Volumen I. Educación del hogar

Título de la obra original: Home Education Series – Volume 1 Home Education, escrita por Charlotte Mason, 1905. Traducción y revisión de María Elena Ortiz y Johanna Pérez Ray, 2020.

Versión libre de derechos de autor. Gracias de antemano por usar y compartir dando el debido crédito a las traductoras.

Versión actualizada a Febrero del 2021.

Índice

Prefacio y Prólogo a la Cuarta Edición

PARTE I. Documento descargable

Parte I. Algunas consideraciones preliminares

I. Método educativo

II. La condición del niño

III. Ofender a los niños

IV. Menospreciar a los niños

V. Impedir a los niños

VI. Condiciones para una actividad cerebral saludable

VII. «La supremacía de la ley» en la educación

Parte II. La vida infantil al aire libre

I. Tiempo de crecimiento

II. Exploracion del entorno

III. Pintar cuadros

IV. Las flores y los árboles

V. Las criaturas vivientes

VI. El conocimiento de la naturaleza y obras de naturalistas

VII. El niño adquiere conocimiento por medio de los sentidos

VIII. El niño debiera conocer los objetos naturales

IX. la geografía al aire libre

X. El niño y la madre naturaleza

XI. Los juegos al aire libre, etc.

XII. Los paseos con mal tiempo

XIII. La vida al estilo ‘indígena’

XIV. Los niños necesitan el aire del campo

Parte III. ‘El hábito es equivalente a diez naturalezas’

I. Una educación basada en la ley natural

II. Los niños carecen del poder sobre sí mismos

III. ¿Qué es la “naturaleza”?

IV. El hábito puede reemplazar a la “naturaleza”

V. Establecimiento de líneas de hábito

VI. El aspecto fisiológico del hábito

VII. La formación del hábito: ‘cierra la puerta al salir’

VIII. Hábitos de la primera infancia

IX. Ejercicios físicos

Parte IV. Algunos hábitos mentales: algunos hábitos morales

I. El hábito de la atención

II. Los hábitos de esmero, etc.

III. El hábito de pensar

IV. El hábito de imaginar

V. El hábito de recordar

VI. El hábito del trabajo hecho a la perfección

VII. Algunos hábitos morales: obediencia

VIII. La veracidad

Parte V. Las lecciones como instrumentos de la educación

I. El sujeto y el método de las lecciones

II. El jardín infantil en tanto lugar de aprendizaje

III. Otras consideraciones sobre el jardín infantil

IV. La lectura

V. La primera lección de lectura

VI. Aprender a leer a través de la vista y el sonido

VII. La recitación

VIII. La lectura para los niños mayores

IX. El arte de narrar

X. La escritura

XI. El copiado

XII. La ortografía y el dictado

XIII. La composición

XIV. Las lecciones bíblicas

XV. La aritmética

XVI. La filosofía natural

XVII. La geografía

XVIII. La historia

XIX. La gramática

XX. El francés

XXI. El arte pictórico

Parte VI. La voluntad, la conciencia, la vida divina en el niño

I. La voluntad

II. La conciencia

III. La vida divina en el niño

Prefacio y Prólogo a la cuarta edición

El panorama educativo se ve bastante nebuloso y deprimente tanto en casa [se refiere a Inglaterra, alrededor de 1880] como en el extranjero. Muchas son las necesidades que se escuchan desde el campo educativo: que la ciencia debe ser un elemento básico de la educación; que debe reformarse la enseñanza del latín, de las lenguas modernas, de las matemáticas; que la naturaleza y las manualidades debieran usarse para entrenar tanto el ojo como la mano; que los niños y niñas deben aprender a escribir en su idioma materno y, por lo tanto, que deben saber algo de historia y de literatura, y que la educación debiera hacerse más técnica y utilitaria. No obstante, no contamos con un principio unificador, ni un objetivo definitivo; de hecho, no contamos con ninguna filosofía de la educación. Así como un arroyo no puede elevarse más que la fuente de donde nace, así también es poco probable que una iniciativa educativa pueda desprenderse de todo el pensamiento que le ha dado nacimiento; y tal vez, ésta sea la razón de todos los tropiezos, las iniciativas perdidas, los fracasos y las decepciones que han marcado nuestros esfuerzos educativos.

Quienes hemos pasado muchos años en pos de la benigna y esquiva visión de la educación, percibimos que sus enfoques están regulados por una ley que aún no es completamente clara; podemos discernir sus contornos, pero nada más; sabemos que está presente en todo lugar, pues no hay espacio de la vida hogareña o escolar de un niño en que la ley no penetre. Es iluminadora también, pues muestra el sistema de valores escondido detrás de los sistemas educativos; pero no es sólo una luz, sino también una medida, un estándar a través del cual se prueban todas las cosas, tanto pequeñas como grandes, relativas al esfuerzo educativo. Esta ley tiene apertura de carácter, pues acoge todas las cosas verdaderas, sinceras y de buen nombre, y no impone límites u obstáculos salvo cuando el exceso podría ser perjudicial. El camino que indica esta ley es continuo y progresivo, y carece de transición desde la cuna a la tumba, exceptuando cuando la madurez asume la dirección natural después de que la instrucción ha disipado la inmadurez. Cuando comprendamos la ley en toda su plenitud, sin duda encontraremos que ciertos pensadores alemanes como Kant, Herbart, Lotze, Froebel estaban en lo correcto cuando declararon que “es necesario” creer en Dios; que, por lo tanto, el conocimiento de Dios es el principal conocimiento y el fin principal de la educación. Hay un elemento más por el cual reconoceremos esta ley perfecta de la libertad educacional, cuando el tal se haga evidente: se ha dicho que “la idea más precisa que se puede formar de la verdad absoluta es que, al ponerla a prueba, está en condiciones de cumplir con todas las condiciones impuestas”. Tal es la realidad que podemos esperar de nuestra ley: que cumplirá con todas las pruebas experimentales y todas las pruebas de la investigación racional que se le impongan.

Como no hemos recibido las tablas de nuestra ley, recurrimos a Froebel o a Herbart; o, si pertenecemos a otra escuela educativa, a Locke o Spencer, pero aún no nos sentimos satisfechos. Hay un descontento, ¿será un descontento divino quizás?; y sin lugar a dudas daríamos la bienvenida a una viable y efectiva filosofía de la educación que nos libere de tanta incertidumbre. No obstante, antes de lograr tal liberación, es probable que se intenten muchas iniciativas, que contengan más o menos las características de una filosofía; especialmente poseedoras de una idea central, un cuerpo de pensamiento que incluya varios elementos unidos en vital armonía.

Tal teoría de la educación, que no debiera llamarse un sistema de psicología, debe estar en armonía con las corrientes de pensamiento de los tiempos actuales, debe considerar la educación no como un compartimiento cerrado en sí mismo, sino como parte de la vida misma, tales como el nacimiento o el crecimiento, el matrimonio o el trabajo; y debe conectar al estudiante con el mundo a través de varios puntos de contacto. Es cierto que los expertos en educación están ansiosos por establecer este tipo de contacto en varias direcciones, pero sus esfuerzos descansan sobre un axioma aquí y una idea allá, sin una vasta base unificadora de pensamiento que sustente el todo.

Es verdad que, como dice el dicho inglés, «Los necios se lanzan adonde los ángeles temen pisar»; pero la esperanza de que surjan iniciativas tentativas hacia una filosofía de la educación, y que todas ellas nos acerquen más al magnum opus, la obra maestra, me anima a mí a intentarlo también. El pensamiento central, o más bien el conjunto de pensamientos sobre el cual me baso, es el hecho bastante obvio de que el niño es una persona que cuenta ya con todas las posibilidades y capacidades propias de la personalidad. Algunas de las nociones resultantes de este pensamiento han sido expuestas ocasionalmente por pensadores del ámbito educativo, y existen vagamente en el sentido común general. Una tesis que quizás es nueva es que la Educación es la ciencia de las relaciones, lo cual me parece que resuelve la cuestión de un currículo, pues indica que el objeto de la educación es poner a un niño en contacto vivo con lo mayor posible de la vida de la naturaleza y del pensamiento. Si a esto añadimos una o dos claves para el conocimiento de sí mismo, el joven así educado está en capacidad de salir al mundo con una comprensión inicial de cómo controlarse a sí mismo, con algunas habilidades prácticas, y muchos intereses vitales. La excusa que tengo para atreverme a ofrecer una solución, aunque tentativa y temporal, al problema de la educación es de doble arista: he trabajado sin pausa entre 30 a 40 años para establecer una teoría educativa tanto filosófica como pragmática, y, en segundo lugar, cada artículo de fe educativa que propongo es el resultado de procesos inductivos; y, creo, ha sido verificada por una larga y amplia serie de experimentos. Sin embargo, es con sincera vacilación que me atrevo a ofrecer los resultados de esta extensa labor, porque sé que en este campo hay muchos obreros muchísimo más capaces y expertos que yo. Es por eso que los ángeles temen pisar aquí, ¡esta área del conocimiento puede ser tan incierta!

No obstante, aunque sea para animar a otros, añadiré una breve sinopsis de la teoría educativa que se describe en los volúmenes de esta Serie educativa.

La estructura no es metódica, sino incidental; aquí se presenta una idea, allí se añade otra; así me pareció que podría satisfacer mejor las necesidades de padres y maestros. Debiera añadir que estos ensayos se prepararon a lo largo de varios años para el uso de la asociación educativa nacional de padres Parents National Educational Union (en adelante, PNEU) con la esperanza de que dicha comunidad pudiera contar con un cuerpo de pensamiento educativo más o menos coherente [aquí hay una versión actualizada y explicada de los principios]:

  1. Los niños nacen siendo personas.
  2. No nacen siendo buenos o malos, sino con potencial para el bien y para el mal.
  3. Los principios de autoridad, por un lado, y de obediencia por el otro, son naturales, necesarios y fundamentales; no obstante,
  4. Dichos principios se ven limitados por el debido respeto a la personalidad de los niños, la cual no debe infringirse ya sea por el miedo o el amor, las insinuaciones o la influencia, o la manipulación indebida de un deseo natural.
  5. Por lo tanto, nos vemos limitados a tres instrumentos educativos: la atmósfera del entorno, la disciplina del hábito, y la presentación de ideas vivientes.
  6. Cuando decimos que «la educación es atmósfera», no queremos decir que un niño debiera estar aislado en lo que se conoce como «ambiente infantil» especialmente adaptado y preparado para el niño, sino que debiéramos considerar el valor educativo de la atmósfera hogareña natural, tanto en cuanto a personas como a cosas, y que se le debería dejar vivir libremente en sus propias condiciones. Atrofia a los niños reducir el mundo a su nivel.
  7. Por «educación es disciplina», entendemos la disciplina de los hábitos formados definitiva y cuidadosamente, ya sean mentales o corporales. La fisiología nos habla de la maleabilidad de las estructuras cerebrales a líneas habituales de pensamiento, es decir, a nuestros hábitos.
  8. Que «la educación es vida» implica la necesidad de sustento intelectual y moral, igual que de sustento físico. La mente se alimenta de ideas y, por lo tanto, los niños deben contar con un plan de estudios abundante.
  9. Pero la mente no es un mero receptáculo en donde se ponen las ideas, formando grupos de pensamientos unidos, como lo expuso Herbart.
  10. Por el contrario, la mente del niño no es un mero depósito de ideas, sino que podemos usar la figura de un organismo espiritual que tiene apetito por la totalidad del conocimiento, el cual es su dieta adecuada y con la cual está listo para lidiar, y que puede digerir y asimilar tal como el cuerpo digiere el alimento.
  11. Este aspecto no es un detalle menor. La doctrina de Herbart relega el peso de la educación (la preparación del conocimiento en bocados tentadores debidamente ordenados) sobre el maestro. Los niños instruidos con este principio están en peligro de recibir mucha instrucción y poco conocimiento; y el axioma del maestro es, ‘lo que el niño aprende importa menos que cómo lo aprende’.
  12. Pero nosotros, creyendo que el niño normal tiene capacidades mentales que lo capacitan para lidiar con todo el conocimiento apropiado para él, le damos acceso a un currículum completo y abundante; poniendo cuidado solo de que todo el conocimiento que se le ofrezca sea vital, es decir, que los hechos no se presenten sin las ideas que los sustentan. A partir de esta concepción surge nuestro principio de que:
  13. «La educación es la ciencia de las relaciones»; es decir, que un niño se relaciona naturalmente con una gran cantidad de cosas y pensamientos: por ello lo instruimos en ejercicios físicos, el conocimiento de la naturaleza, los trabajos manuales, la ciencia y el arte, usando muchos libros vivientes, porque sabemos que nuestra tarea no es enseñarle todo sobre todas las cosas, sino ayudarlo a validar todo lo que pueda de:
    «Aquellas afinidades primogénitas
    Que moldean nuestra nueva existencia a las cosas ya existentes».
  14. También existen dos directrices que se pueden impartir a los niños para una gestión propia tanto moral como intelectual, que llamamos ‘ la vía de la voluntad’ y ‘la vía de la razón’.
  15. La vía de la voluntad: a los niños se les debe enseñar: (a) Que distingan entre ‘quiero’ y ‘debo’. (b) Que la forma de llegar a hacer en forma efectiva es apartar nuestros pensamientos de lo que deseamos, pero no queremos hacer. (c) Que la mejor manera de cambiar nuestros pensamientos es pensar o hacer algo bien diferente, algo entretenido o interesante. (d) Que después de un poco de descanso de esta manera, la voluntad vuelve a su trabajo con renovado vigor (Este complemento de la voluntad lo conocemos como distracción, y su rol es librarnos por un tiempo de hacer un esfuerzo, para que podamos ‘volver a querer hacer’ con mayor ímpetu. El uso de la insinuación, inclusive la auto sugestión, como ayuda a la voluntad debe eliminarse, ya que tiende a aturdir y a estereotipar el carácter. Pensamos que la espontaneidad es una condición del desarrollo, y que la naturaleza humana necesita la disciplina del fracaso tanto como la del éxito).
  16. La vía de la razón: Deberíamos enseñar a los niños a no ‘poner (demasiada) confianza en su propio entendimiento’; porque la función de la razón es proporcionar una prueba lógica de: a) la verdad matemática, b) una idea inicial que la voluntad acepta. En el primer caso, la razón es, prácticamente, una guía infalible, pero en el segundo caso, no es siempre así, en cuyo caso, la razón confirmará con pruebas irrefutables si una idea está bien o mal.
  17. Por lo tanto, a los niños se les debe instruir, a medida que lleguen a la madurez suficiente para comprender tal enseñanza, que la principal responsabilidad que recae sobre ellos como personas es aceptar o rechazar ideas.
    Para ayudarlos en esta elección les damos principios de conducta, y una amplia gama de conocimiento apropiado para ellos.
    Dichos principios (15, 16 y 17) librarán a los niños de pensamientos ilógicos y de acciones imprudentes que causan que la mayoría de nosotros viva en un nivel inferior al que debiéramos vivir.
  18. No debiéramos permitir que surja ninguna separación entre la vida intelectual y ‘espiritual’ de los niños, sino que debiéramos enseñarles que el Espíritu de Dios tiene acceso constante a sus espíritus, y es su Ayudador permanente en todos los intereses, deberes y alegrías de la vida.


La serie educativa en su versión original en inglés se titula Home Education (educación en el hogar) por el título del primer volumen, y no porque se trate en su totalidad o principalmente sobre la educación en el hogar en oposición a la educación en la escuela.

Prólogo a la Cuarta Edición

En este volumen intento presentar a los padres y maestros un método educativo que se basa en la ley natural; y, en dicho contexto, referirme a los deberes de la madre hacia sus hijos. Me atrevo a hablar sobre este tema con el más sincero respeto hacia las madres, creyendo que, tal como lo dijera un sabio maestro de hombres: «la mujer recibe del Espíritu de Dios mismo la capacidad de intuir el carácter del niño, de apreciar sus fortalezas y sus debilidades, la facultad de propiciar unas y sostener las otras, en lo cual se haya el misterio de la educación, aparte de la cual todas las medidas y regulaciones educativas propias resultan absolutamente vanas e ineficaces ». Pero sólo en la medida que una madre cuente con esta percepción peculiar sobre sus propios hijos, sentirá, pienso, la necesidad de conocer los principios generales de la educación, basados en la naturaleza y las necesidades de todos los niños. Este conocimiento de la ciencia de la educación, ni siquiera las mejores madres recibirán de lo alto, ya que con frecuencia no se recibe como regalo lo que podemos obtener por nuestro propio esfuerzo.

