ellos dirán, que la gracia de Dios podará, arreglará la tierra, y arreglará las ramas rebeldes que yacen por todos lados. Y su confianza no siempre está fuera de lugar; pero el pobre hombre sufre angustia, se desgarra en el proceso de recuperación que sus padres podrían haberle evitado si hubieran entrenado los primeros brotes que pronto se convertirían en el carácter de su hijo.

La naturaleza, por tanto, aunque es fuerte, no es invencible; y, en el mejor de los casos, no se le debe permitir a la naturaleza una cabalgata desenfrenada. Bocado y brida, mano y voz, lograrán lo mejor posible de la naturaleza si se toma el control de su entrenamiento a tiempo; pero deje que la naturaleza haga lo que quiera hacer, tal como los ponis salvajes, y ni la espuela ni el látigo lo amansarán.

IV. El hábito puede suplantar «la naturaleza»

«El hábito es equivalente a diez naturalezas». Si eso es cierto, por fuerte que sea la naturaleza, el hábito no solo es tan fuerte, sino diez veces más fuerte. Aquí entonces, tenemos alguien más fuerte que ella, capaz de vencer a este hombre fuerte armado.

El hábito seguirá el curso de la naturaleza. Pero el hábito progresa sobre el curso impuesto por la naturaleza: el niño cobarde miente en forma habitual para escapar de la culpa; el niño amoroso tiene cientos de hábitos para hacerse querer; el niño bondadoso tiene la costumbre de dar; el niño egoísta, el hábito de retener. El hábito, que funciona de acuerdo con la naturaleza, es simplemente la naturaleza en acción, que se fortalece cada vez más con el ejercicio.

Pero el hábito debería ser una palanca. Pero el hábito, para ser la palanca que impulsa al niño, debe funcionar en contra de la naturaleza, o independientemente de ella.

Inmediatamente comenzamos a poner atención en el funcionamiento del hábito a este respecto, y los múltiples ejemplos son claros: existen los niños entrenados en hábitos de cuidado que nunca manchan su ropa; aquellos entrenados en hábitos reticentes, que nunca hablan de lo que se hace en casa y responden a preguntas indiscretas con un «no sé»; están los niños criados en hábitos corteses, que ceden el paso a los ancianos con gentil gracia, y más con la pobre mujer con la canasta que con la dama bien vestida; y hay niños entrenados en hábitos de las malas ganas, que nunca ceden, van o hacen.

La madre forma involuntariamente los hábitos de sus hijos. ¿Son naturales en los niños los hábitos como éstos, ya sean buenos, malos o neutros? No, pero éstos son los hábitos que la madre ha establecido con la crianza; y, de hecho, no hay nada que una madre no pueda establecer en sus hijos a través de la crianza, y casi no existe madre en ningún lugar que no tenga al menos dos o tres—a veces en la forma de reglas y otras veces en la forma de principios—que sus hijos nunca violan. Por tanto, llegamos a esto: que una madre con opiniones liberales sobre el tema de la educación, simplemente no puede evitar que sus propias opiniones influencien los hábitos de sus hijos; y que una madre cuya pregunta final es: «¿Qué dirá la gente? ¿Qué pensará la gente? ¿Cómo se verá?», hará que sus hijos crezcan con hábitos de guardar las apariencias, y no de ser algo; se contentarán con estar bien vestidos, bien educados y bien intencionados hacia los extraños, pero ejercerán muy poco esfuerzo en torno a la belleza, el orden y la bondad en el hogar y hacia los demás.

El hábito obliga a la naturaleza a irse por nuevas vías. El extraordinario poder del hábito para forzar la naturaleza hacia nuevas vías casi no es necesario explicar; solo tenemos que ver a un niño pequeño en un circo montando dos ponis con un pie en la parte posterior de cada uno, o un hada pantomima bailando en el aire, o un payaso que se comporta como una bola de caucho indio, o cualquiera de las miles de hazañas de habilidad y destreza por la que pagamos nuestros chelines para disfrutar,—hazañas mentales y corporales, aunque, felizmente, estas son las más raras—para estar convencidos de que se puede lograr exactamente cualquier cosa mediante el entrenamiento, es decir, el cultivo de hábitos persistentes. Y el poder del hábito no se ve solo en los seres humanos. La gata va en busca de su cena siempre a la misma hora y al mismo lugar, es decir, si es habitual alimentarla en un lugar. De hecho, el hábito del lugar, es tanto para el gato, que a menudo preferirá morir de hambre que abandonar la casa a la que está acostumbrado. En cuanto al perro, es un mayor «conjunto de hábitos» que su dueño. Esparza las migajas para los gorriones a las nueve en punto todas las mañanas, y a las nueve vendrán a desayunar, haya o no migajas. Darwin se inclina a pensar que el terror y la evasión mostrados hacia el hombre por las aves silvestres y los animales menores es simplemente una cuestión de hábito transmitido; nos cuenta cómo aterrizó en ciertas islas del Pacífico donde los pájaros nunca habían visto al hombre antes, y se abalanzaron sobre él y volaron a su alrededor con total valentía. Para hablar sobre algo más familiar al hogar, qué evidencia del dominio del hábito es más triste y abrumadora que los hábitos del borracho, por ejemplo, en el cual persiste, a pesar de la razón, la conciencia, el propósito, y la religión, motivos que, ¿acaso no deberían influir en un ser pensante?

Los padres y los maestros deben establecer vías de hábito. Nada de esto es nuevo; siempre hemos sabido que «el uso es una segunda naturaleza» y que «el hombre es un conjunto de hábitos». No fue el hecho, sino la aplicación del hecho, y la fisiología del hábito, las ideas novedosas y extremadamente valiosas para mí, y espero que puedan ser de alguna utilidad para el lector. Por ejemplo, para mí fue novedad concebir que corresponde a los padres y a los maestros establecer líneas de hábito sobre las cuales la vida del niño puede correr de aquí en adelante con pequeñas sacudidas o fracasos involuntarios, y pueda avanzar en la dirección correcta con el mínimo de esfuerzo.

V. Establecimiento de líneas de hábito

«¡Comience algo, y lo habrá terminado!» es infaliblemente cierto para cada hábito mental y moral: terminarlo, no sobre las líneas que usted prevé e intenta, sino sobre las líneas apropiadas y necesarias para cada hábito en particular. En la frase «pensar inconsciente» nos enfrentamos con el hecho de que, sea cual sea la semilla de pensamiento o sentimiento que se implante en un niñoya sea a través de la herencia o la instrucción temprana—crece, se completa y engendra otras de su mismo tipo, tal como lo hace un organismo corporal. Es hermoso y maravilloso percibir una idea cuando la idea en sí misma es buenaverla desarrollándose dentro de usted por sí sola, verse escribiendo oraciones cuya secuencia lógica nos deleita, pero de cuya concepción no hemos tenido parte consciente. Cuando el escritor experimentado «fluye» de esta manera, sabe que en lo que respecta al surgimiento de las palabras, el orden de las ideas, su trabajo no necesitará revisión. Tan increíble es este proceso, que ha dado pie a la persistente falacia de que la razón es infalible. El filósofo, que disfruta observando los caminos de su propia mente, es un pensador de pensamientos elevados, y es capaz de olvidar que el pensamiento que contamina al hombre se comporta exactamente de la misma manera que el que purifica: el uno, igual que el otro, se desarrolla, madura y aumenta de acuerdo a su mismo tipo.

Pensamos, como estamos acostumbrados a pensar. ¿Cómo influye esto en el trabajo práctico de criar a los niños? De esta manera: pensamos, como estamos acostumbrados a pensar; las ideas van y vienen en incesante movimiento en el surco—por llamarlo asíque usted ha creado para ellas en la misma sustancia nerviosa del cerebro. Usted no pretende deliberadamente pensar esos pensamientos; de hecho, usted puede oponerse vehementemente al hilo por donde van yendo (¡dos «hilos» de pensamiento a la vez y al mismo tiempo!) y así, quizás bloquear el camino, incluso poner «calle cerrada» en grandes letras, y obligar a la ocupada población del mundo cerebral a tomar otra ruta. ¿Pero quién puede hacer estas cosas? No el niño, inmaduro en cuanto a su voluntad, débil en sus facultades morales, y desacostumbrado a las armas de la guerra espiritual. Él depende de sus padres; les corresponde a ellos instruirle en los pensamientos que tendrá, los deseos que atesorará, y los sentimientos que aprobará. Solo iniciar; no se les permite más; pero de esta iniciación resultarán los hábitos de pensamiento y sentimiento que gobiernan al hombre, es decir, su carácter. Pero, ¿no es esto suponer demasiado, ya que, para resumir aproximadamente todo lo que entendemos por herencia, un niño nace con el futuro en sus manos? Sí, es indudable que el niño nace con las tendencias que deberían dar forma a su futuro; pero cada tendencia tiene sus caminos secundarios, un resultado bueno o malo; y poner al niño en el camino correcto para que se cumplan las posibilidades inherentes en él, esa es la vocación de los padres.

La dirección de las líneas de hábito.  Esta relación del hábito con la vida humana—tal como los rieles sobre los que se moviliza una locomotoraes quizás la más sugerente y útil para el educador; porque, así como es en general más fácil para la locomotora seguir su camino en los rieles que escapar de ellos y generar un desastre, también es más fácil para el niño seguir líneas de hábitos cuidadosamente establecidas que salir peligrosamente de esas líneas. De ello se deduce que este asunto de establecer líneas hacia el deshabitado país del futuro del niño es un asunto muy serio y de gran responsabilidad para los padres. Le corresponde a ellos considerar bien los rieles por las cuales el niño debe viajar con provecho y placer; y, a través de estos rieles, establecer líneas tan atractivamente suaves y fáciles que el pequeño viajero las siga a toda velocidad sin detenerse para considerar si elige o no ir por ese camino.

El hábito y el libre albedrío. Sin embargo—suponiendo que realizar una determinada acción múltiples veces en forma ininterrumpida forma un hábito que puede ser fácil de seguir o no; y que, si se persiste aún más en el hábito sin interrupciones, se convierte en una reacción instintiva que es bastante difícil de quitar; continúe en ello aún más, durante años, y el hábito posee la fuerza de diez naturalezas, y no se puede dejar excepto haciéndose violencia a uno mismo. Considere todo esto, y también el hecho de que es posible formar en el niño el hábito de hacer y decir, incluso de pensar y sentir, todo lo que es deseable que él haga o diga, piense o sienta, ¿y quizás no le está quitando el libre albedrío al niño, y lo convierte en una simple máquina gracias a este excesivo cultivo al que se le somete?