Me atrevo a suponer que los maestros de niños pequeños también encontrarán útil este volumen. Estamos hablando del periodo de la vida del niño entre los seis y nueve años, cuando se debería asentar las bases de una educación rica y variada, así como el hábito de lectura con miras a la instrucción. Durante estos años el niño debería entrar al mundo del conocimiento, desde distintas direcciones, de una manera reposada y consecutiva, lo cual no se logra a través de las lecciones orales, muy comunes hoy en día. Espero que los maestros puedan descubrir que esta perspectiva (desde un nuevo punto de vista) hacia las resabidas «materias de instrucción» apropiadas para niños, sea interesante y estimulante, y que los métodos que aporta esta nueva mirada puedan ser inspiradores y útiles.

El objetivo particular de este volumen como parte de la serie educativa Charlotte Mason (Home Education Series), es demostrar el efecto de la fisiología del hábito en la educación; por qué ciertos hábitos físicos, intelectuales y morales son valiosos para un niño, y qué se puede hacer para la formación de tales hábitos. Tengo una deuda impagable a Fisiología mental del Dr. Carpenter por su instrucción invaluable sobre los hábitos que contienen dos o más capítulos de esa obra. También agradezco a los expertos en medicina que han hecho una cuidadosa y competente revisión de las partes de esta obra que descansan sobre una base fisiológica.

Debiera añadir que hace unos veinte años (1885) la mayor parte de este volumen fue parte de una serie de «Conferencias para señoras», y se publicaron de esa forma originalmente en 1886 con el título que aún mantienen hoy.

Las conferencias VII y VIII y el apéndice del volumen original se han traspuesto a otros volúmenes de la serie. Todo se ha revisado muy cuidadosamente, y se ha añadido mucho nuevo contenido, especialmente en la Parte V «Las lecciones como instrumentos de la educación», la cual ahora entrega una introducción bastante completa a los métodos para la enseñanza de materias aptas para niños entre los seis y los nueve años.

El resto del volumen intenta abordar la totalidad de la educación desde la infancia hasta el noveno año de vida.

C. M. MASON.
Scale How, Ambleside (Inglaterra)
1905

Parte I. Algunas consideraciones preliminares

Sin duda una evidencia significativa del mejorado estatus de las mujeres lo constituye el creciente deseo de trabajar de las mujeres educadas; el mundo lo desea, y en la medida que la educación sea más accesible, veremos que todas las mujeres capaces de trabajar se convertirán en mujeres trabajadoras, con tareas definidas, horas fijas y un salario, o trabajando por el placer y el honor de hacer un trabajo útil si no tuvieran la necesidad de ganar dinero.

Los niños son un bien público. Ahora bien, el trabajo de mayor importancia para la sociedad es la crianza e instrucción de los niños—en la escuela, no hay duda, pero lo es mucho más en el hogar, porque son las influencias que moldean al niño en el hogar las que determinarán el carácter y la carrera del futuro hombre o la futura mujer. Por ello, ser padres es algo grande: no hay nada más elevado a lo que se pueda aspirar, ni hay algo más digno que se le compare; incluso los padres de un solo hijo pueden regocijarse en lo que será una bendición para el mundo. No obstante, al recibir tal responsabilidad, los padres no tienen la libertad de decir: «Puedo hacer lo que quiera con lo mío». En realidad, los niños debieran considerarse menos como propiedad personal y más como un bien público que ha sido puesto en manos de los padres para que logren lo mejor de ellos para el bien de la sociedad. Tal responsabilidad no se divide equitativamente entre los padres: es en las madres del presente que depende el futuro del mundo, en un mayor grado que en los padres, porque son las madres quien ejercen más dirección durante los primeros años, los años de mayor impresionabilidad de los niños. Esta es la razón por la que escuchamos con tanta frecuencia de grandes hombres que han tenido buenas madres, es decir, madres que criaron a sus hijos ellas mismas, y que no cedieron su más solemne deber a personas indiferentes.

Las madres deben un «amor reflexivo» a sus hijos. Pestalozzi nos dice: «La madre está calificada por el Creador mismo, para convertirse en el principal agente del desarrollo de su hijo… y lo que a ella se le exige es un amor que reflexiona… Dios le ha dado al niño todas las facultades propias de nuestra naturaleza, pero el punto crucial permanece incierto: ¿cómo deben emplearse este corazón, esta mente, estas manos? ¿Al servicio de quién se dedicarán? Responder esto implica un futuro de felicidad o desdicha para una vida tan querida para usted. Es por esto que el amor maternal es el primer agente en la educación».

Estamos despertando a nuestros deberes y en la medida en que las madres adquieran niveles más avanzados de educación y eficiencia, sin duda se sentirán más convencidas de que la educación de sus hijos durante los primeros seis años de vida es una empresa que casi no puede dejarse en otras manos que no sean las propias; por eso, la asumirán como su profesión, es decir, con la diligencia, la regularidad y la puntualidad de una labor profesional [en el original de principios del siglo XX: que los hombres otorgan a sus labores profesionales].

Con el fin de comprender mejor el rol que ellas tienen en la crianza de sus hijos, las madres debieran contar con algo más que un vago conocimiento teórico de la educación, así como con una comprensión profunda de la naturaleza del niño sobre la cual se basan tales teorías.

La instrucción de los niños «excesivamente defectuosa». «La formación de los niños, tanto física, moral como intelectual es terriblemente defectuosa», dice el Sr. Herbert Spencer [filósofo, biólogo, antropólogo y sociólogo inglés (1820-1903)]; y «en gran medida es así, debido a que los padres carecen de aquel conocimiento que es vital para ser guiados correctamente en la formación en estas áreas. Pero, ¿qué se puede esperar cuando uno de los problemas más complejos es abordado por quienes han reflexionado tan deficientemente sobre el principio del cual depende su solución? Sabemos que para fabricar zapatos o construir casas, para manejar un barco o una locomotora, es necesario primero un largo aprendizaje práctico como aprendiz. ¿Podemos asumir, entonces, que el desarrollo del cuerpo y mente de un ser humano es un proceso comparativamente tan simple, que cualquiera puede dirigirlo y regularlo sin preparación alguna? Si, por el contrario, el proceso es (con una excepción) más complejo que cualquier otro en la naturaleza, y la tarea de suplir para el mismo es de una dificultad magnánima, ¿no es una locura no prepararse para tal tarea? Es mejor sacrificar logros que omitir esta instrucción esencial… Conocer algo de los principios básicos de la fisiología y las verdades elementales de la sicología es indispensable para la crianza adecuada de los niños… Estos son los hechos indiscutibles: que el desarrollo mental y físico de los niños obedece a ciertas leyes; que a menos que los padres se adapten en algún grado a dichas leyes, la muerte es inevitable; que, a menos que se conformen a ellas en gran manera, y solo cuando esta conformidad ocurre en su totalidad, solo entonces se puede alcanzar un grado completo de madurez. Juzguemos, pues, si todos los que algún día serán padres no debieran buscar con diligencia aprender cuáles son estas leyes». (Herbert Spencer, Education)

El proceder común de los padres. Instintivamente, al principio los padres conciben a sus hijos como una hoja en blanco, y hacen grandes resoluciones sobre lo que escribirán en ella. No pasa mucho tiempo sin que surjan características de la disposición del niño con sus modos propios de actuar; y al principio, cada nueva muestra de personalidad propia es una encantadora sorpresa. Siempre nos maravillará que el niño muestre placer al ver a su padre, y que su carita muestre tanto cariño por su madre; pero el asombro se acaba y los padres ya no se maravillan cuando el niño se muestra como un ser humano completo igual que ellos, con afectos, deseos y capacidades; un niño que ama su libro, quizás, como un pato ama el agua, o los juegos que lo convertirán en un hombre. La noción primera de los padres de hacer todo por el niño, desaparece gradualmente, y tan pronto el niño muestra que puede hacer cosas por sí mismo, se le anima a que lo haga. El mayor deleite de la madre y el padre es observar la individualidad de su hijo tal como se despliega una flor. Pero Otelo pierde su trabajo. Cuanto más el niño define su propio rumbo, menos tienen por hacer los padres, excepto alimentarlo con la comida y la bebida convenientes, ya sea afectiva, intelectual o, física: aquí podemos notar que el rol de los padres es solo suplir, pues el niño sabe muy bien cómo apropiarse de lo que recibe. La preocupación principal de los padres es entregar algo que sea sano y nutritivo, ya sea en cuanto a libros ilustrados, clases, compañeros de juego, pan y leche, o el amor de la madre. Ésta es la educación tal como la entiende la mayoría de los padres, con mayor cantidad de carne, mayor cantidad de amor, mayor cantidad de cultura, todo según su tipo y medida; y dejan a sus hijos tranquilos, los dejan ser, permitiendo que la naturaleza humana se desarrolle por sí misma, y vaya siendo modificada por el ambiente y la herencia.

Así tal cual, esta «inactividad magistral» es lo mejor para el niño; está bien que se le deje crecer y que se le ayude a crecer de acuerdo a su naturaleza; y mientras los padres no intervengan para malcriarlo, da buenos resultados y no se ve evidencia de ningún daño. Sin embargo, esta filosofía de «dejarlo ser» solo abarca la parte menos importante del llamado de los padres; y no aborda los extenuantes y continuos esfuerzos que se deben hacer en obediencia a la ley que producirá un ser humano en toda su excelencia.

Nada de lo que concierne a un niño es trivial; sus palabras y acciones aparentemente sin sentido están llenas de significado para los sabios. Es en lo infinitamente pequeño que debemos estudiar lo infinitamente grande; y las vastas posibilidades y la dirección correcta de la educación, se indican en el libro abierto que son los pensamientos del niño.

Una generación atrás, un gran maestro nuestro nunca cesó de reiterar que en el plan divino «la familia es la unidad de la nación»: no el individuo, sino la familia. Hay mucho que se puede aprender en esta frase, pero en la superficie entendemos que el todo es más que su parte, que el todo contiene la parte, posee la parte, ordena la parte; y que al ser esto así, los niños pertenecen a la nación, son educados para la nación de la forma que a ella le es más beneficiosa, y no de acuerdo con el capricho individual de los padres. La ley existe para castigar a los malhechores, y para alabar a los que hacen el bien; por tanto, en forma práctica, los padres tienen completa libertad de acción; pero deberíamos hacer bien en recordar que los niños son un bien nacional cuya crianza nos concierne a todos, incluso a aquellas personas solteras o sin hijos, que tienen el bastante sombrío rol de solo «observar».

I. Método educativo

Los métodos educativos tradicionales. Hoy es más necesario que nunca que los padres enfrenten por sí mismos el asunto de la educación en todos sus aspectos. Hasta ahora, se ha criado a los niños principalmente con métodos tradicionales; la experiencia de nuestros antepasados sigue presente en una gran cantidad de fórmulas educativas que se transmiten de boca en boca; y pocas o muchas de dichas fórmulas componen el código educativo de cada hogar.

Sin embargo, entendemos muy poco la gigantesca revolución que está causando la ciencia en la teoría de la educación. Las tradiciones de los antepasados se han probado y han sido halladas insuficientes; tomará mucho tiempo para que los axiomas de la nueva escuela pasen a circulación común; y, mientras tanto, los padres están obligados a utilizar sus propios recursos, y por fuerza deben sopesar los principios, y adoptar un método de educación por sí mismos.

Por ejemplo, según el código pasado, una madre podría usar su zapatilla de vez en cuando [claramente la autora alude al conocido castigo de los niños], con buenos resultados y sin ninguna culpa; pero ahora, la persona del niño se considera sagrada, y sea esta opinión correcta o incorrecta, infligir dolor con fines morales es algo que se rechaza en forma bastante generalizada.

Otro ejemplo es la antigua regla de la mesa de los niños que decía: “cuanto más simple mejor, y el hambre es el mejor aderezo”; ahora, la dieta de los niños debe ser al menos tan nutritiva y tan variada como la de sus mayores; y el apetito, el deseo por cierto tipos de alimentos, hasta ahora una tendencia viciosa que debía ser reprimida, es hoy, en el marco de ciertas limitaciones, la guía más confiable que siguen los padres para organizar una dieta para sus hijos.

Un principio del antiguo régimen, era que los niños debían instruirse para que soportaran las dificultades. “Nunca podré ser un marinero si no puedo enfrentar el viento y la lluvia”, dijo un pequeño de cinco años que una noche invernal fue sacado para ver una procesión de antorchas; y, aunque temblaba de frío, no quiso refugiarse del mismo. Hoy en día, el refugio lo es todo; no se debe permitir que los niños sufran fatiga o pasen tiempo a la intemperie.

La antigua teoría podía resumirse en que los niños hicieran lo que se les pidiera, que se preocuparan de sus libros [estudiaran] y que disfrutaran del juego cuando ya habían cumplido sus deberes. Hoy, el placer de los niños tiene más importancia que los deberes.

Antiguamente, fueron criados en sujeción; ahora, los ancianos ceden su lugar, y el mundo se modifica para los niños.

Los ingleses rara vez llegan a extremos como los padres de aquella historia en la revista French Home Life, que llegaron una hora tarde a una cena, porque su hija de tres años había querido que se pusieran la ropa de dormir y se fueran a la cama cuando ella lo hizo, y solo pudieron salir cuando la niña estaba dormida. Es verdad que no llegamos tan lejos, pero esa es la dirección hacia la que nos encaminamos; por ello, hasta qué punto las nuevas teorías educativas son sabias y humanas, y el resultado del conocimiento científico y psicológico, y hasta qué punto están al servicio de la idolatría de los niños a la cual todos estamos sucumbiendo, no es una cuestión que se debiera decidir livianamente.

En todo caso, no es muy exagerado declarar que los padres que no siguen razonablemente un método de educación, estudiado en su totalidad, fallan hoy—más que nunca—en cumplir con las obligaciones que deben a sus hijos.

El método como un camino hacia un fin. El método implica dos cosas: es un medio para lograr un fin, y es también el paso a paso en tal dirección; en otras palabras, seguir un método implica una idea, una imagen mental del fin u objetivo al que se quiere llegar. ¿Qué se propone usted que sea el efecto que ejerza la educación en su hijo, y para beneficio de él? Reiteramos que el método es natural; fácil, flexible, discreto, simple como lo es la naturaleza misma; sin embargo, es vigilante, cuidadoso, influye en todo, y afecta todas las cosas. El método, cuando tiene como fin la educación, toma para su servicio los asuntos más improbables para ese fin; y lo hace de una manera tan natural como lo hace el sol cuando solo al brillar hace que soplen los vientos y que fluyan las aguas. La madre y el padre que pueden y están dispuestos—en otras palabras, la fuerza exacta del método—a educar a sus hijos, usarán todas las circunstancias de la vida del niño casi sin que se lo propongan; así de fácil y espontáneo es un método educativo basado en la ley de la naturaleza. Ya sea cuando el niño coma o beba; venga, vaya o juegue todo el tiempo, se está educando, aunque es igual de inconsciente de ello como lo es de respirar. Sin embargo, siempre existe el peligro de que un método confiable se degenere y se convierta en un mero sistema. Por ejemplo, el método del kindergarten o jardín de infantes, merece el nombre de método, ya que fue concebido y perfeccionado por educadores de gran corazón con el fin de contribuir a la evolución multifacética del más complejo ser humano viviente y en crecimiento, pero que, en manos de practicantes ignorantes se convierte en ¡un miserable sistema duro como un trozo de madera!

El sistema es más fácil que el método. Un “sistema educativo”, es una atractiva quimera, y lo es aún más, en algunos aspectos, que un método, porque el sistema se debe a resultados medibles y definidos. Por medio de un sistema, se puede lograr un cierto progreso, siguiendo reglas determinadas; por ejemplo, aprender la taquigrafía [hoy en día se podría reemplazar esto con aprender a tipear], danzar, cómo aprobar exámenes, cómo convertirse en un buen contador, o llegar a ser una mujer que se maneja socialmente, son todos aprendizajes que se pueden lograr usando sistemas.

El sistema—es decir, seguir reglas hasta que se afiance el hábito de hacer ciertas cosas, y de comportarse de ciertas maneras, y, por lo tanto, hasta que la habilidad sea adquirida—logra tan buenos resultados precisos que no es de extrañar que se intente infinitamente restringir todo el campo de la educación a los límites de un sistema.

Si un ser humano fuera una máquina, la educación solo lograría hacerlo actuar de la manera prescrita, y el trabajo del educador sería simplemente adoptar un buen sistema de trabajo o un conjunto de sistemas.

No obstante, el educador lidia con un ser que actúa y se desarrolla por sí mismo, y su afán es guiar y ayudar a que se produzca el bien latente en dicho ser, se disipe el mal latente, preparar al niño para que asuma su lugar en el mundo dando lo mejor de él, y con todas las capacidades para el bien que están en él totalmente desarrolladas y convertidas en el poder de hacer.

Aunque el sistema es muy útil como instrumento de la educación, un “sistema educativo” es perjudicial ya que produce solo una acción mecánica en lugar de producir el crecimiento y movimiento vitales de un ser vivo.

Vale la pena señalar en qué difieren un sistema y un método porque muchas veces los padres se dejan llevar por algún meritorio “sistema” cuyo objetivo es generar desarrollo en una dirección—ya sea de los músculos, de la memoria, o de la facultad del razonamiento—y ya están satisfechos, como si ese desarrollo representara una educación completa. Esta satisfacción fácil surge de la pereza de la naturaleza humana, a la cual le agrada más un plan definido que la vigilia constante y la acción no prevista que se necesitan cuando la totalidad de la existencia de un niño se debe usar como el medio para su educación. ¿Pero quién tiene todo lo necesario para realizar una educación tan exhaustiva e incesante? Los padres pueden estar dispuestos a realizar cualquier iniciativa definida por el bien de sus hijos; pero estar siempre proveyendo para su bienestar, siempre ingeniándoselas para que las circunstancias que los rodean le sean favorables, ¡es propio de un dios, y no de un ser humano! Ésta es una objeción bastante razonable, si uno considera la educación como una serie interminable de esfuerzos independientes, que se piensan uno a uno, y se realizan sin planificación; pero el hecho es que algunos principios esenciales generales cubren todo el campo, y una vez que éstos se entienden por completo, actuar en función de ellos es tan fácil y natural como cuando actuamos en función de nuestro conocimiento de datos como que el fuego quema y el agua fluye. Mi esfuerzo en éste y en los capítulos subsiguientes será presentarles dichos principios fundamentales en su sentido práctico. Mientras tanto, consideremos una o dos preguntas preliminares.

II. La condición del niño

El niño en medio. Primero, consideremos al niño que ha sido encomendado a sus padres humanos: ¿dónde está y qué es el pequeño ser? ¿Acaso una hoja en blanco en la que se escribirá, o una rama que se doblará, o una masa que se moldeará? Quizás sea todo ello, pero es mucho más: es un ser que pertenece a un rango completamente más alto que el nuestro; o, por así decirlo, un príncipe al cuidado de unos campesinos. Escuchemos cómo estima Wordsworth la condición del niño:

“Nuestro nacimiento no es más que un sueño y un olvido:
El alma que se eleva con nosotros, nuestra estrella de la vida,
Ha tenido en otra parte su escenario,
Y viene de lejos;
No en completo olvido,
Tampoco en completa desnudez,
Mas persiguiendo nubes de gloria venimos
De Dios, que es nuestro hogar:¡Rodeados del cielo en nuestra edad más temprana!

* * * * * * * * * * * * * * * * * *

Tú, cuyo semblante exterior esconde
La inmensidad de tu alma;
Tú, filósofo por excelencia, que aún mantienes
Tu herencia, tu vista entre los ciegos,
Que, sordo y silencioso, lees la profundidad eterna,
Perseguido por siempre por la mente eterna,
¡Poderoso profeta! ¡Vidente bendito!
En quien estas verdades descansan,
Y que nosotros luchamos toda la vida por encontrar;
Tú, sobre quien tu inmortalidad
Se obsesiona como un día, cual amo sobre su esclavo,
Una presencia que a resguardo no se debe dejar;
Tú, niño, pequeño, pero glorioso en el poder
De la libertad proveniente del cielo dispuesta en la estatura de tu ser”.

Continúa así sucesivamente toda esa gran oda [se trata de “Atisbos de la inmortalidad en los recuerdos de la primera infancia” de Wordsworth, aquí en su versión original], que, después de la Biblia, otorga la comprensión más profunda de los niños en términos de su naturaleza y condición. “De los tales es el reino de los cielos”. “A menos que seáis como niños pequeños, no entraréis en el reino de los cielos”. “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?” “Y llamó a un niño y lo puso en medio de ellos”. He aquí la valoración divina de la condición del niño. Vale la pena que los padres reflexionen cada enunciado de los Evangelios sobre los niños, despojándose de la noción de que estos dichos son atingentes, en primer lugar, a las personas adultas que se han convertido en niños pequeños. No cabe aquí discutir lo que estos profundos dichos son, ni lo que significan; solo que parece que abarcan mucho más de lo que Wordsworth declara que son los niños en su expresión sublime:”Persiguiendo nubes de gloria venimosDe Dios, que es nuestro hogar”.

Código de educación en los evangelios. Es posible que los padres que no han prestado mucha atención al tema se sorprendan al descubrir también un código de educación en los Evangelios, expresamente establecido por Cristo. Se resume en tres mandamientos, los tres en voz negativa, como si lo principal que deben hacer las personas adultas es no causar ningún daño a los niños: Mirad que no OFENDÁIS, no MENOSPRECIÉIS, no TROPECÉIS a ninguno estos pequeños.Así son las tres leyes educativas del Nuevo Testamento, las cuales, al examinarse por separado, me parece que abarcan toda la ayuda que podemos dar a los niños y todo el daño que les podemos evitar, es decir, todo lo que se incluye al instruir al niño en su camino. Consideremos estas tres grandes leyes como prohibitivas, con el fin de despejar el terreno y llegar a la consideración de un método educativo, ya que, si dejamos resuelto desde ahora lo que no debiéramos hacer, será de gran ayuda para ver lo que  podemos hacer, y debemos hacer, aunque, de hecho, lo positivo está incluido en lo negativo, es decir, lo que estamos obligados a hacer por el niño está incluido en lo que no debemos hacer porque le causa daño.}


III. Ofender a los niños

Ofensas. El primero y el segundo de los edictos divinos parecen incluir nuestros pecados de comisión y omisión contra los niños: los ofendemos, cuando hacemos por ellos lo que no debimos haber hecho; los despreciamos, cuando dejamos de hacer esas cosas que, por su bien, deberíamos haber hecho. Sabemos que una ofensa es literalmente un obstáculo, lo que hace tropezar al caminante y lo hace caer.Las madres saben lo que es despejar el piso de los obstáculos cuando un bebé da sus primeros pasos vacilantes de silla en silla, o de un par de brazos amorosos a otro. La pata de la mesa, el juguete en el suelo, lo que sea que ha provocado una caída y un llanto, es algo lamentable; ¿por qué alguien no lo quitó para que el bebé no tropezara? Pero así va el niño pequeño saliendo al mundo con pasos vacilantes e inciertos en muchas direcciones; allí hay causas de tropiezo que no son tan fáciles de eliminar como un taburete ofensivo; ¡y ay del que haga tropezar al niño!

Los niños nacen con el sentido de obediencia a la ley. “¡Qué malo bebé!” dice la madre; el niño baja los ojos, y un rubor surge en su cuello y semblante, “qué gracioso” piensan algunas personas y dicen: “¡Qué malo bebé!” cuando el bebé está jugando dulcemente, para divertirse al ver que el alma infantil se eleva visiblemente ante sus ojos. Pero, ¿qué significa esta muestra de sentimiento, de conciencia, en el niño, previa a toda enseñanza humana recibida? Nada menos que esto: que ha nacido como un ser respetuoso de la ley, con un sentido de lo que se debe y lo que no se debe, de lo correcto y lo incorrecto. Así es como los niños han sido enviados al mundo, con esta advertencia: “Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños”. A pesar de esta verdad, ¿quién no ha conocido a niñas y niños grandes, hijos de padres sensatos, pero que aún no saben lo que significa debo, que no han aprendido a cumplir sus obligaciones, y cuyos corazones no sienten el solemne llamado del deber, sino que la única regla que saben es “quiero” y “no quiero” o “me gusta” y “no me gusta”? ¡Qué el cielo ayude a los padres y a los niños cuando han llegado a tal realidad! Pero, ¿cómo se ha llegado a que el bebé, con su agudo sentido de lo correcto y lo incorrecto incluso cuando poco entiende el habla humana, llegue a convertirse en un niño o niña que ya demuestra “la maldición del corazón sin ley”? Pues, lenta y gradualmente, aquí un poco y allá otro poco, y en la medida que todo lo bueno o lo malo del carácter llega a ponerse en práctica. ¡Malo! dice la madre, nuevamente, cuando una pequeña mano se mete en las galletas; y un par de ojos pícaros la buscan furtivamente, para medir hasta dónde puede llegar el pequeño ladronzuelo. Es muy divertido; la madre “no puede más que reírse”; y deja pasar la pequeña falta: pero lo que la pobre madre no ha pensado es que una causa de tropiezo, una ofensa, ha sido arrojada en el camino de su hijo de dos años. Él ahora ya sabe que lo que es ‘malo’ se puede hacer igual y con algo de impunidad, y continuará mejorando ese conocimiento. No es necesario continuar; todo el mundo sabe los pasos por los cuales se ignora el “no” de la madre, y su negativa se convierte en consentimiento. El niño ha aprendido a creer que no tiene nada que superar más que la oposición de su madre; si ella elige permitirle hacer esto y aquello, entonces no hay razón por la que ella se oponga; él puede hacer que ella elija permitirle hacer lo prohibido, y entonces podrá hacerlo. El siguiente paso del argumento no es muy positivo para el ingenio infantil: si la madre hace lo que ella quiere, por supuesto él también hará lo que quiera, si fuera posible, y a partir de entonces, la vida del niño es una lucha constante para salirse con la suya; una lucha en la cual los padres pueden estar seguros de salir perdiendo, considerando que ellos tienen muchas responsabilidades en las que pensar, mientras que su hijo piensa sin cesar en el asunto que le interesa.

Los niños deben percibir que sus autoridades se rigen por la ley. ¿Cuál es el origen de esta compleja situación que mancha las vidas de padres e hijos por igual? En esto: que la madre comenzó su tarea sin suficiente sentido del deber; se creía libre de permitir y prohibir; de decir y desdecirse a su gusto, como si el niño fuera suyo para hacer lo que ella quisiera. El niño nunca descubrió un telón basado en el deber tras las decisiones de su madre; él no sabe que ella no debe dejar que él rompa los juguetes de su hermana, comer pastel sin límite, ni estropear el placer de otras personas, porque estas cosas no son correctas. Pero si el niño percibe que sus padres están obligados por la ley tanto como él, que simplemente no pueden permitirle que haga las cosas que le han sido prohibidas, y se someterá con la dulce mansedumbre propia de su edad. Por lo general, razonar con un niño para que obedezca está fuera de lugar y puede implicar sacrificar la dignidad de los padres; pero el niño es lo suficientemente listo como para atisbar el “deber” que rige a su madre, en su cara, en sus modales, y en el hecho de que ella no cambiará de resolución cuando se trate de hacer lo bueno o lo malo.

Los padres pueden ofender a sus hijos haciendo caso omiso de las leyes sanitarias. Esto de permitirle hacer lo malo, es solo una de las muchas formas en que la madre amorosa puede ofender a su hijo, pero la ignorancia o la obstinación, que es peor, pueden no solo permitirle hacer lo malo, sino también hacerle mal. Ella misma puede hacerle tropezar en su vida física al darle comida no saludable, dejarlo dormir y vivir en habitaciones mal ventiladas, al ignorar cualquiera o todas las evidentes leyes sanitarias, ignorancia que casi no se puede justificar considerando los grandes esfuerzos hechos de la comunidad científica por poner dicho necesario conocimiento al alcance de todos.

Sobre la vida intelectual. Bastante parecida es la forma en que la vida intelectual del niño puede destruirse desde su origen gracias a una serie de clases tediosas y lentas en las cuales lo menos que se logra o se espera es un progreso definitivo, y que, lejos de educar en un sentido verdadero, aturde el ingenio de una manera que nunca se supera. Muchas niñas pequeñas, especialmente, abandonan el aula de la escuela con una aversión hacia todo tipo de aprendizaje, una aversión al esfuerzo mental, que dura toda su vida, y es por eso que cuando crecen, leen poco y novelas de mala calidad, y se dedican a hablar todo el día sobre su ropa.

Sobre la vida moral. ¿Cómo se abordan los afectos del niño, aquellas expresiones del corazón tierno que nada esconde? Hay pocas madres que no se esfuerzan por apreciar los afectos familiares; pero cuando el niño llega a relacionarse con aquellos fuera de su círculo familiar, ¿acaso no es verdad que los adagios y motivos del mundo destruyen las incipientes muestras de amor infantil? Algo mucho peor sucede cuando el amor del niño no se encuentra correspondido en su propio hogar: cuando una niña no es la bonita de la familia o un niño es el aburrido de la familia, y allí se queda como abandonado en el frío, mientras el afecto de los padres se prodiga sobre el resto de la prole. Por supuesto que la niña no ama a sus hermanos y hermanas, quienes monopolizan lo que también debería haber sido suyo. ¿Y cómo va a amar a sus padres? Nadie conoce la verdadera angustia que muchos infantes sufren por esta causa, ni cuántas vidas se han amargado y arruinado por la supresión de estas afecciones infantiles. “Tuve una infancia miserable”, me dijo una señora hace un tiempo, “por el cariño preferente de mi madre hacia mi hermano pequeño; no había un día en que no me sintiera miserable cuando ella entraba en la guardería para abrazarlo a él y jugar con él, mientras que para mí no había ni una palabra, ni una mirada, ni una sonrisa, como si yo no hubiera estado presente en la habitación. Nunca lo he superado; ahora ella es muy amable conmigo, pero no logro sentirme completamente cómoda con ella. ¿Y cuánto nos hubiéramos querido como debiéramos, mi hermano y yo, si hubiéramos crecido juntos bajo el mismo afecto cuando éramos chiquitos?”


IV. Menospreciar a los niños

La madre debiera ofrecer a sus niños lo mejor de ella. Supongamos que una madre pudiera ofender a su hijo, ¿cómo es posible que lo menospreciara de tal forma? El diccionario define menospreciar como desestimar y tener en poco; y, de hecho, por mucho que nos deleitemos en los niños, los adultos tenemos una opinión demasiado baja de ellos. Si la madre no mirara en menos a su hijo, ¿lo dejaría acaso en compañía de una persona sin preparación durante sus primeros años de vida, cuando toda su naturaleza, tal como el lente sensible del fotógrafo, está recibiendo impresiones indelebles a cada momento? Pero esta persona que lo cuida trata bien al niño; además, puede que no sea muy adecuado que las personas educadas tengan a sus hijos siempre cerca; acaso la compañía constante de los padres estimule demasiado al niño; y, por último, el intercambio de ideas y la influencia de otras personas son importantes para que la madre se encuentre más refrescada para tratar con sus hijos. Sin embargo, los niños deberían recibir lo mejor de su madre, sus horas de mayor energía y entusiasmo; al mismo tiempo que ella pone cuidado en elegir sabiamente a quién cuidará a su hijo, capacitar a esta persona cuidadosamente y vigilar todo lo que sucede en la guardería (Nota: A fines del siglo XIX e inicios del siglo XX, era común en las clases acomodadas de Inglaterra contar con una habitación especialmente dedicada a los niños de la casa, en la cual había una o más niñeras que cuidaban y educaban a los niños hasta la edad de 9 años. Esta sección se refiere a tal lugar, aunque bien podría aplicarse hoy en cierta medida a la guardería, aunque difiere ésta última en que reúne a niños de diversas familias).

La persona que cuida a los niños. Las meras faltas de educación y descomedimientos de la cuidadora causan un daño que puede durar mucho en los tiernos niños; así, muchos de ellos dejan la guardería con la conciencia moral embotada, y en una condición de aislamiento de su Padre celestial que podría durarles toda la vida. El sentido moral del niño es extremadamente rápido; sus ojos y oídos están en total alerta al más mínimo acto o palabra de injusticia, engaño o falsedad. Su cuidadora dice: “No te acuso, si te portas bien”; y el niño aprende que es posible ocultar cosas de su madre, quien para él debiera ser como Dios, sabiendo todo el bien y el mal que él hace. Y no es que el niño tome nota de las malas decisiones de sus mayores con aversión; es verdad que él sabe lo que está mal pero ya no confiará en sus propias intuiciones, sino que moldeará su vida a partir de cualquier otro patrón de conducta que se presente ante él, y gracias al tinte fatal de la naturaleza humana ya presente en él, estará más dispuesto a imitar un patrón malo que uno bueno. Dé al niño entonces una cuidadora que sea tosca, violenta y deshonesta, y antes de que el niño pueda hablar claramente ya habrá adquirido tales disposiciones de carácter.