El hábito rige el noventa por ciento de nuestros pensamientos y actos. En primer lugar, ya sea que usted elija o no tomarse la molestia de formar hábitos, es el hábito el que regirá el noventa por ciento de la vida del niño, por tanto, él es aquel autómata que se acaba de describir. Que el niño se convierta en una criatura de hábitos, es un hecho que no lo determinan los padres, ya que todos somos meras criaturas de hábitos; pensamos nuestros pensamientos habituales, charlamos sobre las mismas cosas habituales, hacemos los mismos recorridos triviales, las tareas ordinarias, sin ningún esfuerzo auto determinante de la voluntad en absoluto. Si así no fuera—si tuviéramos que pensar, deliberar, sobre cada tarea del baño o la mesa—la vida sería insoportable; nos desgastaría el esfuerzo de la decisión repetido a perpetuidad. Agradezcamos, por lo tanto, que la vida no sea tan laboriosa; cientos de veces actuamos o pensamos sin necesidad de elegir y determinar más que una sola vez. Por su parte, las pequeñas emergencias que hacen obligatorio un acto de la voluntad, ocurrirán en la vida de los niños casi con tanta frecuencia como en las de los adultos. No les podemos evitar estas situaciones, y tampoco es deseable que lo hagamos. Lo que sí podemos hacer por ellos es asegurarnos de que tengan hábitos que los guíen por las sendas del orden, de lo apropiado y de la virtud, en lugar de dejar que las ruedas de su vida dejen feos surcos en lugares pantanosos.

El hábito es poderoso incluso en casos en que la voluntad toma las decisiones. Luego entonces, incluso en las emergencias, en cada inesperada dificultad y tentación que requiera un acto de la voluntad, pues, la conducta todavía puede seguir las líneas del hábito que le es familiar. El niño que se ha acostumbrado a encontrar tanto beneficio como placer en sus libros, no cae fácilmente en la ociosidad porque se sienta atraído por un compañero ocioso. La niña que ha sido cuidadosamente entrenada para decir la verdad exacta, simplemente no piensa en una mentira como un medio inmediato para salir de un aprieto, por muy cobarde que sea.

Pero esta doctrina del hábito, ¿es, después de todo, algo más que un tratamiento empírico de los síntomas del niño? ¿Por qué realizar un acto o pensar un pensamiento, por ejemplo, una gran cantidad de veces consecutivas, algo tiende a convertir la realización de ese acto o el pensamiento de ese pensamiento en una parte de la naturaleza del niño? Podemos aceptar la doctrina como un acto de fe que descansa en la experiencia; pero si pudiéramos descubrir la razón de ser de esta enorme fuerza del hábito, sería posible trabajar en el establecimiento de hábitos contando con un propósito y método reales.

VI. La fisiología del hábito

Una obra del Dr. Carpenter fue quizás la primera en darme la pista que estaba buscando. En su Fisiología mental—una obra muy interesante, por cierto— él investiga la analogía entre la actividad física y mental, y muestra que ambas se relacionan en cuanto a que el efecto de una es la causa de la otra.

Los tejidos en crecimiento se forman en función de los modos de acción. Una descripción aproximada de la doctrina que propugna la escuela que representa el Dr. Carpenter consiste en que los tejidos, tales como el tejido muscular, por ejemplo, sufren de un constante desgaste y de igual constante reparación. Incluso esos modos de acción muscular que consideramos naturales como caminar y estar erguido, son en realidad el resultado de una laboriosa educación, al igual que muchos modos de acción que adquirimos conscientemente, como escribir o bailar, que se vuelven perfectamente fáciles y naturales. ¿Por qué? Porque la ley de los tejidos en constante crecimiento es que se formen de acuerdo con los modos de acción que se les exija realizar. Es el caso del cerebro que envía repetidamente a los músculos, sometidos al control nervioso, el mensaje de que realicen una determinada acción, tal acción se vuelve automática en el centro inferior, y la más leve sugerencia del exterior la producirá sin ninguna intervención del cerebro. Por lo tanto, las articulaciones y los músculos de la mano del niño se adaptan muy pronto al modo de acción requerido para sostener y guiar el bolígrafo. Observe que no se trata de que el niño aprenda mentalmente cómo usar su pluma, a pesar de sus músculos; sino que los músculos nuevos en crecimiento asumen su forma de acuerdo con la acción que se requiere de ellos. He aquí la explicación de todas las hazañas del saltimbanqui [artista que realiza acrobacias y saltos en público]que parecen simplemente imposibles para los espectadores no entrenados: le son imposibles porque sus articulaciones y músculos no tienen las mismas facultades que se han producido en el saltimbanqui gracias al proceso del entrenamiento temprano.

Por lo tanto, los niños debieran aprender a bailar, nadar, etc., a una edad temprana. Actividades que no son meramente corporales, vale la pena decir. Aquí tenemos la razón por la cual los niños deberían aprender a bailar, montar a caballo, nadar, hacer gimnasia, toda forma de actividad que requiera entrenamiento de los músculos, a una edad temprana: ésta radica en el hecho de que los músculos y las articulaciones no tienen que conformarse simplemente a sus nuevos usos, sino también desarrollarse según un patrón modificado; y este crecimiento y adaptación ocurren con mayor facilidad a una tierna edad. Por supuesto, quien posee músculos que han mantenido el hábito de adaptarse adquirirá nuevos juegos, nuevos ejercicios musculares, sin gran esfuerzo. Pero si le enseñas a escribir a un granjero que maneja el arado, verás la enorme dificultad física que se ve en los músculos no acostumbrados a desarrollar algún tipo de esfuerzo diferente. Aquí vemos cuán importante es vigilar los hábitos de enunciación, el porte de la cabeza, etc., que el niño está formando a cada hora. El dedo en la nariz, la mala postura de la espalda, la frase ininteligible, no son una simple costumbre que se pueda dejar para «cuando sea mayor y sepa mejor», porque que todo el tiempo ello se está convirtiendo en parte de él, al quedar registrado en la sustancia misma de su médula espinal. La parte de su sistema nervioso donde reside la conciencia (el cerebro) hace tiempo que dio una orden permanente, y tales son las complicaciones de la administración, que recordar la orden significaría la reestructuración absoluta de las partes involucradas. Y para corregir los malos hábitos de hablar, por ejemplo, no será suficiente que el niño tenga la intención de hablar con claridad y tratar de hablar con claridad; no podrá hacerlo habitualmente hasta que se haya producido un nuevo crecimiento en los órganos de la voz mientras hace esfuerzos para formar el nuevo hábito.

Los hábitos morales y mentales dejan su huella en los tejidos físicos. Pero, prácticamente, todos saben que el cuerpo, y cada una de sus partes, se adapta muy fácilmente a los usos que se le dan: sabemos que, si un niño se acostumbra a pararse sobre un pie, empujando así un hombro hacia arriba, el hábito probablemente terminará en la curvatura de la columna vertebral; que permitir hombros caídos y, en consecuencia, un pectoral contraído, es preparar el camino para la enfermedad pulmonar. Las consecuencias físicas de los malos hábitos de este tipo son tan evidentes que no podemos cegarnos a la relación de causa y efecto. Y estamos menos preparados para admitir que los hábitos que no parecen ser en ningún sentido físicos—hábitos de la impertinencia, de la veracidad, del orden—también deberían dejar su huella en un tejido físico, y ese efecto físico probablemente se deba a la enorme fuerza del hábito. Sin embargo, cuando consideramos que el cerebro, el cerebro físico, es el órgano extremadamente delicado mediante el cual pensamos, sentimos, deseamos, amamos, odiamos y adoramos, no es sorprendente que esté siendo modificado por el trabajo que debe realizar. Para decirlo de manera pintoresca, es como si cada tren de pensamiento frecuente hiciera un surco en la sustancia nerviosa del cerebro en la que los pensamientos corren ligeramente por su propia voluntad, y estos solo pueden salirse de los rieles con un esfuerzo extremo de nuestra voluntad.

Hilos de pensamiento persistentes. Por lo tanto, la dueña de la casa sabe que cuando sus pensamientos son libres de seguir su propio curso, se van a los cuidados de la casa o a la despensa, a la cena de mañana o a la ropa para el invierno; es decir, el pensamiento corre por el surco que, por así decirlo, ya se ha usado al repetirlo constantemente. Los pensamientos de la madre se centran en sus hijos, del pintor en las imágenes, del poeta en la poesía; los del ansioso jefe de hogar puede ser en el dinero ocasionalmente, hasta que en momentos de presión inusual sus pensamientos golpeen una y otra vez esos surcos gastados por el uso, y se nieguen a correr por otro surco, hasta que el pobre hombre pierde la razón, simplemente porque no puede sacar sus pensamientos del surco creado en la sustancia de su cerebro. De hecho, «allí radica la locura» para cada uno de nosotros, en el persistente acoso de cualquier hilo de pensamiento sobre el tejido cerebral. El orgullo, el resentimiento, los celos, una invención en la que ha trabajado un hombre, una opinión que ha concebido, cualquier línea de pensamiento sobre la cual él ya no tenga el poder parar desviar, pondrá en peligro la cordura de un hombre.

Regeneración incesante del tejido cerebral. Si amamos, odiamos, pensamos, sentimos, adoramos, a expensas del esfuerzo físico real del cerebro y el consiguiente desperdicio del tejido, cuán enorme debe ser el trabajo de ese órgano con el que nosotros, de hecho, hacemos todo, ¡incluso muchos de esos actos cuya ejecución final recae en las manos o los pies! Es cierto: y para reparar este desgaste excesivo, el cerebro consume la mayor parte de los nutrientes proporcionados por el cuerpo. Como ya hemos visto, un sexto o un quinto de toda la sangre en el cuerpo va a reparar los desgastes en la casa del rey; en otras palabras, se está formando constantemente tejido cerebral nuevo a un ritmo sorprendentemente rápido que uno se pregunta a qué edad el niño ya no tiene parte del cerebro con el que nació.