Las faltas de los niños deben tomarse en serio. Una de las muchas maneras en que los padres tienden a tener una opinión demasiado baja de sus hijos es en relación con sus faltas. Un pequeño da muestra de un feo rasgo del carácter: es codicioso, y devora la porción de golosinas de su hermana, así como la suya; es vengativo, y está listo para morder o luchar contra la mano que lo ofende; dice una mentira tal como “que no tocó la bolsa de golosinas ni el tarro de las galletas”; y la madre pospone el día malo, ella sabe que en algún momento debe lidiar con el niño por esas ofensas, pero mientras tanto dice: “Bueno, no importa por esta vez; es muy pequeño y ya aprenderá a portarse mejor”. Pero no se da a la situación la importancia que debiera tener. ¡Qué días felices garantizaría la madre tanto para ella como para sus hijos, si ella misma se apostara como un vigía en el grifo que da rienda suelta a las aguas! Si la madre resolviera estar consciente de que el niño siempre comete el mal estando en conocimiento de su mal comportamiento, entonces verá que él no es demasiado pequeño para corregir o prevenir su falta. Lidie con el niño en su primera falta, una mirada seria es suficiente para condenar al pequeño transgresor; pero déjelo continuar hasta que se forme un hábito de hacer el mal, y la cura será lenta; en cuyo caso la madre no tendrá ninguna posibilidad hasta que haya formado en él un hábito contrario correcto. Reírse de los malos temperamentos y dejarlos pasar porque los niños son pequeños equivale a sembrar al viento.


V. Impedir a los niños

La relación del niño con Dios todopoderoso. La forma más fatal de menospreciar a los niños se encuentra en la tercera ley educativa de los Evangelios, y consiste en pasar por alto y tomar a la ligera la relación natural del niño con Dios todopoderoso. “Dejad a los niños venid a mí”, dice el Salvador, como si fuera algo natural para los niños, lo que ellos hacen cuando sus mayores no se lo impiden. Quizás no sea algo tan inimaginable creer en este mundo redimido, que, tal como el infante se torna hacia su madre aún sin las facultades para decir su nombre, y las flores se vuelven hacia el sol, así también los corazones de los niños se tornan a su Salvador y Dios, con inconsciente deleite y confianza.

Teología infantil. Ahora escuche lo que sucede en muchas guarderías: “¡Dios no te ama, niño travieso y malvado!” o “Dios te enviará al infierno”, y así sucesivamente, ¡y esta es toda la enseñanza práctica que recibe el niño sobre cómo actúa su Dios amoroso! Nunca una palabra en todo el día sobre cómo Dios ama y aprecia a los pequeños, y llena sus horas de deleites; agregue a esto oraciones superficiales e insípidas, conversaciones improductivas sobre cosas divinas en su presencia, uso trivial de palabras santas, escasas señas que indiquen al niño que para sus padres las cosas de Dios son más importantes que cualquier otra cosa del mundo, y así se es impedimento para el niño, en forma tácita se le ha prohibido el “venir a Mí”. Todo esto ocurre, a menudo, con padres cuyos corazones, en lo más profundo, solo desean que Dios sea lo más deseado. ¿En dónde radica el daño? En el mismo fatuo menosprecio de los niños; en la noción de que la vida espiritual los niños solo empieza cuando se les antoja a sus mayores producirla.


VI. Condiciones para una actividad cerebral saludable

Después de haber abordado el extenso campo de las prohibiciones, estamos preparados para considerar qué es, definitiva y certeramente, lo que la madre le debe a su hijo en el nombre de la Educación.

Todo esfuerzo mental implica desgaste del cerebro. Para comenzar, las facultades más educables del niño, es decir, su inteligencia, su voluntad, y sus sentidos morales, se asientan en el cerebro; esto significa que, así como el ojo es el órgano de la vista, así el cerebro, o una parte de él, es el órgano del pensamiento y la voluntad, del amor y la adoración. Los expertos difieren en cuanto a hasta qué punto es posible delimitar las funciones del cerebro; pero lo que parece bastante claro al menos es que todas las funciones mentales se realizan implicando una actividad real en la masa de materia nerviosa blanca y gris denominada “cerebro”. Esto no es un asunto que incumbe solo al fisiólogo, sino a cada madre y padre de familia, porque si queremos que este maravilloso cerebro, por medio del cual podemos pensar, actúe de manera saludable y en armonía con el actuar saludable de sus miembros, debiera hacerlo solo en un contexto de ejercicio, descanso y nutrición similar al que de todas las demás partes del cuerpo para que funcionen óptimamente.

Ejercicio. La mayoría de nosotros ha conocido unas pocas personas excéntricas y a bastantes personas insensatas, por lo que nos preguntamos si acaso estas personas nacieron con menos facultad cerebral que las demás. Probablemente no; pero si se les permitió crecer sin el hábito diario del esfuerzo moral y mental apropiado, si se les permitió holgazanear durante la juventud sin hacer un trabajo mental o volitivo frecuente y sostenido, el resultado sería el mismo, y el cerebro que debería haberse robustecido gracias a ese ejercicio diario, se ha vuelto flácido y débil, tal como lo estaría un brazo sano después de haber sido llevado por años amarrado en una escayola. El cerebro activo de gran tamaño no se contenta con la ociosidad total; traza líneas por sí mismo y funciona a ratos, y el hombre o la mujer se vuelven excéntricos, porque el esfuerzo mental benéfico, igual que el moral, debe llevarse a cabo en sometimiento a la disciplina de las reglas. Un sagaz escritor ha dicho que la indolencia mental puede haber sido algo de la causa de esos lamentables ataques de depresión y trastorno que sufrió el pobre poeta William Cowper; la creación de bellos versos cuando “le picaba el bicho” no era suficiente esfuerzo mental para alcanzar el bienestar.

Por tanto, la consecuencia es que no se debe dejar que los niños pasen ni un día sin esfuerzos específicos, tanto intelectuales, como morales, y volitivos; que se esfuercen por entender; que se obliguen a sí mismos a hacer y soportar; y que hagan lo correcto sacrificando la comodidad y el placer: y esto por muchas razones más sublimes, de las cuales la más básica es que el mismo órgano físico de la mente y la voluntad pueda crecer vigoroso gracias al esfuerzo.

El descanso. La misma importancia radica en el suficiente descanso del cerebro; es decir, que descanse y trabaje en forma alternada. Aquí entran en juego dos consideraciones. En primer lugar, cuando el cerebro está trabajando activamente, ocurre lo mismo que en cualquier otro órgano del cuerpo en las mismas circunstancias; es decir, un gran suministro adicional de sangre llega a la cabeza para nutrir el órgano que se desgasta con el esfuerzo. Atención, que en los vasos sanguíneos no hay una cantidad indefinida de lo que por el momento llamaremos sangre excedente, sino que el suministro está regulado según el principio de que solo un conjunto de órganos debiera estar en actividad excesiva a la vez—una vez las extremidades, otra vez los órganos digestivos, después el cerebro; así, toda la sangre que no sea vital en otras funciones va a apoyar aquellos órganos que trabajan en un determinado momento.

El descanso después de las comidas. El niño acaba de almorzar (que es la comida del día que provoca el mayor esfuerzo en sus órganos digestivos) y durante dos o tres horas después de comer, estos órganos están realizando mucho trabajo, y la sangre que no es vital en otras funciones, está allí presente para ayudar. Si usted envía al niño a dar un largo paseo inmediatamente después de la comida, hará que la sangre vaya a las extremidades que se mueven, y que la comida quede a medio digerir; si el niño se costumbra a comer y después a a moverse, terminará con problemas crónicos de digestión. Lo mismo si se le envía a trabajar en sus clases después de una comida pesada; la sangre que debería haber estado ayudando en la digestión de la comida se va al cerebro que trabaja.

En consecuencia, las horas de clases debieran elegirse cuidadosamente, después de períodos de descanso mental (como dormir o jugar, por ejemplo), y cuando ninguna otra parte del sistema está realizando una actividad excesiva. Por ello, la mañana, después del desayuno (cuya digestión no es una tarea de envergadura dado que se trata de una comida liviana) es el mejor momento para las lecciones y todo tipo de esfuerzo mental; si no se puede dedicar toda la tarde a la recreación al aire libre, entonces ese es el momento para realizar tareas mecánicas, como costuras, dibujo, o la práctica de un instrumento. La mente de los niños está suficientemente despierta en la tarde, pero el inconveniente del trabajo al final del día es que el cerebro, una vez incitado a la acción, se inclina a continuar su trabajo más allá de la hora de acostarse, lo que provoca los sueños, el insomnio y el sueño intranquilo del pobre niño que ha estado trabajando hasta el último minuto. Si no se puede evitar que los niños mayores trabajen por la tarde, debieran por lo menos disfrutar una o dos horas de amena actividad social antes de acostarse; pero, sin duda, por el bien de los niños debiéramos abolir las “tareas” vespertinas.

Cambio de ocupación. Según Huxley [biólogo y antropólogo británico, en su obra Lessons in Elementary Physiology, publicada en 1915, cuando no existía todavía la elevada tecnología actual en esta área], “No existe ninguna prueba satisfactoria en este momento, de que la manifestación de ningún tipo particular de facultad mental esté especialmente asignada o conectada con la actividad de un área particular o los hemisferios cerebrales”, dictamen que contradice la frenología [antigua doctrina psicológica según la cual las facultades psíquicas están localizadas en zonas precisas del cerebro y en correspondencia con relieves del cráneo.], pero que nos llega desde un expertizaje que es imposible poner en duda. Así, entendemos que no es posible determinar la localización de las ‘facultades’—decir que se es cauteloso con esta fracción del cerebro y que se ama la música con otra parte; pero una cosa sí es cierta, y muy importante para el educador: que el cerebro, o alguna parte del cerebro, se agota cuando ha estado realizando una función determinada durante demasiado tiempo. El niño que ha estado haciendo sumas un largo rato inexplicablemente no puede pensar, por tanto, que lea algo de historia, y verás que su mente vuelve a estar activa. Lo que ha pasado es que la imaginación, que no se ocupa para hacer sumas, ha entrado en acción durante la clase de historia, y el niño despierta una facultad viva e inagotable para realizar su nuevo trabajo. Los horarios de la escuela generalmente se elaboran con miras a darle al cerebro del niño un trabajo variado, pero el secreto del cansancio que a menudo se ve en los niños durante sus clases es que no se ha usado dicha sabia alternación entre las lecciones.

Alimento. Repetimos que el cerebro no puede hacer su trabajo a menos que esté nutrido abundante y adecuadamente. Alguien calculó cuántos gramos del cerebro se usaron en la producción de, por ejemplo, El paraíso perdido; cuántos gramos en esto otro, etc., pero sin entrar en cálculos aritméticos de esta naturaleza, podemos decir con seguridad que todo tipo de actividad intelectual implica un desgaste de los tejidos cerebrales; una red de vasos sanguíneos suministra una enorme cantidad de sangre a este órgano para compensar por dicho desgaste de materia; y es por ello que el vigor y la salud del cerebro dependen de la calidad y cantidad del suministro de sangre.

Algunas cosas que afectan la calidad de la sangre. Pues bien, la calidad de la sangre se ve afectada por tres o cuatro cosas. En primer lugar, la sangre es elaborada a partir de la comida; por lo que mientras más nutritivos y fáciles de digerir sean los alimentos, más vitales serán las propiedades de la sangre. La comida también debiera ser variada, consistir en una dieta mixta, porque se necesitan diferentes ingredientes para compensar los diversos desgastes en los tejidos. El desgaste en los niños es impactante con sus idas y venidas interminables, su constante movimiento, su energía, incluso el movimiento de la lengua, todo implica un desgaste de la materia tangible: la pérdida no se puede apreciar, pero algo pierden con cada salida in promptu, ya sea al aire libre o al interior. No hay duda de que la ganancia en facultades que genera el ejercicio es más que compensación por la pérdida de materia tangible; pero, de todos modos, esta pérdida debe repararse rápidamente. Pero no es solo el cuerpo del niño más activo en proporción con el del hombre, sino que, en comparación con el hombre, el cerebro del niño está en esfuerzo y movimiento permanentes. Se calcula que, aunque el cerebro de un hombre no pesa más que una cuadragésima parte de su cuerpo, un quinto o un sexto de todo su complemento sanguíneo se destina a nutrir este delicado e intensamente activo órgano; pero, en el caso del niño, una proporción considerablemente mayor de su sangre se destina al sustento de su cerebro. Y todo el tiempo, además de estas excesivas demandas que pesan sobre él, ¡el niño tiene que crecer! no solo para compensar por la pérdida ocurrida, sino para producir nueva materia cerebral y corporal.

Acerca de las comidas. La conclusión obvia es que el niño debe estar bien alimentado. La mitad de las personas de baja vitalidad que conocemos han sido víctimas de una deficiente alimentación durante su infancia; con más frecuencia debido a que sus padres no estaban conscientes de su deber al respecto, que debido a no hubieran estado en condiciones de proporcionar a sus hijos la dieta necesaria para su pleno desarrollo físico y mental. Las comidas regulares a intervalos continuos, por regla general—almuerzo, nunca a más de cinco horas después del desayuno; colación de la tarde, innecesaria; alimentos animales, una vez al día, y si fueran ligeros, dos veces al día—son las sugerencias de sentido común que se siguen en la mayoría de los hogares bien controlados. Pero no es la comida que se come, sino la comida la que se digiere, lo que nutre el cuerpo y el cerebro, y es aquí donde hay tanto que es urgente por considerar, que solo podemos abordar dos o tres aspectos más obvios. Todo el mundo sabe que los niños no deben comer pasteles, ni carne de cerdo, ni carnes fritas, ni queso, ni alimentos pesados ni muy saborizados no importa lo que sean; que la pimienta, la mostaza y el vinagre, las salsas y las especias deberían estar prohibidas, así como el pan nuevo [¿pan caliente recién horneado?], las tortas y las mermeladas pesadas, como ciruela o grosella espinosa, en las que se conserva la cáscara de la fruta; que la leche [obviamente, en su tiempo, se trataba de leche de vaca original sin pasteurizar), o la leche y el agua no demasiado calientes, o el cacao, es la mejor bebida para los niños, y que se les debe instruir que no beban nada hasta que hayan terminado de comer; que la fruta fresca en el desayuno es invaluable; y cumpliendo el mismo objetivo, las sopas de avena y melaza, y la grasa del tocino tostado, son valiosos alimentos para el desayuno; y que también, un vaso de agua tomado al final de la noche y uno al principio de la mañana, es útil para promover esos hábitos regulares de los que depende gran parte la comodidad de la vida.

La conversación durante las comidas. No es necesario recomendar todo esto, y mucho más de lo mismo; pero, permítaseme insistir que son los alimentos digeridos los que nutren el sistema, y las personas tienden a olvidar hasta qué punto las condiciones mentales y morales afectan los procesos de digestión. El hecho es que los jugos gástricos que actúan como solventes para las viandas solo se secretan libremente cuando la mente está alegre y contenta. Si al niño no le gusta su cena, la come, pero la digestión de esa comida desagradable es un proceso laborioso y muy difícil. Lo mismo ocurre si se come en silencio: sin el solaz de una conversación agradable, el niño pierde gran parte de lo “bueno” de su cena. Por lo tanto, no se trata en absoluto de mimos, sino que se trata de salud, de nutrición adecuada, se trata de que los niños disfruten su comida, y que coman sus comidas con alegría; aunque, por cierto, la alegre agitación es tan dañina como su opuesto ya que destruye ese tenor alegre y balanceado que favorece los procesos de digestión. No se deben escatimar esfuerzos para que el tiempo en que la familia se convoca en la mesa familiar sean las horas más felices del día, suponiendo que se les permita a los niños sentarse en la misma mesa con sus padres; y, ¡si fuera posible!, que puedan hacerlo en todas las comidas, ya que la ventaja para los pequeños es incalculable, excepto cuando se trata de un almuerzo tarde. Esta es la oportunidad para que los padres instruyan a sus niños en cuanto a modales y a la moral, para consolidar el amor familiar, y para que los niños se familiaricen con hábitos como el de la masticación minuciosa, por ejemplo, tan importante para la salud y también para los buenos modales.

La variedad en las comidas. Sin embargo, las exigencias de estas personitas no se cumplen por completo solo brindando un entorno agradable y una excelente comida porque, aunque sea una comida simple, debe ser variada. Carne de cordero todos los martes, el miércoles la misma carne, pero fría, y el jueves, picada, puede que sea muy buena comida; pero el niño que recibe esta dieta semana tras semana estará mal alimentado, simplemente porque está cansado de la misma cosa. La madre debe crear una rotación de comidas para los niños, de por lo menos una quincena en que no se repita la misma cena dos veces. El pescado, especialmente si no hay carne en la cena de los niños, es excelente para un cambio, más aún debido a que es rico en fósforo, que es un valioso alimento para el cerebro. Los postres de los niños merecen bastante consideración, porque en general no les gustan las comidas de alto contenido graso, sino que prefieren obtener calor para el cuerpo a partir del almidón y el azúcar de los postres; por ello, proporcióneles una rica variedad, y que no siempre sea la “infinita tapioca”. Incluso para el té y el desayuno, la sabia madre no dice: “Siempre les doy a mis hijos” esto y esto, porque no deberían tener nada “siempre” sino que cada comida debiera tener alguna pequeña sorpresa ¿Pero quizás así los haríamos pensar demasiado en lo que comerán y beberán? Por el contrario, son los niños mal alimentados los que quieren más y más de algo, y a quienes no se puede confiar ninguna exquisitez extraordinaria.

El aire es tan importante como la comida. La calidad de la sangre depende tanto del aire que respiramos como de los alimentos que consumimos; en el transcurso de cada dos o tres minutos, toda la sangre del cuerpo pasa a través de las ramificaciones infinitas de los pulmones, con el único fin de que, en ese transcurso, actúe sobre ella el oxígeno en el aire que entra a los pulmones durante la respiración. Pero, ¿qué le puede ocurrir a la sangre en el curso de un evento de tan corta duración? Solo esto: que toda su naturaleza, hasta su propio color cambia; ingresa a los pulmones en mal estado, sin ser capaz de dar vida; y los abandona convertida en un fluido puro y esencial para la vida. Observe ahora dos cosas: que la sangre solo se oxigena por completo cuando el aire contiene el máximo de oxígeno, y que cada respiración y cada llama de fuego extrae algo de oxígeno de la atmósfera de una habitación. De ahí la importancia de procurar que los niños respiren diariamente aire fresco y que ejerciten abundantemente sus extremidades y pulmones en un aire no viciado ni empobrecido.

Los niños salen a caminar todos los días. “Los niños salen a caminar todos los días; nunca están fuera menos de una hora cuando hace buen tiempo”. Eso es mejor que nada; pero también lo es la siguiente ilustración: una maestra en una escuela de un área empobrecida de Londres percibe la pálida apariencia de una de sus mejores estudiantes. “¿Almorzaste, Nellie?” “Mmm sí” (vacilando). “¿Qué comiste?” “Mi madre nos dio a Jessie y a mí medio penique para almorzar, y compramos muchos caramelos de anís—es que rinden más que el pan” responde con la esperanza en los ojos de que no se le censurara por tal extravagancia. Los niños no se desarrollan de la mejor forma comiendo dulces de anís para la cena, ni con una hora de la consabida caminata diaria. Quizás la ciencia nos confirmará cada vez más el hecho de que la vida animal, confinada al interior, se sustenta en condiciones artificiales, equivalente a la vida vegetal cultivada en una casa de vidrio. Es a este respecto que la mayoría de las naciones continentales tienen ventaja sobre nosotros ya que mantienen siempre el hábito de la vida al aire libre; y como consecuencia, la persona francesa, alemana, italiana y búlgara promedio es más alegre, más sencilla y más robusta que la persona inglesa promedio. ¿Qué del clima? ¿Acaso Carlos II—y él lo sabía—no se declaró a favor del clima de Inglaterra porque allí se puede estar afuera “más horas en el día y más días en el año” que “en cualquier otro país”? Perdemos de vista el hecho de que no somos como ese personaje histórico que “solo vivió de comida y bebida”. Pero a la persona incapacitada que no puede comer le decimos “¡No se puede vivir solo de aire!” Es verdad, no podemos vivir solo de aire, pero, si debiéramos elegir entre los tres factores que prolongan la vida, el aire nos sostendrá por mayor tiempo. Todo esto lo sabemos y estamos ya cansadísimos de oír del tema; deje que el rabillo de su ojo capte la palabra “oxigenación” en una página, y éste, bien entrenado, se saltará ese párrafo. No necesitamos decirle incluso a los escolares cómo la sangre del cuerpo es transportada hacia los pulmones y desde allí se distribuye por una gran cantidad de innumerables “canales” que reciben momentáneamente oxígeno; cómo el aire actúa sobre la sangre por la acción de la respiración; cómo el aire penetra en las paredes muy delgadas de esos canales; y luego, cómo sucede una mágica (o química) transformación; las aguas residuales del sistema se convierten al instante en el rico fluido vivificante cuya función es construir los tejidos musculares y nerviosos. Y [aludiendo a la obra La Tempestad de Shakespeare], ¿cuál es el Próspero que lleva la capa? Su nombre es Oxígeno; y la maravilla que produce dentro de nosotros unas quince veces en el transcurso de un minuto, posiblemente no tiene paralelo en toda la serie de maravillas relacionadas con la vida y con las que nos “topamos” con familiaridad, estableciendo “la vida” y acarreando ¡nada menos que un secreto de gran valor!

La oxigenación tiene limitaciones. Aunque sepamos todo a este respecto, talvez olvidemos que incluso el oxígeno tiene sus limitaciones; considerando que nada puede ocurrir excepto donde se está, y esto también se aplica a este gas vital, así como a otras materias. El fuego, las lámparas y los seres que respiran, todos son consumidores del oxígeno que los mantiene con vida. ¿Cuál es la consecuencia? Pues, que este elemento, que existe en una proporción de veintitrés partes por cada cien en el aire puro, está sujeto a un enorme agotamiento dentro de las cuatro paredes de una casa, donde el aire se mantiene más o menos estacionario. No me refiero al aire viciado sino solo al agotamiento que sufre este elemento vital. ¡Piense una vez más en el extremo agotamiento del oxígeno al mantener vivos los diferentes fuegos, así como los muchos seres que respiran en una gran ciudad! Una pregunta de vital importancia es: “¿Cuál es la consecuencia?” El hombre puede disfrutar la totalidad de una vigorosa y gozosa existencia posible solo cuando su sangre está completamente aireada; y esto ocurre cuando el aire que inhala contiene todo el oxígeno necesario. ¿Es acaso una exageración aseverar que la vitalidad se reduce en aquellas personas que habitan en viviendas en contraste con aquellas que viven al aire libre? El aire empobrecido mantiene la vida a un nivel bajo y débil; así vemos que, en las grandes ciudades, la estatura disminuye, la caja torácica se contrae, los hombres apenas llegan a vivir para ver a los hijos de sus hijos. Es verdad que necesitamos casas para refugiarnos del clima durante el día y para descansar en la noche, pero en la medida que desistamos de hacer nuestras casas más “cómodas” y las consideremos meramente refugios necesarios para cuando no podamos estar afuera, entonces gozaremos a cabalidad la vigorosa vitalidad que nos es posible.

Aire viciado. Padres de pálidos niños de la ciudad: ¡pensad en esto! En este asunto en particular, los niños de la calle que se alimentan de lo que encuentran están en mejor situación (y se ven más saludables) que sus niños preciados porque los primeros tienen a su alcance mayor cantidad de la esencia primordial de la vida, es decir, el aire. Incluso en los barrios bajos de la ciudad, hay un poco de circulación de aire, y el niño que pasa sus días en las calles recibe más oxígeno que aquel que pasa la mayor parte de sus horas respirando el aire detenido de una amplia habitación. Sin embargo, no es el aire de las calles lo que requieren los niños, sino el delicioso aire vivificante del campo. Los niños, mucho más que los adultos, se mantienen en constante movimiento y, al mismo tiempo, están en proceso de desarrollar músculo, todo esto a expensas de un grandísimo desgaste de tejido, y es la sangre la que transporta el material necesario para suplir tal pérdida: el niño debe crecer, cada una de sus partes lo debe hacer, y es la sangre la que suple el material para generar nuevos tejidos. Ya sabemos que el cerebro es, en total desproporción con su tamaño, el gran consumidor del suministro de sangre, pero es el cerebro infantil el que presenta demandas insaciables, tanto por su afanosa actividad como por el crecimiento por partida doble que le afecta.

«Caldo de vacuno para Alicia». “Yo alimento a Alicia con caldo de vacuno, aceite de bacalao y todo tipo de comidas nutritivas; pero me siento desalentada porque, ¡la niña no gana peso!” Es probable que Alicia respira 22 de las 24 horas del día un aire empobrecido y algo viciado que se ha acumulado dentro de las cuatro paredes de la casa. La niña está prácticamente muerta de hambre ya que la comida recibida está siendo inadecuada e imperfectamente transformada en sangre oxigenada para alimentar los tejidos de su cuerpo.

Si sufre de inanición física, ¿qué es de la mente ávida, activa, curiosa y anhelante de la niña? “Bueno, ella tiene sus clases todos los días como siempre”. Puede que sí, pero las lecciones que solo abordan palabras, solo los signos de las cosas, no son lo que la niña requiere. No existe un conocimiento más apropiado durante los primeros años de un niño como lo es saber el nombre, la apariencia y el comportamiento in situ de cada objeto natural que pueda llegar a conocer, como lo corrobora el Salmo 111:4: «Él ha hecho memorables sus maravillas».

«En tres años creció al sol y en la lluvia,
Entonces la naturaleza dijo, “Una flor más preciosa
Que nunca fuera sembrada en la tierra:
Esta niña para mí la tomaré:
Ella será mía, y yo la haré
Una dama de mi propiedad».

* * *

«Será juguetona como el cervatillo
Indómita y feliz ya en la campiña
O en los manantiales de la montaña;
Y suyo será el bálsamo del aliento,
Y suyo el silencio y la calma
De las cosas mudas e insensatas».

* * *

«Las estrellas de medianoche serán especiales
Para ella; y apoyará su oído
En muchos lugares secretos
Donde los riachuelos danzan en sus recorridos
Y la belleza que nace del sonido susurrante
Pasará hacia su rostro».

[Extractos del poema Three Years She Grew in Sun and Shower (En tres años creció al sol y en la lluvia) del poeta inglés William Wordsworth]

Aireación al interior. Con respecto de la aireación al aire libre ya tendremos ocasión de hablar más adelante; pero la aireación al interior es realmente importante, porque si los tejidos se alimentan con sangre impura durante todas las horas que el niño pasa en la casa, el daño no se reparará en los intervalos más breves que se pasan al aire libre. Ponga dos o tres cuerpos que respiran, así como fuego y gas en una habitación, y es increíble lo pronto que el aire se vicia a menos que se renueve constantemente; es decir, a menos que la habitación esté bien ventilada. Todos sabemos lo que es entrar a una habitación después de estar al aire fresco, y sentirla irrespirable; pero siéntese unos minutos allí y se acostumbrará al sofoco; los sentidos han dejado de ser guías confiables.

Ventilación. Por lo tanto, se deben tomar medidas frecuentes para ventilar las habitaciones, independientemente de los sentimientos de sus ocupantes: al menos una pulgada de una ventana abierta en la parte superior, día y noche, hace que una habitación esté en bastantes buenas condiciones, ya que permite el escape del aire viciado, que, al ser liviano, asciende, dejando espacio para la entrada del aire más frío y fresco por las hendijas en puertas y pisos. Una chimenea abierta es un ventilador útil, aunque no suficiente; no hace falta decir que tapar las chimeneas en los dormitorios es una acción suicida. Es de particular importancia acostumbrar a los niños a dormir con una pulgada o dos, o unas más, de aberturas en las ventanas durante todo el año, y todo lo que se quiera en el verano.

El saludable aire nocturno. Es popular la idea de que el aire nocturno no es saludable; pero si pensamos en que el aire sano es aquel que contiene oxígeno en su mayor parte, y no más de una muy pequeña cantidad de dióxido de carbono, y que todos los objetos quemantes, es decir, el fuego, el horno, la lámpara a gas, emiten este dióxido y consumen oxígeno, usted verá que el aire nocturno es, en circunstancias normales, más saludable que el aire diurno, simplemente porque hay un desgaste menos exhaustivo del mismo. Cuando los niños están fuera de la habitación que ocupan normalmente, ya sea el lugar de juegos o la sala, esa es la oportunidad de airear dicha habitación completamente abriendo las ventanas y puertas de par en par para dejar pasar una considerable corriente de aire.

Luz solar. Pero no es solo el aire, esto es, aire puro, lo que los niños deben recibir para que su sangre sea de una “excelente calidad”, como dicen los anuncios. La sangre saludable es muy rica en diminutos organismos en forma de discos rojos, conocidos como glóbulos rojos, lo cuales, en circunstancias favorables, se producen libremente en la misma sangre. Ahora bien, es cierto que las personas que pasan mucho tiempo al sol tienen un semblante rubicundo, es decir, en su sangre hay muchos de estos glóbulos rojos; mientras que las pobres almas que viven en bodegas y callejones oscuros tienen una piel del color del papel marrón pálido. La conclusión es que la luz y el sol favorecen la producción de glóbulos rojos en la sangre; y que, por lo tanto, (aquí la madre debe tomar este paso) las habitaciones de los niños debieran estar en el lado soleado de la casa, en dirección al sur en lo posible. De hecho, toda la casa debiera mantenerse iluminada y luminosa por el bien de los niños; y los árboles y edificios exteriores que obstruyen la luz del sol hacia las habitaciones de los niños debieran eliminarse sin vacilación.

Libre transpiración. Existe atender otro punto que debemos abordar para asegurarnos de que el cerebro se alimente de sangre saludable. La sangre recibe y elimina el desgaste de los tejidos, y uno de los agentes más importantes por medio del cual hace este necesario trabajo de limpieza es la piel. Millones de poros invisibles perforan la piel, y cada uno es la boca de un diminuto tubo de varios dobleces que están en constante actividad, cuando el cuerpo sano descarga la transpiración—es decir, el desgaste de los tejidos—sobre la piel.

La transpiración inconsciente. Cuando la descarga de transpiración es excesiva, notamos la humedad sobre la piel; pero, estemos consciente de ello o no, la descarga está sucediendo continuamente; aún, si ésta se detuviera, o si se cubriera una porción considerable de la piel con alguna capa que la hiciera impenetrable, se produciría la muerte. Esta es la razón por la cual fallecen las personas como consecuencia de abrasamientos y quemaduras que lesionan una amplia superficie de la piel, incluso cuando ningún órgano vital esté comprometido ya que multitudes de tubos diminutos que deberían expulsar las materias nocivas de la sangre están cerrados, y, aunque la superficie restante de la piel y otros órganos excretores asumen un esfuerzo adicional de trabajo, es imposible reparar la pérdida ocurrido al eficiente drenaje de un área considerable. Por ello, para que el cerebro esté debidamente alimentado, es importante mantener toda la superficie de la piel en condiciones tales que se puedan eliminar libremente las deposiciones de la sangre.

El baño diario y la ropa permeable. A continuación, se presentan dos consideraciones, de las cuales la primera, la necesidad del baño diario, seguido de un vigoroso frote de la piel, no hace falta decir nada aquí. No obstante, quizás no se conozca bien la segunda consideración, aquella de que los niños debieran usar ropa permeable que permita el paso instantáneo de la exhalación de la piel. ¿Por qué las mujeres delicadas se desmayaban o, “sentían que se iban a desmayar” cuando era costumbre ir a la iglesia con abrigos de piel de foca? ¿Por qué las personas que duermen bajo edredones de seda o algodón, con frecuencia se levantan sin sentirse descansadas? La causa es que tales cobertores y abrigos impiden el paso de la transpiración inconsciente, por lo que la piel no ha podido cumplir su función de limpiar la sangre de sus impurezas. Es sorprendente ver cuánta pérdida constante de vitalidad experimentan muchas personas por ninguna otra causa que una vestimenta inadecuada. La mejor vestimenta para los niños consiste en holgadas prendas de lana, franelas y de tejidos como la sarga, de diferentes grosores para el verano y el invierno. Las lanas tienen otras ventajas sobre el algodón y el lino, además de ser permeables o porosas: al ser la lana un mal conductor, no deja escapar demasiado el calor animal; y, además de ser absorbente, no deja la piel pegajosa después de transpirar. Estaríamos mucho mejor si decidiéramos dormir usando prendas de lana, desechando el lino o el algodón y optando por sábanas hechas de algún tejido liviano de lana.