El nuevo tejido repite el viejo, pero no con exactitud. Así como un nuevo crecimiento muscular se adapta a cualquier ejercicio nuevo que se requiera, el nuevo tejido cerebral se supone que «crece y se adapta» a cualquier hábito de pensamiento vigente durante el tiempo de tal crecimiento—con el término «pensamiento», incluimos por supuesto, todo ejercidio de la mente y del alma. «El cerebro del hombre crece y se adapta a los modos de pensamiento que ejercita habitualmente», dice un fisiólogo de experiencia; o, en palabras del Dr. Carpenter, «cualquier secuencia de acción mental que se haya repetido con frecuencia tiende a perpetuarse; de esa manera nos encontramos automáticamente prontos a pensarsentir o hacer lo que hemos estado acostumbrados a pensar, sentir o hacer, en circunstancias similares, sin ningún propósito o anticipación de resultados conscientemente concebidos. Debido a que no hay razón para considerar el cerebro como una excepción al principio general, que, si bien cada parte del organismo tiende a formarse a sí mismo de acuerdo con el modo en que se ejercita habitualmente, esta tendencia será especialmente fuerte en el aparato nervioso, en virtud de esa regeneración incesante que es la condición misma de su actividad funcional. De hecho, casi no hay duda de que cada estado de conciencia ideacional que sea o muy fuerte o que se repita habitualmente, deja una impresión orgánica en el cerebro, en virtud del cual el mismo estado puede reproducirse en cualquier momento futuro al momento que algo suficientemente adecuado lo provoque».

Se pueden adquirir actos reflejos artificiales. En otras palabras, podemos usar lo que dice Thomas Huxley y exponer el caso [en Elementos de fisiología e higiene] así:

«Con ayuda del cerebro podemos contraer una infinidad de hábitos que llegan a ser otros tantos actos reflejos. Es decir, que un acto puede requerir toda nuestra atención y la intervención de la voluntad la primera, segunda y tercera vez que se practica; pero al cabo de frecuentes repeticiones, llegar a ser en cierto modo como parte de nuestra organización, y ocurre ya sin intervención de la voluntad y aun sin que tengamos de él noticia o consciencia.

Todo el mundo sabe que se emplea largo tiempo en la instrucción de los reclutas, hasta que a fuerza de ejercicio se consigue que obedezcan una voz de mando, la de “firmes” por ejemplo, en el mismo instante de oírla, y llega a suceder que al sonido de la voz sigue inmediatamente la acción, sin necesidad de que el soldado piense en lo que hace. A este propósito hay un cuento, que podrá no ser verdad, pero que es muy verosímil, de un chistoso que viendo venir por la calle a un veterano cargado con su merienda, gritó repentinamente “Firmes” y que el pobre soldado, sin saber lo que hacía, se cuadró y llevó las manos a la costura del pantalón echando a rodar la carne y las patatas que llevaba. El ejercicio militar había llegado a incorporarse en la estructura nerviosa de aquel hombre.

La posibilidad de toda educación (de la que el ejercicio militar es solo una forma particular) se funda en la existencia de esta facultad que posee el sistema nervioso de convertir los actos voluntarios en operaciones maquinales o reflejas. Puede muy bien establecerse como regla que siempre que se provoquen dos estados mentales cualesquiera, ya juntos, ya en determinada sucesión, y que esto se repita con la necesaria frecuencia y con suficiente viveza; en adelante bastará producir uno de ellos para que irremisiblemente acuda el otro, sea ese o no sea nuestro deseo»

Educación intelectual y moral. «El objeto de la educación intelectual es precisamente crear esas asociaciones indisolubles de nuestras ideas sobre las cosas en el mismo orden y relación en que nos las ofrece la naturaleza; el de la educación moral es unir con la mayor fijeza las ideas de acciones criminales con las de castigo y degradación, y las de las buenas acciones con las de contento y de gloria».

Pero es la conexión íntima de la mente y la materia lo que tiene una importancia más directa para el educador, es decir, la idea que hemos abordado en forma generalizada usando la figura (de ninguna manera científicamente precisa) de un surco o riel. Dado que la dirección constante de los pensamientos produce una cierta línea en los tejidos del cerebro, esta línea es el primer rastro del surco o riel, la línea de menor resistencia, a lo largo de la cual la misma impresión, hecha en otro momento, encontrará más fácil seguir que tomar otro camino. Así surge un derecho de paso para cualquier hábito de pensamiento o de acción.

El carácter se ve afectado por la modificación adquirida que recibe el tejido cerebral. De lo anterior procede que la alineación real del cerebro del niño depende de los hábitos que los padres permitan o fomenten; y que los hábitos del niño producen el carácter del hombre, porque una vez que ciertas costumbres mentales se han establecido, está en su naturaleza continuar para siempre a menos que sean desplazados por otros hábitos. Aquí termina la filosofía fácil del «no importa», «oh, ya crecerá», «ya aprenderá a hacer lo bueno», «es tan pequeñito, ¿por qué no esperar mejor?» entre otras justificaciones. Todos los días, cada hora, los padres están formando pasiva o activamente aquellos hábitos en sus hijos de los cuales dependen, más que de cualquier otra cosa, el carácter y la conducta futuros.

La influencia externa. Consideremos ahora la influencia externa. El noventa por ciento del tiempo comenzamos a hacer algo porque hemos visto a otra persona hacerlo; lo seguimos haciendo y, ¡allí surge el hábito! Si es tan fácil para nosotros adoptar un nuevo hábito, es diez veces más fácil para los niños; y aquí radica la verdadera dificultad en cuanto a la educación en hábitos. Es necesario que la madre esté siempre alerta para cortar de raíz el mal hábito que sus hijos puedan estar adquiriendo de otros adultos en el hogar o de otros niños.

VII. La formación del hábito: ‘cierra la puerta al salir’

          «Haced la cosa siguiente».

«Lo que no se haga hoy no se hará mañana;
así que, no perdamos ni un solo día en la vacilación».

dice Marlowe, quien, como muchos de nosotros, conocía la miseria de la indolencia intelectual que no logra «hacer lo siguiente». Ningún asunto sobre la crianza de los hijos es trivial, pero esto de la dilación es muy importante. El esfuerzo de decisión, como hemos visto, es el mayor esfuerzo de la vida; no el hacer la cosa sino el esfuerzo de decidir qué hacer primero. Es comúnmente este tipo de indolencia mental, nacida de la indecisión, lo que conduce a los hábitos dilatorios [de hacer todo tan lentamente que se pierde el tiempo irremediablemente]. ¿Cómo se cura al niño remolón? ¿Lo curará el tiempo? ¿Aprenderá cuando crezca? En lo absoluto, será más bien su historia algo así como «No se hará mañana», a excepción de momentos ocasionales de acción. ¿Qué de los castigos? No; una persona procrastinadora es fatalista, y dice: «Se debe soportar lo que no se puede curar», y claro que se soportará, sin hacer ningún esfuerzo para curarse. ¿Recompensas? Tampoco; para él, una recompensa es un castigo presentado con un aspecto diferente: la posible recompensa él la asume como real, a su alcance, por así decirlo, pero al renunciar a ella [por su mal hábito] se le castiga, y él soporta el castigo. ¿Qué queda por intentar cuando ni el tiempo, ni la recompensa ni el castigo son efectivos? La panacea del educador: «Una costumbre vence sobre otra». El hábito enraizado de perder el tiempo solo debe suplantarse por el hábito contrario, y la madre debe dedicarse por unas semanas a esta cura de una manera tan constante e incansable como cuidaría de un hijo que tiene sarampión. Después de decirle en pocas palabras—cuanto menos mejor—y señalarle las consecuencias que pueden surgir de esta falta, así como el deber de superarla, y después de haberse ganado la voluntad (tristemente débil) del niño de hacer lo correcto, ella simplemente vigila que durante varias semanas la falta no se repita. La pequeña va a vestirse para dar una caminata; y sueña despierta con los cordones de sus botas, los dedos quedan en el aire, pero su conciencia está despierta; se siente obligada a levantar su mirada, y allí encuentra la mirada de su madre sobre ella, esperanzada y expectante. La niña responde a la rienda y prosigue su tarea; a mitad de camino lidiando con el cordón de la segunda bota, hay otra pausa, esta vez más corta; otra vez mira ella hacia arriba, y otra vez prosigue lo que está haciendo. Las pausas van disminuyendo día a día, los esfuerzos son más constantes, se fortalece la joven e inmadura voluntad y se adquiere el hábito de una acción rápida. Después de esa primera charla, lo mejor es que la madre se abstenga de una palabra más sobre el tema; tanto su mirada (expectante, no reprochadora) como un toque lo más ligero posible cuando la pequeña nuevamente se distraiga, serán los únicos instrumentos efectivos. Muy pronto, «¿Crees que puedes prepararte en cinco minutos hoy sin mí?» «Oh, sí, madre». «No digas que “sí” a menos que estés completamente segura», «Lo intentaré». Y la pequeña lo intenta, y tiene éxito. En este momento, la madre se sentirá tentada a relajar sus esfuerzos, pasar por alto un poco de dilación porque la querida pequeña se ha estado esforzando tanto. Hacer esto es absolutamente fatal. El hecho es que el hábito de dilatar y perder el tiempo ha generado un registro considerable en la sustancia misma del cerebro del niño. Durante las semanas de curación, el nuevo crecimiento ha estado borrando el surco anterior, y ya se está formando el surco de un nuevo hábito. Permitir que se revierta al mal hábito anterior es botar todo lo que se ha ganado. Formar un buen hábito se logra en unas pocas semanas; pero protegerlo es un trabajo incesante, aunque para nada afanoso. Una palabra más: la acción rápida de parte del niño debiera lograr la recompensa de total tiempo libre, un tiempo para hacer exactamente lo que quiera, que no se otorgue como un favor, sino que se vaya acumulando (sin palabras) como un derecho adquirido.

El hábito es un deleite en sí mismo. Excepto por este inconveniente, la formación de hábitos en los niños no es una tarea laboriosa, ya que la recompensa va de la mano con el esfuerzo. Debido a que un hábito es deleite en sí mismo; la pobre naturaleza humana está consciente de lo fácil que es repetir cualquier cosa sin esfuerzo; y, por lo tanto, formar un hábito, disminuir gradualmente la sensación de esfuerzo en un acto dado, es placentera. Esta es una de las rocas que, a veces, divide a las madres: pierden de vista el hecho de que un hábito, incluso un buen hábito, se convierte en un verdadero placer; y cuando el niño realmente ha formado el hábito de hacer cierta cosa, su madre imagina que el esfuerzo es tan grande para él como al principio, que la virtud en él es lo que lo hace continuar este esfuerzo y que, por cierto, se merece de recompensas, y un poco de relajación—entonces lo dejará interrumpir el nuevo hábito unas cuantas veces y luego continuará de nuevo. Pero ya no continuará como lo hacía; continuará de nuevo, pero enfrentando obstáculos. La «pequeña relajación» que ella permitió a su hijo significó la formación de otro hábito contrario, que debe superarse antes de que el niño regrese a donde estaba antes.