Mucho podríamos decir sobre este asunto de la nutrición adecuada del cerebro de la cual depende la posibilidad de una educación saludable, pero habremos logrado algo si quedan claras las razones de dos o tres reglas sanitarias prácticas de tal manera que no se puedan evadir sin sentir que se está violando alguna ley.

Me temo que el lector pueda pensar que estoy dirigiendo su atención en gran parte a unos pocos asuntos fisiológicos—el escalón inferior de la escala educativa. Es posible que sí sea inferior, pero es la base necesaria para todo el resto, ya que no exageramos al decir que, en nuestro actual estado, el progreso intelectual, moral e incluso espiritual depende en gran medida de las condiciones físicas. Esto no quiere decir que el poseedor de admirable constitución física sea necesariamente un hombre bueno e inteligente; sino que el hombre bueno e inteligente requiere de mucha materia animal para compensar el desgaste de tejido producido en el ejercicio de su virtud y su intelecto. Por ejemplo, ¿es más fácil ser amigable, amable, sincero, con o sin un dolor de cabeza o un ataque de neuralgia?


VII. «La supremacía de la ley» en la educación

El sentido común y las buenas intenciones. Es importante considerar que, aunque dicho cultivo físico del cerebro sea solo el fundamento de la educación, el método de tal cultivo es una indicación de lo que debiera ser el método de toda educación; en otras palabras, el progreso hecho en forma ordenada y regulada según la pauta de una Ley. La razón por la cual la educación causa mucho menos impacto de lo que debiera, es simplemente que en nueve de diez casos, buenos y sensatos padres dejan demasiado a merced de su sentido común y sus buenas intenciones, olvidando que el sentido común debe instruirse en cuanto a los aspectos naturales de lo que sea el caso, y que los esfuerzos bien intencionados no logran mucho si no se llevan a cabo en obediencia a las leyes divinas, que en gran parte se leen, no en la Biblia, sino en los hechos de la vida.

La vida sometida a la Ley tiende a ser más intachable que la vida piadosa. Para vergüenza de las personas creyentes, muchos que dicen no saber y, por tanto, no creer, llevan vidas más intachables, con menos arranques de mal genio, más libres del vicio del egoísmo, que muchas personas que llevan sinceras vidas religiosas. He aquí un hecho que el niño llegará a confrontar bien pronto, y uno que será necesario explicar; y, aún más, es un hecho que tendrá más peso que toda la enseñanza doctrinal que hayan recibido en sus vidas, especialmente si lo notan en una persona que estiman y quieren. A mí me parece que aquí yace el peligro que amenaza a aquellas confesiones de dependencia y lealtad a Dios todopoderoso que reconocemos como la religión—no la maldad, sino lo bueno de una escuela que rehúsa admitir tal dependencia y lealtad.

Es la percepción de este peligro la razón por la cual ofrezco lo poco que tengo que decir sobre el tema de la educación; pero también lo es la seguridad que siento de que no es un peligro tan grande después de todo, porque los padres instruidos están en capacidad de enfrentarlo, y son ellos mismos precisamente las únicas personas que pueden hacerlo.

La mente y la materia son gobernados por igual por la Ley. En cuanto a esta superior moralidad de algunos no creyentes, suponiendo que hagamos tal concesión, solo significa que el universo de la mente, tal como el universo de lo físico, se rige por las leyes no escritas de Dios; que el niño no puede jugar con pompas de jabón o pensar sus pensamientos revoltosos si no fuera en obediencia a las leyes divinas; que toda seguridad, progreso y éxito en la vida proviene de la obediencia a la ley, a las leyes de las ciencias mentales, morales o físicas, o a aquella ciencia espiritual que la Biblia presenta; que es posible comprender las leyes y obedecer las leyes sin reconocer al Dador de la ley, y que quienes comprenden y obedecen cualquier ley divina heredan la bendición que procede de la obediencia, independientemente de su actitud hacia el Dador de la ley, igual que el hombre se abriga al calor del sol abrazador, aunque cierre sus ojos y se niegue a mirar el sol. En contraste, que aquellos que no se esfuerzan por estudiar los principios que rigen la acción y el pensamiento humanos no reciben las bendiciones de la obediencia a ciertas leyes, aunque reciban por herencia las mejores bendiciones que provienen de una relación reconocida con el Dador de la ley.

Antagonismo por la ley que muestran algunas personas religiosas. Estas bendiciones mencionadas último son tan indescriptiblemente satisfactorias que muchas veces el creyente que las disfruta no quiere más: abre la boca y aspira y se deleita en la ley, es cierto; pero se trata de la ley de la vida espiritual solamente, porque en cuanto a las otras leyes de Dios que gobiernan el universo, a veces adopta una actitud de antagonismo, casi de resistencia, digna de un impío.

Para tal persona no significa nada ser una creación formidable y maravillosa; no quiere saber cómo funciona el cerebro, ni cómo el elemento fundamental más sutil que llamamos mente, evoluciona y se desarrolla en obediencia a ciertas leyes. Hay mentes piadosas para quienes explorar estas cosas tiene sabor a falta de fe, como si deshonrara al Todopoderoso percibir que Él realiza sus obras formidables a través de gloriosas Leyes, y, por tanto, no quieren saber de ninguna ley excepto de las leyes del reino de la gracia. Mientras tanto, el no creyente, que no anda en búsqueda del auxilio sobrenatural, se propone descubrir y obedecer todas las leyes que regulan la vida natural, ya sea física, mental y moral; de hecho, todas las leyes de Dios, exceptuando las de la vida espiritual que el creyente considera como su herencia propia. No obstante, estas otras leyes que recibe Esaú también son leyes de Dios, y la sujeción a ellas produce tales bendiciones, que los hijos de los creyentes dicen: “Mirad, ¿cómo es que éstos que no reconocen que la Ley proviene de Dios son mejores personas que nosotros que sí lo reconocemos?

Los padres deben familiarizarse con los principios de la fisiología y la moral. Ahora bien, los padres creyentes no tienen derecho a poner esta crucial dificultad en el camino de sus hijos. Por ejemplo, no tienen derecho a pedir a Dios que haga que sus hijos sean sinceros, diligentes, y rectos, si no se familiarizan con los principios de la moral que los guiará a la veracidad, la diligencia y la rectitud de carácter. Esto también es la ley de Dios. Observe que ni el conocimiento mental ni moral nos llevan al conocimiento de Dios, que es lo más valioso en la vida, pero lo que defiendo es que estas ciencias tienen su papel en la educación de la raza humana, y que los padres no pueden ignorarlas impunemente. Mi esfuerzo en éste y en los siguientes volúmenes de la serie será esbozar a grandes rasgos un método educativo que, basándose en el fundamento de la ley natural, pueda esperar, sin jactancia, heredar la bendición divina. Cualquier borrador que yo pueda ofrecer en esta breve brújula está obligado a ser muy imperfecto y muy incompleto; pero un trazado por aquí y otro por allá pueden ser suficientes para dar a los padres inteligentes líneas de pensamiento provechosas en relación con la educación de sus hijos.

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Parte II. La vida infantil al aire libre

I. Un tiempo de crecimiento

Comidas al aire libre. Las personas que viven en el campo conocen muy bien el valor del aire fresco, y sus hijos viven afuera, pasando intervalos adentro para dormir y comer. Pero en cuanto a las comidas, incluso la gente del campo no aprovecha al máximo sus oportunidades, ya que en los días buenos cuando está suficientemente cálido para sentarse afuera con un cobertor, ¿por qué no servir al aire libre el desayuno y el té, o más, todas las comidas, excepto cuando se trate de una cena caliente? Particularmente porque somos una generación agitada, con los nervios de punta; y todas las horas que se pasen al aire libre son una ganancia evidente, la cual contribuye a potenciar las facultades cerebrales y el vigor corporal, y a extender la vida misma. Aquellos que saben lo que es tener la piel afiebrada y el cerebro a punto de explotar y sentir el delicioso alivio del frío del aire, tienden a crear una nueva regla de vida: “Nunca estar adentro cuando se pueda estar perfectamente afuera”.

Además de ganar una o dos horas al aire libre, hay otra ganancia que debe considerase: las comidas tomadas al fresco suelen ser alegres, y la alegría es el elemento ideal para convertir la carne y la bebida en sangre y tejidos sanos. Todo ese tiempo, los niños también están almacenando recuerdos de una infancia feliz. Dentro de cincuenta años verán las sombras de las ramas haciendo dibujos sobre el mantel blanco; y el sol, la risa de los niños, el zumbido de las abejas y el aroma de las flores habrá sido almacenado como una brisa de refresco para los días futuros.

Una palabra a los habitantes de ciudades y suburbios. No obstante, solo las personas que viven, por así decirlo, en sus propios jardines, son quienes pueden darles a sus hijos el té al aire libre de manera habitual. Para el resto de nosotros, y la mayoría de nosotros, que vivimos en ciudades o en los suburbios de las ciudades, esta sugerencia está incluida en la pregunta más amplia: ¿Cuánto tiempo al aire libre deben tener los niños, y cómo es posible garantizar dicho tiempo libre? En este tiempo de extraordinaria presión, tanto educativa como social, quizás el primer deber de una madre para con sus hijos es garantizarles un tiempo de crecimiento tranquilo, seis años completos de una vida receptiva pasiva, cuyas horas despiertos sean en su mayoría pasadas al aire libre, y no solo con el fin de beneficiar la salud corporal, sino que tanto el cuerpo como el el alma, el corazón y la mente, también se nutren del alimento conveniente para ellos cuando a los niños se les deja tranquilos, se les deja vivir sin fricciones y sin estímulos, rodeados por influencias felices que los inspiran a inclinarse por lo bueno.

Posibilidades de un día al aire libre.  Una juiciosa madre dice que envía sin falta a sus hijos afuera, si el clima lo permite, durante una hora diaria en invierno y dos horas diarias en los meses de verano, lo cual está bien, pero no es suficiente. En primer lugar, no los envíe; si fuera en absoluto posible, llévelos; ya que, aunque se debiera dejar a los niños solos en gran medida, hay mucho que hacer y mucho que prevenir durante esas largas horas al aire libre, porque largas horas debieran ser; pero no dos, sino cuatro, cinco o seis horas son el tiempo que deberían pasar afuera cada día tolerablemente bueno, de abril a octubre [algo así como septiembre a marzo, en el hemisferio sur]. “¡Eso es imposible!” dice una madre que se siente sobrepasada esforzándose porque sus hijos pasen no más de una hora diaria más o menos en el pavimento de las plazas comunitarias de Londres. Permítaseme insistir que lo que me atrevo a sugerir no es lo factible en todos los hogares, sino lo que me parece absolutamente mejor para los niños; y ello solo creyendo que las madres hacen maravillas cuando están convencidas de que maravillas deben hacer. Un viaje de veinte minutos en tren u ómnibus, y una canasta con el almuerzo, posibilitan un día en el campo para la mayoría de los habitantes de la ciudad; y si fuera un día, ¿por qué no muchos, o todos los días que fueran posibles?

Suponiendo entonces que contamos con tales días al aire libre, ¿qué se debe hacer con estas preciosas horas, para que todos se deleiten en ellas? Deben pasarse en sujeción a algún método, o la madre se agotará y los niños se aburrirán. Hay mucho que se puede lograr en esta gran porción del día de los niños; ellos deberán estar en un modo gozoso todo el tiempo, o no ganarán todo el fortalecimiento y la restauración que les puede proveer el maravilloso aire. Se les debería dejar tranquilos, que jueguen mucho independientemente para que absorban lo que puedan de la belleza de la tierra y de los cielos; pues de todos los males de la educación moderna hay pocos que son peores que esto: el perpetuo graznido de sus mayores que no deja al pobre niño ni un momento, ni una pulgada de espacio, en el cual asombrarse—y crecer.  Al mismo tiempo, ésta es la oportunidad de la madre para entrenar el ojo observador y el oído oidor, y de esparcir semillas de verdad en la expandida alma del niño, las cuales germinarán, florecerán y darán fruto, sin más ayuda ni conocimiento de parte de ella. Así pues, mucho se obtiene de posarse en un árbol o acurrucarse en un arbusto, pero el desarrollo muscular se produce de maneras más activas, y una hora o dos deben pasarse jugando vigorosamente; y, en último caso, ciertamente lo menos importante, es dar una o dos lecciones.

Nada de libros de cuentos. Supongamos que la madre y los niños llegan a un agradable lugar donde pasar un bello rato juntos. En primer lugar, la madre no tiene por qué entretener a los pequeños: no debiera haber libros de cuentos, ni contarse cuentos; se debiera hablar lo menos posible, solo con algún propósito específico. ¿A quién se le ocurriría divertir a los niños con un cuento o ponerse a hablar estando en un circo o una obra de títeres? Y en la naturaleza, ¿acaso no se manifiesta algo infinitamente mayor para el deleite de los niños? Esta sabia madre, al llegar, envía a los niños a desahogarse salvajemente con gritos, cantos y alborotos, todas las extravagancias que les venga a la cabeza les son permitidas; no hay distinción entre grandes y pequeños; a estos últimos les encanta seguir el son de los niños mayores y, tanto en las lecciones como en el juego, hacen lo que pueden según sus pequeñas capacidades. En cuanto al bebé, está absolutamente feliz: despojado de sus prendas, patea y gatea, agarra la hierba, ríe con su risita suave de infante, y absorbe su pequeño conocimiento sobre las formas y las propiedades en su manera maravillosa que le es propia, vestido con una túnica amplia y suelta de lana, muy apropiada para la ocasión y para el uso que se le dará.

II. Exploración del entorno

No pasa mucho tiempo sin que los demás vuelvan donde está la madre y, ahora que la mente se ha refrescado y los ojos se disponen a observar, ella los envía a hacer una expedición de exploración, con preguntas como: ¿Quién puede ver lo más posible, y contarle lo más que se pueda sobre aquel montículo o arroyo, ese seto o tal bosquecillo? He aquí un ejercicio que deleita a los niños, y que se puede hacer de muchas diferentes formas, a la manera de un juego, pero con la exactitud y el cuidado de una clase.

Cómo ver. Descubran todo lo que puedan sobre esa cabaña al pie de la colina; pero no se acerquen demasiado. Pronto están de vuelta, y hay una multitud de rostros emocionados, y un alboroto de lenguas, y observaciones varias con alientos entrecortados que se lanzan al oído de la madre: «Hay colmenas de abejas». «Vimos muchas abejas juntas». «Hay un jardín grande». «Sí, y hay girasoles en el jardín», «y margaritas y pensamientos». «Y hay muchas hermosas flores azules con hojas ásperas; madre, ¿qué piensas que es?» «Borraja para las abejas, muy probablemente; les gusta mucho» «Oh, y hay manzanos, perales y ciruelos a un lado; hay un pequeño camino en el medio». «¿A qué lado están los árboles frutales?» «A la derecha no, a la izquierda; déjame ver, ¿con qué mano escribo? Sí, es el lado derecho. Y hay papas y coles, y menta y cosas al otro lado» «¿Dónde están las flores, entonces?» «Oh, están solo en las orillas, a cada lado del camino». «Pero no le hemos contado a mamá sobre el maravilloso manzano; ¡creo que tiene un millón de manzanas, todas maduras y rosadas!» «¿Un millón, Fanny?» «Bueno, muchas, madre; no sé cuántas». Y así sucesiva e indefinidamente; la madre obtiene poco a poco una descripción completa de la cabaña y su jardín.

Usos educativos del reconocimiento de lugares. Todo esto es un juego para los niños, pero la madre está llevando a cabo un trabajo invaluable; ella está entrenando las facultades infantiles de observación y expresión, aumentando su vocabulario y su rango de ideas al enseñarles el nombre y los usos de un objeto en el momento correcto, por ejemplo, cuando preguntan, «¿qué es?» y «¿para qué es esto?». Ella está instruyendo a sus hijos en hábitos de veracidad, ayudándolos a ser cuidadosos de ver el hecho y exponerlo con precisión, sin omisión ni exageración. El niño que describe: «Un árbol alto, que llega a cierta altura, que tiene hojas bastante redondeadas; que no es un árbol agradable para dar sombra porque todas las ramas suben», merece aprender el nombre del árbol, y cualquier cosa que su madre tenga que decirle al respecto. Pero el niño distraído, que no deja en claro si está describiendo un olmo o una haya, no debería recibir adulaciones; su madre no debería mover ni un pie para ver dicho árbol, nada la debería convencer de hablar de tal árbol, hasta que, sintiéndose desesperado, vaya el niño y vuelva con algo de información más certera—que si la corteza es áspera o suave, las hojas son ásperas o lisas—y solo entonces, la madre puede considerar, dar su pronunciamiento, y él, lleno de alegría, la lleva para que lo vea por sí misma.

La observación inteligente. Gradualmente, los niños aprenderán de manera inteligente todas las características de los paisajes con los que están familiarizados; y qué posesión tan deleitosa para la vejez y la mediana edad será contar con una serie de imágenes formadas, con todos sus elementos, en el soleado resplandor de la mente infantil. Lo lamentable de los recuerdos infantiles de la mayoría de las personas es que están borrosos, distorsionados, incompletos, tanto así que son tan desagradables de ver como lo es una copa fracturada o una prenda rota; y la razón no es que se hayan olvidado las escenas del pasado, sino que nunca se vieron en realidad. Al momento de verlas, solo se grabó una borrosa impresión de que tales y tales objetos estaban presentes y, naturalmente, después de años, rara vez pueden recordarse los elementos de los cuales el niño no estuvo consciente cuando los tuvo delante de él.


III. Pintar de cuadros

El método. Tan satisfactoria es la facultad de tomar fotografías mentales, imágenes exactas, de las bellezas de la naturaleza que recorremos el mundo para verlas y sentirnos renovados, que vale la pena que nuestros hijos se ejerciten de otra manera más, siempre con este objetivo en mente. Se debe tomar en cuenta, no obstante, que los niños ven lo que está cerca y los detalles, por lo que será necesario un esfuerzo para que miren de manera más amplia y más lejos. Haga que los niños miren bien una parte del paisaje, y que luego cierren los ojos y evoquen la imagen; si algo de ella está borrosa, que miren de nuevo. Cuando logren una imagen perfecta ante sus ojos, que expresen lo que ven de esta manera: «Veo un estanque; es poco profundo en este lado, pero más profundo en el otro; los árboles llegan al borde del agua en ese lado, y puedo ver las hojas y las ramas verdes tan claramente en el agua que pensaría que hay un bosque debajo. Casi tocando los árboles en el agua hay un poco de cielo azul con una suave nube blanca; y cuando miras hacia arriba ves la misma pequeña nube, pero con mucho cielo en lugar de solo un poco, porque allí no hay árboles. Hay hermosos nenúfares amarillos alrededor del borde más alejado del estanque, y dos o tres grandes hojas redondas levantadas como velas. Cerca de donde estoy parado, tres vacas han venido a beber, y una se ha metido al fondo del agua, casi hasta el cuello», etc.

Esfuerzo de la atención. Este ejercicio también es deleitable para los niños, pero, dado que exige algo de esfuerzo de la atención, es cansador y solo debiera emplearse de vez en cuando. Sin embargo, vale la pena instruir a los niños en el hábito de memorizar un poco de paisaje de esta forma, porque es el esfuerzo de recordar y reproducir lo que cansa; mientras que el placentero acto de ver, en totalidad y en detalle, se repetirá inconscientemente hasta convertirse en un hábito del niño al que se le pide de vez en cuando que reproduzca lo que ve.

Ver en totalidad y en detalle. Al principio, los niños necesitarán un poco de ayuda en el arte de ver. La madre puede decir: «¡Mira el reflejo de los árboles! Quizás hay leña debajo del agua, ¿Te recuerdan algo esas hojas erguidas?» y otros comentarios así, hasta que los niños hayan notado los aspectos destacados de la escena que se despliega frente a ellos. Incluso ella misma puede aprenderse dos o tres imágenes, y describirlas con los ojos cerrados para entretener a los niños; ellos, gracias a que imitan todo, y a su gran empatía, copiarán y harán variaciones en sus propias descripciones a partir de lo que han escuchado decir a su madre.

Los niños se deleitarán con este juego de pintar cuadros aún más si la madre lo presenta describiendo alguna grandiosa galería de imágenes que haya visto—ya sea imágenes montañosas, páramos, mares tormentosos, campos arados, niños pequeños jugando, una anciana tejiendo—añadiendo que, aunque ella no pinta sus cuadros en lienzo y no los enmarca en la pared, lleva consigo galerías de imágenes de esta forma; porque cada vez que ve algo encantador o interesante, lo mira hasta que tiene la imagen en el ojo de su mente; y luego se la lleva, y es suya para siempre, y la puede volver a mirar cuando ella quiera.

Un medio para el solaz y el descanso. Sería difícil sobrevalorar como un medio de solaz y descanso este hábito de ver y guardar. Hasta quienes estamos más ocupados tenemos vacaciones cuando nos liberamos del yugo y nos encontramos cara a cara con la naturaleza, para ser sanados y bendecidos por:

«El bálsamo que respira
El silencio y la calma
De las cosas insensibles y mudas».

[Extracto del poema Three Years She Grew in Sun and Shower poeta inglés William Wordsworth.]

Este descanso inmediato está disponible para todos según su medida; pero es un error suponer que todos pueden llevarse una imagen refrescante de lo que les deleita. Solo unos pocos pueden expresar las escenas visitadas como Wordsworth [en Lines Composed a Few Miles above Tintern Abbey, On Revisiting the Banks of the Wye during a Tour. July 13, 1798]:

«Aunque ausente por mucho tiempo,
Estas formas de belleza han sido para mí
Como es un paisaje para los ojos de un ciego;
Pero a menudo, en habitaciones solitarias, y en medio del estruendo
De pueblos y ciudades, les debo,
En horas de cansancio, sensaciones dulces,
Sentidas en la sangre y en el corazón;
Que pasan incluso hacia mi más pura mente,
Con una tranquila restauración».

Sin embargo, este no es un elevado regalo poético que el resto de nosotros debiéramos contentarnos con admirar, sino una recompensa común por el esfuerzo de ver, y que los padres deberían esforzarse mucho para traspasar a sus hijos.

La madre debiera estar alerta de no estropear la simplicidad, el carácter objetivo del disfrute del niño, tratando sus pequeñas descripciones como proezas de inteligencia que se deban repetir al padre o a los visitantes; de hecho, será mejor que haga un voto de reprimirse, de «no decir nada a nadie» en presencia del niño, aunque el niño demuestre ser un poeta nato.

IV. Las flores y los árboles

Los niños debieran conocer los cultivos locales. En el curso de estos ejercicios de imágenes mentales, se presentarán oportunidades para que los niños se familiaricen con los objetos y las ocupaciones rurales. Si hay tierras de cultivo a su alcance, deben conocer sobre las praderas, los pastos y tierras para pastar, el trébol, y los cultivos de nabos y maíz, en todos sus aspectos, desde el arado de la tierra hasta la obtención de los cultivos.

Las flores de campo y la historia de vida de las plantas. Los niños debieran conocer cada una de las flores silvestres que crecen donde ellos viven y en sus alrededores; debieran poder describir la hoja—su forma, tamaño, si crece desde la raíz o desde el tallo; la forma en que florece—, una cabeza de varias flores [o inflorescencia], una sola flor, o una espiga, etc. Después de haber conocido a una flor silvestre, para que nunca puedan olvidarla o confundirla, se debe examinar el lugar donde la encontró, para que sepa en el futuro en qué tipo de terreno buscar tal y cual flor. «¡Aquí deberíamos encontrar un tomillo salvaje!» «Oh, éste es un lugar muy apropiado para las margaritas; debemos venir aquí en la primavera». Si la madre no es una gran botánica, encontrará que un libro de referencia de alta calidad le será útil, con sus paletas de colores para identificar las flores, nombres comunes, y agradables hechos y datos divertidos sobre las plantas que los niños disfrutarán mucho [referencia original es hacia la obra Wild Flowers de Ann Pratt]. Para coleccionar flores silvestres durante varios meses, presiónelas y colóquelas cuidadosamente en cuadrados de papel grueso, con el nombre, su hábitat y la fecha de hallazgo de cada una, lo cual ofrece una tarea bastante entretenida, y, al mismo tiempo, una capacitación muy útil y mejor aún, que es acostumbrar a los niños a hacer dibujos con pincel de las flores que les interesan, y de la planta completa, si fuera posible.

El estudio de los árboles. A los niños se les debería familiarizar íntimamente con los árboles a temprana edad; deberían elegir seis árboles, ya sea roble, olmo, fresno, haya, en su desnudez invernal, y que se conviertan en sus amigos todo el año. En el invierno, observarán los ligeros bucles del abedul, los brazos nudosos del roble, el crecimiento robusto del sicómoro. Se puede esperar para aprender los nombres de los árboles hasta que lleguen las hojas. Poco a poco, a medida que avanza la primavera, contemple la rigidez generalizada y la vida que se puede ver en las ramas aún desnudas; la vida se siente en el hermoso misterio de las yemas de las hojas, un nido de delicadas hojas nuevas yaciendo en calidez dentro de muchas envolturas impermeables; el roble y olmo, el haya y el abedul, cada uno tiene su propia forma de desplegar y embalar sus follaje; observe los capullos púrpura del limón verde y los fresnos con su bonito pie de ciervo, no verde sino negro,

Seguimiento de las estaciones. Es difícil mantener el ritmo de las maravillas que ocurren «en la temporada de abundancia». Están las candelillas o amentos colgantes y las florecillas de color rubí del avellano—ambos, racimos de flores, dos tipos en un solo árbol; igual que las suaves y robustas ramas del sauce; y la festiva aparición del hermoso follaje de todos los árboles; el aprendizaje de los patrones de las hojas a medida que surgen, y el nombre de los árboles a partir de diversas señales. Luego vienen las flores, cada una encerrada herméticamente en la delicada urna que llamamos brote, tan astutamente envueltas como las hojas en sus brotes, pero menos cuidadosamente protegidas, porque estos «dulces viveros» retrasan su llegada en su mayoría hasta que la tierra tenga una cama caliente para ofrecerle, y el sol le dé una amable bienvenida.

Leigh Hunt sobre las flores. «Supongamos», dice Leigh Hunt, «¡supongamos que las flores en sí mismas fueran nuevas! Supongamos que acabaran de llegar al mundo, una dulce recompensa por alguna nueva bondad… Imagine lo que sentiríamos cuando vemos el primer tallo lateral saliendo del principal, y desplegando una hoja. Cómo miraríamos la hoja que despliega gradualmente su pequeña mano elegante; luego otra, y luego otra; entonces el tallo principal se eleva y produce más; ¡luego uno de ellos da indicaciones de la sorprendente novedad¡un brote! Este misterioso capullo se despliega gradualmente como la hoja, asombrándonos, encantándonos, casi alarmándonos de deleite, como si no supiéramos que encanto viene a continuación, hasta que, por fin, en toda su belleza de hada, y voluptuosidad olorosa, y misteriosa elaboración de escultura tierna y viva, brilla la flor sonrojada». Las flores, es cierto, no son nuevas; pero los niños lo son; y es culpa de sus mayores si cada nueva flor que encuentran no es para ellos una Picciola, un misterio de belleza que se observa día a día con asombro y deleite indescriptibles. [Picciola es el nombre de una flor, y en la novela homónima de Joseph-Xavier Boniface publicada en 1836, un reo sobrevive la prisión gracias a dicha flor en su celda.]

Mientras tanto, hemos perdido de vista esa media docena de árboles del bosque con los que los niños han establecido una especie de camaradería durante el año. Ahora ya tienen el placer de descubrir que los grandes árboles también tienen flores, muy a menudo flores del mismo tono que sus hojas, y que algunos árboles posponen sus hojas hasta que se vayan las flores. Poco a poco llega el fruto, y con él, el descubrimiento de que cada árbol con excepciones que aún no necesitan aprenderda su propio fruto, «fruto y semilla según su especie». Todo esto es conocimiento común para las personas mayores, pero uno de los secretos del educador es no presentar nada como conocimiento obsoleto, sino ponerse en la posición del niño, y maravillarse y admirarse con él; pues, cada milagro común que el niño ve con sus propios ojos hace de él otro Newton en un determinado momento.

Calendarios. Es una tarea de gran importancia que los niños mantengan un calendario con información sobre dónde vieron y cuándo la primera hoja de roble, el primer renacuajo, el primer resbalón, la primera candelilla, las primeras moras maduras. El próximo año sabrán cuándo y dónde buscar sus favoritos y, cada año, estarán en condiciones de agregar nuevas observaciones. Piense en el entusiasmo y el interés, el objetivo que tal práctica dará a las caminatas diarias y pequeñas excursiones. No habrá un día en que el niño no espere que uno de sus tantos amigos de la naturaleza realice algo por primera vez en este ambiente tan familiar para él.

Diarios de la naturaleza. Tan pronto como pueda mantenerlo, un diario de la naturaleza es una fuente de deleite para un niño. Cada día que camina le da algo para registrar: tres ardillas en un alerce, un arrendajo volando sobre un determinado campo, una oruga trepando por una ortiga, un caracol comiendo una hoja de col, una araña que cae repentinamente al suelo, dónde ha encontrado una hiedra, y ésta cómo estaba creciendo, qué plantas estaban creciendo con ella, y cómo la enredadera y la hiedra son trepadoras. A al niño curioso se le ocurren innumerables asuntos para registrar. Si bien es bastante joven (cinco o seis años), debería comenzar a ilustrar sus notas libremente con dibujos a pincel; al principio, debería tener un poco de ayuda para mezclar colores, pero se le debería enseñar los principios, no darle instrucciones. No se le debería decir que use esto y ahora aquello, sino que «conseguiremos el morado al mezclar esto y lo otro», y luego se le debe dejar solo para que obtenga el tinte correcto. En cuanto al dibujo, la instrucción tiene, sin duda, su tiempo y lugar; pero su diario de naturaleza debería entregarse a la propia iniciativa infantil. Un niño de seis años producirá un diente de león, una amapola, una margarita con sus hojas, impulsado por el deseo de representar lo que ve, con sorprendente vigor y corrección. Un libro de ejercicios con cubiertas rígidas sirve para un diario de la naturaleza, pero es necesario tener cuidado al elegir un papel que sirva tanto para escribir como para dibujar con pincel.

«No puedo dejar de pensar». «Pero no puedo dejar de pensar; ¡no puedo hacer que mi mente se detenga!» ¡Pobre niña! Todos los niños deben agradecer a sus mayores por dar voz a sus pequeños problemas sin sentido; y nosotros, los adultos, tenemos tan poca imaginación que enviamos a un niño pequeño con un cerebro demasiado activo a jugar solo en el jardín para escapar de la neblina de las lecciones. ¡Qué poco sabemos cómo la gente en el cerebro corre a toda prisa!

«El (cerebro) humano es como una piedra de molino, gira que gira;
Si nada más tiene por moler, molerse a sí mismo es lo que hará».

Dele al niño un trabajo definido, claro que sí, y dele algo a lo cual dedicarse; pero le ruego, hágalo trabajar con los objetos y no con los símbolos, es decir, las cosas de la naturaleza como están en sus propios lugares, praderas y setos, bosques y playas.

V. Las criaturas vivientes

Un campo de estudios que es fuente de interés y deleite. En cuanto a las «criaturas vivientes», he aquí un campo de interés y deleite ilimitados: los animales domesticados no demoran en llegar a ser muy queridos por los niños. Es el caso de quienes viven demasiado lejos del «campo real» como para que las ardillas y los conejos salvajes sean más que un sueño de posibles delicias. Pero con seguridad hay un estanque al alcance—ya sea yendo en automóvil o ferrocarril— donde puedan atrapar renacuajos y luego llevarlos a casa en una botella, alimentarlos y observarlos a través de todos sus cambios en que las aletas desaparecen, las colas se vuelven cada vez más cortas, hasta que finalmente no hay cola en absoluto, y una pequeña rana bastante perturbadora te mira a la cara. Levante cualquier piedra, y encontrará una colonia de hormigas. Siempre se nos ha enseñado a considerar cómo hacen y ser sabios como ellas; pero ahora, piense en todo lo que Lord Avebury [experto en la materia] nos ha compartido sobre esa conocida hormiga de doce años que ya conocemos tan bien. Luego están las abejas. Es posible que algunos de nosotros hayamos escuchado al difunto Dean Farrar describir esa clase en la que estuvo presente, sobre «¿Cómo trabaja la trabajadora abejita?»: el maestro brillante, pero no hay respuesta de parte de los niños, no estaban en absoluto interesados en las trabajadoras abejitas. Él sospechaba la razón, y al interrogar a la clase, descubrió que nadie de los presentes había visto una abeja. «¡No haber visto nunca una abeja! Piense por un momento, lo que eso implica» dijo él, y acto seguido nos conmovió con una elocuente imagen de la triste vida infantil de la cual se han excluido las abejas, los pájaros y las flores. ¡Cuántos niños que no viven en los barrios pobres de Londres, y que, sin embargo, no pueden distinguir una abeja de una avispa, o ni siquiera un abejorro de una abeja!