De hecho, lo único que esta compasión mal encaminada por parte de las madres es lo que hace difícil entrenar a un niño en buenos hábitos; ya que está en la naturaleza del niño adoptar hábitos tan amablemente, como el bebé toma la leche de su madre.

Tacto, vigilancia y persistencia. Por poner como ejemplo un hábito sin mayor importancia excepto en cuanto a la consideración hacia los demás: la madre desea que su hijo adquiera el hábito de cerrar la puerta cuando él entra o sale de la casa o de una habitación. Tacto, vigilancia y persistencia son las cualidades que debe cultivar en sí misma; y, con estos, se sorprenderá de la disposición con la que el niño adquiere el nuevo hábito.

Etapas en la formación de un hábito. «Juanito»—dice ella con voz alegre y amable, «quiero que recuerdes algo con todas tus fuerzas: nunca entres o salgas de una habitación en la que alguien se encuentra sin cerrar la puerta».

«¿Pero, y si lo olvido, madre?»

«Yo intentaré recordártelo».

«Pero tal vez yo tenga mucha prisa».

«Siempre debes hacer el tiempo para hacerlo».

«¿Pero, por qué, madre?»

«Porque no es cortés incomodar las personas que se encuentran en la habitación».

«¿Pero si vuelvo a salir inmediatamente?»

«Aun así, cierra la puerta cuando entres; puedes abrirla nuevamente al salir. ¿Crees que puedes recordarlo?»

«Lo intentaré, madre».

«Muy bien; yo observaré cuántos pocos “olvidos” tienes».

Juanito recuerda dos o tres veces; y luego, sale de la habitación como un tiro de escopeta y está a mitad de camino de bajar la escalera cuando su madre alcanza a llamarlo. Ella no grita: «¡Juanito, vuelve y cierra la puerta!», porque sabe que una llamada de ese tipo es exasperante para grandes o pequeños. Ella va hacia la puerta y llama amablemente: «¡Juanito!» Juanito se ha olvidado por completo de la puerta; se pregunta qué quiere su madre y, vuelve curioso, para encontrarla sentada y ocupada como antes. Ella levanta la vista, mira hacia la puerta y dice: «Dije que trataría de recordártelo». «Oh, se me olvidó», dice Juanito, su honor malherido; y cierra la puerta esa vez, y la siguiente, y la siguiente.

Pero en realidad el niño no tiene mucha facultad para recordar, y la madre tendrá que adoptar varios pequeños dispositivos para recordarle; pero de dos cosas ella tendrá cuidado—que él nunca se escape sin cerrar la puerta, y que ella nunca permita que el asunto sea una causa de fricción entre ella y el niño, tomando la posición de su aliado amigable para ayudarlo contra ese mal recuerdo. Muy pronto, después de quizás veinte cierres de la puerta sin omisión alguna, el hábito comienza a formarse; Juanito cierra la puerta como si nada, y su madre lo mira con alegría entrar en una habitación, cerrar la puerta, sacar algo de la mesa y salir, cerrando la puerta nuevamente.

Un escenario peligroso. Ahora que Juanito siempre cierra la puerta, la alegría y el triunfo de su madre comienzan a mezclarse con una lástima irrazonable. «Pobre niño», se dice a sí misma, «es muy bueno de su parte tomarse tantas molestias por algo tan sencillo, ¡solo porque se le pide!» Ella piensa que, todo el tiempo, el niño está haciendo un esfuerzo por ella; perdiendo de vista el hecho de que el hábito se ha vuelto fácil y natural, que, de hecho, Juanito cierra la puerta sin saber que lo hace. Ahora llega el momento crítico. Un día cualquiera, Juanito está tan entusiasmado con un nuevo deleite, que el hábito que aún no está completamente formado, lo olvida, y está a medio camino por las escaleras antes de pensar en la puerta. Piensa en ella, con un pequeño toque de la conciencia, lo suficientemente fuerte como para no enviarlo de regreso, pero para hacer que se detenga un momento para ver si su madre lo llamará de regreso. Ella se ha dado cuenta de la omisión y se dice a sí misma: «Pobrecito, se ha portado tan bien con este hábito durante tanto tiempo; lo dejaré pasar una vez». Él, afuera, no escucha la llamada de su madre, y se dice a sí mismo (¡qué fatal veredicto!): «Bueno, no importa», ¡y se va!

La próxima vez deja la puerta abierta, pero no es un «olvido». Su madre lo llama débilmente. Su oído rápido capta la debilidad en su tono y, sin volver, implora: «Oh, madre, tengo tanta prisa», y ella no dice nada más, y lo deja ir. Nuevamente entra él apurado, dejando la puerta abierta. «¡Juanito!» dice la madre, advirtiéndole. «Voy a salir de nuevo en un minuto, madre», y después de diez minutos hurgando, él sale y se olvida de cerrar la puerta. La relajación en mal momento de la madre la ha hecho perder todo el terreno ganado.

VIII. Hábitos de la primera infancia

El niño recibe pasivamente todas sus tendencias y hábitos, mitad físicos y mitad morales, de los que dependen el disfrute y la comodidad de la vida cotidiana; es decir, él hace muy poco para formar estos hábitos por sí mismo, pero su cerebro recibe impresiones de lo que él ve sobre sí mismo; y estas impresiones toman la forma de sus propios hábitos más fuertes y duraderos.

Algunas ramas de la educación infantil. La limpieza, el orden, la pulcritud, la regularidad y la puntualidad son todas «ramas» de la educación de la primera infancia; para el niño, debieran ser como el aire que respira, y adquirirlas inconscientemente. No hay que decir nada sobre la necesidad de que una limpieza delicada en las habitaciones donde están los pequeñitos; los bebés reciben sus baños, y limpiezas ilimitadas en su nombre; pero, de hecho, a pesar de que las madres de la clase culta sean tan escrupulosas como fueren, mucho depende de las personas que cuidan los niños, y una supervisión cuidadosa es necesaria para garantizar que no ningún tipo de olor en el bebé o en cualquier cosa que le pertenezca, y que las guarderías se mantengan frescas y completamente ventiladas. Una de las grandes dificultades radica en que todavía hay algunas personas cuidadoras que pertenecen a una clase en la que una ventana abierta es una abominación; y otra gran dificultad es que no conocen el significado de los olores: no pueden ver “un olor” y, por tanto, no es fácil persuadirlas de que el olor es materia, partículas microscópicas que el niño ingiere con cada inhalación de su respiración.

Un olfato sensible. Por cierto, una parte muy importante de la educación física para un niño es entrenar en él un olfato sensible, en otras palabras, fosas nasales que huelan la menor “congestión” en una habitación, o el olor más leve de la ropa o los muebles. Parece que el sentido del olfato nos ha sido dado no solo como una vía de placer, sino como una especie de señal de peligro para advertirnos de la presencia de asuntos nocivos. Sin embargo, muchas personas parecen atravesar el mundo sin una nariz en absoluto; y los hechos tienden a mostrar que un olfato rápido es cuestión de educación y hábito. El hábito se forma fácilmente: aliente a los niños a notar si la habitación en la que entran “huele” bastante fresca cuando retornan del aire libre, a observar la diferencia entre el aire de la ciudad y el aire más fresco fuera de ella; y entrenarlos para percibir el más mínimo rastro de olores agradables o inofensivos.

Los infantes son ubicuos. Volvamos a los niños de corta edad. Sería muy importante que a las personas cuidadoras se les comunicara que el bebé es ubicuo [que la RAE define como: alguien que todo lo quiere presenciar y vive en continuo movimiento], y que no solo ve y sabe todo, sino que también guardará por toda la vida, todo lo que ha visto [a continuación, un extracto del poema On The Late Captain Grose’s Peregrinations Thro’ Scotland del poeta Robert Burns]:

«Si un agujero hay en tu abrigo,
Párchalo, te lo ruego;
Hay un pequeño observando con atención,
Y así lo aprenderá, con seguridad»:

«lo aprenderá» en su propio cerebro activo, como un modelo para sus hábitos futuros. Que la persona cuidadora posea esta noción podría lograr algo a favor de garantizar la limpieza que sobrepasa aquella de delantales limpios. Uno o dos pequeños detalles sobre la limpieza que las personas cuidadoras realizan, no recomendamos en cuanto a la limpieza: uno es hacer las camas infantiles a primera hora de la mañana, y el otro es doblar las prendas de los niños cuando se las quitan por la noche. Es bueno poner un cordel en la noche en donde duermen los niños, y allí colgar las pequeñas prendas para que se ventilen y salga la transpiración imperceptible que han recibido durante el día. Por la misma razón, las camas y las sábanas deberían airearse durante un par de horas antes de que se hagan.

La limpieza personal como un hábito temprano. La mesa donde se alimentan los niños, si la hubiera, debe mantenerse tan escrupulosamente agradable como la del comedor. El niño que se sienta sobre un mantel arrugado o manchado, o usa una cuchara de metal descolorida, está siendo degradado por tal hecho. A los niños también se les debe alentar a mantener un buen aseo personal de sí mismos. Todos hemos visto la delicada manito que extiende el bebé para que se la laven; tiene una mancha y al niño no le gusta. ¡Que sean así de meticulosos cuando sean lo suficientemente grandes como para lavarse por sí mismos! No se trata de que estén siempre limpios y presentables; a los niños les encanta «ensuciarse» y deberían tener grandes delantales para ese propósito. Todos son como ese pequeño príncipe francés que despreciaba sus regalos de cumpleaños y suplicaba que se le permitiera hacer pequeños pasteles de barro con el niño pobre. Déjelos que hagan sus tartas de barro con toda libertad; pero una vez que hayan terminado, deberían estar impacientes por eliminar todo rastro de tierra, y deberían hacerlo ellos mismos. A los niños pequeños se les puede enseñar a limpiarse las uñas, y a limpiarse los ojos [¿de lagañas?], y las orejas. En cuanto a sentarse a la mesa con las manos sin lavar y el pelo sin cepillar, eso, por supuesto, no se le permite a ningún niño decente. A los niños se les debiera dar tempranamente sus propios materiales de lavado, y acostumbrarse a encontrar un verdadero placer en el baño y en el cuidado de sí mismos. No hay razón por la que un niño de cinco o seis años no se lave completamente a sí mismo sin someterlo a la tortura del jabón en los ojos, y las maniobras de parte de los adultos que los niños odian, y con justificada razón. Además, el niño no adquiere el hábito del baño diario sino hasta que pueda tomarlo por sí mismo, y es importante que este hábito se forme antes de que comience la era temeraria de la vida escolar.

Modestia y pureza. Las acciones relativas al baño le brindan a la madre oportunidades para entregar la enseñanza y la capacitación necesarias en hábitos de decencia y un sentido de la modestia. Dejar que su hijo pequeño viva y crezca en una simplicidad como la del Edén es, quizás, el curso más tentador y natural para la madre. ¡Pero, ay! no vivimos en el huerto, y es bueno que el niño sea entrenado desde el principio en las condiciones en que debe vivir. Tanto para el niño más pequeño como para nuestros primeros padres, existe aquello que está prohibido. En la temporada de la obediencia incuestionable, hágale saber que Dios Todopoderoso no le permite hablar, pensar, exhibir, y manejar su cuerpo excepto cuando se trate de la limpieza. Esto será más fácil para la madre si habla del corazón, los pulmones, etc., que, también no se nos permite mirar ni manipular, pero que están tan encerrados en paredes de carne y hueso que no podemos alcanzarlos. Lo que queda disponible a nosotros está allí, tal como el árbol en el Jardín del Edén, para probar nuestra obediencia; y en ambos casos, la desobediencia genera una pérdida y ruina seguras.

El hábito de la obediencia y el sentido del honor. El sentido de la prohibición, del pecado en la desobediencia, será una maravillosa protección contra el conocimiento del mal para el niño criado en hábitos de obediencia; y aún más efectivo será el sentido del honor y del deber—el mismo motivo de los mandamientos apostólicos sobre este tema. Deje que la madre renueve este cargo con seriedad en la víspera, por ejemplo, de cada cumpleaños, permitiendo al niño que sienta que al obedecer en este asunto puede glorificar a Dios con su cuerpo; enseñándole a vigilar cada acercamiento del mal; rezar diariamente para que cada uno de sus hijos se mantengan en pureza ese día. Ignorar las posibilidades del mal en esta área, es exponer al niño a riesgos terribles. Al mismo tiempo, recuerde que las palabras destinadas a obstaculizar pueden ser la causa del mal, y que una vida llena de intereses y actividades saludables es una de las medidas preventivas más seguras del vicio secreto.

El orden es esencial. Lo que se ha dicho sobre la limpieza se aplica también al orden tanto orden en las habitaciones de los niños pequeños como en los hábitos de orden de quienes los cuidan. Una cosa es de importancia en este sentido: que la habitación de los niños no debiera convertirse en la bodega de muebles en desuso o desgastados de la casa; o tazas resquebrajadas, platos descascarados, jarras y las teteras con boquillas rotas no deben estar allí. A los niños se les debe criar para que piensen que una vez que un artículo se vuelve antiestético por el uso o una rotura, ya no se puede usar, y se debe conseguir otro; esta regla resultará bien económica porque cuando los niños y los criados descubren que las cosas ya no «sirven», después de causar daño por un descuido, aprenden a tener cuidado. Pero, en todo caso, es un verdadero detrimento para los niños crecer usando cosas imperfectas y antiestéticas por falta de algo mejor.

El placer que las personas adultas sienten al hacer todo por los niños es realmente una fuente fructífera de mal comportamiento; por ejemplo, en cuanto a esto del hábito del orden. ¿Quién no ha visto el desorden que los niños dejan para otros limpien una docena de veces al día, en sus habitaciones, el jardín, el salón, a donde sea que los llevan sus inquietos y pequeños piececitos? Somos un poco sentimentales con respecto a juguetes dispersos y ramilletes desteñidos de flores, y todas las señas de la presencia de los niños; pero el hecho es que no se debe permitir que el hábito sin control de dejar desórdenes se implante en los niños. Todos reprueban a la madre de familia por el caos en los cajones de su ropa, o por sus posesiones arrojadas sin cuidado; pero al menos parte de la culpa debería colocarse en su propia madre, porque no se trata de que la mujer haya adquirido accidentalmente un hábito miserable que destruye la comodidad y la felicidad de su hogar; sino que se le permitió crecer en el hábito del desorden cuando era niña, y parte de su culpa es que no ha logrado curarse.

El niño de dos años debe guardar sus juguetes.  Al niño de dos años se le debe enseñar a sacar y devolver sus juguetes a su lugar. Comience a corta edad. Que sea un placer para él, que sea parte de un juego, abrir su armario y volver a colocar la muñeca o el caballo en su lugar. Que siempre guarde sus cosas como una parte normal de su día, y será sorprendente lo pronto que se forma un hábito de orden, entonces guardar sus juguetes será algo agradable, y le irritará ver las cosas en un lugar que no corresponde. Si los padres pudieran ver la moralidad que radica en el orden, que ese orden en las habitaciones de los niños se convierte en escrupulosidad en la vida posterior, y que la instrucción necesaria para formar el hábito no es mayor que, en comparación, la cuerda ocasional de un reloj, que marca el tiempo por sí mismo y sin obligarse a sí mismo, entonces mayores esfuerzos se harían para cultivar este importante hábito.

La pulcritud es similar al orden.  La pulcritud es similar al orden, pero no es exactamente lo mismo: implica no solo “un lugar para todo y todo en su lugar”, sino todo en un lugar adecuado, con el fin de producir un buen efecto; de hecho, el gusto entra en juego. La niña no solo debe poner sus flores en agua, sino también colocarlas con delicadeza, y no se le debe ofender pasándole alguna fea taza o jarra de la cocina, o un horrible jarrón rosa, sino que debiera acceder a un vaso o jarrón elegante y armonioso en el tono, aunque sea un poco barato. Del mismo modo, todo en las habitaciones de los niños debiera ser «pulcro», es decir, agradable y adecuado; y se debe alentar a que los niños guarden pulcra y efectivamente lo que posean. No debe admitirse nada vulgar en cuanto a impresión, libro ilustrado o juguete— nada que vicie el gusto de un niño o aliente el gusto por lo común en su naturaleza. Por otro lado, sería difícil estimar la influencia refinadora y elevadora de una o dos obras de arte bien elegidas, por muy barata que sea su reproducción.

Regularidad. La importancia de la regularidad en la educación infantil está comenzando a reconocerse en general. La joven madre sabe que debe acostar a su bebé en el momento adecuado, independientemente de sus llantos, incluso si lo deja llorar dos o tres veces, para que, por el resto de la vida de su bebé, él pueda dormirse solo dulcemente en la oscuridad sin protestar. Mucho se dice que no tiene sentido sobre la razón de los llantos del niño: se supone que quiere a su madre, su niñera, su biberón, la luz, y que es «un niño que sabe», según su niñera, ya que, de hecho, si llora por tales cosas, las consigue. [Aquí la Srta. Mason refleja las prácticas de cuidado del bebé de la época victoriana, que ya no recomiendan los expertos en cuidado infantil.]

Hábitos de tiempo y lugar.  El hecho es que el niño ya ha formado un hábito de vigilia o de alimentación en momentos inadecuados, y está tan incómodo con sus hábitos como el gato está en una casa diferente; pero cuando se somete felizmente a la nueva regulación, es porque se ha formado el nuevo hábito y es, a su vez, la fuente de su satisfacción. Según el Dr. Carpenter, «La regularidad debería iniciarse incluso con la vida del bebé, en cuanto a los tiempos de alimentación, descanso, etc. El hábito corporal así formado ayuda enormemente a moldear el hábito mental en un período posterior. Por otro lado, nada tiende a generar más un hábito de autocomplacencia que alimentar a un niño, o permitirle que permanezca fuera de la cama, en momentos que no son los adecuados, simplemente porque llora. Es maravilloso lo pronto que las acciones de un bebé pequeño (como las de un perro o caballo joven) entran en armonía con el “entrenamiento” sistemático ejercido juiciosamente». El hábito de la regularidad es tan atractivo para los niños mayores como para el bebé. Los días en que la planificación habitual no se lleva a cabo, sabemos que son los días en que los niños tienden a tener un mal comportamiento.

IX. El ejercicio físico

Importancia del ejercicio cotidiano. Ya abordamos en abundancia el tema del entrenamiento natural del ojo y de los músculos en la sección anterior «la vida al aire libre», a lo cual solo agregaré una cosa: que el placer del niño en el movimiento ligero y fácil—como el deleite del buen jinete en el manejo de su propio cuerpo cuando monta su caballo—, ya sea bailando, haciendo ejercicios de repetición, o gimnasia, algún tipo de ejercicio físico juicioso, debiera ser parte de la rutina diaria de todo niño. La gimnasia sueca [Swedish Drill, en inglés] es de especial valor, y muchos de los ejercicios son adecuados para los niños más pequeños. Ciertas cualidades morales entran en juego en los movimientos alertas, la atención del ojo, las respuestas rápidas e inteligentes; pero a menudo sucede que los niños bien comportados fallan en estos puntos por falta de entrenamiento físico.

Ejercicios en buenos modales. Que los niños repitan los buenos modales: que ensayen pequeñas obras jugando: María es la dama que pregunta cuál es el camino al mercado; Harry es el chico que la dirige, y así sucesivamente. Que hagan un ejercicio de postura: los ojos al frente, las manos quietas, la cabeza alta. Que inventen un centenar de situaciones con su comportamiento propio, atesorando sugerencias que se les dé para que se guíen; pero este tipo de ejercicio debe intentarse cuando los niños son pequeños, antes de que la tiranía de la vergüenza ajena se establezca. Aliéntelos a admirar y enorgullecerse en los movimientos ágiles y ligeros, y que eviten el paso burdo y el movimiento hacia el exterior de las extremidades al caminar.

Entrenamiento del oído y la voz. El entrenamiento del oído y la voz es una parte extremadamente importante de la cultura física. Que los niños se ejerciten en los sonidos puros de las vocales, en la enunciación de las consonantes finales; no les permitan que omiten partes de las palabras o las deformen [ejemplos pertinentes en español podrían ser: veniste en vez de viniste, haiga en vez de haya, dentrar en vez de entrar, fuistes en vez de fuiste, pescao en vez de pescado, andó en vez de anduvo, decir: cómo estai, lah palabrah, etc]. Hágalos pronunciar palabras difíciles como: imperturbabilidad, anticlericalismo, impermeabilidad, con gran precisión después de escucharlas una sola vez. El francés [o cualquier otro idioma extranjero], al ser enseñado oralmente, es de inmenso valor ya que entrena tanto el oído como la voz.