Se debe alentar a los niños a que miren. Se debe alentar a los niños a mirar, paciente y silenciosamente, hasta que aprendan algo sobre los hábitos y la historia de las abejas, las hormigas, las avispas, las arañas, las peludas orugas, las libélulas, y todo lo que encuentren de mayor tamaño. «¡Los animalitos nunca tienen ningún hábito cuando estoy mirando!» se queja una niñita por ahí en un libro de cuentos; pero la culpa es de ella porque los ávidos y despiertos ojos con los que los niños han sido bendecidos fueron hechos para ver y para observar en detalle lo que hacen las cosas creadas demasiado pequeñas para que las personas mayores puedan observarlas sin ayuda. Las hormigas pueden observarse en el hogar de la siguiente manera: obtenga dos piezas de vidrio de un pie cuadrado, tres piezas de vidrio de once y media pulgadas de largo y una pieza de once pulgadas de largo, todas de un cuarto de pulgada de ancho. El vidrio debe cortarse cuidadosamente para que encaje con exactitud. Coloque las cuatro piezas de vidrio sobre una de las láminas de vidrio y fíjelas en un cuadrado exacto, dejando una abertura de media pulgada, con goma o cualquier buen fijador. Obtenga de un hormiguero unas doce hormigas (las hormigas amarillas son las mejores, ya que las rojas tienen una tendencia a la riña), algunos huevos y una reina. La reina tendrá el doble de tamaño que una hormiga común, por lo que se puede ver fácilmente. Tome un poco de la tierra del hormiguero. Coloque la tierra con las hormigas y los huevos sobre la lámina de vidrio y fije la otra lámina arriba, dejando solo el pequeño agujero en una esquina, hecho por la pieza más corta, que debe taparse con un poco de algodón. Las hormigas estarán inquietas durante unas cuarenta y ocho horas, pero luego comenzarán a asentarse y a organizar la tierra. Retire el tapón de lana una vez a la semana y vuélvalo a poner empapado en dos o tres gotas de miel. Una vez cada tres semanas, retire el tapón para colocar unas diez gotas de agua con una jeringa; no es necesario hacer esto en el invierno mientras las hormigas duermen. Un «nido» así durará años.

Con respecto al horror que algunos niños muestran ante el escarabajo, la araña, y el gusano, eso se aprende generalmente de los adultos. Los hijos de Charles Kingsley corrían tras su papá con un «delicioso gusano», un «sapo encantador», un «tierno escarabajo» que acarreaban con ternura en ambas manos. Existen, no obstante, verdaderos miedos que no se pueden superar, como el horror por las arañas que tenía el mismo Kingsley; pero los niños que están acostumbrados a sostener y admirar orugas y escarabajos desde su infancia no darán paso a esos temores. El niño que pasa una hora observando las formas de un nuevo «gusano» que ha encontrado, será un hombre que dejará huella. Que todo lo que descubra al respecto sea ingresado en su diario—que escriba su madre, si aún le cuesta escribir: dónde lo encontró, qué está haciendo o parece estar haciendo; el color, la forma, las patas. Algún día se encontrará nuevamente con la criatura y reconocerá la descripción de un viejo amigo.

La influencia de la opinión pública en el hogar. Algunos niños nacen naturalistas, con una inclinación heredada, quizás, de un ancestro desconocido; pero cada niño tiene un interés natural por los seres vivos, lo cual corresponde a los padres alentar, ya que pocos niños son capaces de mantener su postura frente a la opinión pública; y si ven que las cosas que les interesan son indiferentes o desagradables para los adultos, su placer en ellas desaparece, y ese capítulo del libro de la naturaleza se habrá cerrado para ellos. Es probable que el libro La historia natural de Selborne [obra publicada originalmente en 1789, es un relato de la vida del campo, escrito por un apasionado de los clásicos, la poesía y los pájaros y es tenido como uno de los mejores libros de historia natural que se hayan escrito] nunca hubiera existido si no hubiera sido porque el padre del autor solía llevar a sus hijos a expediciones diarias de búsqueda donde ninguna cosa en movimiento o crecimiento, ninguna piedrecilla ni roca gigante a millas alrededor de Selborne se escapaba de sus atentas observaciones. De la misma forma, Audubon, el ornitólogo estadounidense, es otro ejemplo de lo que provoca este tipo de instrucción a temprana edad. «Apenas había aprendido a caminar y a articular las primeras palabras siempre tan entrañables para los padres, cuando me mostraron lo que producía la naturaleza, disponible en abundancia a mi alrededor… Mi padre generalmente acompañaba mis pasos, me buscaba pájaros y flores, y me señalaba los elegantes movimientos del ave, la belleza y la suavidad de su plumaje, cómo manifestaban su contentamiento o su sensación de peligro, y las siempre perfectas formas y espléndido atuendo de las flores. Hablaba él de la partida y el regreso de los pájaros con las estaciones, describía sus guaridas y, lo más maravilloso que todo, el cambio de su plumaje, motivándome así a estudiarlos y elevar mi mente hacia su gran Creador».

Qué pueden hacer los niños de la ciudad. Los niños de la ciudad pueden disfrutar mucho mirando a los gorriones—inteligentes pajaritos, y fácilmente amansados a cambio de puñado de migas de pan—, quienes serán sus nuevos amigos afuera. Pero se puede hacer mucho con los gorriones. Un amigo escribe así: «¿Has visto al hombre en los jardines de Tuileries que alimenta y habla con docenas de ellos? Se sientan en su sombrero, en sus manos y se alimentan de sus dedos. Cuando levanta los brazos, todos revolotean y luego nuevamente se acomodan sobre él y lo rodean. Lo vi llamar a un gorrión desde la distancia por su nombre y no darle la migaja a ninguno más hasta que «petit choul», un gorrión de varios colores, llegó a buscar su porción destinada, pero no pude notar ninguna característica distintiva; y la multitud de gorriones en el camino, en bancos y barandillas, formaron una audiencia muy atenta a la brillante conversación en francés que los mantuvo en constante movimiento, ya que estaban, aquí y allá, invitados a venir a cambio de un bocado tentador. ¡Toda una representación de San Francisco y los pájaros!» [en referencia a la obra de Giotto «San Francisco predicando a los pájaros» (1300)].

El niño que no conoce la complexión corpulenta y el pecho manchado del tordo, el elegante vuelo de la golondrina, el pico amarillo del mirlo, el sonido de la canción que la alondra vierte desde lo alto, es digno de lástima casi tanto como aquellos niños de Londres que «nunca habían visto una abeja». Un encantador conocido que es fácil de reconocer es la peluda oruga. El momento propicio para apoderarse de ella es cuando se la ve arrastrando los pies por el suelo con mucha prisa en búsqueda de un lugar tranquilo donde poder recostarse: póngala en una caja y cubra la caja con una red para que pueda observar sus actividades. La comida no es importanteella tiene otras cosas en las cuales pensar. Muy pronto habrá tejido una especie de carpa o hamaca blanca, en la que se esconde, y a través de la cual se puede mirar la oruga, y hasta ver quizás el momento mismo en que su piel se divide, convirtiéndola durante meses en una masa en forma de huevo sin ningún signo de vida. Por fin, el ser vivo dentro se escapa de ese envoltorio, y ahí está, la hermosa polilla tigre, agitando sus débiles alas contra la red. La mayoría de los niños de seis años han probado esta experiencia de naturalista, y vale la pena mencionarla solo porque, en lugar de ser simplemente una diversión inofensiva, es un valioso trozo de educación, más útil para el niño que la lectura de todo un libro de historia natural, o mucha geografía y latín. El mal de esto radica en que los niños obtienen su conocimiento de la historia natural, igual que todo su conocimiento, de segunda mano; están tan saciados de maravillas que nada los sorprende; y están tan poco acostumbrados a ver por sí mismos que nada les interesa. La cura para esta afección del hastío es dejarlos tranquilos un poco y luego comenzar de nuevo en forma distinta. Pobres niños, no es culpa suya si no son como debían ser, es decir, almitas curiosas y ávidas, todas anhelantes por explorar tanto de este maravilloso mundo como les sea posible, tal como la ocupación prioritaria de la vida.

«Ora mejor quien ama más
Todas las cosas grandes y pequeñas;
Porque el Dios amante que nos ama,
Él las hizo y las ama todas».

El conocimiento de la naturaleza es lo más importante para los niños pequeños. Sería bueno si todas las personas en posición de autoridad, los padres y todos los que actuamos a nombre de los padres, pudiéramos ponernos de acuerdo en que no hay ningún tipo de conocimiento que se pueda obtener en estos primeros años tan valioso para los niños como el que obtienen por sí mismos del mundo en el que viven. Que se pongan en contacto con la naturaleza una vez, y se formará un hábito que será una fuente de deleite durante toda la vida. Todos hemos sido destinados a ser naturalistas, cada uno en su propia medida, y no hay excusa válida para vivir en un mundo tan lleno de prodigios de la vida animal y vegetal y no interesarse por nada de ello.

El entrenamiento mental del niño naturalista. Consideremos también, cuán inigualable es el entrenamiento mental que está obteniendo el niño naturalista para cualquier estudio o vocación que existe bajo el solla facultad de la atención, de discriminación, de la búsqueda paciente, y que al aumentar a medida que él mismo crece, ¡le serán de utilidad para una infinidad de áreas! Por otro lado, la vida es tan interesante para él, que no tendrá tiempo para incurrir en las faltas de mal genio que generalmente tienen su origen en el tedio. Ya no hay razón por la que debiera sentirse irritable, malhumorado u obstinado con tal pasatiempo constante.

Las actividades en la naturaleza son especialmente valiosas para las niñas. Me refiero a «él» por la fuerza de la costumbre, como hablando del sexo representativo, pero en verdad el hecho de que ella debiera estar igual de familiarizada con la naturaleza es un asunto de infinita mayor importancia para la niñita, puesto que es ella la que está más tentada a caer en el mal temperamento (en tanto niña como mujer) cuando el tiempo le sobra; ella cuyos hábitos mentales más ociosos y desordenados requieren el estímulo y el gobierno de una ocupación absorbente y dedicada; cuya salud más débil requiere el fortalecimiento que otorga la vida al aire libre llena de emociones saludables. Por lo demás, es para las niñas, pequeñas y grandes, una verdadera cortesía sacarlas del ensimismamiento y de los consabidos mezquinos intereses y rivalidades personales con las que con demasiada frecuencia se ven rodeadas; y finalmente, ¿con quién sino con las niñas descansa el modelamiento de las generaciones que están aún por nacer?

VI. El conocimiento de la naturaleza y las obras de naturalistas

Reverencia por la vida. ¿Es aconsejable, entonces, enseñar a los niños los elementos de las ciencias naturales, de la biología, la botánica y la zoología? En general, no: la disección incluso de una flor es dolorosa para un niño sensible y, durante los primeros seis u ocho años de vida, no se les debería enseñar ninguna botánica que requiera arrancar las flores y romperlas en pedazos; mucho menos permitirles dañar o destruir cualquier forma (indefensa) de vida animal. La reverencia por la vida, en tanto maravilloso y terrible regalo, que un niño despiadado puede destruir, pero nunca restaurar, es una lección de primera importancia para el niño:

«Que el conocimiento vaya siempre en aumento;
Y que mayor reverencia habite en nosotros».

El niño que ve a su madre llevar reverentemente una gota de nieve a sus labios, aprende una lección de mayor valía que la que le enseña «la letra impresa». Años después, cuando los niños tengan la edad suficiente para comprender que la ciencia en sí misma es en cierto sentido sagrada y exige algunos sacrificios, toda la «información común» que hayan reunido hasta entonces, y los hábitos de observación que hayan adquirido serán el fundamento más importante para su educación científica. Mientras tanto, que consideren los lirios del campo y las aves del aire.

Clasificación aproximada de primera mano. Para realizar mejores descripciones, debieran poder nombrar y distinguir pétalos, sépalos, etc. y se les debiera animar a que hagan clasificaciones tan aproximadas como puedan con su poco conocimiento de las formas animales y vegetales: plantas con hojas en forma de corazón o de cuchara, con hojas enteras o divididas; hojas con venas entrecruzadas y hojas con venas rectas; flores en forma de campana y flores en forma de cruz; flores con tres pétalos, con cuatro o con cinco; árboles que mantienen sus hojas todo el año, y árboles que las pierden en otoño; criaturas con y sin columna vertebral; criaturas que comen hierba y criaturas que comen carne, y así sucesivamente. Hacer colecciones de hojas y flores prensadas y montadas, y ordenarlas de acuerdo con su forma, ofrece mucho placer y, lo que es mejor, una formación valiosa para notar diferencias y semejanzas. Es posible encontrar los patrones para este tipo de clasificación de hojas y flores en todos los libros de botánica elemental.

El poder de clasificar, discriminar, distinguir entre cosas que difieren, se encuentra entre las facultades más altas del intelecto humano, y no se debe dejar escapar ninguna oportunidad de cultivarlo; pero una clasificación sacada de los libros, que el niño no hace por sí mismo y que no puede verificar por sí mismo, no cultiva ninguna otra facultad que la memoria verbal, lo cual se puede conseguir también aprendiendo una o dos frases en «tamil» u otra lengua desconocida.

Usos de los libros de «naturalistas».  En esta etapa, el uso real de los libros de los naturalistas es dar al niño visiones encantadoras del mundo de las maravillas en las que vive, revelar el tipo de cosas que pueden ver los ojos curiosos y llenarlo de deseo de hacer descubrimientos por sí mismo. Hay muchas opciones de obras así, todas de lectura agradable, muchas de ellas escritas por científicos, y que, sin embargo, requieren poco o ningún conocimiento científico para disfrutarlas.

Las madres y los maestros deben saber sobre la naturaleza. La madre debería dedicarse a este tipo de lectura, no solo para que pueda leerles a sus hijos algo sobre los asuntos con los que se encuentran, sino también para responder sus preguntas y dirigir su observación. No solo la madre debiera hacer esto, sino cualquier persona que pase una o dos horas en la compañía de los niños, debería apropiarse de este tipo de información; los niños le apreciarán enormemente por saber lo que ellos quieren saber, y quizás también pueda llegar a ser de inspiración para alguna mente joven destinada a hacer grandes cosas por el mundo.


VII. El niño adquiere conocimiento por medio de los sentidos
VIII. El niño debiera conocer los objetos naturales
IX. la geografía al aire libre
X. El niño y la madre naturaleza
XI. Los juegos al aire libre, etc.
XII. Los paseos con mal tiempo
XIII. La vida al estilo ‘indígena’
XIV. Los niños necesitan el aire del campo

Parte III. ‘El hábito es equivalente a diez naturalezas’

I. Una educación basada en la ley natural
II. Los niños carecen del poder sobre sí mismos
III. ¿Qué es la “naturaleza”?
IV. El hábito puede reemplazar a la “naturaleza”
V. Establecimiento de líneas de hábito
VI. El aspecto fisiológico del hábito
VII. La formación del hábito: ‘cierra la puerta al salir’
VIII. Hábitos de la primera infancia
IX. Ejercicios físicos

Parte IV. Algunos hábitos mentales: algunos hábitos morales

I. El hábito de la atención
II. Los hábitos de esmero, etc.
III. El hábito de pensar
IV. El hábito de imaginar
V. El hábito de recordar
VI. El hábito del trabajo hecho a la perfección
VII. Algunos hábitos morales: obediencia
VIII. La veracidad

Parte V. Las lecciones como instrumentos de la educación

I. El sujeto y el método de las lecciones
II. El jardín infantil en tanto lugar de aprendizaje
III. Otras consideraciones sobre el jardín infantil
IV. La lectura
V. La primera lección de lectura
VI. Aprender a leer a través de la vista y el sonido
VII. La recitación
VIII. La lectura para los niños mayores
IX. El arte de narrar
X. La escritura
XI. El copiado
XII. La ortografía y el dictado
XIII. La composición
XIV. Las lecciones bíblicas
XV. La aritmética
XVI. La filosofía natural
XVII. La geografía
XVIII. La historia
XIX. La gramática
XX. El francés
XXI. El arte pictórico

Parte VI. La voluntad, la conciencia, la vida divina en el niño

I. La voluntad
II. La conciencia
III. La vida divina en el niño