El hábito de la música. En cuanto al entrenamiento musical, es difícil decir cuánto de lo que se denomina gusto y habilidad musicales heredadas son el resultado de escuchar y producir sonidos musicales constantemente, el hábito de la música, que ocurre en las familias musicales y con lo cual crece el niño. El Sr. Hullah sostuvo que el arte de cantar es un hábito formado—el cual se puede, y se debe dar a todos los niños. Por supuesto, el hábito transmitido debe tenerse en cuenta. Es una pena que la instrucción musical que recibe la mayoría de los niños sea aleatoria; que no se les capacite, por ejemplo, a través de ejercicios cuidadosamente graduados de oído y voz, con el fin de producir y distinguir los tonos y los intervalos musicales.

Dejemos a los niños tranquilos. En conclusión, permítanme decir que la educación de los hábitos es exitosa en la medida que le permite a la madre dejar a sus hijos tranquilos, sin irritarlos con órdenes y direcciones perpetuas, un barrido continuo de «haz esto» y «no hagas eso»; sino dejándolos tomar su propio camino y crecer, habiéndose asegurado primero que tomarán el camino correcto y crecerán con un propósito fructífero. El jardinero, es cierto, «cava y poda», atiende su árbol de duraznos y le pone un tutor, pero eso solo ocupa una pequeña fracción de la existencia del árbol porque el resto del tiempo, el jardinero deja que el aire fresco, el sol y la lluvia hagan su trabajo. El resultado son jugosos duraznos. Pero ay del jardinero que no haga su parte, porque sus duraznos no serán mejores que un fruto amargo e inapetecible.

[Volver al Índice]

Parte IV. Hábitos mentales: algunos hábitos morales

Una ciencia de la educación. Me permito reiterar que me atrevo a escribir sobre temas relacionados con la educación en el hogar con la mayor deferencia hacia las madres; con la certeza de que, en virtud de su peculiar comprensión de las disposiciones de sus propios hijos, se les ha bendecido tanto con el conocimiento como con la capacidad para manejarlos, y que quienes le rodean pueden solo observar de lejos. No obstante, existe lo que denominamos ciencia de la educación, la cual no proviene de la intuición, cuyo conocimiento permite criar a un niño completamente de acuerdo con la ley natural, que también es la ley divina, y que en seguirla radica una gran recompensa.

La educación en hábitos permite una vida fácil. Ya hemos visto por qué el hábito, por ejemplo, es una fuerza tan maravillosa en la vida humana. Esta perspectiva del hábito me parece muy alentadora, al proporcionar una razonabilidad científica a las conclusiones ya alcanzadas por la experiencia común. Es agradable saber que, incluso en la madurez de la vida, es posible mediante un pequeño esfuerzo persistente adquirir un hábito deseable. También es bueno, y también agradable, saber con qué facilidad fatal podemos caer en malos hábitos. Pero lo más satisfactorio en esta visión del hábito es que encaja con nuestro amor natural por una vida llevadera. Al principio, no somos reacios a esforzarnos teniendo la seguridad de que pronto las cosas irán mejor; y esto exactamente es lo que el hábito, en un grado extraordinario, promete generar. La madre que hace grandes esfuerzos por dotar a sus hijos de buenos hábitos se garantiza a sí misma días tranquilos y fáciles; mientras que la que deja que los hábitos se produzcan por sí solos tendrá una cansadora vida de fricción interminable con los niños. Todo el día estará gritando a los niños: «¡haz esto!» y no lo hacen; «¡haz eso!» y hacen lo otro. «Pero», usted puede decir, «si el hábito es tan poderoso, ya sea para obstaculizar o ayudar al niño, es fatigante pensar en todos los hábitos a los que la pobre madre debe estar atenta, ¿acaso ella nunca tendrá un momento de sosiego con sus hijos?»

El entrenamiento en hábitos se convierte en un hábito. Otra vez vemos una ilustración de esa fábula del péndulo ansioso, abrumado con la idea de la cantidad de «tictacs» que debe marcar; pero los tictacs se hacen uno a uno, y siempre habrá un segundo entre cada uno de ellos. De igual forma, la madre se dedica a la formación de un hábito a la vez, y solo vigila aquellos que ya se han formado. Si se pusiera ansiosa al pensar en el mucho trabajo, que limite la cantidad de buenos hábitos que se propone formar. El niño que comienza la vida con, digamos, veinte buenos hábitos, comienza con un cierto capital del cual obtendrá infinitas ganancias a medida que pasen los años. La madre que desconfía de su propia capacidad del esfuerzo constante bien puede consolarse con dos hechos. En primer lugar, ella misma adquiere el hábito de entrenar a sus hijos en un hábito determinado, que pronto se convierte, no solo en ningún problema, sino en un placer para ella. En segundo lugar, los hábitos más dominantes y permanentes del niño son aquellos que la madre no ha desarrollado, sino que el niño adquiere por sí mismo a través de la observación cercana de todo lo que se dice, se hace, se siente y se piensa en su casa.

Hábitos inspirados por la atmósfera hogareña. Ya hemos considerado un grupo de hábitos cuasi físicos (orden, regularidad, pulcritud) que el niño absorbe, por así decirlo, de la manera recién mencionada, pero no son los únicos: los hábitos de gentileza, cortesía, amabilidad, franqueza, respeto por otras personas, u otros hábitos así, son en el niño tal como es la atmósfera de su hogar, es decir, el aire en el que vive y en el que crece.

I. El hábito de la atención

Pasemos a considerar, ahora, un grupo de hábitos mentales que se ven influenciados por el entrenamiento directo y no por el ejemplo.

Primero, ponemos el hábito de la atención, porque el valor de los dones intelectuales más altos dependen de la medida en el cual su dueño haya cultivado el hábito de la atención. Para explicar por qué este hábito es de suma importancia, debemos considerar el funcionamiento de una o dos de las leyes del pensamiento. Recuerde, mientras tanto, cuán fija es la atención con la que el profesional capacitado—el abogado, el médico, el letrado—escucha una larga historia, desecha lo trivial, toma los hechos, ve la importancia de cada una de las circunstancias, y expone el caso con una nueva claridad y método; ahora contraste esto con el ojo errante y las respuestas aleatorias de quienes no tienen formación—y verá que diferenciar a las personas según su poder de atención se convierte en una prueba legítima.

Una mente a merced de las asociaciones. Consideraremos, entonces, la naturaleza y las funciones de la atención. La mente—con la posible excepción del estado de coma—nunca está inactiva; las ideas siempre pasan por el cerebro, de día y de noche, durmiendo o despertando, estemos locos o cuerdos. Nos elevamos demasiado a nosotros mismos cuando suponemos que nosotros somos los autores y quienes proponemos los pensamientos que tenemos, porque lo máximo que podemos hacer es dar dirección a estos hilos de pensamiento en los comparativamente pocos momentos en que  estamos regulando los pensamientos de nuestro corazón. Vemos en sueños—aquella rápida danza de ideas por el cerebro durante el sueño más ligero—cómo las ideas siguen a otras ideas de una manera general. En los merodeos del delirio, en las fantasías de los sin juicio, en el parloteo inconsecuente del niño y el balbuceo del anciano, vemos lo mismo, es decir, la ley de las ideas que pasan por la mente cuando se les permite hacerlo. Háblele a un niño sobre el vidrio, deseando provocar una curiosidad adecuada sobre cómo se hace el vidrio y cuáles son sus usos; nada de eso le interesa, sino que se va a la zapatilla de cristal de la Cenicienta; luego cuenta acerca de su madrina que le dio un bote; luego sobre el barco en el que el tío Enrique fue a América; luego quiere saber por qué usted no usas gafas, haciéndole a usted pensar que quizás el tío Enrique usa gafas. No obstante, las divagaciones del niño no son caprichosas; siguen una ley, la ley de asociación de ideas, por la cual cualquier idea presentada a la mente recuerda alguna otra idea que se haya asociado en algún momento con ella, como el vidrio y la zapatilla de la Cenicienta; y a partir de ella, a alguna otra idea asociada. Ahora, esta ley de la asociación de ideas es buena servidora, pero una mala ama, ya que contar con esta ayuda para recordar los eventos del pasado, y los compromisos del presente, es una bendición infinita; pero estar a merced de las asociaciones, no tener la capacidad para pensar en lo que queremos cuando queramos, y que «algo aparezca en nuestra cabeza», no es más que estar fuera de sus cabales.

Una atención errabunda. Un vigoroso esfuerzo de la voluntad debería permitirnos en cualquier momento fijar nuestros pensamientos. Sí, así es, pero la voluntad vigorosa y que se impone a sí misma es la flor de un carácter desarrollado; y mientras el niño no tenga un carácter desarrollado, sino solo disposiciones naturales, ¿quién mantendrá el juguete favorito fuera de la clase de geografía, o la muñeca fuera de la clase de francés? He aquí el secreto del tedio del aula escolar en casa—los niños están pensando todo el tiempo en algo distinto de sus clases; o, más bien, están a merced de las mil fantasías que revolotean por sus cerebros, una por una siguiendo el hilo de la anterior. «Oh, señorita Smith», dijo una niña a su institutriz, «¡hay muchas cosas más interesantes que las lecciones para pensar!»

¿En qué radica el daño? En esto: no solo en que los niños están perdiendo el tiempo, que es una pena desde ya; sino que además están formando un hábito mental indisciplinado y reduciendo su propia capacidad de esfuerzo mental.

El hábito de la atención se debe cultivar desde los primeros años. La ayuda, entonces, no radica en la voluntad del niño sino en el hábito de la atención, hábito que debe cultivarse incluso en el bebé, el cual, a pesar de sus maravillosas facultades de observación, no tiene la facultad de la atención; en un minuto, el codiciado juguete cae de los pequeños dedos sin energía, y la mirada errante se despierta con un nuevo objeto de placer. Incluso en esta etapa, no obstante, se puede entrenar el hábito de la atención: el juguete desechado se levanta y, con un «¡Qué lindo!» y gestos llamativos, la madre mantiene los ojos fijos del bebé durante un par de minutos—y esta es su primera lección en atención. Más tarde, como hemos visto, el niño está ansioso por ver y tocar cada objeto que se cruce en su camino, pero obsérvelo en sus investigaciones: se mueve de una cosa a otra con menos propósito que una mariposa entre las flores, sin quedarse con nada el suficiente tiempo como para sacarle provecho. Le corresponde a la madre complementar la capacidad de observación rápida del niño con el hábito de la atención. Ella es quien debe asegurarse de que él no salte de esto a aquello, sino que se fije lo suficiente en una cosa como para conocerla realmente.

¿La pequeña Margaret está mirando fijamente una margarita que ha arrancado? En un segundo, la margarita perderá toda importancia, y un guijarro u otra florcita encantarán a la pequeña, pero la madre aprovecha el momento feliz y hace que Margaret vea que la margarita (daisy, en inglés) es un ojo amarillo intenso con pestañas blancas alrededor; que todo el día yace allí en la hierba y mira hacia el gran sol, sin parpadear como Margaret lo haría, pero con los ojos bien abiertos, y que se llama así porque daisy es «day’s eye» [ojo del día, en inglés], porque su ojo siempre está mirando al sol que crea el día. ¿Y qué piensa Margaret que hace de noche, cuando no hay sol? Hace lo que hacen los niños y las niñas; simplemente cierra su ojo con sus pestañas blancas con punta rosadas y se duerme hasta que el sol vuelve a salir por la mañana. Para entonces, la margarita se ha vuelto interesante para Margaret; la mira con ojos grandes después de que su madre ha terminado de hablar, y luego es muy probable que la abrace en su pecho o le dé un besito suave. Así, la madre encontrará las formas de que cada objeto en el mundo del niño sea de interés y deleite.

Atención en las «cosas»; las palabras son un tedio. Pero el tira y afloja comienza con las clases en el aula escolar. Incluso el niño que ha adquirido el hábito de prestar atención a las cosas, considera que las palabras son un tedio. Este es un punto de inflexión en la vida del niño, y un momento en que se requiere tacto y vigilancia de parte de la madre. En primer lugar, nunca deje que el niño se distraiga cuando está haciendo su copiado o aritmética, o que se ponga a soñar sentado con su libro en frente. Cuando un niño pierde su enfoque mental durante una clase, es hora de terminarla. Déjelo que haga otra clase que sea lo más diferente posible de la última, y luego regrese con su mente refrescada a lo que había dejado incompleto. Si la madre o la maestra no ha prestado suficiente atención y ha dejado que el niño «se vaya a la luna» durante una lección, deberá ingeniárselas para ayudarlo a continuar; la lección debe hacerse, por supuesto, pero debe ser llamativa y placentera para el niño.

Lecciones atrayentes. El maestro debiera tener algún conocimiento de los principios de la educación; debiera saber qué asignaturas son las más adecuadas para el niño según su edad, y cómo hacer que estas materias sean interesantes; también debe saber cómo variar las lecciones, de manera que cada facultad mental del niño descanse después de un esfuerzo, y que otra capacidad se ponga en juego. Debiera saber cómo incitar al niño al esfuerzo usando su deseo de aprobación, de sobresalir, de progresar, su deseo por el conocimiento, su amor por los padres, su sentido del deber, de tal manera que sus motivaciones no sean aquellas que denuestan el carácter del niño. El peligro al que el maestro debe estar especialmente alerta, no obstante, es que algún otro deseo natural sustituya el deseo por el conocimiento, que es igualmente natural, y que es adecuado para todos los propósitos de la educación.

El horario; un trabajo definido dentro de un tiempo dado. Más adelante tendré la oportunidad de abordar algunos de estos puntos; mientras tanto, echemos un vistazo a un aula de la casa, administrada con buenos principios. En primer lugar, hay un horario, escrito claramente, para que el niño sepa lo que tiene que hacer y cuánto durará cada lección. Esta idea de un trabajo definitivo que debe hacerse dentro de un tiempo dado es valiosa para el niño, no solo como entrenamiento en hábitos de orden, sino también en diligencia; así aprende que un momento no es «igual que otro»; que no queda ningún momento adecuado para hacer lo que no se hizo en su debido momento; y este conocimiento por sí solo es suficiente para asegurar la atención del niño en su trabajo. Reitero, las clases son cortas, rara vez duran más de veinte minutos para los niños menores de ocho años; y esto, por dos o tres razones. La sensación de que no hay mucho tiempo para hacer matemáticas o para su lectura, mantiene alerta el ingenio del niño y le ayuda a fijar su atención; tiene tiempo para aprender de una asignatura exactamente lo que es bueno para que aprenda de una vez: y si las lecciones se alternan juiciosamente—matemáticas primero, por ejemplo, cuando el cerebro está bastante despierto; luego escribir o leer (algún ejercicio más o menos mecánico, a modo de descanso); y así sucesivamente, y haciendo que el programa varíe un poco de un día al otro, pero siguiendo el mismo principio en todo momento, es decir, una lección que requiere «pensar» primero y una lección «de trabajo minucioso» después, y el niño termina sus clases matutinas sin ningún signo de cansancio.

Incluso usando lecciones regulares y lecciones cortas, ocasionalmente puede ser necesario un estímulo adicional para capturar la atención del niño. Su deseo de aprobación puede dar causa para el estímulo de no solo una palabra de elogio, sino de algo en forma de recompensa para garantizar que haga el mayor esfuerzo. Dichas recompensas debieran impartirse al niño en concordancia con el principio de que las recompensas son las consecuencias naturales de su buena conducta.

Las recompensas naturales. ¿Cuál es la consecuencia natural del trabajo hecho bien y rápido? ¿No es acaso disfrutar más tiempo libre? Si se espera que el niño haga dos sumas correctas en veinte minutos y las termina en diez minutos; entonces los diez minutos restantes son suyos, bien ganados, en los que es libre de salir a recorrer el jardín, o disfrutar cualquier deleite que elija. Si su tarea de escritura consiste en producir seis “m” perfectas, pero escribe seis líneas con solo una buena m en cada línea, y se acaba el tiempo de la lección, no tiene nada de tiempo libre para sí mismo; o, por el contrario, si muestra seis buenas “m” en su primera línea, tiene el resto del tiempo para dibujar barcos de vapor y trenes ferroviarios. Esta posibilidad de dejar que los niños se ocupen de manera variada en los pocos minutos que pueden ganar al final de cada lección, es una compensación que otorga el aula en el hogar a cambio del placer que normalmente se espera que otorguen al trabajo escolar el gusto por los primeros lugares y la emulación.

Le emulación. En cuanto a la emulación, un medio muy potente para estimular y mantener la atención de los niños [en tanto “Deseo intenso de imitar e incluso superar las acciones ajenas” como lo define la RAE], una objeción que ésta recibe a menudo es que el deseo de sobresalir, de hacer algo mejor que los demás, implica un temperamento inclemente, el cual el educador debiera reprimir en lugar de cultivar. Las buenas calificaciones (de cualquier tipo que sean) suelen ser las recompensas de aquellos que hacen lo mejor, y se ha argumentado que dichas buenas notas son a menudo la causa de injustas rivalidades. Ahora, el hecho es que los niños están siendo entrenados para vivir en el mundo, y en el mundo todos  recibimos buenas calificaciones de algún tipo, ya sea premios o elogios, o ambos, cuando superamos a otros, ya sea en el fútbol o el tenis, pintando cuadros o escribiendo poemas. Existe la envidia y la angustia entre aquellos en segundo lugar; así ha sido desde el principio, y sin duda lo será hasta el final. Si el niño va a salir a un mundo émulo, quizás sea bueno que se eduque en una escuela emuladora; pero es aquí donde es necesario el trabajo de la madre. Ella puede enseñarle a su hijo a ser el primero sin vanidad, y a ser el último sin amargura; es decir, ella puede criarlo en un flujo tan cordial de amor y compasión que la alegría por el éxito de su hermano le quita el aguijón de su propio fracaso, y la contrición por el fracaso de su hermano no deja lugar a la glorificación de sí mismo. Reitero, si se tuviera que utilizar un sistema de calificación como estímulo para la atención y el esfuerzo, las buenas calificaciones deben otorgarse por la conducta en lugar de la inteligencia, es decir, deben estar al alcance de todos: cada niño puede obtener su calificación por puntualidad, orden, atención, diligencia, obediencia, gentileza; y, por lo tanto, se pueden dar calificaciones de este tipo sin peligro de dejar una sensación de injusticia en el pecho del niño que falla. La emulación se torna suicida cuando se usa como incentivo para el esfuerzo intelectual, porque el deseo por el conocimiento disminuye en proporción a la medida que el deseo de sobresalir se vuelve activo. De hecho, las calificaciones de cualquier tipo, incluso por conducta, distraen la atención de los niños hacia un trabajo bien hecho, lo cual en sí mismo es lo suficientemente interesante como para garantizar tanto el buen comportamiento como la atención.

El afecto como motivo. El que deba trabajar duro para complacer a sus padres que hacen tanto por él, es un apropiado motivo que se le puede presentar al niño de vez en cuando, pero no con demasiada frecuencia: si la madre negocia con los sentimientos de su hijo, si dijera, por ejemplo: «Haz esto o aquello para complacer a tu madre», «no aflijas a tu pobre madre», etc., con demasiada frecuencia como la razón para que él haga lo correcto, entonces se establece una relación sentimental que avergonzará tanto a la madre como al niño, los verdaderos motivos de la acción perderán su preeminencia, y el niño, no queriendo parecer indiferente, terminará cometiendo una falsedad.

El atractivo del conocimiento. Por supuesto, el medio más obvio de acelerar y mantener la atención de los niños radica en el atractivo del conocimiento mismo y en el verdadero apetito por el conocimiento con el que están dotados. Pero cuán exitosos son los maestros defectuosos en curar a los niños de cualquier deseo de saber, se puede ver en muchas aulas. Más adelante tendré la oportunidad de decir algunas palabras sobre este tema.

¿Qué es la atención? Es evidente que la atención no es una «facultad» de la mente; de hecho, es muy dudoso hasta qué punto las diversas operaciones de la mente deberían describirse como “facultades” en absoluto. De hecho, la atención casi no es una operación mental, sino simplemente el acto por el cual toda la fuerza mental es aplicada al tema en cuestión. Este acto de hacer que la mente actúe, puede entrenarse para que se convierta en un hábito a merced del padre o del maestro, quien atrae y mantiene la atención del niño usando un motivo adecuado.

Imposición propia de la voluntad. A medida que el niño crece, se le enseña a ejercitar su propia voluntad; a obligarse a poner atención a pesar de las sugerencias más atractivas del exterior. Se le debería enseñar a sentir un cierto triunfo en obligarse a sí mismo a fijar sus pensamientos. Hágale saber cuál es la verdadera dificultad, que la naturaleza de su mente es pensar incesantemente, pero cómo los pensamientos, si se dejan solos, siempre se irán de una cosa a otra, y que la lucha y la victoria que él debe alcanzar es fijar sus pensamientos en la tarea que está a la mano. «Cumpliste con tu deber», si se lo dice la madre con una mirada cariñosa, es una recompensa para el niño que ha hecho este esfuerzo gracias a la fortaleza de su voluntad en aumento. Pero no debemos olvidarnos que la atención es, en gran medida, el producto de una mente educada; es decir, uno solo puede poner atención en proporción a la medida de la capacidad intelectual para comprender el asunto.

Es imposible exagerar la importancia de este hábito de la atención. Está, citando palabras de peso, «al alcance de todos, y debiera ser el objeto principal de toda disciplina mental»; ya que, sean cuales sean los dones naturales del niño, es solo en la medida en que se cultive en él el hábito de la atención, que podrá hacer uso de ellos.

El secreto de la sobrepresión. Si solo fuera para evitar el cansancio y el tedioso «estira y encoje» entre el deber y las inclinaciones, vale la pena que la madre se asegure de que su hijo nunca haga una lección sin poner todo su corazón en ella, lo cual no es difícil porque la cuestión es estar alerta desde el principio contra la formación del hábito contrario de la falta de atención. Ya se ha dicho bastante en cuanto a la sobrepresión, y hemos examinado rápidamente una o dos de las causas cuyos efectos se conocen con este nombre. Pero realmente, una de las causas más fértiles de un cerebro bajo presión, es fallar en el hábito de la atención. Supongo que todos estamos listos para admitir que no son las cosas que hacemos, sino las cosas que no hacemos, lo que nos fatiga, con la sensación de haberlas omitido, o con la preocupación de apurarnos en cumplirlas todas. Y esta es casi la única causa del fracaso en el trabajo en el caso de un niño o una niña sana: mentes distraídas impiden que una lección se asimile por completo en el momento adecuado; esa lección se convierte en una pesadilla, continuamente queriendo avanzar, pero nunca terminándola; y la sensación de pérdida afecta al joven estudiante más que la recepción atenta de una docena de las mismas lecciones.

El trabajo escolar en casa. En cuanto a las tareas para la casa, los padres pueden ser de gran utilidad para sus niños y niñas después de que éstos comienzan a ir a la escuela; no ayudándoles a hacerlas, lo cual no debería ser necesario; sino en el caso como el siguiente: «La pobre Anita no termina sus lecciones hasta las nueve y media, realmente tiene tanto que hacer»; «el pobre Tom está con sus libros hasta las diez en punto; nunca vemos a los niños en la noche», dicen los padres angustiados; y dejan que sus hijos sigan un curso que es absolutamente ruinoso tanto para la salud corporal como para la capacidad del cerebro.

Saludable tratamiento en el hogar contra soñar despierto. Ahora, frecuentemente la culpa de lo anterior no la tienen las lecciones, sino los niños, que sueñan despiertos cuando están con sus libros, pero un pequeño tratamiento saludable en el hogar debería curarlos de esa dolencia. Permítales, como máximo, una hora y media para sus tareas; trátelos implícitamente como en falta si no aparecen al final de ese tiempo; no se traicione con una palabra o mirada compasiva; y en el momento en que termine el tiempo señalado para la escuela, que comience un juego encantador o un libro de cuentos en el otro salón. Pronto se darán cuenta de que es posible terminar las lecciones a tiempo para que tengan una agradable tarde después, y las lecciones estarán mucho mejor hechas por el hecho de que se les ha otorgado una atención concentrada. Al mismo tiempo, la costumbre de dar tarea para la casa, por lo menos a niños menores de catorce años, debiera evitarse tajantemente; los niños no reciben ninguna ganancia de la combinación de vida hogareña y vida escolar; y un programa muy completo de trabajo escolar puede llevarse a cabo en las horas de la mañana.

Las recompensas y los castigos deben ser consecuencias naturales del comportamiento. Al considerar los medios para lograr la atención, ha sido necesario referirse a la disciplina—la entrega de recompensas y castigos—un tema que toda persona a cargo de los niños o una educadora en el hogar novicia se siente competente para manejar. Pero esto también tiene su aspecto científico: hay una ley por la cual se deben regular todas las recompensas y los castigos, es decir, éstos deben ser las consecuencias naturales o, por lo menos, las consecuencias relativas de la conducta; debieran imitar, lo más que se pueda sin causarle daño al niño, el tratamiento que ésta y aquella conducta merece y recibe durante la vida posterior. Miss Edgeworth, en su historia de Rosamond and the Purple Jar, trata sobre el principio correcto, aunque el incidente es bastante extravagante porque las niñitas no suelen soñar con tarros de color púrpura en las vidrieras de las farmacias, pero que debamos sufrir por hacer nuestra voluntad en conseguir lo que es innecesario gracias a carecer de lo que es necesario es precisamente una de las lecciones de la vida que todos debemos aprender, y, por lo tanto, es el tipo de lección que se debe enseñar a los niños.

Consecuencias naturales y electivas. Es evidente que entregar recompensas y castigos en virtud de dicho principio requiere paciente consideración y determinación constante por parte de la madre; ella debe considerar para sí misma cuál es la falta de disposición de la cual se deriva el mal comportamiento del niño; ella debe apuntar su castigo hacia esa falta, y debe prepararse para ver a su hijo sufrir ahora a favor de una ganancia duradera. De hecho, muy poco castigo real es necesario cuando los niños son criados con cuidado. Pero esto sucede continuamente—el niño que ha hecho bien gana alguna recompensa natural (como esos diez minutos en el jardín), que pierde cuando no hace suficientemente bien; y la madre debe prepararse a sí misma y a su hijo para soportar dicha pérdida; si ella tratara a dos niños de igual manera, comete un grave error, no contra el niño que lo ha hecho bien, sino contra el que comete la falta, a quien anima deliberadamente a que repita su mal hacer. Al someter a su hijo a la disciplina de las consecuencias, la madre debe usar mucho tacto y discreción. En muchos casos, la consecuencia natural de la culpa del niño es precisamente lo que le corresponde a ella evitar, mientras que, al mismo tiempo, busca alguna consecuencia relacionada con la falta y que ejerza una influencia educativa en el niño: por ejemplo, si un niño descuida sus estudios, la consecuencia natural es que permanece ignorante; pero permitirle hacerlo eso sería una negligencia de marca mayor por parte de los padres.

II. Los hábitos de esmero, etc.

Esfuerzo mental rápido. Los hábitos de actividad mental y de aplicación se adiestran por los mismos medios empleados para cultivar el hábito de la atención. El niño que progresa diligentemente en su trabajo puede ser entrenado en el esfuerzo mental rápido. La maestra misma debe estar alerta, debe esperar respuestas instantáneas, pensamiento rápido, trabajo rápido. La tortuga quedará atrás de la liebre, pero la tortuga debe estar entrenada para moverse, cada día, un poco más rápido. Plantee el objetivo fijo de rapidez en la percepción y la ejecución, y así será posible lograrlo.

El entusiasmo debe estimularse. Lo mismo con el esfuerzo. No se le debe permitir al niño entrar al estado de ánimo que dice: «oh, estoy tan cansado de las sumas» o «de historia». Su entusiasmo debe ser estimulado; que siempre haya una vista agradable frente a él; y el esmero constante e incansable por el trabajo debe considerarse como honorable, mientras se desecha la atención dispersa y el esfuerzo intermitente.


III. El hábito de pensar

Operaciones incluidas al pensar: «un león». El trabajo real del cerebro es conocido entre los sicólogos con varios nombres y se divide en varias funciones, pero nosotros lo llamaremos pensar, porque es lo suficientemente exacto para fines educativos; pero, por «pensar», vamos a querer decir el verdadero esfuerzo consciente de la mente, y no todas aquellas ideas arbitrarias y sin esfuerzo que pasan por el cerebro. Tomemos el ejemplo citado por el arzobispo Thompson en su obra Laws of Thought (leyes del pensamiento), el cual es un ejemplo tan admirable dado por un psicólogo muy capaz, que me atrevo a citarlo más de una vez, y que dice: «cuando el capitán Head estaba viajando por las pampas de América del Sur, de repente un día su guía lo detuvo y, señalando hacia el aire, gritó: «¡un león!». Sorprendido por tal exclamación acompañada de tal acción, levantó los ojos y, con dificultad, percibió, a una altura inmensurable, cóndores en vuelo circular en un lugar en particular. Bajo este lugar, muy lejos de su propia vista o de la del guía, yacía un caballo muerto, y sobre su carcasa se encontraba, como bien sabía el guía, un león, a quien los cóndores miraban con envidia desde su altura. La señal de los pájaros era para él lo que la vista del león habría sido para el viajero: una garantía total de su existencia.

He aquí un acto de pensamiento que no le costó nada al pensador, que fue tan fácil para él como mirar hacia arriba, pero que, para nosotros, no acostumbrados al tema, requeriría muchos pasos y algo de esfuerzo. La vista de los cóndores lo convenció de que había un animal muerto o algo similar; pero mientras seguían volando alrededor muy por encima de él, en lugar de descender a su festín, supuso que alguna bestia los había anticipado. ¿Sería un perro o un chacal? No; los cóndores no habrían temido ahuyentar tales animales, o compartir con ellos tampoco: debía ser una bestia grande, y como había leones en el vecindario, concluyó que había uno allí. Y todos esos pasos de pensamiento se resumían con las palabras «un león».

Este es el tipo de cosas por las que los niños deberían practicar, más o menos, en cada lección: trazar del efecto a la causa o de la causa del efecto; comparar cosas para descubrir en qué se parecen y en qué difieren; concluir sobre las causas o las consecuencias de ciertas premisas.


IV. El hábito de imaginar
V. El hábito de recordar
VI. El hábito del trabajo hecho a la perfección
VII. Algunos hábitos morales: obediencia
VIII. La veracidad

Parte V. Las lecciones como instrumentos de la educación

I. El sujeto y el método de las lecciones
II. El jardín infantil en tanto lugar de aprendizaje
III. Otras consideraciones sobre el jardín infantil
IV. La lectura
V. La primera lección de lectura
VI. Aprender a leer a través de la vista y el sonido
VII. La recitación
VIII. La lectura para los niños mayores
IX. El arte de narrar
X. La escritura
XI. El copiado
XII. La ortografía y el dictado
XIII. La composición
XIV. Las lecciones bíblicas
XV. La aritmética
XVI. La filosofía natural
XVII. La geografía
XVIII. La historia
XIX. La gramática
XX. El francés
XXI. El arte pictórico

Parte VI. La voluntad, la conciencia, la vida divina en el niño

I. La voluntad
II. La conciencia
III. La vida divina en el niño